Derrotados, pero nunca olvidados

En la entrada anterior, incidía en los que pretender apuntalar la historia negra del anarquismo, que describe a sus integrantes como una suerte de bestias sedientas de sangre. Justo es decir que, de manera muy localizada en tiempos muy convulsos y represivos, en los últimos años del siglo XIX y primeros del XX, hubo ciertas figuras que decidieron adoptar en el movimiento libertario la vía de la violencia; igualmente honesto es recordar que fueron decisiones de individuos aislados, que no pertenecían a organización alguna, por lo que no resulta significativa su historia como para estigmatizar a todo un movimiento. La inmensa mayoría de los anarquistas han rechazado el uso del asesinato, con seguridad la suprema forma de poder de un ser humano sobre otro; no obstante, igualmente justo es contextualizar, por lo que también podemos recordar que algunos comprenderán estos actos en su momento, fundados en el deseo de justicia y consecuencia a veces de la represión gubernamental, e incluso elevarán a la condición de mártires a sus responsables conmovidos por su sinceridad. Tal y como el historiador del anarquismo George Woodcock afirmó, por mucho que condenemos estos actos, a nivel moral y político, no se puede calificar a sus protagonistas de meros intrusos y forman también parte de la historia del anarquismo, aunque sea de forma puntual y decididamente trágica. No obstante, la realidad es que los anarquistas se han esforzado, precisamente, en erradicar toda forma de coerción y violencia en la vida social y política; así, hay siempre que precisarlo, junto a aquello de buscar siempre la coherencia entre medios y fines, por lo que ciertas vías deberían ser repugnantes al objetivo.

Desgraciadamente, a estas alturas todavía hay quienes insisten en dos tácticas históricas, bien en una indignante negación sobre la existencia de los ácratas, bien en una grotesca demonización. Esto, es especialmente significativo en este inefable país llamado España, donde se dio un movimiento anarquista recurrentemente descrito como el más grande de la historia. Así, los defensores y simpatizantes del anarquismo, no pocas veces, nos referimos a los libertarios como «los derrotados de los derrotados» o «los olvidados de los olvidados», o tal vez de forma más exacta como una mezcla entre los dos epítetos. Desgraciadamente, aquellas estrategias despectivas no se dan únicamente entre los discursos más reaccionarios o conservadores, sino que alcanzan a aquellos denominados como progresistas. Es así hasta el punto que, cuando no se estilan las calificaciones abiertamente insultantes, la manipulación adopta la forma de integrar sin más a los anarquistas entre el conjunto de los derrotados defensores de la República; esto empuja a la continúa aclaración de que los libertarios combatieron por supuesto la reacción y el fascismo, pero no eran en absoluto defensores de ninguna forma de Estado, tampoco la republicana.

Fueron diversas las tendencias políticas que defendieron en este país la República o lucharon contra ella; a menudo, y creo que en esto se encuentra originado el inicuo comentario reciente de Álvarez Junco, se presenta desde cierta izquierda a los anarquistas como «los malvados entre los republicanos». Tiene una cruel gracia que, desde la llamada Transición democrática, el Partido Comunista Español ha sido uno de los abanderados de esta estrategia de demonización de los anarquistas; hablamos de una fuerza política más bien insignificante antes del conflicto civil, que fue adquiriendo protagonismo gracias a su subordinación a la poderosa URSS de Stalin y que acabó defenestrando o marginando otras opciones de izquierda entre los republicanos. Con seguridad, no fueron pocos los errores cometidos por los anarquistas en el pasado, pero la realidad es que inspiraron una genuina revolución social anulada antes por el autoritarismo comunista, que por la victoria fascista. Desconozco por qué arraigó el anarquismo de aquella manera en este bendito país, pero hay igualmente que recordar, a pesar de los continuos intentos de anulación histórica, que hasta la década de los años 30 del convulso siglo XX hubo otros importantes movimientos libertarios en otros países. Igualmente, debemos precisar que los anarquistas llevan en su código genético el librepensamiento y el antiautoritarismo, y que rechazan adoptar la forma de un partido para guiar al «pueblo», por lo que tal vez su éxito radique siempre en mostrar las mejores vías, inspirados por las abundantes propuestas libertarias, para que las personas encuentren su propia emancipación. Derrotados, sí, pero nunca olvidados los anarquistas del pasado.

Juan Cáspar

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