Un-dia-de-furia-incredula-Escepticismo-Librepensamiento-Anarquismo-Acracia

Sobre historiadores y academicismos

Una de las cuestiones que resulta en volverse tarumba, en el contexto de este inefable país, son las diversas visiones contrapuestas sobre la historia contemporánea y, más en concreto, sobre el hecho convulso de una Guerra Civil provocada por el golpe de Estado del criminal Franco y sus secuaces. Así, y aunque la derecha política y mediática no apoye de forma explícita ya, aunque lo hiciera hace no tanto, a historiadores que justifican plenamente el alzamiento reaccionario, sí pretende establecerse un terreno ambiguo sobre el conflicto con el subterfugio de evitar un nuevo enfrentamiento fraticida, cuyas causas no tiene una explicación social y política, sino que escapan al común de los mortales. Esta imbecilidad, que ya fue agitada durante la llamada Transición con el fin de agitar el miedo y evitar la verdadera ruptura con la cruenta dictadura, no debería ser aceptada por nadie que tenga el cerebro mínimante oxigenado. Uno se pregunta cómo puede sostenerse, al día de hoy, este discurso si no es entre una población convenientemente aborregada hasta el mayor hastío banal y consumista. A poco que uno tenga algo de inquietud intelectual, está obligado a indagar en la historia y sacar una serie de conclusiones, y esto con la dosis suficiente de honestidad y dejando al margen, de forma algo razonable, las simpatías ideológicas que podamos tener. Uno de los libros que me hizo fascinarme por las ideas libertarias, allá por una temprana juventud intelectual, fue La ideología política del anarquismo español (1868-1910), de José Álvarez Junco, el cual nos da una idea de la complejidad y de lo avanzado de lo que pensaban los ácratas, nada que ver con las idioteces y falsedades sembradas a diestra y siniestra.

Hay que decir que este libro, creo que incuestionablemente veraz y riguroso para cualquiera que lo observe sin prejuicios, tuvo su origen en la tesis doctoral de dicho historiador. Sin embargo, ay, ay, hay que ver las cosas que este fulano, el hoy impregnado de prestigio académico y mediático Álvarez Junco, acabó diciendo sobre el anarquismo y los anarquistas. En cierta ocasión, en una entrevista que le hicieron en la Fundación Juan March (por cierto, hasta donde yo sé uno de los artífices económicos del triunfo de Franco) el tipo habló de ese interés temprano por el anarquismo para darse cuenta tiempo después del poco interés suscitaban los pensadores libertarios; hasta el fallecido Santos Juliá, poco o nada sosprechoso de radicalismo de ninguna característica, le espetó que aquello era un error flagrante. Al respecto, me pregunto dos cosas: primero, como puede alguien negar el puesto de varios pensadores ácratas en la historia de la filosofía y, además, hacerlo contradiciendo su propio trabajo doctoral. Lo hablaba en cierta ocasión con una amiga historiadora, cómo era posible que este hombre dijera tantas tonterías sobre el anarquismo después de un estupendo trabajo sobre el mismo; ella lo atribuía a una excelente posición dentro de los mundos académico y mediático, un acomodo excesivo como para dar pábulo a ideas subversivas. Hay que aclarar, aunque nada tendría que ver a priori para el caso que nos ocupa, o tal vez sí, que Álvarez Junco creo que no trabajó ya más en torno al anarquismo y se ha especializado en obras sobre el incipiente nacionalismo español en el siglo XIX.

Recientemente, en el cultural de un prestigioso diario progre, de gran influencia en este indescriptible país, el historiador se explayó a gusto sobre diversos temas; entre ellos, se encontraba la cuestión anarquista, y el amigo hablaba de aspectos terribles dentro de ella como «su dedicación a matar curas» (sic). Debe ser que, dentro de la ideología anarquista, ya gestado en el último tercio del siglo XIX, se encontraba el cruento hobby de asesinar religiosos; no, no quiero bromear sobre acabar con la vida de nadie, solo mostrar el pertinaz ridículo de echar basura una y otra vez sobre el anarquismo. Álvarez Junco no se refería al periodo por él estudiado, aunque parezca insinuar, patéticamente, que haya algo inicuo ya de raíz en las ideas, sino al conflicto civil y social iniciado en 1936. Y, como ya dije al comienzo de esta entrada, la complejidad de la España de los años 30 empuja a que existan diversos relatos históricos; uno de ellos, el más ridículo y desmontable, es el mito de la Cruzada franquista sustentada en la persecución religiosa, convenientemente magnificada, y en la difusión propagandística durante cuatro décadas de que los «rojos» estaban sedientos de sangre. Lo más sorprendente es que, claramente subsidiaria de esa visión histórica, más falaz que sesgada, está el estigmatizar a aquellos, los perdedores dentro de los perdedores, que poco o nada pueden defenderse; especialmente, desde posiciones académicas como la del señor Álvarez Junco.

Juan Cáspar

Deja un comentario