El Dios catalizador del capitalismo, Dios mediante.

Luis Ángel Campillos Morón

En unos pocos años del s. IV, durante el Imperio romano, el cristianismo pasó de ser proscrito a prescrito. De ser perseguido, a ser tolerado, a ser institucionalizado. De ser perseguido a perseguir. La cadena jerárquica que vinculaba a la criatura con su Creador se amplió considerablemente. Dios, Papa, obispo, sacerdote, creyente de a pie. Toda una serie de poderes divinos y terrenales se enmarañaban viciando aquellas sagradas y puras humildad y caridad cristianas.

Siglos después (s. XVI), Lutero protestó y eliminó a todos esos mediadores, recuperando así el “contacto” directo entre Dios y el creyente. Aquellos pesos pesados (Papa, obispo, sacerdote) se disolvieron y generaron un área de mayor libertad en el creyente. Ello derivó, como célebremente subrayó Max Weber, en un afianzamiento de la noción de individualidad. Por su parte, este individualismo naciente constituyó un pilar fundamental del capitalismo.

En resumen, del catolicismo dependiente al protestantismo independiente al capitalismo. Usando la lógica de Fichte (tesis-antítesis-síntesis), sobre la variable dependencia: la tesis de partida sería el catolicismo dependiente; la antítesis, el protestantismo independiente; y la síntesis, la independencia dependiente del capitalismo. Esta dependencia, evidentemente, deja fuera a Dios, pues este no se comprende como una carga negativa sino todo lo contrario. Ahora bien, ¿cuál es la naturaleza de Dios en el capitalismo? Se trata de un Dios que permea toda la realidad, lo que implica la sacralización de todo lo real. Dios estalla integrándose en el individuo y en cualquier cosa. En este punto entra en juego Walter Benjamin: si, como decíamos, Dios está en todo, deja de ocupar ese lugar trascendente, inmaterial, perfecto, sagrado. Luego lo sagrado se mezcla con lo profano, lo inmaculado con lo sucio y pecaminoso, y ya no es posible diferenciar una dimensión de otra. De ahí el interés benjaminiano por salvaguardar lo mesiánico.



Al parecer, siempre que no se atente contra sus cimientos axiomáticos, en el capitalismo todo vale. Deja de existir un criterio, como advirtiera Dostoievski a través de su Iván Karamazov: sin Dios, todo está permitido. Pero, no olvidemos, Dios está ahí, en todo, configurando un sistema no necesariamente religioso ni necesariamente ateo, un sistema, a fin de cuentas, que da la impresión de otorgar una perfecta independencia (el individuo es libre de creer o no, por ejemplo) sobre la más férrea de las dependencias (la inserción en el sistema).


La libertad, dicen, es inherente al capitalismo. Una libertad (independencia) que, paradójicamente, obliga a ser dependiente de sí misma. Hay quien afirma que el capitalismo es el sistema de la libertad y quien clama que el capitalismo es el sistema de la esclavitud. Antinomia. Círculo vicioso. Hemos de ir un poco más allá para ver la luz, es decir, para atisbar la axiomática que subyace. Regresemos a Dios. De nuevo, apliquemos la lógica fichteana, mas ahora sobre la variable Dios: el Dios del catolicismo es representable, el Dios del protestantismo es (en ciertas corrientes iconoclastas) irrepresentable y el del capitalismo es un Dios que representa lo irrepresentable. ¿Qué implica esto? Que Dios no es más que continua mediación: opera como un catalizador.

El concepto de mediación conduce al concepto de espectáculo de Guy Debord. La producción de pantallas (imágenes) que separan unos objetos de otros y unos sujetos de otros y unos sujetos de objetos y unos objetos de sujetos provoca que el sistema se lubrique constantemente. El incesante burbujeo de los individuos-burbuja. La representación de lo irrepresentable llena el espacio vaciándolo. El consumo jamás será suficiente. Ningún deseo podrá ser satisfecho. Trabajar y consumir devienen indiferenciables e intercambiables. Dios lubrica los engranajes en todo momento. A diferencia del Dios relojero cartesiano –fría inteligencia ordenadora–, el Dios Relojero Capitalista trabaja arduamente en el mantenimiento de la maquinaria. Así, el capitalismo es la dictadura de la libertad absoluta, Dios Mediante. Es decir, bajo (y con) el Dios Mediador y Catalizador.


Pero, si Dios no existe, o bien podría no existir, ¿quién ejerce realmente la labor de Dios en el capitalismo? ¿Quién lubrica? ¿Quién cataliza? ¿Quién media?

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