El inefable Pérez Reverte

Recuerdo una parodia de Joaquín Reyes, en la sección Celebrities de aquel gran programa de humor Muchachada Nui, dedicada al indescriptible juntador de palabras Arturo Pérez Reverte, donde de manera efectiva, más sutil de lo que puede parecer, ponía en su sitio al egocéntrico fulano. Disfrutadla, seguro que puede encontrarse fácilmente en Youtube o en la web de RTVE. Sin embargo, el cuestionable creador de best-sellers, como tantos otros personajes inefables de este bendito país, supera con creces a cualquier caricatura que nos esforcemos en realizar. Así, me entero hoy que en la promoción de su último libro situado en la Guerra Civil Española, y ahí debe estar la clave de sus mezquinos comentarios, se ha despachado a gusto contra la llamada Ley de Memoria Democrática, y no precisamente denunciando sus carencias para impartir de una vez por todas justicia histórica. Lo más grave e insultante, ha llegado a calificar de resentidos a las víctimas del fascismo. Creo que más iniquidad y mala baba, muy probablemente perfectamente estudiadas, no caben en las manifestaciones de este ser.

Hace muchos años que dejé de prestar la mínima atención a la obra escrita de semejante personaje, que causa un furor mediático en cierto público, que me es totalmente ajeno. Ya hace tiempo, publicó un libro de intención didáctica, pero plagado de clichés y simplificaciones, tal y como indica su inconfundible título: La Guerra Civil contada a los jóvenes. Cuando alguien se describe como neutral o equidistante, especialmente en la lucha contra el fascismo, hay que echarse a temblar. Y, por supuesto, el conflicto español fue de una complejidad extrema, tal y como han mostrado infinidad de libros publicados, tal vez la guerra que más literatura ha generado y, también, que más distorsiones y basura literaria ha producido. A pesar de ello, señor Pérez Reverte, no le quepa ninguna duda de en qué lado de la barricada nos encontramos la gente decente. Sus lamentables argumentaciones, sobre maniqueísmo y sandeces habituales, no se aplican a una guerra contra la tiranía, tal y como fue también la Segunda Guerra Mundial. Dejemos también a un lado los usuales tópicos anticomunistas.

Otra argumento habitual de este tipo, así como de tantos otros personajes de este indescriptible país, es que la guerra española fue un conflicto «entre hermanos». La supuesta «objetividad», o «neutralidad», que rezuma Pérez Reverte, ya resulta muy sospechosa en el caso que nos ocupa, pero es que dichas intenciones no son más que una mistificación que oculta demasiadas verdades y distorsiona otras. La GCE no fue simplemente un conflicto fraticida, como tampoco una especie de terrible fenómeno natural inevitable, existen complejas causas sociales y políticas que explican una guerra, no olvidemos, provocada por generales golpistas en lo que se llamó el «bando nacional». Nadie niega las terribles acciones que desencadena un conflicto bélico, siempre condenables vengan de donde vengan, pero no olvidemos quiénes lo provocaron, matarifes profesionales uniformados. Estos asesinos, mediante un plan perfectamente calculado, dirigieron una represión iniciada en un golpe de Estado y exendida luego a cuatro décadas de cruel dictadura. Después, de una u otra manera, el generalísimo dictador lo dejó todo «atado y bien atado». Cuesta mucho, demasiado, mostrar una y otra vez lo evidente. Aterra que alguien como Pérez Reverte pase por un intelectual e, incluso, una persona honesta.

Juan Cáspar

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