El que los tan esperpénticos, como inicuos, tecnobros estén ahora alertando sobre los peligros de la inteligencia artificial, y no hacer falta tener una gran oxigenación cerebral para verlo, viene a significar que desean seguir teniendo el todopoderoso control de la tecnología en esta suerte de capitalismo desalmado. Hubo un tiempo, en los albores de la modernidad, donde muchos confiaban en que el conocimiento y los avances tecnológicos condujeran, paulatinamente o a través de grandes revoluciones, a poco menos que un paraíso o, al menos, a una sociedad mejor. Hoy, solo podemos ver esto como un mal y pavoroso chiste. No, no soy ninguna clase de tecnófobo, aunque podríamos matizar que si, históricamente, ha habido movimientos que se han opuesto al desarrollo tecnológico (es el caso de los llamado luditas) fue más por considerar que las máquinas ponían en peligro su medio de vida para sumirlos en la más indignante necesidad. En otras palabras, que la tecnología nunca ha sido neutral y se ha desarrollado en un mundo profundamente desigualitario, sin socialización alguna de la riqueza, por lo que todo avance al respecto ha servido para favorecer a una minoría y precarizar al resto. Así, nos cuenten lo que nos cuenten, llegamos al día de hoy, bien entrado el siglo XXI. Y la auténtica revolución tecnológica que se ha producido en las últimas décadas, y no debería haber nadie con la suficiente comunicación interneuronal que lo dudara, se ha puesto al servicio, fundamentalmente, de todas esas élites, políticas y económicas, que aseguran un mundo plagado de miseria, precarización y conflictos bélicos permanentes.
Solo con una apariencia de libertades, y eso en la mayor parte de las sociedades malllamadas desarrolladas, algo que permite apaciguar a demasiados sapiens para no desarrollar la más mínima conciencia sobre el mundo que sufrimos, se asienta una nueva clase de totalitarismo gracias a unas nuevas tecnologías que aseguran el control y la vigilancia de los poderes establecidos. Por supuesto, un totalitarismo más sutil que el desarrollado en el siglo XX por Estados omniscientes, donde de forma voluntaria el ciudadano entrega su potestad para la posibildiad de una vida más libre, consciente y solidaria. Por otra parte, es digno de estudio cómo a gran parte del personal esos aparatitos electrónicos cada vez más sofisticados, lejos de ponerlos a disposición de un mundo algo más ético e inteligente, les sumerge en la enajenación, en la vacuidad y en el placer más atolondrado. Estaba cargada de lucidez aquella pintada que puede ver ya hace años: «Tu móvil es cada vez más inteligente, mientras que tú eres progresivamente más estúpido». Por lo tanto, tratemos de no confundir las cosas, realizar una feroz crítica a ese desarrollo tecnológico, que asegura un mundo injusto, no es lo mismo que ser tecnófobo o neoludita o como lo queramos denominar. Y, claro, evidenciar toda esta profunda alienación en que parecen sumidas las masas hará que se vea esto como una lectura apocalípitica cuando no puede ser más realista; son un hecho la explotación laboral, el deterioro medioambiental, los conflictos bélicos, las crisis de todo tipo (que abundan en el miedo y favorecen al poder), la represión de los Estados (que no siempre tiene por qué ser ya evidente), el control empresarial… Todo, para quien no desee mirar para otro lado, constituye la realidad y es el desarrollo tecnológico, insistiremos en que nada neutral, el que asegura que se siga perseverando en el sufrimiento de tantas personas.
Vamos ahora con ese (supuesto) gran paso adelante que es la IA. Hay quien lo ha llamado tecnofascismo, una suerte de sinergia entre el poder político y nuevas formas muy avanzadas de producción capitalistas que conducen a ese auténtico totalitarismo de nuevo cuño. No sé si soy muy amigo de utilizar conceptos políticos clásicos, en un mundo que en la actualidad es muy diferente, ya que ello requiere dar demasiadas explicaciones, pero seguramente no hay más remedio. Mucho se ha especulado, hasta extremos dignos de la fantasía científica, sobre lo que las nuevas tecnologías podían hacer con el ser humano. Como ya he repetido, la realidad hoy es mucho más terrible, mientras tenemos que soportar que los malditos oligarcas corporativos adviertan ahora sobre que, ojo, con que acabemos con una inteligencia artificial consciente de sí misma que nos lleve a los universos de Terminator o Matrix. Muy al contrario de esta pueril visión post-apocalíptica, hay quien sostiene que la realidad es mucho más sencilla, la IA es la culminación, en un nuevo escenario, de la producción capitalista llamada taylorismo iniciada siglo y pico antes: la división del trabajo a todos los niveles y la búsqueda de eficiencia, control y rentabilidad a costa de los valores humanos más elementales. Resulta evidente que la IA, lo mismo que otros desarrollos en forma de aparatos y aplicaciones, con un poquito de cabeza, pueden hacernos más fácil algunos aspectos de nuestra vida diaria. Sin embargo, esta visión superficial encubre que los principales beneficiados son grupos privilegiados, que son los mismos que controlan que dicha tecnología continúe al servicio de un mundo sin atisbo de una transformación al servicio del conjunto de la sociedad.
Al igual que ocurrió con las máquinas que sustituyeron a los trabajadores en los inicios de la Revolución Industrial, que no fue para hacerles la vida más fácil y que dio lugar al movimiento de Ludd, sino para quitarles el pan de la boca, ahora es la IA la que ha acabado con puestos de trabajo y ha llevado a la precarización. Sí, es una lógica dentro del capitalismo, de un mundo donde unos pocos controlan los medios de producción, los recursos y una riqueza cuyas migajas ni siquiera llegan a muchos, pero supone la realidad para muchas personas y con ello hay que lidiar, de forma paralela a que tratemos de construir un mundo más decente, para hacerles la vida mejor. Al mismo tiempo, en el terreno de la educación, no parece que sea la IA la herramienta más adecuada para un auténtico conocimiento, ya que los problemas complejos dudo que sean capaces de abordarse por ese camino, ni mucho menos para potenciar la conciencia y los valores morales (huelga explicar por qué, en este caso). La IA, como toda tecnología creada desde arriba, es evidente que está fundamentalmente al servicio del discurso dominante, por lo que perpetúa una visión del mundo sesgada (por no decir, abiertamente, alienante). Desgraciadamente, demasiados aceptan acríticamente estos relatos de los que manejan el cotarro; otros, con evidente malestar psicológico, buscan refugio en toda suerte de disparatadas creencias alternativas, mientras que algunos creen cambiar las cosas acudiendo a ciertas ideologías tal vez obsoletas en los nuevos escenarios. De momento, sin tener nadie todas las respuestas y aceptando que tenemos que seguir viviendo en una realidad que nos revuelve el estómago y la conciencia, hay que apostar por decir no en tantos ámbitos de la existencia, por la rebeldía permanente, por la insurrección cotidiana y por un desarrollo personal que apueste ferozmente por la solidaridad. Palabras, claro, de un ácrata, paradójicamente o no tanto, con algunos tintes nihilistas.
Juan Cáspar
https://exabruptospoliticos.wordpress.com/2026/09/20/inteligencia-artificial/





Buen artículo Juan pero, ¿por qué te justificas, que tiene de malo ser un Ludita, o un primitivista? Desde el punto de vista de la clase social tu artículo es correcto pero si ampliamos el foco, desde un punto de vista ecológico te equivocas al no oponerte a la tecnología porque esta es insostenible, obtiene su poder de la destrucción de la naturaleza y sus desechos no pueden ser asimilados por esta. Lo que no es sostenible no durará. Desde un punto de vista energético es aún peor pues el declive del petróleo es inminente y no, no hay sustitutos viables y la tecnología sin energía es tan solo escultura.