Hoy, 11 de septiembre de 2026, tal y como se está diciendo hasta la saciedad en los medios generalistas, se cumplen 25 años de los atentados a las Torres Gemelas y al Pentágono en Estados Unidos. Se trata del ataque terrorista más mortífero de la historia, con casi 3.000 muertos y unos 25.000 heridos, aunque habría que extender la definición a toda agresión militar y ahí sí que las estadísticas nos dirían otra cosa sobre la infinidad de asesinatos perpetrados por gobiernos. Pero, me centraré de momento en lo ocurrido hace un cuarto de siglo. Soy poco amante de las teorías conspirativas, ya que creo que la evidencia resulta mucho más terrible que cualquiera de ellas, aunque ha habido diversas de ellas que consideran que no es posible aceptar la versión oficial del gobierno estadounidense. Hay quien asegura que no fueron los aviones los que ocasionaron las catástrofes, sino que lo que impactó en el Pentágono fue un misil, mientras que las Torres Gemelas se vinieron abajo debido a cargas explosivas por una demolición a control remoto. Se dice, o al menos se sostuvo en su momento, que las incongruencias e irregularidades eran muchas, como el hecho de que resulta imposible que un avión se acercara al Pentágono sin poner en marcha las defensas antiaéreas de la mayor potencia militar del mundo.
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El recrudecimiento artificial del poder
«Seguimos en el mismo sitio y no encontramos salida: no sabemos guiar el cortejo fúnebre de lo real, del poder, de lo social mismo, implicado también en la depresión en que nos agitamos. Y es precisamente por un recrudecimiento artificial del poder, de lo real y de lo social por lo que intentamos escabullimos».
Jean Baudrillard, Cultura y simulacro, 1978.
Vivimos obsesionados con futuros distópicos y escenarios de ciencia ficción mientras ignoramos que todo lo que más tememos forma parte de nuestro presente. La digitalización integral, la transformación del control, la vigilancia y la programación de la vida han cancelado la distancia temporal que separaba el presente del porvenir: la distopía ciberpunk se ha consumado. El futuro ya no es una promesa ni una amenaza. Es una condición operativa del ahora. La proliferación global de tecnologías de vigilancia inteligente, el análisis masivo de datos y los sistemas algorítmicos de decisión conforman nuestra nueva realidad. Este hecho irrefutable ha contribuido a la convulsión de la psique colectiva, propagando la ansiedad en todas las iglesias, incluidas las pequeñas sectas, del amplio Pantone ideológico. El resultado general es una imagen distorsionada de la dominación algorítmica, preñada de todo tipo de credos y —en términos adornianos— una disponibilidad social latente hacia el fascismo.
Seguir leyendo El recrudecimiento artificial del poderLa extensa tradición del cine carcelario
Capi Vidal
Hombres de acero es el estúpido y fraudulento título que le han puesto en la distribución española a la más que estimable película Wasteman, que en el momento que escribo estas líneas se encuentra todavía proyectándose en las salas españolas (desgraciadamente, en pocas de ellas y en escasas sesiones). Al parecer, en la jerga callejera británica (llamada slang) wasteman es un insulto coloquial que alude a alguien inútil, pringado, un especie de don nadie sin futuro. Quien vea el film, comprenderá el título original y no podrá más que indignarse ante la decisión de algún lince que debía pensar que la gente es idiota y necesita algo más atractivo para acudir al cine (y, de paso, para cargarse el significativo sentido original). Wasteman está dirigida por Cal McMau, siendo esta su opera prima, y también ejerce como productor; se realiza un retrato brutal y descarnado, a modo de denuncia, del sistema penitenciario británico, que resulta tremendamente realista e incluso, a pesar de lo que vemos en pantalla, conmovedor.
Seguir leyendo La extensa tradición del cine carcelarioCada cual su fascismo, cada cual sus intereses
Jean-Pierre Duteuil (Réfractions 54, otoño 2025)
En los últimos años, la acusación de «¡fascista!» (o facha) ha resurgido por doquier. Desde opositores al pase sanitario que blanden carteles de «Macron fascista» y exigen nada menos que un nuevo juicio de Núremberg para él, hasta Bruno Retailleau denunciando una «deriva fascista de activistas que explotan la tragedia sufrida por los palestinos”; desde la candidata Kamala Harris, quien acusó a Donald Trump de fascista, hasta John Kelly, quien afirmó que Trump «encaja en la definición general de fascismo» (a pesar de haber sido jefe de gabinete de Trump entre 2017 y 2019), o Dick Cheney, el exvicepresidente neoconservador de Estados Unidos entre 2002 y 2009 (famoso por sus mentiras sobre las armas de Sadam Husein), quien, tras haber apoyado a Trump, ahora cree que nunca ha existido una amenaza mayor para el país; desde ciertos activistas trans que etiquetan a cualquiera que cuestione y critique la gestación subrogada como partidario del fascismo, hasta un sector de sionistas que cree que el más mínimo apoyo a los sitiados en Gaza es una señal de antisemitismo, las invectivas vuelan por todos lados. La confusión está en su punto álgido, pero hay que reconocer que tiene raíces profundas.
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