Se me escapa un poco, lo admito, estos conceptos de nuevo cuño. De lo que estoy totalmente seguro es que el género humano, esta peculiar especie llamada sapiens, resulta más que cuestionable y se multiplican los hijos de su madre. Vayamos con ese engendro altamente pernicioso que denominan ilustración oscura, que al parecer empezó a forjarse ya tiempo atrás, aunque haya recibido ese nombre concreto hace no tanto. Sí, lo habéis adivinado, esta corriente o movimiento, o lo que demonios sea, se autodefine como la antítesis de la Ilustración. El epítome de todo movimiento neorreaccionario, tradicionalista y a la vez futurista (¿no era eso el antiguo fascismo?). Si los valores ilustrados, con su idea del progreso hacia un mundo más justo, libre e igualitario, solo podemos ponerla en cuestión bien entrado un siglo XXI plagado de atrocidades, ahora una poderosa gentuza empieza a promover valores que son justo todo lo contrario. Aclararé algo, y valga esto también para todos aquellos que atacan la posmodernidad como si fuera también una corriente ideológica nociva que algunos quisiéramos abrazar, si muchos señalamos que esa visión teleológica hacia poco menos que un paraíso terrenal resultó terriblemente falaz, ello no significa en absoluto que no haya que seguir trabajando y construyendo un mundo basado en esos valores, reivindicando una razón crítica con un horizonte amplio vinculado al ámbito moral. Tal y como yo lo veo, fue el anarquismo es que radicalizó ampliamente en aras de la emancipación todo lo surgido en la ilustración, aquello que pareció forjar una modernidad que finalmente se mostró incapaz de desterrar el absolutismo, y ahora nos encontramos en una época muy diferente donde hay que buscar nuevas prácticas libertarias ajenas a cualquier asomo de dogmatismo.
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Cada cual su fascismo, cada cual sus intereses
Jean-Pierre Duteuil (Réfractions 54, otoño 2025)
En los últimos años, la acusación de «¡fascista!» (o facha) ha resurgido por doquier. Desde opositores al pase sanitario que blanden carteles de «Macron fascista» y exigen nada menos que un nuevo juicio de Núremberg para él, hasta Bruno Retailleau denunciando una «deriva fascista de activistas que explotan la tragedia sufrida por los palestinos”; desde la candidata Kamala Harris, quien acusó a Donald Trump de fascista, hasta John Kelly, quien afirmó que Trump «encaja en la definición general de fascismo» (a pesar de haber sido jefe de gabinete de Trump entre 2017 y 2019), o Dick Cheney, el exvicepresidente neoconservador de Estados Unidos entre 2002 y 2009 (famoso por sus mentiras sobre las armas de Sadam Husein), quien, tras haber apoyado a Trump, ahora cree que nunca ha existido una amenaza mayor para el país; desde ciertos activistas trans que etiquetan a cualquiera que cuestione y critique la gestación subrogada como partidario del fascismo, hasta un sector de sionistas que cree que el más mínimo apoyo a los sitiados en Gaza es una señal de antisemitismo, las invectivas vuelan por todos lados. La confusión está en su punto álgido, pero hay que reconocer que tiene raíces profundas.
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