Hoy, 11 de septiembre de 2026, tal y como se está diciendo hasta la saciedad en los medios generalistas, se cumplen 25 años de los atentados a las Torres Gemelas y al Pentágono en Estados Unidos. Se trata del ataque terrorista más mortífero de la historia, con casi 3.000 muertos y unos 25.000 heridos, aunque habría que extender la definición a toda agresión militar y ahí sí que las estadísticas nos dirían otra cosa sobre la infinidad de asesinatos perpetrados por gobiernos. Pero, me centraré de momento en lo ocurrido hace un cuarto de siglo. Soy poco amante de las teorías conspirativas, ya que creo que la evidencia resulta mucho más terrible que cualquiera de ellas, aunque ha habido diversas de ellas que consideran que no es posible aceptar la versión oficial del gobierno estadounidense. Hay quien asegura que no fueron los aviones los que ocasionaron las catástrofes, sino que lo que impactó en el Pentágono fue un misil, mientras que las Torres Gemelas se vinieron abajo debido a cargas explosivas por una demolición a control remoto. Se dice, o al menos se sostuvo en su momento, que las incongruencias e irregularidades eran muchas, como el hecho de que resulta imposible que un avión se acercara al Pentágono sin poner en marcha las defensas antiaéreas de la mayor potencia militar del mundo.
Otros culparon directamente al gobierno de los Estados Unidos de estar detrás de los atentados o bien que sabían del ataque de Al Qaeda y no hicieron nada por evitarlo. No tengo ni idea sobre si alguna de estas teorías conspirativas puede tener una base verosímil, pero lo que sí sé es el resultado de aquello, que se considera como un punto de inflexión, una fecha clave en el mundo (pos)moderno. Así, como las sospechas recayeron inmediatamente después de los atentados sobre el yihadismo, el inicuo presidente George W. Bush lanzó su guerra contra el terrorismo y se dispuso a invadir Afganistán. Aquella guerra duró 20 años, hasta que en 2021 las tropas estadounidenses abandonaron el país dejando el poder en manos de los talibanes. Hoy, el régimen afgano resulta peor que nunca, especialmente para las mujeres, demostrando que ninguna agresión militar es solución para nada, más bien es como echar gasolina al fuego. Menos de dos años después, como otro ejemplo de guerras donde mueren infinidad de personas, Bush junior, con sus no menos detestables aliados, Tony Blair y José María Aznar, se lanzan a invadir Irak con la mentira de que constituía un peligro mundial al portar armas de destrucción masiva. Si viviéramos en un mundo mínimamente decente, debería tratarse a este trío como lo que son, criminales de guerra.
Por cierto, como he mencionado al nauseabundo Aznar, mientras escribo estas líneas me entero de que acaba de hacer unas declaraciones en las que afirma que, si el Reino de España se llevara bien con el Estado de Israel, no hubiera ocurrido la crisis migratoria de Ceuta. Este fulano, no se sabe si es más inicuo que idiota, pero acaba de reconocer los que algunos todavía consideran otra teoría de la conspiración. Retornando a la invasión de Iraq, tras formarse una resistencia en el país tras la agresión militar, la guerra duró 8 años sin que hubiera finalmente un vencedor claro y sin que nada mejorara para los iraquíes. No obstante, las tropas estadounidenses retornaron en 2014 decididos en su guerra contra el terrorismo, esta vez contra el nuevo rostro del yihadismo, el Estado Islámico. Digno de análisis es cómo se formaron, y cómo se fueron potenciando, todos estos focos de islamismo radical violento. Recordaremos, y esto es perfectamente verificable, que Bin Laden, el considerado autor oficial de los atentados del 11-S al frente de Al Qaeda, fue entrenado por la CIA en los año 80 para combatir el expansionismo soviético en Afganistán. Esa alianza estadounidense contra lo que sería el germen de los talibanes, la pudimos ver en uno de los más ridículos engendros cinematográficos como es Rambo III.
Estaba a punto de caer el Muro de Berlín, y finalmente todo el bloque soviético entre 1989 y 1991, otro hecho que marcaría un cambio radical en el mundo tal y como lo conocíamos, aunque los Estados Unidos no tardarían en buscar nuevos enemigos para alimentar los conflictos bélicos con ese otro punto de inflexión que fue el 11 de septiembre de 2001. No debería ser necesario para los que conozcan la condición ácrata, e incluso un poquito nihilista (y, por supuesto, ferozmente antimilitarista), del autor de este blog, pero aclararé que no soy de esas peculiares personas que simpatizan a la fuerza con los enemigos de la nociva potencia estadounidense; como pueden ser hoy los ejemplos de Rusia, China o Irán, me parecen regímenes tan detestables como el que más, sujetos a sus propios intereses geoestratégicos donde las personas son piezas desechables. Efectivamente, aquellos atentados de hace 25 años, los mayores producidos en suelos estadounidense (pero no mayores que otras agresiones de la potencia norteamericana), cambiaron el mundo en muchos aspectos, aunque el mismo no haya dejado de estar sujeto desde entonces a una debacle tras otra. La crisis económica de 2008 puede considerarse resultado de las políticas neoliberales llevadas a cabo tras los atentados, y habría que recordar aquí la doctrina del shock establecida por Naomi Klein, que no parece que sea en ese caso ninguna delirante teoría conspirativa.
Los conflictos bélicos se sucedieron desde entonces, con los mismos actores o con nuevos, llegando hasta 2026 donde se habla de más de un centenar, muchos de ellos alimentados por potencias que se dicen democráticas. El control y la vigilancia de las personas, disparado en nombre de la seguridad por la “amenaza terrorista” y mermando las libertades individuales, gracias a las nuevas tecnologías, internet y la IA desarrollados en las últimas décadas, hoy llega a tales extremos que puede hablarse de nuevas formas totalitarias. Toda una suerte de revolución digital puesta al servicio del control estatal y de un capitalismo de la vigilancia. Nunca (o casi nunca), por supuesto, nos hemos creído lo del progreso, un mundo con cada vez mayores libertades y bienestar, pero lo cierto es que bien entrado el siglo XXI no se perciben más que desigualdades, pobreza, guerra y, para más inri, un auge de nuevos (o no tan nuevos) autoritarismos. Esperemos que este recordatorio en forma de “aniversario”, de un hecho que transformó el mundo, nos haga tener eso tan necesario que es algo de memoria y un mucho de conciencia. Por supuesto, no hay que motrarse más desesperanzado que en otras épocas. Como no puede ser de otra manera, la única respuesta pasa por seguir trabajando por un mundo horizontal ajeno a toda autoridad coercitiva, con una libertad unida a la solidaridad donde el respeto y la integridad propios nos hagan cuidar también el del prójimo. También, por supuesto, con su pequeña dosis de nihilismo para poner en cuestión tanta falsedad y tanto valores interesados.
Juan Cáspar
https://exabruptospoliticos.wordpress.com/2026/09/11/25-anos-de-aquellos-atentados/




