Lupicinio Íñiguez-Rueda
Profesor de Psicología Social en la Universidad Autónoma de Barcelona
Artículo publicado en Redes Libertarias núm. 5 (primavera 2026)
Este artículo explora el potencial crítico y transformador de los estudios del discurso, particularmente del Análisis Crítico del Discurso, como herramienta para desvelar los mecanismos sutiles de dominación que operan a través del lenguaje. A partir de esta perspectiva, se examina cómo las palabras no solo reflejan desigualdades, sino que las construyen y naturalizan, al tiempo que se analiza el papel del discurso en la resistencia y la prefiguración de mundos alternativos, conectando con propuestas libertarias de contrapoder lingüístico.
En las sociedades contemporáneas, el poder no se ejerce únicamente mediante la coerción física o la fuerza institucional. Su eficacia más profunda reside en su capacidad para moldear aquello que consideramos natural, evidente o incuestionable. En este proceso de naturalización de la desigualdad, el lenguaje ocupa un lugar estratégico. Lejos de ser un mero instrumento neutro de comunicación, las palabras operan como verdaderos arquitectos de la realidad: estructuran nuestro pensamiento, definen los límites de lo decible y, con frecuencia, consolidan relaciones asimétricas de poder sin que seamos plenamente conscientes de ello.
El presente artículo se propone explorar esta dimensión constitutiva del lenguaje a partir de las herramientas que ofrecen los Estudios del discurso y, particularmente, el Análisis Crítico del Discurso (ACD). El objetivo es doble: por un lado, mostrar cómo el análisis discursivo permite identificar los mecanismos de dominación y exclusión social que operan en textos y prácticas comunicativas cotidianas; por otro, examinar el potencial transformador del discurso como herramienta de resistencia y cambio social. Para ello, esta reflexión se articula con las perspectivas que conciben el lenguaje como un auténtico «campo de batalla político» donde se dirimen las posibilidades de emancipación o sometimiento.
La tesis puede formularse del siguiente modo: si el lenguaje es uno de los soportes fundamentales de la dominación simbólica, su análisis crítico constituye una forma de autodefensa intelectual, y su reapropiación creativa, un acto de insumisión política. En palabras de los teóricos del ACD, no basta con interpretar el mundo discursivamente construido; se trata también de contribuir a su transformación.
A partir de estas premisas, los Estudios del discurso constituyen un campo transdisciplinar que investiga cómo las personas usan el lenguaje para crear significado en contextos sociales concretos. Desde una conversación informal hasta un debate parlamentario, pasando por las noticias o la publicidad, toda práctica comunicativa implica la movilización de recursos lingüísticos que no solo transmiten información, sino que construyen versiones de la realidad, definen identidades y establecen relaciones entre los interlocutores.
Dentro de este amplio territorio, el Análisis Crítico del Discurso (ACD) emerge como una perspectiva específica que incorpora una mirada ética y política al estudio de los usos del lenguaje. Autores como Teun A. van Dijk, Norman Fairclough, Luisa Martín-Rojo o Ruth Wodak han sido fundamentales en el desarrollo de este enfoque, que parte de una premisa central: el discurso es una práctica social. Esto significa que el lenguaje no refleja pasivamente la realidad, sino que participa activamente en su construcción, reproduciendo o desafiando las estructuras de poder existentes.
El ACD se distingue de otras aproximaciones al discurso por su compromiso explícito con la denuncia de la desigualdad y la exclusión. No se contenta con describir cómo funciona el lenguaje, sino que se pregunta por sus efectos sociales: ¿A quién beneficia esta forma de decir las cosas? ¿Qué voces quedan silenciadas? ¿Qué ideologías se ocultan tras la aparente neutralidad de las palabras? Como señala Van Dijk, se trata de analizar el «abuso de poder» a través del discurso, esto es, las formas en que los grupos dominantes gestionan sus privilegios mediante la comunicación.
Esta perspectiva crítica encuentra un punto de conexión fértil con planteamientos que conciben el lenguaje como un territorio de disputa política. La idea de que el capitalismo y el autoritarismo han «secuestrado» conceptos tradicionalmente emancipadores —libertad reducida a libertad de mercado, democracia vaciada de contenido participativo, solidaridad transformada en caridad— resuena con los análisis del ACD sobre la «apropiación discursiva». Del mismo modo, la noción de que el lenguaje puede operar como «arquitectura del pensamiento», esto es, como estructura que constriñe lo que podemos pensar y decir, conecta con los estudios sobre la hegemonía y la construcción discursiva del sentido común.
Sobre esta base, cabe preguntarse: ¿Cómo opera el lenguaje en la producción y reproducción de la desigualdad? El ACD ha identificado diversos mecanismos mediante los cuales las prácticas discursivas contribuyen a mantener y legitimar relaciones asimétricas de poder. Examinaremos aquí algunos de los más relevantes.
El poder tiene éxito cuando logra que lo arbitrario parezca natural o inevitable
En primer lugar, la forma más eficaz de dominación es aquella que logra presentar como natural, inevitable o definitivo lo que es producto de decisiones humanas e intereses contingentes. El lenguaje desempeña un papel crucial en este proceso de naturalización a través de recursos como el eufemismo o la nominalización.
Los eufemismos sustituyen expresiones que podrían resultar incómodas o moralmente cuestionables por términos técnicos o neutrales que anestesian la respuesta crítica. Cuando se habla de «flexibilidad laboral» para referirse a la precarización del empleo, o de «daños colaterales» para designar la muerte de civiles en operaciones militares, el lenguaje está operando una transformación profunda: convierte realidades cruentas en procesos técnicos desprovistos de agencia y, por tanto, de responsabilidad política. El receptor de estos mensajes no experimenta la indignación que produciría nombrar las cosas por su nombre; la violencia y la explotación se vuelven administrables, integrables en el orden de lo normal.
Por su parte, la nominalización, esto es, la conversión de procesos en sustantivos permite ocultar a los actores responsables de las acciones. Afirmar que «se produjeron despidos» en lugar de «la empresa despidió a sus trabajadores» elimina al sujeto que ejerce la acción, diluyendo la responsabilidad y presentando el hecho como un acontecimiento sin autor. Esta estructura gramatical, aparentemente inocua, tiene efectos políticos de primer orden: impide señalar a los responsables y, por tanto, dificulta la movilización contra ellos.
En segundo lugar, el pensamiento autoritario tiende a organizarse en torno a oposiciones binarias donde un término se define como superior y el otro como inferior o amenazante. El lenguaje es el vehículo privilegiado de estas jerarquías. Parejas como civilización/barbarie, razón/emoción, orden/caos o nosotros/ellos estructuran nuestra percepción de la realidad social y legitiman formas de exclusión.

Teun Van Dijk1 ha estudiado cómo los discursos mediáticos y políticos construyen sistemáticamente un «cuadrado ideológico» que opera mediante cuatro movimientos: enfatizar lo positivo del endogrupo (nosotros), enfatizar lo negativo del exogrupo (ellos), mitigar lo negativo del endogrupo y mitigar lo positivo del exogrupo. Este patrón discursivo, que puede rastrearse en debates sobre inmigración, seguridad o identidad nacional, produce efectos de polarización y exclusión profundos.
Cuando los medios hablan de «oleada migratoria» o «avalancha de inmigrantes», no están simplemente describiendo un fenómeno demográfico. Están activando metáforas de desastre natural que deshumanizan a las personas migrantes y las convierten en una amenaza incontrolable que debe ser contenida. El lenguaje, en este caso, prepara el terreno para políticas restrictivas y y de exclusión al construir el problema en términos que hacen inevitable una respuesta autoritaria.
En tercer lugar, si el poder se ejerce también mediante lo que se dice, quizá su forma más extrema sea aquello que no se dice. La exclusión discursiva —el silenciamiento sistemático de determinados sujetos, experiencias o perspectivas— constituye una de las violencias simbólicas más eficaces. Lo que no se nombra no existe en el espacio público; no puede reclamar derechos ni protagonizar reivindicaciones.
El androcentrismo lingüístico ofrece un ejemplo paradigmático. El uso del masculino como genérico no es una cuestión meramente gramatical, sino una estructura que sitúa al varón como medida de lo humano, convirtiendo lo femenino o lo no binario en una anomalía o una nota al pie de página. Cuando la historia se narra exclusivamente en masculino, las mujeres quedan excluidas de la agencia política; cuando el lenguaje institucional se dirige al «ciudadano» abstracto, las experiencias específicas de las mujeres —y su subordinación— resultan invisibilizadas. El silencio, en este contexto, opera como tecnología de exclusión.
Lo que no se nombra, no existe en el espacio público
Esta dimensión del análisis discursivo conecta directamente con las preocupaciones de aquellas personas y grupos para quienes nombrar lo invisibilizado constituye un acto de «insumisión lingüística». La inclusión no es aquí una concesión a la corrección política, sino una ruptura necesaria con el orden patriarcal que, por definición, se sostiene sobre la exclusión de las disidencias del espacio simbólico.
Frente a estos mecanismos de dominación, si el lenguaje puede ser vehículo de dominación, también puede serlo de resistencia. El ACD no solo se propone desvelar los mecanismos de poder; su objetivo último es contribuir a la transformación de las relaciones sociales desigualitarias. En este sentido, el análisis discursivo se concibe como una herramienta de empoderamiento que permite a las personas y grupos sociales tomar conciencia de cómo operan las estructuras simbólicas que los subordinan.
La resistencia discursiva consiste en hablar y escribir como si ya fuéramos libres
Un primer movimiento de la resistencia discursiva consiste en desnaturalizar aquello que se presenta como inevitable. Si el poder logra su eficacia presentando construcciones sociales como hechos naturales, la tarea del análisis crítico es mostrar su carácter contingente, histórico y, por tanto, modificable. Cuando el discurso neoliberal habla de «leyes del mercado» con la misma inevitabilidad con que se habla de las leyes de la gravedad, el analista interviene señalando que se trata de decisiones políticas, no de fatalidades inapelables.
Esta operación de desvelamiento devuelve agencia a las personas y a los grupos sociales: si las cosas son como son porque así han sido construidas, entonces pueden ser de otro modo. La crítica discursiva abre así el espacio para la imaginación política y la acción transformadora.
En segundo lugar, un movimiento de resistencia consiste en disputar el significado de los términos que han sido colonizados por el discurso dominante. Hablamos en este contexto de «des-intoxicar» palabras como libertad, democracia o solidaridad, vaciadas de su contenido emancipador y convertidas en eslóganes al servicio del statu quo.

La historia de los movimientos sociales ofrece numerosos ejemplos de esta lucha por la significación. El término queer, originalmente un insulto homófobo, fue reapropiado por las propias disidencias sexuales como bandera de orgullo y afirmación identitaria. Del mismo modo, la palabra anarquista —durante décadas utilizada como sinónimo peyorativo de caos y violencia— es reivindicada por colectivos libertarios como expresión de un proyecto político basado en la horizontalidad y el apoyo mutuo.
Esta «subversión semántica» no es un mero juego de palabras. Tiene efectos políticos reales: al cambiar el significado de los términos, se alteran los marcos desde los que pensamos la realidad y se abren posibilidades de acción antes clausuradas. Como señaló Victor Klemperer en su estudio sobre la lengua del Tercer Reich2, los regímenes autoritarios saben bien que controlar el lenguaje es controlar el pensamiento; la resistencia debe, por tanto, disputar ese control.
En tercer lugar, la dimensión más creativa de la resistencia lingüística reside en la capacidad del discurso para prefigurar mundos alternativos. La noción de «prefiguración» —central en prácticas políticas libertarias— alude a la idea de que los medios deben ser coherentes con los fines: la sociedad libre e igualitaria que se busca construir debe anticiparse en las formas de organización y comunicación del presente.
Aplicada al lenguaje, esta perspectiva implica hablar y escribir como si ya habitáramos el mundo que deseamos. Significa ensayar formas de comunicación horizontales que eliminen jerarquías innecesarias, nombrar realidades que aún no existen para hacerlas pensables, y narrar historias de resistencia y autonomía que demuestren que otros mundos son posibles.
Términos como «apoyo mutuo», «autogestión» o «acción directa» no son meras reliquias del pasado, sino «imaginarios en acción». Al ser utilizados sistemáticamente, estos conceptos construyen una realidad paralela donde el Estado y el Capital dejan de ser los ejes organizadores de la vida social. El lenguaje opera aquí como performance: no describe un mundo ya dado, sino que contribuye a crear el mundo que anuncia.
Para ilustrar el potencial del análisis discursivo como herramienta de desvelamiento y resistencia, examinemos tres casos concretos que muestran cómo operan los mecanismos de dominación y cómo es posible contraponerles discursos alternativos.
En un primer caso, consideremos el siguiente titular, frecuente en la prensa comercial cuando informa sobre protestas sociales: «La ciudad recupera la normalidad tras los incidentes registrados en la huelga del metal». Acompaña al titular una entradilla: «A pesar de la tensión, el despliegue policial evitó males mayores durante la jornada de ayer. Se produjeron detenciones tras el lanzamiento de objetos contra los agentes».
Un análisis crítico de este texto revela múltiples operaciones discursivas. En primer lugar, la noción de «normalidad» construye la huelga como una anomalía o enfermedad del cuerpo social, invisibilizando sus causas —salarios bajos, precariedad, condiciones de trabajo insalubres— y presentando la paz social como valor supremo por encima de la justicia. En segundo lugar, la estructura impersonal «se produjeron detenciones» oculta al agente de la represión (la policía) y presenta los hechos como fenómenos naturales desprovistos de responsabilidad política. Finalmente, el «cuadrado ideológico» opera con toda su eficacia: los agentes aparecen como protectores que «evitan males mayores», mientras los huelguistas son reducidos a autores de «incidentes» y «lanzamiento de objetos», despojados de su condición de trabajadores con demandas legítimas.
Frente a este relato dominante, un discurso de resistencia podría formularse en términos muy distintos: «La lucha obrera del metal persiste pese a la represión policial. Las y los trabajadores mantienen el pulso por un convenio digno mientras la policía carga contra las y los manifestantes que defienden sus puestos de trabajo». Esta reescritura no solo asigna responsabilidades, sino que restituye a los sujetos su condición de actores políticos con agencia y dignidad.
Un segundo ejemplo procede del ámbito educativo. Un titular institucional como «La UAM apuesta por la formación dual para acercar a los estudiantes de Química al mundo laboral» podría aparecer en cualquier medio como muestra de innovación pedagógica. Sin embargo, el análisis crítico detecta aquí la operación de un discurso mercantilizador.
La metáfora de «abrir puertas» al mundo laboral presupone que el conocimiento académico es un espacio cerrado que solo adquiere valor cuando se conecta con la empresa. El léxico de la «apuesta» y la «iniciativa» traslada al ámbito educativo categorías propias del marketing y el capital riesgo, transformando la universidad pública en un actor de mercado. La expresión «mundo laboral», por su parte, opera como eufemismo que oculta las condiciones reales de la «formación dual»: ¿son prácticas remuneradas dignamente o constituyen una forma de precarización que sustituye empleo por becarios de bajo coste?
Si el lenguaje es uno de los soportes fundamentales de la dominación simbólica, su análisis crítico constituye una forma de autodefensa intelectual, y su reapropiación creativa, un acto de insumisión política
Una perspectiva crítica desvelaría este titular como estrategia de legitimación de la subordinación de la educación a los intereses empresariales. Frente a ella, un discurso alternativo podría denunciar «la universidad al servicio de la empresa» y alertar sobre cómo «la formación dual precariza el aprendizaje académico», priorizando la mano de obra barata sobre el pensamiento crítico y la autonomía universitaria.
Un tercer ejemplo nos acerca a las políticas de igualdad. Titulares como «El Gobierno concede nuevas ayudas para fomentar el emprendimiento femenino» o «el plan busca ayudar a las madres a conciliar su vida familiar con el éxito profesional» son habituales en la información sobre políticas de género. Su apariencia progresista no debe ocultar, sin embargo, las operaciones discursivas que los sostienen.
El verbo «conceder» sitúa al Estado en posición de superioridad jerárquica y a las mujeres como sujetos pasivos que reciben favores, no como protagonistas de sus propias luchas. La expresión «la mujer» en singular opera una esencialización que borra la diversidad de experiencias y realidades —mujeres migrantes, precarias, racializadas, disidentes—, construyendo un prototipo único que coincide sospechosamente con el modelo burgués y occidental. La vinculación entre «mujer» y «madre» en el término «conciliación» naturaliza la responsabilidad femenina sobre los cuidados, cerrando la posibilidad de cuestionar la distribución patriarcal del trabajo reproductivo.
Un discurso feminista y libertario reformularía radicalmente este planteamiento. No se trataría de «ayudas» estatales, sino de la «lucha de las trabajadoras» contra la precariedad y el patriarcado. No se trataría de «conciliación», sino de «colectivizar los cuidados» y romper las jerarquías que sostienen la economía capitalista. Nombrar el conflicto, no esconderlo bajo la palabra «ayuda», constituye el primer acto de insumisión.
En conjunto, hemos recorrido un itinerario que parte de la constatación del carácter constitutivo del lenguaje en la producción de la realidad social, atraviesa el análisis de los mecanismos discursivos de dominación y exclusión, y desemboca en la exploración de las posibilidades de resistencia y transformación que el discurso ofrece. Este recorrido nos permite extraer algunas conclusiones.
En primer lugar, el lenguaje no es un territorio neutral, sino un campo de batalla donde se dirimen relaciones de poder. Los estudios del discurso y, particularmente, el ACD, proporcionan herramientas valiosas para desvelar cómo operan esas relaciones y para dotar a las personas de capacidad crítica frente a las estrategias de naturalización de la desigualdad.
En segundo lugar, la dominación discursiva opera mediante mecanismos específicos —eufemismos, nominalizaciones, binomios excluyentes, silenciamientos— que pueden ser identificados y desmontados. La «autodefensa lingüística» no es una metáfora, sino una práctica necesaria en sociedades donde el poder se ejerce cada vez más a través de la gestión simbólica de la realidad.
En tercer lugar, la resistencia discursiva adopta formas diversas que van desde la denuncia de la falsa neutralidad del lenguaje hasta la reapropiación creativa de términos colonizados por el discurso dominante, pasando por la prefiguración de mundos alternativos a través de la palabra. La perspectiva del ACD ilumina precisamente esta dimensión propositiva y constructiva de la lucha por el lenguaje.
Finalmente, es preciso señalar límites y lineamientos futuros. El análisis discursivo no puede sustituir la acción política; constituye, más bien, una herramienta a su servicio. Del mismo modo, es necesario profundizar en el estudio de las condiciones materiales que posibilitan o dificultan la emergencia de discursos alternativos, así como en las formas concretas en que las prácticas comunicativas horizontales pueden contribuir a la construcción de contrapoderes sociales.
En definitiva, aprender a leer críticamente los discursos que nos rodean es el primer paso para comprender —y quizá transformar— la sociedad en que vivimos. Las palabras no son neutras: son vehículos de poder, pero también de resistencia. Ocuparlas, disputarlas, resignificarlas, es una tarea ineludible para quienes aspiran a un mundo de personas libres e iguales.




