GIGANTE ROALD DAHL

La obra «Gigante», Roald Dahl y el antisemitismo

Johh Lithgow, interpretando a Roald Dahl en el montaje londinense de ‘Giant‘.

Gigante es una obra de teatro escrita por Mark Rosenblatt, cuyo estreno tuvo lugar en Londres en la primavera de 2025, con gran éxito de crítica y público, pasó posteriormente por Barcelona y el último montaje todavía puede disfrutarse este mes de abril de 2026 en Madrid con un elenco notable encabezado por el gran actor, también en sentido físico, José María Pou. La historia recoge un episodio de la vida del escritor Roald Dahl, conocido sobre todo por sus relatos infantiles, donde hay mucho de especulación, pero partiendo de algunos hechos verídicos y de ciertas controvertidas declaraciones del literato. Dahl, prestigioso y muy conocido especialmente por todos aquellas que han tenido hijos, fue un autor británico de origen noruego, que sirvió en la Real Fuerza Aérea durante la Segunda Guerra Mundial, un dato que es mencionado en la obra que nos ocupa y que servirá como hecho fundamental para una de las afirmaciones en la que se le acusa de antisemitismo. En lo que atañe a su obra, este prestigioso escritor ha sido reconocido especialmente por sus historias dirigidas a los más pequeños, aunque no exentas de cierto tono macabro y de humor negro; resultan muy populares, también por las adaptaciones a otros medios, libros como Charlie y la fábrica de chocolate, James y el melocotón gigante, Matilda o Las brujas. Es, precisamente, cuando ha acabado la escritura de Las brujas en el verano de 1983, y se encuentra viendo las galeradas de imprenta, cuando comienza la obra Gigante. Veamos lo que nos cuenta.

Tras la matanza de Sabra y Chatila, después de que Israel invadiera el sur del Líbano en 1982 para expulsar a la Organización para la Liberación de Palestina, Dahl había publicado, en el momento en que empieza la obra de Rosenblatt, una reseña de un libro ilustrado sobre dicho conflicto bélico con miles de víctimas civiles. En dicho texto, se despacha a gusto sobre cómo es posible que el pueblo judío, que fue víctima de genocidio hacía no tanto, se haya convertido ahora en verdugo. Es cierto que el escritor no se limitaba a una critica al Estado de Israel, también incluyó algunas generalizaciones sobre los judíos en general, lo que provocó un revuelo considerable con las consabidas críticas de antisemitismo. Como inciso, resulta curioso que el término “antisemita”, en la actualidad en una acepción única, recoja solo la discriminación, odio o violencia sobre los judíos; sin embargo, como es sabido, los árabes son igualmente un pueblo semita junto a otros de la Antigüedad. Más tarde volveremos sobre el asunto, pero es posible que alguien pueda señalar la acaparación de un concepto, quizá comprensible en época contemporánea debido al holocausto, pero cuyo uso como calificativo acusador hasta la saciedad con seguridad ha pretendido blindar al Estado de Israel de toda crítica sobre sus desmanes cometidos sobre un pueblo igualmente semita.

José María Pou, interpretando a Dahl, junto a otros actores del montaje en España.

Pero, volvamos con lo que nos narra la obra Gigante, en la que tras su incendiario texto, Dahl, que como hemos dicho está a punto de publicar su libro Las brujas, recibe en su mansión de Buckinghamsire la visita de una agente comercial de la editorial (personaje estadounidense de origen judío, al parecer ficticio) que le invita, de forma paulatinamente menos amable en un enfrentamiento directo con el autor, a realizar unas disculpas. Esta reunión, en la que también se encuentra su editor, igualmente judío, junto a la pareja de Dahl, al parecer nunca tuvo lugar, pero es un excelente punto de partida dramático. Hay que aclarar algo importante, y que dota a la obra de una complejidad que va más allá de considerar a un reputado escritor como racista, y es que los dos responsables de la editorial parecen más esforzados en conseguir una disculpa pública de Dahl, no tanto por considerar sus opiniones intolerables, como para asegurar el éxito comercial de su próxima obra. Los intereses lucrativos, al margen de disquisiciones de índole moral, parecen planear durante toda la historia. Cierto es que la mujer judía sí parece enfrentarse al escritor esgrimiendo ciertos argumentos morales, pero el matiz de que sea alguien que ha cambiado su apellido judío (Stein por Stone), algo que se desvela al comienzo de la historia, escondiendo sus orígenes por algún motivo, no puede pasarse por alto dentro de una obra con personajes ambiguos, complejos y sumamente contradictorios. Entre las virtudes de Gigante se encuentra la de poner sobre el tapete, más de cuatro décadas después de los hechos que recoge, cuestiones que desgraciadamente siguen siendo de actualidad. Resulta imposible, al menos desde mi punto de vista, contemplar la obra de un modo neutral, indignarse sin más ante el supuesto antisemitismo de una figura pública, después de que el Estado de Israel haya producido miles de víctimas desde octubre de 2023 y continúe su actividad bélica en 2026 en Líbano e Irán. Sí, la realidad está plagada de matices sobre los conflictos (algunos, ya cronificados), pero malditos sean los matices cuando son los pueblos los que sufren.

La obra, aunque hay que decir que mantiene el interés en todo momento y no se hace en absoluto pesada, es de larga duración; se divide en dos partes, de más de una hora cada una, con 15 minutos de descanso (lo cual es de agradecer e invita a la reflexión en buena compañía). En ese primer bloque, creo que resulta francamente complicado no simpatizar con el gruñón Roahl Dahl, que es cierto que se pasa de la raya en el texto que ha dado lugar a la polémica, una reseña del libro de Tony Clifton y Catherine Leroy God Cried, que recoge documentos gráficos sobre la masacre en Líbano, pero que puede resultar comprensible ante hechos intolerables de un determinado poder político sobre civiles. En ningún momento, y hablo por supuesto responsabilizándome desde mi propia subjetividad, deseo como espectador que Dahl pida disculpas, ni que se vea moralmente obligado a ello, mucho menos si la causa son meros intereses comerciales; por otra parte, el hecho de que pueda vetarse la obra de un autor, por parte de ciertos grupos de presión, debido a sus opiniones (sean cuales sean estas) provoca también cierta simpatía hacia el mismo. Como vemos, Gigante nos trae otro tema de candente actualidad y es el de los limites de la libertad de expresión, especialmente en el caso de una figura pública; como en este caso, se trata además de supuestos agravios sobre una etnia, por lo que quizá hoy se conocería ya de manera abierta como delito de odio con posibles consecuencias penales. Una pequeña reflexión sobre ello y es que, aunque para un espíritu libertario la discriminación de cualquier tipo, aunque sea en el ámbito de la opinión, solo puede causar repulsa, su supuesto combate desde lo punitivo resulta más que cuestionable; el rechazo queremos realizarlo siempre desde un punto de vista moral y social, y es que los anarquistas, desde nuestra bendita ingenuidad, siempre hemos creído más en educar que en castigar. También, por supuesto, en una fraternidad universal hoy tan reivindicable como en los inicios de la modernidad, que acabe de una vez por todas con los nacionalismos y las barreras políticas que separan a la humanidad como es el caso de árabes y judíos.

Y es que el Estado de Israel, ultranacionalista y militarizado (por supuesto, no es el único), con la connivencia de sus poderosos aliados y de los muchos grupos de presión afines, se han encargado de acusar de antisemitismo a todo aquel que ose denunciarle. ¿Pueden estas palabras, de las que me responsabilizo plenamente, ser a su vez calificadas de “antisemitas”? Viene al caso recordar algo, recientemente difundido de nuevo, con lo que, salvando las distancias, podríamos hacer cierto paralelismo con el artículo de Dahl, que fue el del dibujante humorístico Romeu presuntamente despedido en 2009 de El país por cierta viñetas que criticaban a Israel y que reproducimos junto a estas líneas. En la primera de ellas, Romeu se salta la ley de Godwin (aludir comparativamente al nazismo, uno de los peores horrores que ha sufrido la humanidad, para fortalecer argumentos morales) con el fin de denunciar el muro de Cisjordania (denominada eufemísticamente por el Estado israelí como valla de seguridad), que recordemos ha sido señalado por diversas organizaciones internacionales como un atentado a los derechos humanos. No obstante, la crítica de Romeu dio lugar a una extensa carta en el mismo diario en la que, por supuesto, se calificaba al humorista de antisemita y se recordaba el auténtico horror que fue el holocausto (lo cual, hay que decirlo, supuso elevar la apuesta con la manida ley de Godwin). Pero, la siguiente viñeta de Romeu iba a acusar una polémica aún mayor cuando denuncia directamente que Israel viole con total impunidad todas las leyes humanas e internacionales y alguien, caracterizado típicamente como judío, le contesta “nuestro buen dinero nos cuesta”. Esta vez la protesta vino de la Federación de Comunidades judías de España y, como podía ser previsible, consideraron que la caricatura era propia de un fanatismo comparable a lo publicado en la Alemania nazi previamente a la persecución y exterminio de los judíos. Personalmente, no habría realizado dichas denuncias en el tono como lo hizo Romeu, aunque hay que señalar que se trata de trabajos humorísticos, por lo que puede ser asumible caer en estereotipos y ciertos excesos estéticos más propios de la caricatura, pero con intenciones muy críticas con la realidad social y política. La indignación de parte de la comunidad hebrea podría haber partido de esto para lanzar su crítica, pero sus intenciones parecían más bien distanciarse del “conflicto” palestino-israelí y lanzarse, como era y sigue siendo habitual, a las acusaciones de antisemitismo.

El auténtico Roald Dahl.

Algo similar quise ver en la historia que nos cuenta Gigante en la que parecen tener más peso unas palabras salidas de tono, cierto es que emitidas por una figura cultural de gran relevancia, que los terribles hechos de una cruel realidad. Hoy, décadas después del tiempo en que se sitúa la obra, la situación solo parece haber ido a peor y lo políticamente correcto es uno de los permanentes factores que pretenden distanciarnos de la injusticia de los hechos. Y es que, aunque el conflicto entre palestinos e israelíes puede ser el impulsor dramático de la obra, y claramente resulta indisociable de cualquier otro aspecto, son muchas y muy interesantes los distintos niveles temáticos que se muestran como es el de la libertad de expresión u opinión, aunque esta ofenda a muchos. Nos introducimos así en otro aspecto de la obra que también se ha señalado y es eso que hoy denominan cultura de la cancelación, que solo podemos observar como una falacia interesada; hasta donde yo sé, Dahl nunca la sufrió separándose su obra de sus controvertidas afirmaciones, pero es que tampoco creo que exista tal cosa bien entrado el siglo XXI. Que alguien sufra la reprobación social por declaraciones consideradas moralmente repulsivas no puede confundirse con ninguna suerte de censura o veto a su obra (a no ser, claro, que esta sufra igualmente la oposición del público por cuestiones morales). Otra tendencia actual es revisar obras del pasado por caer en estereotipos raciales, sexistas o de algún tipo, lo cual parece a todas luces excesivo; curiosamente, algo también mencionado en la obra, Dahl sí accedió a retocar su obra Charlie y la fábrica de chocolate ante las protestas de la comunidad negra por la visión de algunos personajes representados como pigmeos africanos. Es un debate, pero insistiremos en analizar (también, lo que forma parte de la historia con paradigmas muy diferentes) y en educar en aras de un verdadero cambio social y moral, no atender simplemente a síntomas culturales sin transformar sustancialmente el estado de las cosas.

Roald Dahl, como es sabido, nunca se retractó de sus declaraciones y, al parecer, al final de su vida incluso afirmó haberse vuelto, no solo contrario al Estado de Israel, también propiamente antisemita como tantas veces se le había acusado. En una conocida entrevista a la revista británica The New Statesman, que la obra también recoge, dejando estupefactos al periodista en la vida real y a los espectadores de la obra de ficción, el escritor realizó unas nuevas declaraciones, en las que ya traspasaba todos los límites de la polémica, acusando al pueblo hebreo de no haber dado muestras de valentía en la Segunda Guerra Mundial que él había vivido; como colofón, llegó a afirmar que existía un rasgo en el carácter judío que producía animosidad y que, incluso, un indeseable como Hitler “no los eligió sin motivo”. Resulta francamente complicado ya buscar contexto a dichas afirmaciones, incluso vistas como una mera boutade de alguien abiertamente polémico con ganas de provocar. A parecer, para Mark Rosenblatt Dahl era alguien claramente antisemita que incluso le detestaría a él mismo, pero creo que su obra Gigante tiene aristas mucho más interesantes que esa cuestión que invitan a la reflexión en el convulso mundo actual.

Capi Vidal

Deja un comentario