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La topografía política del anarquismo

En los mapas antiguos es frecuente ver zonas pobladas de criaturas mitológicas, sirenas y amazonas, dragones y unicornios. Con todo detalle se dibujan los seres que pueblan las regiones más recónditas e  inexploradas, las que se sabe o se supone que existen, pero que no se conocen. Los relatos de los pocos viajeros que han llegado hasta ellas pasan de boca en boca y se desfiguran al transmitirse, se  magnifican, se exageran, hasta que de una narración, se supone, más o menos fidedigna, surge toda una topografía imaginaria, que sirve a la vez para demostrar la existencia de las criaturas míticas cuyo territorio reparte. El razonamiento circular es evidente.  Los dragones existen porque viven allí, en el confín del mundo. Lo pone en el mapa. Y viven allí porque existen y en algún lugar tienen que estar. Por eso pueden aparecer en el diseño del mundo.

Del mismo modo, en el siglo XIX, erradicados ya los excesos fantásticos medievales y renacentistas, los exploradores victorianos, salacot y fusil en ristre, se dedicaron metódicamente a rellenar los vacíos que aún quedaban en los mapas. Sobre todo en el continente negro, los  espacios en blanco actuaron como imanes para las potencias coloniales, que trazaron meticulosamente la línea de la costa, pero no sabían aún lo que había en el interior. Invitación aparentemente irresistible para las mentes imbuidas de fantasías evangelizadoras e imperialistas. Después de todo, como nos recuerda Kipling, es la carga del hombre blanco. También en política ocurre algo parecido. La mayoría de nosotros crecemos virtualmente como analfabetos funcionales en este ámbito, que no se considera, normalmente, necesario para la formación adulta. En general, el sistema educativo y la sociedad en su conjunto, entiende que los habitantes de un país tienen que adquirir una serie de conocimientos que les capaciten como futuros trabajadores y  elementos productivos, pero esto no se extiende a competencias cívicas imprescindibles para ser políticamente operativo.

Sea como sea, lo cierto es que los actuales modelos democráticos limitan la participación efectiva a una casta de profesionales, lo que hace innecesario que el resto de la población posea algo más que un mínimo barrunto del funcionamiento del sistema, apenas el necesario para depositar un voto en una urna y asumir que la gestión directa de sus asuntos ya no es, valga la redundancia, asunto suyo. Pero parece ser que la tendencia a inventar lo que no se sabe es una constante en la psicología humana. Al igual que los monstruos en los mapas medievales, la topografía política está plagada de zonas oscuras y desconocidas, áreas grises de las que se suelen tener sólo vagas nociones, a partir de las que se construye una imagen fantástica que sustituye un conocimiento más detallado y hace que este se perciba como innecesario. En base a estas vagas nociones se reparte el territorio político, asociando ciertos elementos del espectro ideológico con remotos puntos cardinales y poblándolo de las correspondientes criaturas mitológicas que lo habitan. Evidentemente, estos seres no son producto espontáneo de la imaginación, sino que a menudo son suministrados por actores interesados, a través de canales adecuados al nivel de la representación que se intenta configurar. El cine, la televisión y, sobre todo, los medios de comunicación generales suplantan la educación política (en sentido amplio) formal, y reparten prejuicios e imágenes preconcebidas en el mapa mental que se intuye, más que se dibuja. Así, la mayoría de las personas (ni siquiera todas), sabe que el nacionalsocialismo está en alguna región a la derecha (¿el este?) de los conservadores, pero no exactamente por qué, o cuáles son las diferencias entre ellos. Del mismo modo, la izquierda marxista está al oeste, en una zona poblada por enemigos de la propiedad privada, aunque nadie sepa cómo han llegado hasta allí, ni por qué. ¿Y los anarquistas? Allí hay dragones…

Si el conocimiento de las opciones políticas, digamos convencionales, es en general esquemático y borroso, el de aquellas que trascienden los convencionalismos del sentido común cívico de una época entran en el reino de lo nebuloso. Nos hallamos en terreno abonado para lo mítico. Cualquier noción que vaya más allá de los parámetros aceptados como incuestionables en la fundamentación del sistema democrático actual se percibe como un sinsentido, difícil de asimilar o siquiera concebir  como  posible.  Todo  el  mundo  sabe que  alguien tiene que estar al mando, y si no esto se vuelve un caos. Todo el mundo sabe que cada persona es un voto, pero en la empresa manda el jefe, y punto. Todo el mundo sabe que la libertad de cada uno acaba donde empieza la de los demás. Y no tiene sentido plantearse, por ejemplo, que la libertad, o su ausencia, es un fenómeno social e histórico que se construye colectivamente y que la de cada uno surge de la de todos. Mucho menos que haya formas eficaces de toma de decisiones colectivas o que la dictadura política, aunque la llamen democracia, se basa en la económica, y que esta es en buena medida la causa de la perpetuación de la estructura de clases y del trabajo asalariado. Realmente, hay zonas de nuestro mapa que quedan más allá de los confines del mundo, no ya conocido, sino siquiera imaginable.

En esta zona de sombras indefinidas habitan los anarquistas, criaturas que se dijeran carentes de voz propia, que no pueden explicarse a sí mismas, porque su predicamento choca con una barrera de incomprensión e ignorancia. En su lugar, las potencias del sistema económico y político instituido colonizan esta región brumosa y la pueblan de sus propias invenciones. El propagandista por el hecho se vuelve el terrorista indiscriminado movido por un afán criminal y antisocial. El naturista promotor del amor libre, un sátiro promiscuo. El racionalista ateo, un fanático que devora curas. El educador libertario, un corruptor de mentes infantiles. Y más recientemente, la contracultura se vuelve perroflautismo, la reivindicación obrera anarcosindical, vagancia o enchufismo, y la abstención activa, miopía utópica, que no ve que la única vía para la transformación social es el novedoso método, nunca intentado antes, de votar a algún partido minúsculo, verdadero valedor de los anhelos revolucionarios.

Se define de este modo una peculiar topografía del anarquismo, colonizada por sus oponentes de derecha e izquierda, que desfigura sus propuestas y presenta una región habitada por monstruos donde ningún ser humano con dos dedos  de frente se aventura a entrar. Como fantasía puede estar muy bien pero, se insiste, el verdadero  proyecto político está en  otra parte. Lo peor de todo ello es que, al igual que ocurre en las poblaciones colonizadas, que se modifican para adaptarse a la imagen que de ellos mismos tiene el colonizador, en ocasiones algunos anarquistas se adaptan, conscientemente o no, a esta imagen desfigurada. De hecho hay quienes precisamente se ven atraídos por esa falsa imagen de radicalismo irracional, ese nihilismo sin propuestas que tan bien cantaron los Sex Pistols, a pesar de que tenga poco que ver con el anarquismo histórico o consecuente. O simplemente se trata de compañeros que no han superado la percepción difusa de la Idea que es común en la topografía burguesa del anarquismo. Porque no basta con odiar a la madera policial o ir encapuchado a todas las manis para ser un anarquista consecuente, del mismo modo que gritar mucho en las asambleas no hace a nadie más radical. De lo que no se dan cuenta estos compañeros es de que están tomando como cierta la imagen distorsionada y los prejuicios burgueses contra el anarquismo, a pesar de que sean precisamente estos los que les resulten atractivos. Se pierden en cuestiones de forma, sin poder llegar al fondo. Y de este modo  se refuerza el círculo. Los anarquistas existen en la medida en que cumplen con el estereotipo y hacen ciertos todos los lugares comunes desde el momento en que existen. Si no, no se les percibe como tales y por ello no desmienten lo que dibuja el mapa. Se rompe la luna del banco o el McDonald’s porque eso es lo que hacen los anarquistas y se es anarquista en la medida en que se rompe la luna. Y cientos de flashes inmortalizan el momento para deleite de las primeras planas y los telediarios de prime time.

Al igual que los pueblos que se liberan del yugo del colonialismo, los anarquistas tenemos que aprender a mirarnos y vernos con nuestros propios ojos; nuestra historia específica, contada por nosotros mismos, con todos sus aciertos y gravísimos errores; nuestras ideas, pensadas no de nuevo, sino otra vez; lo que nos hace ser lo que somos, sacado a la luz y rescatado de la bruma. Vamos a dibujar nuestros mapas y reconstruir nuestra topografía, para descolonizarnos y recolonizarnos, y conquistar nuestras fronteras, sin espacios en blanco ni mitologías ajenas. Para surgir de la noche y la niebla que ocultan los confines del mundo político y conquistarlo. Lo queremos todo… ¡somos dragones!

Gladys P. 

[Publicado originalmente en revista Des-Bordes # 1, Madrid, otoño 2014. Número completo en http://www.glad-madrid.org/wordpress/wp-content/uploads/2014/12/des-bordes_web_n1_otono2014.pdf.]

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