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¿Paradigma anticomunista?

Desde que tengo uso de razón, y aunque de (más) joven no era el portento intelectual ácrata que escribe estas líneas, no recuerdo haber justificado jamás, al menos no de manera incondicional, ninguna praxis comunista. De hecho, apenas había alcanzado la mayoría de edad, cuando recuerdo una manifestación del Primero de Mayo en la que el líder de Comisiones Obreras pidió libertad para el pueblo cubano; el que suscribe era tan entrañablemente ingenuo, que dibujó una amplia sonrisa en su rostro congratulándose de tan estupenda crítica a la tiranía en que había desembocado la Revolución cubana. No, aquel fulano se refería única y exclusivamente al bloqueo criminal del imperialismo yanki; tan perverso, como lo es el que sufren los cubanos por parte de sus dirigentes. No obstante, y a pesar de ese espíritu libertario avant la lettre, uno pensaba todavía que el viejo Marx podía tener bastante razón a nivel político, pero la ideas se habían traicionado en la práctica de manera pertinaz una y otra vez. Sí, un cliché no muy original, con una buena dosis de sinsentido, pero qué queréis, uno era un zagal de lo más candoroso. No sé si hace falta remontarse a los tiempos de la Primera Internacional, cuando los socialistas antiautoritarios acabaron rompiendo con los partidarios de conquistar el poder.

Uno de aquellos libertarios afirmó algo así como que los seguidores de Marx iban a acabar consiguiendo que la gente odiara la palabra «comunismo»; y esto, se dijo antes de lo que montaron ulteriormente Lenin y compañía. Pues sí, aquel tipo tenía toda la razón, el vocablo en cuestión remite en gran parte del imaginario popular a grandes regímenes totalitarios, que han aplastado la libertad e iniciativa individuales. Uno, que no deja de ser (casi) humano, también se ve impregando de esa demonización de un término político, aunque jamás me definiré como «anticomunista»; un apelativo de connotaciones repulsivamente reaccionarias, que normalmente usan especímenes nada recomendables. Para el caso que nos ocupa, me parece de lo más bello y significativo el término «antiautoritario». Dicho esto, expliquemos el encabezado de este texto. Por un lado, hay un notable esfuerzo en magnificar los crímenes realizados por los regímenes comunistas; es así hasta el punto de que está bastante extendida la afirmación de que el comunismo propició la muerte de 100 millones de personas.

Es fácilmente entendible que esto es un despropósito mayúsculo para alguien que realice historia de verdad, y no de un esperpento inicuo como Jiménez Losantos o tantos otros que sencillamente viven del «anticomunismo» perpetrando libros y ponencias para consumo del público más reaccionario y acrítico. Por otro lado, contumaces marxistas-leninistas insisten en todo lo contrario, en el refugio en una visión histórica y política, que no ha ido en la dirección que pretendía los padres fundadores, y en obviar todo lo negativo que ha supuesto la praxis. Es así hasta el punto que se asegura en ocasiones que existe un paradigma o «leyenda negra» anticomunista, lo cual es posible que tenga cierta base, pero que conduce a toda suerte de intenciones justificatorias. No es, por otra parte, nada original, ya que se habla también de una leyenda negra en el caso del sacrosanto imperio español o en el de otoros regímenes dictatoriales como lo fue el propio franquismo. Creo que, dejando a un lado la saludable crítica a toda manipulación interesada de la historia, me parece que todo esto es caldo de cultivo para la estupidez y el papanatismo repartidos a diestra y siniesta. La praxis marxista-leninista, es decir, lo que los anarquistas llamaron comunismo autoritario defendiendo un concepto de la libertad vinculado a la ética, con seguridad, no ha supuesto la cifras de muertos que barajan los más reaccionarios, pero sí disponemos de la información veraz suficiente para considerarla un fracaso a nivel político, económico y moral. En mi nada humilde opinión, es necesario partir de esto para, tal vez, dar otro contenido semántico a conceptos políticos tan manipulados y tan maltratados por la historia.

Juan Cáspar

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