Bernat Torner / Directa
Vivimos en un mundo en constante crisis. Desde la crisis del petróleo de la década de 1970 hasta la pandemia de 2020, la historia contemporánea se ha descrito como una sucesión de crisis. Las crisis afloran por todas partes: en el supermercado, con el aumento de los precios de los alimentos; en los bosques, con la deforestación; en los embalses y pantanos, con la sequía; en el aire que respiramos, con la contaminación; en los telediarios, con interminables imágenes de bombardeos y niños mutilados; en los bolsillos de los trabajadores, afectados por los sueldos insuficientes; en la factura del alquiler, que ya representa, en muchos casos, más de la mitad de la nómina, y un largo etcétera. Nadie puede escapar del omnipresente fantasma de la crisis. ¿Pero, y si las crisis no fueran accidentes? ¿Y si los estados las inventaran para alterar la “normalidad” e impulsar los intereses de las élites? ¿De quién y para quién son las crisis?
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