Acaban de retirar, transcurrido ya más de un cuarto del siglo XXI, los honores (o algo similar) a Antonio Vallejo-Nágera, el que tiene el grandioso honor de ser considerado “el mengele español”. Efectivamente, este médico y comandante militar puso todo su talento al servicio del fascismo hispano con prestigiosos cargos durante la cruenta dictadura franquista, puede decirse que fue una de las personalidades que se esforzó en garantizar el horror del orden instituido. Que haya tenido que pasar más de medio siglo desde la muerte del genocida Franco, y después de varias décadas de supuesta democracia, para que se anule el “prestigio” institucional de tantas figuras y se insista en lo moralmente evidente, dice mucho de esa pertinaz farsa que fue la Transición y de esas ataduras que sigue teniendo el sistema político, económico y también científico al llamado Régimen del 78. Sin embargo, echemos un vistazo a la historia reciente. Hay que decir que la concepción eugenésica del criminal Vallejo-Nágera, por supuesto una exacerbación ultrarreaccionaria de las tesis de la época, tampoco era una rara avis en la sociedad española. La supuesta ciencia, tantas veces, se ha puesto al servicio de las políticas de Estado para establecer la categoría de lo que no es “normal” y tratar de evitar la “degeneración”, cultural o biológica, de la raza; puede decirse, sin ambages, que en la sociedad contemporánea se ha producido cierta concepción racista de la ciencia. De esa manera, ciertos «científicos» intervienen para prevenir conductas, efectivamente, “anormales” y tratar de que el conjunto de la población acepte el sistema imperante. Para el caso que nos ocupa, el de este inefable todavía hoy Reino de España, y a propósito de este impresentable auge reaccionario actual, esta visión racista tiene mucho que ver con ese horror denominado “hispanidad” (recordaremos cómo este vocablo acabó sustituyendo al de, sencillamente, “raza” y quizá vayamos encontrando esos vínculos con la actualidad).
Vallejo-Nágera se basó en las tesis eugenésicas de la época para darle una perspectiva más cultural que biológica en función de eso llamado “Hispanidad”. Así, se pretendía asentar un determinado modelo individual del pasado (esa necedad del «caballero español») dentro de un contexto aristocrático, militar y católico en el que la ausencia de igualdad debía ser un dogma de fe en la sociedad humana. Ya durante la guerra incivil, provocada por generales facciosos, este inicuo psiquiatra se propuso, mediante experimentos con presos políticos, indagar en el origen psiquiátrico de ciertas ideas y demostrar la inferioridad mental de todos los opositores a las reaccionarias tesis que se pretendían imponer. Hay que decir que esta gente era tan profundamente perversa, dogmática e imbécil que, en un país donde la fuerza política mayoritaria era anarquista, el objeto de sus viles indagaciones y crueles experimentos era el “marxismo”, tal y como rezan la mayoría de sus títulos para tratar de anular la adhesión a, para ellos, dicha “ideología”. Lo que obviamente se quiso legitimar, violando toda dignidad humana para hablar de perfiles temperamentales degenerativos y de una incapacidad para adoptar la verdadera doctrina reaccionaria, era una concepción cultural e ideológica de los que se habían alzado manu militari, teniendo a Dios de su lado, contra todo intento de una sociedad más justa, libre e inteligente. Se pretendía el establecimiento de un orden natural y moral basado en ciertos mitos de la tradición hispana. Insistiré, tomemos buena nota dado el crecimiento actual de una ultraderecha en este indescriptible país, que con seguridad nunca se fue del todo. Vallejo-Nágera, y tantos otros “intelectuales” y “científicos”, dieron lugar a reformas sociales fundamentales, las cuales supusieron enormes violaciones de los derechos humanos, para asentar ese concepto cultura de la «Hispanidad» (que tanto se sigue usando hoy en día) y asegurar que el que no la abrace viene a ser un modelo negativo que hay que erradicar. Algunos bodoques fachas, hoy en día, aseguran que Franco no era Hitler (tal vez, este asesinó de manera más efectiva, pero la categoría de genocidas viene muy bien a ambos dictadores), pero Vallejo-Nágera se ganó a pulso el apodo de “el mengele español”.
Efectivamente, el objetivo era dar lugar a la raza perfecta hispana dejando fuera a aquellos otros que no quisieran o no pudieran serla. Por supuesto, se pretendía un sistema totalitario basado en “nosotros” y “ellos” (los opositores) para intervenir con políticas estatales para mejorar la raza y establecer cruentos castigos para todos los que consideraran “enfermos mentales”, “fanáticos”, “ateos” o cualquier otra categoría ideológica o cultural que no se ajustara a sus propósitos. Al ganar la maldita guerra, Franco y sus secuaces llevaron a cabo políticas también para apropiarse de los hijos de todos aquellos derrotados que no se ajustaran a su repulsiva civilización occidental y cristiana. Claro, los chavales podían estar sujetos a un ambiente “amoral” en hogares de familias ateas, anarquistas, comunistas, liberales o meramente republicanas, de todos aquellos que cuestionaran el orden moral. En definitiva, Vallejo-Nágera, entre otros criminales “científicos, proporcionaron una justificación al franquismo creando un marco legal de verdadero exterminio de toda una generación, acabando con toda su influencia ideológica y asegurándose de acabar tutelando y adoctrinando a sus descendientes. Algunos perezosos intelectuales, o directamente estúpidos, con la cantinela habitual, asegurarán que todo esto forma del pasado y no hay que insistir en ello. Lo que ocurrió en este inenarrable país, con tantas décadas de un régimen retrógrado, fue quizás una anomalía al triunfar una forma de fascismo. Cabe preguntarse hasta qué punto hoy, en una sociedad solo aparentemente libre, todavía estamos pagando esos residuos de un pasado explícitamente autoritario. Al margen de esa cuestión y de ciertas maniobras institucionales actuales, de lo que se trata es de indagar y explicar tantas formas nocivas del pasado que influyen en la actualidad. Es una manera de abrir un horizonte para, sin dogmas de ningún tipo, averiguar lo que podemos ser, en función de los mejores valores, esta especie peculiar que llamamos sapiens. Palabras de un ácrata algo nihilista.




