Aguas «libertarias» turbulentas

Andan algo agitadas las aguas “libertarias”, con posiciones aparentemente antagónicas, lo cual no sabemos en estos momentos si es algo malo o bueno. Me explico y no voy a nombrar, ni personas, ni organizaciones, incluso voy a tratar de eludir etiquetas (habitualmente, tan estériles, a veces inevitables); allá cada cual con lo que quiera identificarse. En primer lugar, diré que lo que caracteriza a los ácratas, a cualquiera de ellos, es el deseo y el trabajo por la transformación social, por la ansiada revolución; si hay alguien que, dentro de esta polémica que voy a atajar a continuación, cuestiona esto dentro del mundo libertario con estúpidos calificativos al contrario de “sistémico” o “reaccionario”, pues sencillamente, y ya voy a traicionarme con lo que dije anteriormente, es un botarate (o dogmático, suelen ir unidos ambos calificativos) de padre y muy señor mío. El quid de la cuestión, lo que suscita y debe suscitar un amplio debate, es cómo se debe producir esa revolución, cómo podemos dirigirnos hacia ella dentro de determinados proyectos y paradigmas organizativos. Y es que han surgido en los últimos tiempos, nada originales tampoco en sus planteamientos, nuevas organizaciones que parecen añorar la revolución, tal y como se propugnó en la modernidad, con su sujeto central revolucionario, su combate a la inicua burguesía y al capital, así como su (posible, poco probable dados los nuevos tiempos) organización de masas que conduzca mañana a ese gran evento transformador que todo lo cambie para siempre. De esta manera, estas organizaciones de nuevo cuño parecen recoger cierto testigo histórico, sin excesivo calado en el anarquismo moderno (como resulta lógico, y estamos hablando de hace más de un siglo), y propugnar una estrategia de unidad dentro de esta organización de masas para insistir, como paradigma principal (histórico y social), en la lucha de clases y en el poder popular. Bueno, en realidad, recuperar esa lucha de clases, ya que estos activistas suele insistir en que la misma, la verdadera, ha sido apartada por otras luchas identitarias como uno de los rasgos principales de una posmodernidad de la que echan pestes.

Recientemente, hablando de esta polémica (vamos a definirla, de manera algo reduccionista, como entre modernos y posmodernos), alguien mencionó que quizá no hay mayor insulto para un anarquista que catalogarlo de leninista. El leninismo, efectivamente, evoca la unidad (a la fuerza un centralismo y una vanguardia que dirija a las masas), un sujeto revolucionario (el proletariado), por supuesto la lucha de clases tal y como la preconizaron Marx y Engels, e incluso ese poder popular (aunque fuera una triste falacia en la praxis). No digo más sobre esta equiparación entre anarquistas y otras corrientes revolucionarias, pero explícitamente autoritarias. Eso sí, estas recientes organizaciones libertarias insisten en su condición socialista y suelen hacer un llamado a la confluencia, recordemos que dentro de esa gran plataforma que por fin dirija a la sociedad a un horizonte benévolo, con otras corrientes revolucionarias no necesariamente ácratas. Un inciso sobre esto, para que no haya malentendidos y así, de paso, me voy yo pronunciando sobre dónde están mis simpatías (aunque el lector atento de este blog las conocerá de sobra). Otro de los rasgos que creo que caracteriza a cualquier anarquista (o, mejor, libertario en sentido amplio) es la autogestión social, esto es, que sea la propia sociedad (las personas) la que lleve a cabo su propio proyecto, en todos los ámbitos de la vida, sin tutela de ninguna instancia externa (llámese Estado o como se quiera llamar). Que en esa autogestión, obviamente, se trabaje por la cooperación, por la horizontalidad y por la descentralización (para no caer en imposición alguna), pues creo que es algo evidente desde un perspectiva libertaria; si alguien viene a decir que tiene que existir una gran organización, o plataforma o como diablos lo queramos denominar, que sea la que controle dicha “autogestión”, pues ya es algo sumamente cuestionable desde un prisma auténticamente emancipador. Y, por supuesto, el deseo y el trabajo por la autogestión social no implica que todo el mundo se va a volver anarquista, dicho esto por lo anteriormente mencionado de confluencia “con otras corrientes revolucionarias”; en la sociedad siempre van a existir personas que piensen de manera muy diferente (incluso, sumamente conservadoras), algo que deberíamos meternos en la cabeza, pero su desenvolvimiento puede ser en un contexto donde prime la cooperación y la solidaridad, así como el permanente deseo de que no surja una instancia heterónoma que decida cómo deben ser las cosas.

Los anarquistas, pertenezcan a una u otra organización (o a ninguna permanente, como es el caso del que suscribe) se implican en toda clase de lucha social frente a la dominación para defender a los más débiles. Esto lo realizan desde los ácratas más pertinazmente enfocados en esa revolución clásica, de la que puede que no haya ya perspectiva alguna en una época muy diferente, hasta los más consciente de que, efectivamente, vivimos en algo llamado posmodernidad, nos guste o nos guste. Esto no significa, aunque haya rasgos de estos tiempos que obviamente detestamos, ni mucho menos la desesperanza; todo lo contrario, es y está siendo una buena oportunidad para múltiples proyectos libertarios, de resistencia al poder (no solo al capital) y de construcción aquí y ahora de los paradigmas morales que nos gustarían para el conjunto de la sociedad. Por supuesto, tejiendo redes entre unos y otros proyectos, ya que insistiremos en que la descentralización resulta clave para la sociedad libertaria. Buscar una gran organización supone un gran proyecto totalizante (palabra muy similar a totalitario) y, la fuerza, imponer de una manera u otra. Y esto lo digo yo, que a menudo de manera provocativa me autocalifico de anarquista algo nihilista y al que muchos consideran un extraño tipo ferozmente individualista, pero que sin embargo acaba implicado tarde o temprano en proyectos y prácticas libertarias. No deseo poner o quitar etiquetas de anarquista a nadie, pero sí recuerdo que el anarquismo es, o debería ser, ajeno a cualquier tipo de dogmatismo y partidario de la libre experimentación en unas prácticas de libertad e igualdad para todos y todas. Que cada cual defienda lo que considere, desde una perspectiva libertaria, pero yo recomendaría que nos dejemos de imaginarios del pasado, con programas prefabricados, sujetos revolucionarios inexistentes y horizontes utópicos grandilocuentes, para, otros de los rasgos del anarquismo, renovarnos e innovar constantemente en el pensamiento y en la acción (aquí y ahora). Palabra de anarquista con algún que otro tic nihilista y, efectivamente, exacerbadamente individualista y con notables inquietudes sociales.

Juan Cáspar
https://exabruptospoliticos.wordpress.com/2026/08/26/aguas-libertarias-turbulentas/

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