Tomás Ibáñez
Aferrado al pensamiento crítico en las agitadas aguas del anarquismo
Desde que el anarquismo político inició sus primeros pasos en la segunda mitad del siglo XIX, siempre estuvo abierto a incorporar aquellas aportaciones del pensamiento crítico que mejor sintonizaban con sus propios postulados y que eran susceptibles de nutrir su quehacer teórico‐práctico. Fue precisamente esa apertura hacia lo que se elaboraba en su entorno, junto con lo que emanaba de su propia práctica de lucha contra la dominación, lo que propició que no quedase estancado en unas formas petrificadas y se mantuviese en permanente movimiento.
Por supuesto, también se manifestaban desde el principio unas resistencias al cambio que porfiaban por anclar firmemente el anarquismo en sus planteamientos iniciales. Finalmente, esa constante tensión entre los polos opuestos de la actualización y de la conservación fue beneficiosa, ya que contribuyó a que el anarquismo ni se quedase en un admirable, pero desfasado, vestigio histórico, ni tampoco cambiase de forma sustancial, pasando a ser algo radicalmente distinto de lo que era.
Si presto aquí una especial atención a las propuestas teóricas elaboradas en los espacios externos al anarquismo autoproclamado como tal, es porque considero que en las últimas décadas los elementos que más lo enriquecen provienen, básicamente, de fuera de su propio ámbito, y emanan de pensadores que no se consideran explícitamente anarquistas, y de luchas que no enarbolan los estandartes del movimiento anarquista.
Ahora bien, entre las diversas formulaciones del pensamiento crítico contemporáneo susceptibles de enriquecer el anarquismo, solo abordaré aquí, por falta de espacio, algunas de las aportaciones de tan solo dos de esos pensadores: Michel Foucault, y Reiner Schürmann.
Es indudable que el anarquismo tuvo el enorme acierto histórico de resaltar tanto la importancia del poder como de la lucha en su contra. No obstante, también es cierto que buena parte del anarquismo sigue participando de una concepción del poder que ya ha caducado. Una concepción que lo define como uniforme, monolítico, invariante en cuanto a su esencia constitutiva, básicamente represor a lo largo de toda la historia, y que sitúa la libertad en el preciso espacio donde el poder NO interviene para obstaculizarla. Desde esa perspectiva, el poder y la libertad se hallan en una inequívoca relación antagónica, y el juego de sus relaciones queda reducido a una relación de exclusión recíproca, ya que el poder es visto como lo que tiene la capacidad de oponerse a la libertad, y la libertad como lo que se despliega cuando el poder no consigue coartarla.
Frente a esa concepción es notorio que Michel Foucault elaboró una nueva conceptualización donde el poder presenta un carácter productivo, inmanente, polimorfo, históricamente cambiante, y es consustancial a la propia vida social ya que nace de ella.
No procede desgranar aquí unos elementos de esa nueva analítica del poder que son harto conocidos. Me limitaré a recordar que aprendimos de Foucault que el poder se suicida tan pronto como aniquila la libertad, por la sencilla razón de que no puede existir sin ella. Dicho sumariamente, el poder requiere la libertad y, por lo tanto, allí donde hay poder hay, necesariamente, libertad, esas dos entidades son antitéticas a la vez que se necesitan y se implican mutuamente.
Es en los actos de resistencia, donde nos hacemos realmente libres
De hecho, es en los actos de resistencia, donde nos hacemos realmente libres, es en la lucha contra el poder, en el acto de vencer sus efectos y sus dispositivos, donde la libertad se constituye y se despliega, y eso significa que esta ni puede surgir en su ausencia, ni puede ser exterior al propio poder. Se trata de una entidad que se constituye contra lo que se opone a ella, al mismo tiempo en que, paradójicamente, lo que se opone a ella la hace posible.
Es innegable que las aportaciones de Foucault son de capital importancia para actualizar el pensamiento anarquista sobre las relaciones entre el poder y la libertad, y si pudiéramos repasar aquí el conjunto de su obra veríamos que también revisten importancia respecto de muchas otras cuestiones como, por ejemplo, el carácter histórico y contingente de nuestras certezas y de nuestras prácticas, carentes de cualquier esencia originaria y constitutiva. Al igual que Foucault, son varios los pensadores contemporáneos que han contribuido a desmantelar todas las fundaciones, mostrando que, lejos de ser perennes y firmes, siempre presentan la fragilidad de lo que es tan solo temporal, finito y contingente. Así se clausuraba ese gran principio de la metafísica que estipulaba la imperiosa necesidad de establecer un fundamento incuestionable y firme sobre el cual asentar sólidamente y de forma imperecedera cualquier edificio teórico que pretendiese ser acertado. Sin embargo, no solo hay que abandonar la fascinación por la solidez de unos fundamentos graníticos, sino que hay que renunciar también a la necesidad de cualquier fundamento último.
Siguiendo esa línea, que encuentra una de sus fuentes en el pensamiento de Reiner Schürmann, recordemos que el término an‐arkhé (antónimo del vocablo griego arkhé) no significa solo la ausencia de poder, pese a que fue esa acepción la que el vocablo anarquía vehiculó durante siglos, sino que remite también a la ausencia de principios fundacionales. Para entender ese segundo significado es preciso remontarse a la época en la que la filosofía griega establecía la necesidad de referir y remitir el mundo a unos primeros principios con carácter fundacional que permitiesen entender su origen y descifrar su constitución.
Al ser fundacionales y ubicarse en los inicios, esos principios formativos del arkhé eran, según Aristóteles, los que subordinaban todo aquello que les sucedía en el tiempo, ejerciendo pues un poder de determinación sobre ello. Con ellos se evitaba el desorden propio de la anarkhé, ya que la ausencia de arkhé, es decir la ausencia de jefatura, pero también la carencia de principios fundacionales solo podía conducir al caos y a la incontrolable e ingobernable proliferación de lo múltiple, fugado de las constricciones impuestas por los fundamentos.

Es un hecho que, al reivindicarse como anarkhé, el anarquismo político se limitó a contemplar una sola de las dos caras de esa entidad bifronte que es el arkhé, se centró en la cara representada por el poder —el Kratos—, ignorando la otra cara representada por los principios fundacionales. Interpretó la an‐arkhé —la anarquía— como una lucha contra el Kratos, un combate en pro de su erradicación, sin prestar la suficiente atención al hecho de que la an‐arkhé consistía también en la ausencia de principios fundacionales. De esa forma, la anarquía del anarquismo político conservaba, de manera subrepticia, una parte del arkhé, y esa conservación le impedía ser genuinamente anarkhé, es decir realmente indominante o, lo que es lo mismo, totalmente ajeno a la producción de efectos de dominación.
Es para intentar avanzar hacia un anarquismo realmente indominante, y evacuar la parte del arkhé que lo sigue impregnando, por lo que un tipo de anarquismo, que encuentro cómodo denominar anarquismo no fundacional, articula varias herramientas conceptuales de las que, aquí, tan solo mencionaré tres: la primacía de la práctica, denominada el a priori práctico, la prevalencia de la resistencia, y la ausencia de finalidades rectoras.
a ) El a priori práctico
El desmantelamiento de la parte del arkhé constituido por las fundaciones produce el efecto de quebrar la habitual prevalencia de la teoría sobre la práctica porque, si los principios carecen de robustos cimientos que garanticen su validez por encima de las vicisitudes coyunturales, entonces pierden ipso facto toda legitimidad para orientar las prácticas, y dejan de ostentar cualquier privilegio para situarse por encima de ellas.
Está claro que, si, para orientarse, la praxis anarquista ya no puede recurrir a las luces de la teoría, que es, no lo olvidemos, donde se alojan los principios, entonces solo le queda fundamentarse sobre sí misma, sin posibilidad de acudir a nada que no emane directamente de lo que las propias prácticas crean y desarrollan en cada situación particular.
Así, las prácticas deben responder a las solicitaciones de las situaciones singulares en las que se desarrollan, manteniéndose ajenas a cualquier determinación externa a la propia situación, tanto si se trata de principios, como si se trata de finalidades asignadas a la acción. Expresado de otra manera, se trata de rechazar principios y finalidades que no sean inmanentes a la propia coyuntura y que, por lo tanto, sean tan mutables, múltiples y contingentes como lo son las circunstancias de la vida cotidiana. La desconfianza hacia aquellos principios que no surgen de las prácticas, sino que pretenden estar por encima y dirigirlas, es palpable en determinados sectores del antagonismo social. De hecho, lo que se está produciendo en el seno del actual movimiento anarquista parece corroborar que el a priori práctico está ganando terreno poco a poco, sobre todo entre su sector más joven. En ese sector va prosperando la idea de que no hay que partir de la teoría para actuar, sino que hay que arrancar desde las prácticas concretas de las luchas contra el poder, o de las formas de vida al margen de la dominación, para extraer de ellas los principios y las concepciones de tipo teórico acordes con esas luchas. Esos elementos están desprovistos del poder coercitivo de los principios teóricos porque no se aplican a las prácticas desde fuera de ellas, antecediéndolas y dirigiéndolas, sino que nacen de forma contingente en su propio seno. Va calando así la convicción de que entender los mecanismos de dominación que conforman el mundo, es, ante todo, una cuestión relativa a las prácticas que se llevan a cabo para luchar contra ellos. No es de extrañar, entonces, que los nuevos colectivos anarquistas se afanen en articular esas prácticas en todos los espacios en los que desarrollan sus luchas, o en los que construyen un hábitat subversivo. No lo hacen porque así lo prescriben los principios anarquistas, sino que esos principios toman forma en sus prácticas de oposición a las dominaciones.
La importancia del a priori práctico se puede constatar en dos episodios de las últimas décadas que han representado tanto un notable resurgimiento, como una cierta renovación del anarquismo. Se trata, por un lado, de Mayo del 68 y la larga onda de sus secuelas y, por otro, de Seattle 1999 y sus derivadas. Ambos casos constituyen episodios de lucha que despliegan, inventan y hacen emerger planteamientos de carácter libertario a partir de maneras de actuar que no surgen directamente de un ideario libertario preexistente, sino que responden a los modos de obrar colectivos que brotan y se despliegan contra determinados dispositivos de dominación.

Se dirá, por supuesto, que el anarquismo siempre ha rechazado escindir la práctica y la teoría y, también, se dirá que, mucho menos, ha accedido a subordinar la práctica a la teoría, ya que su conocida tesis es que la idea nace de la acción y revierte sobre esta, modificándola en un incesante bucle recursivo. Por supuesto, eso es así, sin embargo, no contradice la evidencia de que el anarquismo también se ha caracterizado por proyectar un denso conjunto de principios, tácticas y finalidades sobre el terreno de las prácticas para encauzarlas en determinadas direcciones. El hecho de dejar que sean las prácticas las que se desarrollen sin apelar a unos principios que las dirijan, despierta cierta preocupación entre los defensores del anarquismo clásico. Sin embargo, para disipar esa preocupación, basta con recordar que el anarquismo no es una entelequia construida en el reino de los cielos, en la esfera de la pura abstracción y en el mundo de la imaginación, sino que aparece y se desarrolla en un mundo compuesto por unas características bien determinadas. Resulta que ese mundo está constituido, entre otras cosas, por múltiples relaciones de dominación y el anarquismo nace, precisamente, en el seno de las prácticas de lucha contra esas relaciones, siendo, literalmente, lo que se opone a la propia lógica de la dominación. Se entiende, por lo tanto, que las prácticas anarquistas siempre afronten la dominación sin esperar a que ningún principio exterior a esas prácticas se lo encomiende.
b) La prevalencia de la resistencia
Por otra parte, las prácticas de lucha del anarquismo siempre han supuesto la existencia de una estrecha relación entre el poder y la resistencia. Sin embargo, no ha sido hasta hace pocos años cuando la idea foucaultiana de una estricta inseparabilidad entre ambos fenómenos ha ido calando. Hoy se asume, cada vez con mayor frecuencia, que allí donde hay poder también hay resistencia y que, si no hay resistencia, tampoco hay poder porque este la necesita para existir.
Para acercarnos a la idea de la prevalencia de la resistencia tal y como la concibe un anarquismo abierto al pensamiento crítico contemporáneo, puede ser útil contrastarla con las orientaciones clásicas, actualizadas a veces por pensadores que, como Murray Bookchin, elaboran un determinado proyecto de sociedad y formulan un programa y una estrategia para alcanzarla. Esas orientaciones suelen plantear un contrapoder institucional, descentralizado y alternativo al Estado, donde es el pueblo quien gobierna y detenta el poder recurriendo a unas estructuras de tipo sindical, comunal o de confederalismo democrático. El programa para desembocar en esa situación consiste en luchar para arrebatar el poder a quienes lo detentan y distribuirlo de otra forma, modificándolo para atender las exigencias de una mayor igualdad, equidad, horizontalidad, erradicando la explotación. La habitual referencia a un poder popular refleja perfectamente que se trata de unas orientaciones focalizadas sobre las modalidades del poder más que sobre las formas de la resistencia.
c) La ausencia de finalidades rectoras
Desde una óptica anarquista no fundacional, no se trata de diseñar nuevas formas de administrar la sociedad, aunque sean mucho más justas, sino de alentar la resistencia ante cualquier forma de gobierno que se instituya. Es decir, el propósito no es promover otro modelo de sociedad, sino mantener la resistencia en el seno de cualquier modelo de sociedad, impulsando una ética de la revuelta permanente contra cualquier forma de dominación, más que una épica de la revolución.
En consonancia con el a priori práctico, el anarquismo no fundacional, además de prescindir de principios rectores, sostiene lo improcedente de fijar finalidades preestablecidas cuya consecución guíe las prácticas. En efecto, se trata de proceder sin la autoridad de los principios, pero, también, sin supeditar las prácticas a la exigencia de alcanzar determinados objetivos definidos desde fuera de dichas prácticas como el telos que las guía.
Dicho con otras palabras, la consecución de un objetivo preestablecido no debe ser el motor del desarrollo de una práctica, sino que esta debe elaborar su objetivo en el curso de su propio desarrollo, en función de las circunstancias, siempre contingentes, que se presentan en cada situación concreta. Por lo tanto, sí que hay objetivos que alcanzar, pero estos no se definen al margen de situaciones concretas y singulares, ni a partir de otro plano que no sea el de la práctica ella misma en el curso de su desarrollo.
Como ejemplo de lo que significa la ausencia de telos se puede recurrir a la consideración del anarquismo como una herramienta que sirve para hacer diversas cosas tales como desmantelar dispositivos de dominación o construir espacios y relaciones sin elementos jerárquicos. Y una de esas cosas es la de anarquizar el mundo tanto como sea posible.
Para anarquizar el mundo no hace falta proyectar cambiarlo estableciendo la preceptiva hoja de ruta. Hace falta, sencillamente, hacer cosas que producen ese cambio como uno de sus efectos, pero que encuentran en sí mismas su propia finalidad
Sin embargo, no se trata de anarquizar el mundo en respuesta a un proyecto, que lo planteé como una meta a alcanzar, sino más bien como un efecto, como una consecuencia del desarrollo de prácticas anarquistas que tienen su finalidad en ellas mismas. Estas no se desarrollan teniendo como objetivo anarquizar el mundo, sino que lo anarquizan efectivamente como resultado de su propia andadura contra la dominación. En suma, se trata de anarquizar el mundo, no de conseguir la victoria del anarquismo, se trata de poner en obra unas prácticas que son anarquizantes por sí mismas. Por ejemplo, construyendo redes horizontales de libre asociación es como se contribuye a cambiar el mundo, pero no se crean esas redes para cambiarlo, sino porque encierran en ellas mismas los valores de ese mundo nuevo que anhelamos.
Para anarquizar el mundo no hace falta proyectar cambiarlo estableciendo la preceptiva hoja de ruta. Hace falta, sencillamente, hacer cosas que producen ese cambio como uno de sus efectos, pero que encuentran en sí mismas su propia finalidad y su propio valor, en lugar de ser valiosas por razón del fin perseguido.
De hecho, exceptuando la revuelta de Chiapas, todos los episodios desestabilizadores de estos últimos años, empezando por Mayo del 68 y siguiendo, entre otros, con las ocupaciones de las plazas en 2011, o con las revueltas en Chile, surgieron de forma no planeada, al margen de programas preparatorios de esas insurgencias. Efectivamente, cuando prende y se desarrolla, la insurgencia es su propio programa. Esta constituye, por así decirlo, un performativo político que se orienta y toma sus energías en el seno de su propio caminar y a partir de este.
Desde esa óptica se cuestiona que el anarquismo deba desarrollar un proyecto de transformación de la sociedad, y se propugna que se constituya más bien como una instancia de negación, de rechazo, de insumisión y, a fin de cuentas, como un dispositivo de subversión radical del statu quo social. Aunque parezca paradójico, por más que esté desprovisto de un proyecto transformador de carácter global, ese tipo de anarquismo, que se presenta como un anarquismo de resistencia, resulta ser profundamente transformador porque tuerce y bloquea, aquí y ahora, algunos dispositivos de dominación.
El anarquismo no fundacional promueve una resistencia no esencialista al poder, una resistencia que no se hace en nombre de la moral, de la razón, del bien, de la humanidad, del anarquismo, o de la preparación de la revolución. Es decir, de nada que trascienda las situaciones concretas que dan lugar al brote de una resistencia. No se trata de avanzar hacia un determinado horizonte, ni de obedecer a tal o cual mandato axiológico. Se trata, simplemente, de decir ¡No! a una determinada situación y de actuar para neutralizarla y, a ser posible, eliminarla.
Sin duda, ese planteamiento evoca la insurrección tal y como la concebía Max Stirner y se diferencia del concepto clásico de revolución en cuanto que no lo anima el proyecto de alumbrar un nuevo ordenamiento social. Se limita a no aceptar el que está establecido, a rebelarse contra la opresión existente. Pero, no porque quiera poner en su lugar otra cosa bien definida, ni porque unos elevados principios le exijan eliminarlo sino, simplemente, porque lo considera inaceptable. En esta medida, la insurrección se asemeja más a una destitución del poder político que a una sustitución del poder instituido por otro de diferente índole. Se abre, de esa forma, el espacio para el desarrollo de una política que sea real‐ mente no soberanista, en tanto que no busca instaurar una nueva sociedad regida por sus propios principios, sino destruir la opresión vigente.
Desde esa óptica, ser anarquista es constituirse como brecha, como lugar primario de una resistencia basada en una subjetividad que rehúsa ser gobernada, sin referirse a nada más que a la negativa a obedecer, a la insubordinación y al profundo rechazo de la dominación instituida, y sin que sea necesario disponer de un objeto de sustitución para justificar ese rechazo. Es, por supuesto, en el crisol del quehacer colectivo donde se fraguan esas subjetividades insumisas y es en la acción conjunta donde se manifiestan.
En el presente texto solo menciono unas pocas aportaciones de tan solo dos de los diversos pensadores contemporáneos que han elaborado planteamientos susceptibles de fertilizar el anarquismo. Confío que los elementos aquí esbozados animen a sondear el pensamiento crítico contemporáneo desde la perspectiva de hallar materiales para la constante actualización del anarquismo.




