La anarquía antes del anarquismo V: Los cínicos y otros olvidados de la Grecia Antigua

Volver la mirada hacia las vidas y sociedades que nos antecedieron es un ejercicio que permite preguntarse acerca de los rumbos que ha tomado la humanidad. Es, sin duda, una forma de problematizar el entramado del Poder y las consecuencias que nos ha traído la división social. Ejemplo de ello es la historia de la filosofía griega y, específicamente, la aparición de Sócrates en el pensamiento occidental.

Considerado como el punto de inflexión en la pregunta acerca de lo humano, tenemos noticia de su influencia gracias a su discípulo Platón, pensador de gran relevancia para el desarrollo de las ciencias y las humanidades en Occidente. Otros doxógrafos – la principal e indirecta fuente para conocer gran parte de la filosofía griega – fueron Jenofonte (autor de los Recuerdos de Sócrates), Aristófanes (que se burla de él en su comedia Las nubes) y Aristóteles, discípulo de Platón, quien por considerarse a sí mismo como el punto culminante de la filosofía hace una casi nula mención a Sócrates. Pese a esto, Aristóteles se situó en la cadena inaugurada por Sócrates, siendo su discípulo Teofrasto el continuador de ésta.

Llama la atención que se conserva un gran número de obras de estos pensadores, pese a los más de dos mil años que nos separan… ¿Por qué razón? ¿El azar, la buena gracia los conservó? Platón fundó la “Academia”, Aristóteles “El Liceo”, dos lugares donde se cultivó el estudio por la geometría, las ideas, la política, las ciencias, y que, además, eran frecuentados por un público especializado y aristócrata, es decir, reservado para un grupo privilegiado de la sociedad. De ahí que el comunismo platónico sea un orden político encabezado por “los más sabios” y “los mejores guerreros”, o que Aristóteles haya justificado la existencia de la esclavitud como un asunto “natural”.

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«¡Que te apartes del sol!». Alejandro visita a Diógenes en Corinto. Litografía de Louis Loeb, año 1898.

Ahora bien, siendo Sócrates un personaje tan enigmático y rupturista para su época, ¿cómo es posible que esta haya sido su única tradición? La verdad es que no lo fue. A  Sócrates lo rodearon diversos personajes e, incluso, aquellos que recién nombramos ni siquiera fueron los más populares de su época. Así como Platón y Aristóteles fueron considerados los “socráticos mayores”, también existieron los “socráticos menores”, pensadores cuyas obras no fueron conservadas y que abarcaron otros aspectos del pensamiento, muchas veces incómodos para las clases dominantes.

Entre ellos podemos contar a los hedonistas, amantes de la vida placentera, reunidos en torno a Aristipo de Cirene, o los racionalistas megáricos. No obstante, quien sin duda marcó una interesante tradición fue Antístenes, también conocido como el “Sócrates enloquecido”. Este pensador siguió las ideas relacionadas a la ética y a la vida frugal e independiente que defendía Sócrates, llevándolas al extremo de propugnar una vida autosuficiente a través de una crítica voraz a las convenciones sociales y preguntándose acerca de qué es lo natural en el hombre. Se le recuerda, al igual que al presocrático Anaxágoras, por declararse “cosmopolita”, o sea, una ciudadano del Cosmos, del mundo, no de una región delimitada. Su filosofía no nacía de los grupos privilegiados, sino simplemente de los espacios públicos, de la gente más común y corriente. Dicen que visitaba con frecuencia el llamado “Cinosargo”, un gimnasio adonde concurrían los extranjeros y humildes de Atenas, que eran aquellos cuyo linaje no provenía de las antiguas familias atenienses. Antístenes tuvo un discípulo, a quien en verdad nunca quiso adoptar como tal, y que fue, luego, el más conocido promotor de sus ideas: Diógenes de Sinope, o Diógenes “El Cínico”, particular personaje, muy popular en su época (siglo IV antes de Cristo) y que luego podremos encontrar en toda la tradición de filósofos cínicos, quienes expondrían varias de sus ideas en obras literarias (como Luciano de Samosata y Dión de Prusa), o en la imaginación popular, que conservó sus anécdotas como retrato de sabiduría y humor (Diógenes Laercio es el mayor expositor, en el siglo II d.C). Su origen, por cierto, no era de reconocidas castas. Todo lo contrario: su padre había sido falsificador de monedas.

¿Y qué tiene que ver el “cinismo” en todo esto, palabra que, además, está cargada de un sentido negativo en nuestra lengua? El cínico griego es distinto: proviene de la palabra “kyon”, es decir, “perro”, de ahí nuestra palabra “canino” o “cínico”. Efectivamente, Diógenes vivía como un perro, despojado de todo bien material y de toda propiedad privada, que para él eran fruto de las convenciones y, por lo tanto, innecesarias para la vida. Deambulaba por las calles de Atenas y Corinto, dormía en un tonel, imitaba a los animales (a quienes admiraba por carecer de propiedad privada), defecaba y meaba en cualquier lugar. Conservó el atuendo de su maestro Antístenes, muy sencillo: una capa y un bastón. Criticó ferozmente a la Academia de Platón, que según él se preocupaba por asuntos superfluos, poco prácticos para la vida humana y el desarrollo de la virtud.

La historia más popular tiene relación con uno de sus grandes admiradores: Alejandro Magno. Habiéndose encontrado ambos, Alejandro, hombre poderoso, le consulta a un Diógenes que reposa en la tierra si puede hacer algo por él, a lo que responde: “Sí, que te apartes del sol”. No le importaba que fuera el rey. Todos somos iguales ante la naturaleza.

Pensador problemático, cuyo legado filosófico siguió presente, no sólo entre quienes recuerdan sus cómicas historias, sino también entre aquellos que siguieron su forma de vida. Aquí cabe mencionar a Crates de Tebas, poeta y filósofo que llega a Atenas después de que su ciudad fuera destruida por cruentas guerras. Proveniente de una familia de clase alta, abandona todas sus riquezas y se entrega a las enseñanzas cínicas. Sostenía que para vivir le bastaba una alforja y un puñado de lentejas. Lo denominaban “el Abrepuertas”, pues, dado que muchos deseaban escuchar sus consejos, abrían sus puertas para oír sus palabras. Está, además, implicado en una bella historia amorosa: Hiparquía, hermana del cínico Metrocles, se enamoró profundamente de Crates. Éste, que renegaba de mantener una relación amorosa y, en cierta medida, rechazaba el amor de Hiparquía, un día se saca su manta, quedando desnudo y diciendo a Hiparquía: “No tengo nada más que esto”. Ella lo acepta, quiere vivir con él esa vida cínica. Crates, entonces, se casa con ella, pese a las contrareidades familiares. Comienzan a deambular juntos, frugales y enamorados, por los pasajes griegos. Hiparquía se transforma en la única filósofa conocida en la historia de la filosofía griega, disciplina exclusiva de hombres y defendida como tal por el machista Aristóteles. Los cínicos, en este sentido, ponen una novedosa crítica a la división entre géneros.

Y la historia continúa. Discípulo de Crates fue Zenon de Citio, fundador de la escuela estoica, de la cual hablaremos en el próximo capítulo y que expresa una de las más interesantes críticas a los gobiernos y a la división social. Se trata, en efecto, de una tradición filosófica poco conocida, cuyo legado solo podemos conocer a través de fragmentos y anécdotas… ¿Quiénes se habrán preocupado de conservar a unos y olvidar a otros? Aquí reside una interesante inquietud: aprender a mirar la historia de las ideas desde una óptica distinta a la que los poderosos, ansiosos por adueñarse del conocimiento, nos han querido inculcar.

Ulises Verbenas

http://grupogomezrojas.org/2016/05/09/la-anarquia-antes-del-anarquismo-v-los-cinicos-y-otras-tradiciones-olvidadas-de-la-grecia-antigua-por-ulises-verbenas/

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