Capi Vidal
Hombres de acero es el estúpido y fraudulento título que le han puesto en la distribución española a la más que estimable película Wasteman, que en el momento que escribo estas líneas se encuentra todavía proyectándose en las salas españolas (desgraciadamente, en pocas de ellas y en escasas sesiones). Al parecer, en la jerga callejera británica (llamada slang) wasteman es un insulto coloquial que alude a alguien inútil, pringado, un especie de don nadie sin futuro. Quien vea el film, comprenderá el título original y no podrá más que indignarse ante la decisión de algún lince que debía pensar que la gente es idiota y necesita algo más atractivo para acudir al cine (y, de paso, para cargarse el significativo sentido original). Wasteman está dirigida por Cal MacMu, siendo esta su opera prima, y también ejerce como productor; se realiza un retrato brutal y descarnado, a modo de denuncia, del sistema penitenciario británico, que resulta tremendamente realista e incluso, a pesar de lo que vemos en pantalla, conmovedor.
Taylor es un hombre que cumple ya 13 años de una larga condena y, cuando está a punto de lograr la libertad condicional, ve cómo le colocan como compañero de celda a Dee, un tipo enloquecido y violento; ambos personajes están excelentemente interpretados por actores jóvenes emergentes, David Jonsson y Tom Blyth, respectivamente. No desvelaré detalles de la trama, pero resulta excelente el contraste entre los dos hombres: uno, aparentemente débil y más bien pusilánime, que quizá quiera preservar ese papel para abandonar cuanto antes la prisión y recuperar la relación con su hijo adolescente; otro, pasa por ser fuerte y con un endiablado carácter, dispuesto a todo para ser el más duro y controlador entre los presos, sin nada que perder al no tener nada a lo que aferrarse estando en libertad. Como una de las grandes virtudes de la película está, a pesar de encontrarse la historia plagada de violencia, el no recrearse en ella como en otros films comerciales; contemplamos la brutalidad, incluso, a través de vídeos grabados por los mismos reclusos, algo que aumenta la veracidad y que, al parecer, estuvo inspirado en un material real que el director encontró en las redes sociales. Una obra notable, que merecería mejor suerte para ser vista por un mayor número de espectadores, dentro de una oferta fílmica usualmente plagada de banalidades.
El cine carcelario tiene una amplia tradición, historias que reflexionan sobre el delito, la justicia y el castigo, muy vinculado todo ello a cada momento histórico, por lo que merece la pena que hagamos un repaso de algunas de las grandes obras que ha dado este subgénero. Al ser mostrado en la pantalla un mundo, que resulta ajeno a la inmensa mayoría de los espectadores, ha sido inevitable cierta construcción simbólica de lo que representa el sistema penitenciario. Será en los años 30 del siglo XX, en lo que puede considerarse una edad dorada del cine protagonizado por gángsteres en Hollywood, cuando se realizaron también no pocos films ambientados en prisión encontrándose muy vinculados ambos subgéneros. Pero si el gánster encarnaba el lado más oscuro del sueño americano con un capitalismo, que conducía a tantos hombres a la delincuencia, el cine carcelario solía mostrar más unos deseos de redención con cierta denuncia de las instituciones penitenciarias.1
Merece la pena mencionar El presidio (The Big House, 1930), dirigida por George W. Hill y escrita por Frances Marion, por ser una obra casi fundacional que recogía ya algunos de los clichés del género que acabarán formando parte del imaginario colectivo. Sin embargo, con la entrada en vigor de Código Hays, que censuraba la representación violenta en el cine en el llamado país de las libertades, la realización iba a cambiar notablemente y las películas posteriores se verán obligadas a ser más sutiles y contenidas. Paulatinamente, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, las películas de gángsteres y cárceles se irán apartando para un mayor auge del cine negro, compuesto habitualmente de complejas historias protagonizadas por personajes moralmente ambiguos, aunque las prisiones seguirán estando también presentes en este género que tantas obras maestras ha proporcionado. Un film que parece que logró sortear la censura, con gran violencia en su contenido, es Fuerza bruta (Brute Force, 1947), dirigida por Jules Dassin y escrita por Richard Brooks y Robert Patterson, que narra un intento frustrado de fuga de varios reclusos, el cual acaba en un violento desenlace; puede considerarse innovadora en su realización al mostrar una narrativa fragmentada e incorporar abundantes flashbacks, para unas claras intenciones de denuncia de la deshumanización de las prisiones, así como de la represión política e institucional.
Motin en el pabellón 11 (Rito in Cell Black 11, 1954), con Don Siegel en la dirección y Richard Collins en el guion, es otro ejemplo de cine carcelario con intenciones de denuncia y una realización casi documental, evidenciada por estar rodada en una prisión auténtica con la utilización como extras de presos reales, con final pesimistas acorde con el tono. Como puede suponerse, las personas negras eran habituales en la cárceles estadounidenses, con largas condenas, pero el racismo imperante en Hollywood impidió mostrarlo en la pantalla hasta 1958 y solo de manera puntual; de ese año es Fugitivos (The Defiant Ones), popular film en el que dos convictos encadenados, uno negro y otro blanco, se fugan y tendrán que aprender a convivir para evitar ser capturados. En esta década de los años 50, empiezan a aparecer también películas protagonizadas por mujeres en prisión, aunque no exentas de ciertos estereotipos sexistas y homófobos, así como con moralinas que acababan diluyendo sus supuestas intenciones de denuncia.
Pero, por supuesto, no podemos limitarnos a producciones estadounidenses, ya que Europa también proporcionó algunas excelentes obras del género. Así, Un condenado a muerte se ha escapado (Un condamné à mort s’est ‘echapp’e, 1956), de Robert Bresson, con una realización austera, una sobriedad visual, una intención fundamentalmente introspectiva y unos diálogos cortos e intensos, se nos narra la fuga de un preso en la Francia ocupada de 1943. Otra maravilla es la también francesa La evasión (Le Trou, 1960), con Jacques Becquer en la dirección y coescrita por José Giovanni sobre su novela homónima basada en su propia experiencia carcelaria; de nuevo una descripción detallada de la elaborada fuga de un grupo de presos, donde resulta conmovedora la cooperación y solidaridad, aunque con la lógica desconfianza sobre alguno de ellos. Estas dos obras, sobrias y humanistas, se apartan del usual tono espectacular de la gran industria estadounidense. Si podemos incluir los centros de detención juveniles en esta selección, en cualquier caso no exhaustiva, no podemos dejar de mencionar una de las obras de mayor calidad del llamado free cinema inglés: La soledad del corredor de fondo (The Loneliness of the Long Distance Runner, 1962); dirigida por Tony Richardson y escrita por Alan Sillitoe (vinculado a los Angry Young Men), está protagonizada por un joven de clase baja, que incide en su rebeldía pesar de que podría caer en el conformismo gracias a su talento para el deporte.
En la década de los 60 puede decirse que se abre una nueva etapa en Hollywood, y ayudaría para una mayor libertad de experimentación el que no tardara en llegar el fin de la censura para mostrar una violencia explícita y poder así profundizar en cuestiones sociales y criminales; todo ello deparará unas destacadas producciones carcelarias. No puede dejar de mencionarse El hombre de alcatraz (The Birdman of Alcatraz, 1962), dirigida por John Frankenheimer y escrita por Thomas E. Gaddis basándose en su propio libro2. Se trata de una historia verídica, que nos muestra la evolución de un hombre, rudo, violento, incluso homicida, que tendrá una increíble evolución moral siendo privado de su libertad durante prácticamente toda su vida. Hablamos de Robert Stroud, interpretado magistralmente en la película por Burt Lancaster y que, al parecer, tuvo bastante influencia en la adaptación cinematográfica. Stroud ingresa en prisión tras haber acabado con la vida de un criminal, que había maltratado a una prostituta; el ambiente carcelario le conduce a una serie de comportamientos violentos, que le lleva a una celda en soledad durante años, lo cual le hace todavía más agresivo y, obviamente, poco sociable. Sin contacto humano, el encontrar un pequeño pájaro le hace encontrar una motivación, y será cuando el ave se ponga enfermo cuando Stroud empiece a investigar de forma apasionada sobre las enfermedades de los animales; a la postre, y de manera increíble se convertirá en toda una eminencia en ornitología a nivel internacional. Hay una obvia metáfora en la historia sobre la libertad, ya que son esos animales capaces de volar los que hacen que el protagonista se eleve moralmente mediante otras herramientas y a pesar de los muros que le rodean.
Otro film protagonizado por un actor carismático, en este caso Paul Newman, es La leyenda del indomable (Cool Hand Luke, 1967), de Stuart Rosenberg, una vez más con unas intenciones loables de denuncia, en este caso sobre los centros de trabajos forzados; pero, el film va más alla de eso y parece arremeter contra toda una sociedad enferma y fragmentada donde no se produce la comunicación y el apoyo mutuo. El propio Rosenberg insistirá, años después, en el mismo tema carcelario con Brubaker (ídem, 1980), basada en hechos reales y protagonizada por Robert Redford, que interpreta a un nuevo alcaide que se infiltra entre los presos para conocer de primera mano sus condiciones, solo para descubrir una enorme corrupción institucional. Nos encontramos en ese momento en los inicios de una década tan conservadora y punitivista como los 80, con Ronald Reagan en la presidencia de Estados Unidos, lo que llevará a un incremento exacerbado de la población encarcelada en Estados Unidos, especialmente negros e hispanos.
Volvemos a comienzos de los años 70 con una película que tal vez no puede encuadrarse abiertamente en el subgénero que nos ocupa como La naranja mecánica (A Clockwork Orange, 1971), celebérrimo clásico de Stanley Kubrick, pero merece la pena mencionarse por su reflexión crítica, en una sociedad futura, sobre los castigos en prisión, en este caso siguiendo una terapia conductista que pretende manipular la psique humana. Papillon (ídem, 1971), dirigida por Franklin J. Schaffner y con guion de Dalton Trumbo basado en la novela autobiográfica de Henri Charrière, condenado a cadena perpetua en una isla de la Guayana francesa; es otra evidente obra de denuncia mostrando la tortura a todos los niveles que suponen las prisiones, esta vez situada en las colonias de un país tan supuestamente avanzado como Francia. De 1978 es El expreso de medianoche (Midnight Express), otro popular film dirigido por Alan Parker, que refleja la brutalidad de las cárceles turcas, basado en el libro del protagonista real de la historia, un joven estadounidense detenido por posesión de hachis en Estambul. Y de nuevo nos encontramos al eficaz Don Siegel con La fuga de Alcatraz (Escape from Alcatraz, 1979), que reconstruye de forma detallada la fuga en 1962, con enigmátici final, de dicha prisión ubicada en el centro de la Bahía de San Francisco y que será clausurada un año después; una vez más, encontramos una obra carcelaria que muestra la resistencia frente a un sistema implacable. Una rara avis que escapa a las convenciones del género es El beso de la mujer araña (Kiss of the Spider Woman, 1985), de Héctor Babenco, coproducción independiente entre Brasil y Estados Unidos, escrita por Leonard Schrader adaptando la novela de mismo título de Manuel Puig; está protagonizada por dos presos muy diferentes obligados a entenderse, uno encarcelado por tener una orientación sexual diferente y otro un preso político izquierdista homófobo; lejos de las convenciones del género, muestra más bien la fantasía y el deseo como armas para combatir la represión.
Una película que merece ser mencionada es American me (ídem, 1992), dirigida y protagonizada por el actor de origen hispano Edward James Olmos, que muestra crudamente el crimen organizado mexicano en prisión, lo cual al parecer le ocasionó no pocos problemas. Un tremendo éxito obtuvo, hoy considerado un clásico de alto nivel, Cadena perpetua (The Shawshank Redemption, 1994), dirigida por Frank Darabont y basada en un relato de Stephen King, que tal vez renovó el interés por el género. Aunque resulta indudable la calidad del film, lo cierto es que abunda en los clichés del cine carcelario, quizá como homenaje a su ya amplia tradición, y la historia cae casi en el realismo mágico; no cabe duda que el entorno de la prisión que muestra es represivo y deshumanizado, así como la autoridad es retratada como inmoral y corrupta, aunque sus intenciones de denuncia tal vez se diluyen por un protagonista intelectualmente superdotado, en busca del aplauso del espectador, y un final algo edulcorado. Otro film del mismo director, e igualmente basado en una obra de King, es La milla verde (The Green Mile, 1999), que ya exacerba los (escasos) defectos de Cadena perpetua y adopta un tono, al menos para el que suscribe, abiertamente gazmoño. Obras que, parcialmente, recogen en su trama el encierro carcelario, son la excepcional En el nombre del padre (In the Name of the Father, 1993), que denuncia la legitimidad de la justicia y la represión política, o American History X (ídem, 1998), que curiosamente muestra la (algo inverosómil) redención de un joven nazi debido a una estancia en la cárcel. Del año 2000 es Animal Factory, con el actor Steve Buscemi en la dirección, que recupera un tono crudo y realista con la entrada en prisión de un joven por posesión de drogas, que es protegido por un convicto veterano en un contexto auténticamente brutal; el film se basa en la novela de Edward Bunker, escritor de novelas policiacas, basada en parte en sus propias experiencias al tener un pasado criminal.
Si hablamos de cine europeo, tiene un gran interés la alemana El experimento (Das Experiment, 2001), de Oliver Hirschbiegel, que recoge el conocido experimento de Stanford en el campo de la psicología social, en el que en un entorno carcelario simulado se asignan roles, de prisioneros y carceleros, con unos resultados estremecedores al cabo de pocos días. En cuanto a producciones francesas, destaca la reconocida y premiada Un profeta (Un prophète, 2009), de Jacques Audiard, protagonizada por un joven analfabeto de origen árabe, condenado a una larga pena con apenas 20 años, que debe aprender a sobrevivir en la dureza de una prisión controlada por bandas. Otra drama carcelario muy crudo y realista, hasta el punto de no dar un respiro al espectador y sin que sea sencillo empatizar con el joven protagonista, aunque se entienda la perpetuación de la violencia debido al entorno, es la británica Starred Up (ídem, 2013); está dirigida por David Mackenzie y escrita por Jonathan Asser, que se basó en sus propias experiencias como terapeuta en prisión, lo cual emparenta esta obra con la que dio inicio a este artículo al denunciar el sistema penitenciario británico.
Resulta especialmente recomendable, de nuevo por un carácter realista y por su afán de denuncia de las condiciones de los presos, la española Horas de luz, dirigida en 2004 por el veterano Manolo Matjí; se nos cuenta la verídica historia de redención de Juan José Garfia, con una larga condena por tres asesinatos, y se refleja la crueldad del régimen FIES3, donde se aísla a los convictos en condiciones infrahumanas, y que desgraciadamente sigue vigente hoy en el Estado español. Y, para acabar con este recorrido en el que faltarán muchas buenas películas, no puede dejar de mencionarse la también española Celda 2011, dirigida y coescrita por Daniel Monzón, que no esconde su muy eficaz vocación comercial, mezclando el drama carcelario con el thriller, pero también con intenciones de denuncia en una realidad plagada de matices; un novato funcionario de prisiones se ve sorprendido por un motín, por lo que debe pasarse por convicto, para acabar descubriendo la dureza de estar encarcelado junto a la implacable crueldad institucional y terminar por convertirse él mismo en criminal, lo cual demuestra que las circunstancias pueden tantas veces determinar al ser humano hacia la peor condición. Y es que en la mayor parte de las obras mencionadas hay ciertos factores comunes: la arbitrariedad de la justicia, la crueldad de las prisiones, el destino fatal para el individuo en un contexto brutal y represivo…; lo que resulta alarmante es que en los dramas carcelarios de ficción, ya bien entrado el siglo XXI, se sigan reflejando con vocación realista los mismos problemas dentro de sociedades, que parecen seguir incidiendo en el control y la vigilancia en lugar de dar solución a las cuestiones sociales.
- Para un análisis más técnico y exhaustivo, que incluso fusiona el carcelario con otros géneros, recomiento el arículo «Breve historia del cine carcelario popular» ↩︎
- En mi canal de YouTube, dediqué una vídeoreseña a libro y película: https://www.youtube.com/watch?v=ZHVN5EYQ144 ↩︎
- En el recomendable libro autobiográfico de Xose Tarrio, Huye, hombre, huye, se describe el régimen FIES como «una cárcel dentro de la propia cárcel». ↩︎














