MARJANE SATRAPI IRÁN

Marjane Satrapi e Irán, morir de tristeza

Acaba de fallecer, “de tristeza” según el comunicado de la propia familia, Marjane Satrapi, autora de la alabada novela gráfica Persépolis. La obra, cuya primera edición aparece justo en el comienzo del tercer milenio, tiene caracteres autobiográficos y nos introduce en la historia de Irán a partir del comienzo del régimen fundamentalista islámico en 1979, cuando Satrapi tiene 10 años. La niña pertenece a una familia de clase alta, progresista y opositora al reinado del Shah de Persia (un sistema autoritario, no lo olvidemos tampoco, apoyado por Occidente), pero acabará comprendiendo que el país ha llevado a cabo una “revolución” para acabar fundando otra dictadura, un régimen integrista perverso. Observamos cómo se impone, entre muchos otros recortes de libertades individuales, a una joven Satrapi con notables inquietudes intelectuales y espirituales, así como una progresiva conciencia sobre la injusticia, el uso del pañuelo como a tantas mujeres. Persépolis, como ya se ha reiterado, es una obra clave, incluso con la forma de un medio usualmente despreciado por algunos botarates como es la historieta, para entender el régimen iraní de los ayatolás, pero también para humanizar y dar voz a sus víctimas. En la actualidad, más de un cuarto siglo después de la aparición del libro y con el país en guerra, las simplificaciones y análisis interesados sobre un Irán ahora en guerra no paran de sucederse. Cuando escuché la noticia de su muerte y ver esos titulares que aludían a la tristeza como causa, y a pesar de aclarar luego que Satrapi había perdido el pasado año al que consideraba el amor de su vida, no podía dejar de pensar en su posible estado de ánimo también por no haber podido contemplar el fin de un régimen terriblemente autoritario y ver ahora a su país de origen bombardeado por Estados Unidos e Irán. Fuera el final de su vida por motivos personales o tal vez por una excesiva conciencia sobre los males del mundo, o puede que por una mezcla de ambas cosas, la noticia me ha revuelto el alma y, una vez más, provoca unas cuantas reflexiones. No obstante, pidiendo disculpas de antemano, antes de ello una pequeña digresión sobre las diferentes actitudes existenciales y la conciencia acerca de los males del mundo.

Hay quien me acusa, a mí, ácrata, cínico y nihilista (para todas estas acepciones conscientemente provocadoras, desprenderse de prejuicios, por favor, y buscar un poquito de oxigenación cerebral) de poseer una visión de las cosas excesivamente, digamos, devastadora. Muy posiblemente, las personas que así lo consideran tienen su mirada, de forma puede que permanente, demasiado dirigida hacia los cielos, pero uno considera más lúcido y consciente poner los ojos en lo terrenal. Sí, resulta mucho más incomodo y, además, obliga a revolverse entre el fango para contemplar las cosas como son huyendo de cualquier forma de enajenación, así como de una vacua tranquilidad existencial revestida a veces de no sé muy bien qué trascendencia o dogma de fe. Resulta muy curioso que, tantas veces, los mismos que acusan a este lúcido escribiente de poco menos que de “no creer en nada” (¡ah, nada, santa nihil!) son los mismos que muestran un intolerable conformismo ante un mundo social y político plagado de injusticias. Igualmente sorprendente es que alguien que, de forma algo provocadora, se define como proclive al nihilismo no pare de realizar reflexiones morales acerca de sociedades humanas con males perfectamente erradicables. Pero, antes de que se me acuse, una vez más, de divagar contemplando mi propio ombligo (técnica que, lo habrán detectado los lectores más lúcidos, solo uso para remover conciencias), retomemos el tema de ese maltratado Irán, país de origen de una Marjane Satrapi desaparecida demasiado pronto. La agresión militar que actualmente perpetran Irán y Estados Unidos, cuya cifra de muertos apenas se menciona y con evidentes atrocidades que terminan por negarse, es como echar más gasolina a ese fuego continuo que es Oriente Medio. De hecho, desde que se inició la guerra el 28 de febrero de este año, la represión del régimen islámico contra su propio pueblo se ha intensificado, por lo que la vida de infinidad de personas se ve amenazada por partida doble. Trataré de dejarlo claro, y la experiencia histórica así lo demuestra, muy raras veces la intervención violenta externa conduce en un país a un sistema de mayores libertades y más bien, a menudo, lleva a nuevas formas de dominación.

Dicho esto, me resulta todavía increíble que tantos, desde la perspectiva en ocasiones de una izquierda presuntamente transformadora (¡oh, el intolerable autoritarismo y dogmatismo de cierta izquierda!), activen su tendencia más contraria al imperialismo estadounidense y su actividad imperialista para, de una manera u otra, defender al régimen islámico. No existe una resistencia heroica de un Estado díscolo frente a una agresión imperial, existe el sufrimiento de un pueblo por una represión desde hace décadas y ahora también por los criminales bombardeos debidos a claros intereses geoestratégicos y de acaparación de recursos. Por supuesto, que hay que oponerse a las guerras promovidas por la OTAN, junto a todo la enorme maquinaria de propaganda que las justifica, y al rearme que se está produciendo en Europa en este también convulso siglo XXI. Pero, cómo es posible que en nombre de esa oposición alguien acabe justificando regímenes autoritarios, totalitarios o teocráticos, que precisamente también se alimentan de las agresiones externas en nombre de eso llamado soberanía nacional y empieza o termina por reprimir a su propio pueblo. Marjane Satrapi tuvo en Francia su tierra de acogida desde 1994, pero no es muy conocido que rechazó la Legión de Honor, la más alta distinción honorífica gala, por apego a su lugar de origen y por no entender la actitud el país sobre Irán. Quería la autora mostrar con ello la solidaridad con el pueblo iraní, especialmente con las mujeres y la juventud, y denunciar que Francia negaba infinidad de visados a disidentes, mientras que los hijos de los oligarcas iraníes se paseaban por París sin problema alguno. Una muestra más de la hipocresía de los Estados «desarrollados» de Occidente. La autor de Persépolis, hace un par de años, consideraba en cierta entrevista que el pueblo iraní era muy revolucionario y lo que se estaba viviendo en el país, a raíz del movimiento «Mujer, vida y libertad» podía llevar finalmente a toda una transformación cultural y a un sistema de mayores libertades. Desgraciadamente, desaparecida de forma tan temprana a los 56 años, no solo no ha podido vivirlo, sino que ha llegado a ver cómo la situación empeoraba con la guerra. En homenaje a ella, seguiremos resistiendo a pesar de la tristeza, extendiendo redes de solidaridad con el pueblo iraní y con todos los oprimidos del planeta.

Juan Cáspar
https://exabruptospoliticos.wordpress.com/2026/06/06/marjane-satrapi-e-iran-morir-de-tristeza/

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