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Pasiones diversas

Continúo en mi pertinaz empeño de tratar de arrojar algo de luz sobre la condición humana y  la deriva moral de la civilización que hemos construido. Un poco pretencioso, pero en este momento no tengo nada mejor que hacer. Habrá quién señale la paradoja de un tipo pretendidamente nihilista, y asumo la crítica de aquel que lo observe como una mera pose enrabietada en permanente tensión con cierto afán libertario, que por otra parte no para de lanzar moralismos varios. Así es, y es que si cierto reducto de mí persona se proclama sin rubor nihlista lo es, no por carecer de principio moral alguno, como el vulgo a veces quiero observar dicha condición, sino por considerar que es necesario destruir los valores instituidos para que, con suerte, algo mejor germine. Creo que, con ello, recojo de forma nada modesta el legado de alguien tan malinterpretado como Nietzsche, pero tampoco me hagan ustedes mucho caso, no vamos a ponernos demasiado intelectuales. Otro pensamiento reivindicable, y convenientemente distorsionado, es el del enérgico y bienintencionado Bakunin cuando afirma cosas como aquello de que la pasión destructora es también pasión creadora. No sé si tal aserto es generalizable, pero estoy seguro de que se aplica a las intenciones constructivas y loablemente transformadoras del gigante anarquista, que luego continuaron ácratas posteriores.

Pero, ya digo, no divaguemos con reflexiones que, no digo que sea mi caso, alguno considerará meramente filosóficas. Vamos a lo práctico y situémonos en el milenio actual, casi dos décadas ya del siglo XXI, que hace tiempo sonaba a ficción científica. Vivimos una época que algunos califican como posmoderna, esto es, donde supuestamente no hay ya cabida para grandes relatos, léase grandes propuestas transformadoras, ni nada grande general. Todo es pequeño y mezquino, y no debe ser casualidad que alguna gente, en lugar de la alienantes creencias de antaño, se refugie en nuevas igualmente cuestionables a nivel proporcional. A pesar de ello, de todo lo alternativo y líquido que inofensivamente para el sistema fluye en la sociedad posmoderna, y aquí mostraremos la primera contradicción sobre la civilización en que vivimos, sí hay dos grandes relatos que la mayoría del personal tiene, de una forma u otra, asumidos. Uno es el concepto político muy real e instituido del Estado-nación, o nación-Estado, como ustedes prefieran, para mí perfectamente vinculados y determinados. No voy a entrar en las bondades de una u otra nación, ya que esto es como el ateísmo más combativo: no es que nos encontremos en búsqueda del más afable  y tranquilizador de los dioses, es que consideramos perniciosa la creencia en cualquiera de ellos, ya que cumplen siempre su función jerarquizadora.

El otro gran relato, o como quiera denominarse, lo han adivinado, es el económico, llámese capitalismo, basado primordialmente en el lucro y la ambición personales. No es casualidad, continuamos con las paradojas de una época donde se dice que no hay grndes discursos, que cuando se asegura que la economía va bien se analice solo en términos macro, que hasta donde yo sé viene a ser sinónimo de grande. No importa que gran parte de la población esté en condición precarias o indigentes, tal y como afirman los medios cuando interesa, la macroeconomía va bien y tenemos, al fin, estabilidad económica y política. Bien, señalado el hecho de que en una época sin grandes asideros el poder y la dominación de unos seres humanos sobre la mayoría se encuentran bien anclados en nuestro sistema político y económico, vamos ahora con los valores, la moral y esas cosas. Se aceptará, al menos, que los mismos, más bien etéreos, están muy determinados por las sociedades que hemos construido. Es decir, que si hay una mayoría que se comporta como un rebaño ambicioso e insolidario, no es casualidad, ya que no puede decirse que vivamos en un sistema que promueva de raíz lo contrario. Sí, es muy posible que una parte no desdeñable de la sociedad tienda a ser gris y mezquina, pero tratemos al menos de que el contexto no favorezca tan deplorable condición. Y ahí puede encontrarse, perdonen ustedes la lucidez, el quid de la cuestión. Somos los seres humanos, en el fondo, una panda de borregos sin remedio, de acuerdo. Es posible que una minoría sobresalga por encima de la media, lo mismo que otra parte no muy numerosa, aunque dañina a poco que se le otorgue poder, sea una panda de auténticos hijos de puta. Lo ciero es que una mayoría puede ser terriblemente mediocre, una terrible y patética masa gris. Siendo así, aceptando que tantos van a actuar por una especie de mímesis moral en una dirección u otra, es posible que podamos construir algún día una sociedad basada en el apoyo mutuo y la fraternidad universal y termine cundiendo el ejemplo. ¡Toma ya pretensiones! Claro que, para ello, parafraseando al clásico, necesitamos cierta pasión «destructora», que empieza por tener algo de personalidad y ser un poquito críticos, pero acaba en cambiar radicalmente las cosas. De momento, al menos, tratemos de no ser tristemente absorbidos por la enorme masa gris.

Juan Cáspar

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