Utopia-Deseo-Etica-Autoridad-Estado-Anarquismo-Acracia

Vivir sin gobierno

Lo habitual, o sea lo que se lleva, en las sociedades desarrolladas es vivir gobernados. Que unos manden, los menos, y otros obedezcan, los más. Representantes y representados. Votantes y votados. Electores y elegidos. Minorías versus mayorías. Sin embargo, a veces lo habitual se topa con lo natural y surge una sociedad civil capaz de convivir sin la tutela paternalista del ejecutivo. Eso es lo que ocurrió durante tres meses en Catalunya y podría suceder también en toda España. De ser así, rompiendo mitos, nos acercaríamos a ese ideal, sin revoluciones ni violencias por medio, con que el gran geógrafo francés Eliseo Reclus definió al anarquismo (no gobierno): “la más alta expresión del orden”.

Se trata de una excepción que justifica la regla. Lo normal establecido es que las personas den por formas sociales naturales las que nos encontramos al nacer. Dando por hecho que lo contingente es lo único existente posible. Se trata de lo que algunos autores denominan el “imaginario social”. Una construcción de la realidad que asumimos como propia porque ya estaba allí. Lo que implica un “encadenamiento” con el pasado heredado que se sustancia en la heteronomía del sujeto. Es decir, aceptar que otros decidan por uno mismo, carecer de autonomía propia de por vida.

El reconocimiento de que se podía vivir sin gobierno es lo que determinó el paso de la etapa mágica de la humanidad a la lógica. Y ocurrió cuando los antiguos griegos dejaron de devocionar a los dioses como principio de causalidad para establecer que no existía un creador universal, una génesis, sino una evolución material. Lo plasmaron los denominados “materialistas de la antigüedad” (Anaxímenes, Tales de Mileto, Anaximandro…) que vieron en lo existente (agua, aire y fuego) el origen de la vida. De ahí vino el autogobierno que aún hoy identificamos como la forma de democracia más auténtica de todas las factibles por ser directa. Dado que partía de que todo ciudadano, por el hecho de serlo, debía ser en algún momento de su vida gobernante y gobernado en el territorio de convivencia de la polis. Una especie de renta básica universal de carácter político.

Ciertamente ese gran salto adelante civilizatorio que preñó Atenas durante varios siglos no llegó a ser integral, porque excluía a mujeres y esclavos, pero sembró las bases para la autodeterminación frente a la dependencia y el oscurantismo precedente. Lástima que en vez de ahondar en el surco trazado para consolidarlo y mejorarlo, se dio marcha atrás añadiendo al sometimiento divino el sojuzgamiento humano. Dos caras de una misma moneda acuñada en la disciplina cuartelera de la jerarquía, el autoritarismo y la sinrazón. Con esos mimbres echó a rodar un mundo estructurado sobre una desigualdad extrema y polarizada, tanto en lo político como en lo económico, que taxonomiza a los que mandan y a los que obedecen, el tener y no tener, implantando como norma de vida la irresponsabilidad que comporta carecer de experiencia propia.

Y como la función crea el órgano, a medida que esa estructura persistía en el tiempo y el espacio, moldeando conciencias y clichés, el libre espíritu cooperativo fue dejando paso a la competencia inducida y se sentaron las bases para lo que Étienne de La Boétie  llamó la “servidumbre voluntaria”. El sometimiento vino de la mano de la aparición del artefacto Estado, “una idea que solo existe porque la pensamos”, admitido con los atributos redentores de un ser superior que vela por todos aunque en ocasiones deba castigarnos por nuestro bien. Una vez institucionalizada esa abstracción, culminó la socialización de la alienación, porque el Estado vino a normalizar lo que hasta ese momento solo se había logrado a sangre y fuego: los impuestos y la guerra.

Lejos de ser un órgano neutral, redistribuidor y equitativo, el Estado terminó afirmándose como un “ogro filantrópico”, el supremo árbitro de una taimada res pública al servicio de los poderosos. Bajo su manto se levantó un sistema contributivo cleptómano, exigente para los trabajadores y tolerante para los potentados, que replegó su función asistencial tan pronto la destrucción de empleo secó la base recaudatoria que alimentaba al “Estado de Bienestar”. Como la gota malaya, la consecuencia de años de “vivir en cautividad” fue un troquelar de cabezas para legitimar la inmolación. La “conquista del sufragio” como sucedáneo de participación política en la sociedad industrial introdujo la superstición de la representación democrática sin alterar las raíces del problema. Como lúcidamente había pronosticado Emma Goldman, “si votar sirviera para algo estaría prohibido”.

En ese contexto, las palabras dejaron de significar cosas y la sociedad civil se atrincheró como reducto en la larga distancia de promesas fallidas, frente a una existencia suplantada que apenas retenía un vago recuerdo de su potencial liberador. Todo en el imaginario hegemónico conspiraba en favor de la dominación y la explotación como forma de ser en sociedad. Solo la obstinación de unos pocos refractarios, que declinaban insertarse en el panóptico imperante, permitió mantener a trancas y barrancas la huella de la necesaria autonomía, pluralidad, igualdad, fraternidad y libertad. “Es muy difícil reducir a la obediencia a aquel que no pretende mandar”, escribió uno de aquellos desafectos, Jean-Jacques Rousseau, quien como el sabio Galileo Galilei se negaba a validar el mito de la democracia representativa ante los nuevos inquisidores.

Y en eso apareció el homo económicus. Mientras, predominó la economía de escasez y privaciones (trabajo abundante y consumo precario), la resistencia al poder supuso un movimiento de supervivencia que mantenía activa la rebeldía  y  cierta  solidaridad  entre  los desdichados, como plasmaba la constitución de la Primera Internacional. Pero cuando los avances técnico-científicos favorecieron la producción masiva, la centralidad de la economía se desplazó al consumo, a la vez que menguaba el factor trabajo. De esta forma, en los países más desarrollados emergió una clase media adicta al gran bazar que fue neutralizando el secular antagonismo arriba-abajo. El capitalismo expandido, sin mermar su dinámica de concentración política y económica, se reseteaba así en un contingente humano que privilegiaba el trabajo como compulsivo proveedor de pertenencias. El miedo a la muerte infundió en los seres humanos la justicia divina; el temor al desamparo forjó el gobierno heterónomo.

Con tan exhaustivo control de la opinión pública, no es extraño que sean muy pocos los intelectuales que en la sociedad mediática exploran la tesis kantiana de la autodeterminación personal. Están bajo el influjo de lo que Elisabeth  Noelle-Neumann  calificó como “la espiral del silencio”, que es la pena de marginación y ostracismo que sufren quienes sostienen posiciones contrarias a las de la mayoría, carga especialmente lesiva para todos aquellos “líderes de opinión” que viven y flamean de la notoriedad y el reconocimiento público. En España tenemos un caso paradigmático de este proceder empotrado en el filósofo Fernando Savater que pasó de ser un estridente “ácrata” en su juventud, publicando obras de acusada impronta nihilista como Para la anarquía (1977) y Panfleto contra el Todo (1978) y  Contra las patrias (1984), a mostrarse como un redomado reaccionario en su madurez. En un artículo publicado en el diario El País el pasado 7 de enero, el antaño enfant terrible del absentismo político y reciente cabeza de lista por UPyD al Senado en las elecciones del 20-D, arremetía contra la gente que osa dar la espalda al trágala electoral: La verdad es que no merecen vivir en un país democrático, sino en un establo con televisión y ADSL. Así seguirán hasta que el voto obligatorio les recuerde que son ciudadanos mal que les pese.

Dicen que el arma secreta del sistema es convencer a sus damnificados de que “no hay salida”. Y visto lo visto, parece claro que no ocurre nada malo por no tener gobierno, se puede vivir sin él días, semanas y meses, y mientras tanto avanzar otras alternativas. Por el contrario, sin el cotidiano esfuerzo de los campesinos, los obreros, los pescadores, los médicos y de cuantos trabajadoras y trabajadores crean riqueza real en la sociedad bajo la enseña libertaria de la dignidad no se puede vivir.

Cuando la cúspide cae es un simple desmoche; cuando lo que se hunde es la base estamos ante una catástrofe humanitaria. Y esto es igualmente válido para el Estado-nación, la etapa industrial, el mundo global o al capitalismo informacional.

Rafael Cid

[Publicado originalmente en el periódico Rojo y Negro # 298, Madrid, febrero 2016. edición completa accesible en http://rojoynegro.info/sites/default/files/rojoynegro298.pdf.]

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