ANARQUISMO FUNDACIONAL IBÁÑEZ

“Anarquismo no fundacional”, la ausencia de principios rectores y de finalidades preconcebidas

Tomás Ibáñez, en su nuevo libro, sigue en gran medida a Michel Foucault y considera que lo que denomina anarquismo no fundacional cuestiona que cualquier elemento social existente en la actualidad provenga de algo que estaba contenido, o en ciernes, en un elemento originario cuyo desarrollo terminaría por concretarse en la forma actual de dicho elemento. De ese modo, no tiene sentido indagar en los orígenes de esos elementos sociales, ya que obedecen a una concatenación de circunstancias que bien podrían haber sido diferentes de lo que fueron y podrían haber desembocado, por lo tanto, en algo diferente a lo que hoy existe. Es por eso que resulta tan importante investigar, no en el principio de algo, sino en las prácticas contingentes y los contextos singulares que dan lugar a lo que existe hoy en día. Y es que Tomás considera que es la fuerza que tiene en nuestra cultura la ilusión teleológica, esto es, la búsqueda de una finalidad en la historia, la que a veces nos empuja a buscar los orígenes de algo, sin que tampoco haya escapado el anarquismo en ese empeño, en tiempos remotos. La concepción teleológica observa la historia con unos supuestos esencialistas, como si algo tuviera ya una preexistencia al margen de la experiencia y estuviera esperando que alguien le diera vida. La anarquía y el anarquismo, aunque tuvieran precedentes en pensamientos y prácticas parecidas en el pasado, se originan tal y como los conocemos hoy en un conjunto de prácticas histórica y socialmente situadas. En otras palabras, todo fenómeno social, incluido el que representa el anarquismo, no presenta un carácter de necesidad y, muy al contrario, es plenamente contingente.

Por lo tanto, resulta primordial dilucidar las líneas de fuerza que permitieron el nacimiento y la eclosión del anarquismo clásico, que remiten a dos grandes fenómenos: por una parte, la Revolución francesa y la ideología de la Ilustración, y por otra, la Revolución Industrial y el surgimiento del movimiento obrero. Serían los estallidos insurreccionales, producto de la Gran Revolución, los valores de la Ilustración como la libertad, la igualdad, el progreso o la razón y un pujante movimiento obrero enfrentado a la bruta explotación del capitalismo los que formen el caldo de cultivo para que surja el anarquismo político. No obstante, aunque todo ello era necesario para su constitución, como nos recuerda Tomás Ibáñez, donde forjó verdaderamente su identidad fue en el seno de toda lucha contra la dominación. El anarquismo hizo suyos gran parte de los valores de la Ilustración, radicalizándolos, lo mismo que se apoyó en cierta medida en la filosofía liberal al señalar los peligros de la intromisión del Estado en cuanto a los asuntos de la sociedad civil, pero yendo también mucho más lejos al pretender su desaparición y rechazando también la democracia parlamentaria en beneficio de una democracia directa. Así, el cuestionamiento del gobierno y del principio de representación llevó a los anarquistas a buscar la autoorganización y la acción directa, mientras que colocaron la ética en un lugar privilegiado del modo de ser libertario y se impusieron el imperativo de adecuar siempre los medios a los fines buscados. Al estar la dominación tan presente en todas las esferas de la vida humana, y no solo en el mundo del trabajo, consecuentemente, el anarquismo se esforzó en perseguirla en los ámbitos de la salud, la educación o la condición de la mujer, entre muchos otros, llevando a cabo iniciativas que se adelantaron a su tiempo.

El anarquismo, impregnado de los valores de la modernidad, se erigió como un instrumento muy válido contra la dominación que se producía en aquel momento, época en la que las mismas ideas libertarias se estaban desarrollando. Ibáñez defiende que esto fue así por no ser radicalmente diferente a aquello a lo que se enfrentaba, demostró ser eficaz por ser también producto de una época determinada y capaz de evolucionar gracias a su diversidad hasta la segunda mitad del siglo XX, pero en cualquier caso en un contexto muy distinto al actual. A partir de mediados del siglo pasado, hay ya un agotamiento de las insurrecciones que habían nutrido al anarquismo, así como se iba dando punto final a un movimiento obrero que se iba integrando en la sociedad capitalista y el estado del bienestar. Además, estaba naciendo un modelo de capitalismo marcado por la revolución digital que sustituía a la industrial, según el cual todas las actividades de la vida cotidiana se convertían en fuente de beneficios estando los modos de existencia de las personas determinados por este contexto, una situación que se ha exacerbado en lo que llevamos de siglo XXI. En definitiva, el anarquismo pierde su base proletaria a partir de la mitad del siglo XX y tendrá que esperar a las movilizaciones de los años 60 y, en especial, a Mayo del 68 para que se produzca un nuevo auge de las ideas libertarias, pero adoptando nuevas características. En el ámbito de la filosofía, el llamado postestructuralismo pondría definitivamente en cuestión los valores y supuestos surgidos en la modernidad, entre ellos la centralidad del sujeto y su perspectiva emancipatoria en base a una supuesta esencia oprimida. Tomás Ibáñez viene a decir que carece de sentido pretender liberar lo que ya está constituido por aquello mismo de lo que se quiere emancipar; esto es, las relaciones de poder que conforman la sociedad. Por supuesto, el deseo de emancipación no se dejaba a un lado, sino que se resignificaba en base a un proceso de autocreación del sujeto, se buscaban ahora prácticas de desubjetivación para terminar con la alienación y la opresión; se anhela ser otro, pero sin que una inexistente naturaleza humana dicte como debe ser. La creencia en una naturaleza humana, supuestamente reprimida por circunstancias externas, conduce a tener que conformarnos a las características y normas que la definen y configuran con la ilusión de que nadie nos lo impone; por lo tanto, ese creencia en una naturaleza del ser humano acaba teniendo efectos normalizadores.

Por otra parte, el anarquismo siempre concedió gran importancia a las prácticas, por encima de un gran cuerpo teórico del que tuvieran que surgir las formas para actuar y comportarse. Eso se incrementó aún más cuando el postestructuralismo mostró que la teoría (las ideas y sus criterios de aceptabilidad) son resultado de las prácticas contingentes que las construyen. Eso valdrá también para las tesis del anarquismo, que solo existen gracias a las prácticas que las hacen ser y de ahí la importancia que se las puede conceder. En otro bloque, en cuanto al cuestionamiento de los valores y las premisas surgidos de la modernidad, se encuentra la crítica a la pretensión totalizante que conlleva la noción de revolución. Sería para Ibáñez una renuncia a querer incidir sobre el conjunto de la sociedad, lo cual supondría tener unos recursos de similares magnitud y naturaleza a los que usa el mismo sistema; se abandonan los proyectos estratégicos de carácter global y se coloca el foco de la resistencia en el tejido social adoptando planteamientos tácticos en intervenciones dispares, aunque no se abandone el cuestionamiento global del sistema ni el deseo de una nueva sociedad. Si anteriormente se busca un sujeto único protagonista de la revolución, ahora hay multitud de sujetos sin que uno prevalezca sobre los demás; frente a la tentación totalizante, la disposición pluralizante. Dejaremos claro que ello no supone la renuncia a la revolución, sino repensar su concepto y, por supuesto, no se abandona en absoluto el anhelo revolucionario, una de las señas de identidad del anarquismo, pero sin dicha perspectiva totalizante. Esta nueva situación para el anarquismo, ese abandono de un proyecto totalizante, supuso poner el foco en la realidad cotidiana, en el hoy frente al mañana, lo que explica la creación de múltiples espacios antiautoritarios para poder llevar a cabo diversas iniciativas libertarias en objetivos concretos. Es lo que Tomás denomina políticas prefigurativas, esforzadas en adecuar los medios a los objetivos buscados, en tratar de vivir en el presente como nos gustaría que fuera la sociedad del futuro.

Otro aspecto del postestructuralismo que influyó en el anarquismo fue la reconceptualización del poder, que pasaba por dejar de contemplarlo como una esencia. No era ya posible ver el poder de forma monolítica y uniforme, había que reconocer su carácter poliédrico y multiforme para, junto sus efectos perniciosos, comprobar que también presenta una capacidad productiva fértil y una capacidad normalizadora eficaz. El poder estaría omnipresente en el tejido social y allí donde se produce hay también resistencia; si el anarquismo clásico observaba con mutua exclusión la relación entre la libertad y el poder, ahora también puede comprobarse una estrecha vinculación entre ambos. A finales del siglo XX, una serie pensadores, que se ven influenciados por el postestructuralismo y se consideran herederos de Mayo del 68, van a ofrecer planteamientos libertarios renovadores que darán lugar al llamado postanarquismo. El propio Tomás Ibáñez, ante el temor de que algunos pudieran pensar que se pretendía una abandono total de la tradición ácrata, propuso mejor el término neoanarquismo para ese anarquismo actualizado y renovado muy cercano al postestructuralismo, aunque como él mismo aclara en su libro no terminó de cuajar esa denominación. Lo llamemos del modo que sea, el anarquismo de finales del siglo XX presenta notables diferencias con el anarquismo clásico y, para Ibáñez, eso solo se ha acentuado en lo que llevamos de nuevo siglo para dar lugar a lo que ahora quiere denominar anarquismo no fundacional.

Recapitulando, el llamado postanarquismo, influenciado por el postestructuralismo, se caracteriza por el rechazo al esencialismo, la perspectiva no totalizante, la crítica al universalismo y, de forma más general, la crítica a buena parte de la ideología surgida de la Ilustración. Respecto a lo que Tomás Ibáñez denomina anarquismo no fundacional, aunque recoge esos supuestos anteriores del postanarquismo, agrega algunos elementos que lo diferencian del mismo. Merece la pena insistir en la diferenciación, que han hecho algunos filósofos incluso en la actualidad, entre la anarquía ontológica y el anarquismo político. Son, obviamente, conceptos distintos, pero Ibáñez considera que están muy entrelazados: la anarquía (obviaremos aquí el sentido negativo de la misma como sinónimo de caos y desorden) es un concepto que se construye a partir del pensamiento anarquista. Como es sabido, el vocablo anarquía procede del término griego anarkhé, es decir, ausencia de poder; no obstante, hay una segunda acepción con ese arkhé de la filosofía griega, que remite a los principios supremos fundacionales del mundo (fuego, agua, tierra…), algo que los antiguos consideraron primordial para explicar su constitución. Para Aristóteles, el arkhé, no es solo lo uno como gran principio fundacional, también es lo que subordina todo aquello que le sucede; es precisamente, ese principio supremo lo que evita la anarquía, “la incontrolable e ingobernable proliferación de lo múltiple”, lo que establece una jerarquía y cadena de mando, por lo que es también poder. Ibáñez considera que el anarquismo clásico se ocupó únicamente de una de las dos caras del arkhé, la que representaba el poder pretendiendo su desaparición, pero dejó a un lado la que suponía el principio fundacional sin entender que este constituye también una fuente de efectos de poder.

En otras palabras, y esto constituye todo un debate que invita a la reflexión, por supuesto, el anarquismo político no alteró la lógica del arkhé y lo que hizo fue sustituir un principio rector por otro que consideró más adecuado; como heredero de la Ilustración, ese principio fue la razón. Lo que se defiende en el ensayo es que el hecho mismo de instaurar un principio soberano produce efectos de sumisión y de dominación al implantar un dispositivo de poder. Los criterios para actuar y reflexionar solo pueden tener su origen en la situaciones y prácticas de la vida cotidiana; sería ahí, en nuestro modo de vida, donde encontramos los principios, lo que se traduce en que para pensar de modo diferente, a cómo lo instituido nos inculca, debemos vivir y actuar de modo diferente al establecido. En el caso del anarquismo, su auge se produce en las prácticas de lucha contra la dominación, oponiéndose a la misma y sin que sea necesario que se las dicte ningún principio exterior. Al mismo tiempo, el anarquismo no puede engendrar aquello a lo que se opone, la dominación, ya que estaría obligado a enfrentarse a sí mismo y autodestruirse. Aquí, con la exigencia de no reproducir aquello contra lo que lucha, es donde Ibáñez considera que se produce la necesidad de repensar el anarquismo clásico fundacional desde la anarquía ontológica y el anarquismo no fundacional. Incluso, la cosa se complica cuando se nos dice que, no solo se carece de principios rectores, sino que el anarquismo no fundacional carece de finalidades, en el sentido de no supeditar las prácticas a la exigencia de lograr determinados objetivos definidos desde el exterior de esas mismas prácticas. Dicho de un modo más directo, “se trata de vivir y actuar sin un por qué y sin un para qué que no sean inmanentes a la propia situación” y por lo tanto múltiples y sujetos al cambio y la contingencia; puede comprobarse en el movimiento libertario de la actualidad, sobre todo entre los más jóvenes, que no se trata de partir de la teoría para actuar, sino que hay partir desde las prácticas concretas de lucha contra la dominación, o de estilos de vida al margen de la misma, para concluir luego principios y concepciones de tipo teórico.

Resulta curioso que, en nombre del anarquismo no fundacional, se evoque a un autor como Max Stirner, que publica su gran obra, El único y su propiedad, en 1845, cuando el anarquismo clásico apenas estaba tomando forma y sin que dicho ensayo tuviera una repercusión notable en su tiempo. Pero, efectivamente, en dicho libro encontramos ya una feroz crítica, no solo a toda idea fija en forma de abstracción ideológica, también a una supuesta esencia del ser humano que le definiría y le dicta lo que debe hacer y respetar. Al mismo tiempo, coloca de plena actualidad también a Stirner su defensa de la rebeldía e insurrección, frente a la revolución (que conlleva un nuevo proyecto institucional), algo que nos recordó ya a mediados del siglo XX Albert Camus en otra obra magna, El hombre rebelde. Lo que Stirner denomina espectros, ideas fijas abstractas (Dios, Estado, Razón, Moral…), tienen diferencias con el arkhé que el anarquismo no fundacional desea destruir, pero también similitudes, ya que dan lugar a una forma de entender el mundo que, a su vez, obliga a una forma de actuar. En lo que atañe al Estado, como uno de los principales dispositivos de opresión, Stirner considera que hay que derrotarlo en primer lugar como idea, ya que gran parte de su fuerza radica en la propia sumisión de los sujetos en una suerte de servidumbre voluntaria.

Lejos de lo que gusta pensar a algunas personas, desde uno u otro polo, la esfera simbólica y la esfera material son mutuamente dependientes. De ese modo, lo que ha contribuido a la crisis de las fundaciones es, tanto el pensamiento crítico contemporáneo, como las transformaciones acaecidas en el ámbito de lo material. La transformación tecnológica producida en los últimos tiempos, no cabe duda, ha colonizado nuestras mentes dando lugar a efectos nocivos en forma de una vida alienada. No obstante, ese imperio de la técnica, ya de forma plena en la posmodernidad, ha provocado que las estructuras de poder no necesiten ya recurrir a fuentes fundacionales para legitimarse y someter a las personas, ya que es la propia tecnología la que nos dota de forma directa de unas claves para comprender el mundo y orientar nuestras acciones en el mismo. Así, esa crisis de las fundaciones, de las que el propio sistema prescinde, provoca también la posibilidad de que el anarquismo pueda reformularse como una opción política carente de principios supremos, volcada en la acción apriorística y carente de finalidades predefinidas. Desde este punto de vista, el contexto tecnológico, la esfera material, posibilita también el surgimiento de un anarquismo no fundacional. Bien es cierto, tal y como nos explica Tomás, que el desmesurado auge de la técnica, las nuevas tecnologías al servicio de sistemas de control, están generando un totalitarismo de nuevo cuño que tienen que provocar de modo urgente, mientras nuestras mentes no se encuentren del todo colonizadas, medios de resistencia. De lo que se trata es de luchar para ser todo lo ingobernables que sea posible en base a esos modos de resistencia y entendiendo que los modos de rebeldía, en forma de desafío al sistema y deseo de insumisión sin una ilusoria destrucción revolucionaria del poder, adoptan diversos caminos. Y es que la resistencia frente a la dominación, en cualquiera de sus vías, supone también construir nuevas realidades subversivas dentro de lo instituido; prácticas que nos llevan a vivir de otra manera y nos hacen pensar de otra forma.

Capi Vidal

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