Muy pronto, se producirá una nueva fiesta de la democracia, y habrá elecciones generales en este inefable Reino de España. En la anterior convocatoria, no pude evitar (efectivamente, no siempre soy este lúcido anarquista nihilista feroz y, en contadas ocasiones, hago gala de cierta bendita ingenuidad), puse un mensaje a cierta persona, supuestamente ácrata, que de golpe y porrazo pasó a apoyar a Podemos. En realidad, creo recordar que era partidario de una especie de unión de fuerzas verdaderamente transformadoras, donde la fuerza podemita debía ser la punta de lanza, ya que yo me pierdo un poco con tantas alianzas, escisiones y denominaciones de la izquierda (al parecer, la presentada na y otra vez como la única y verdadera, pero en realidad con múltiples rostros). Ese individuo, muy activo en la redes sociales y con alguna que otra A circulada en su atrezzo, pasaría muy pronto a trabajar en los medios de Pablo Iglesias desapareciendo, estoy casi seguro, toda iconografía anarquista.
El caso es que uno, que todavía se sorprende de la condición humana, le puso un mensaje en ese vertedero social que es X (a.k.a. Twitter), juro por los dioses que sin acritud alguna (y así empezaba mi texto) preguntando al susodicho si, de verdad, encontraba algo auténticamente libertario en Podemos y en ese frente extenso, amplio, ancho o prolongado que promovía en aquel momento. Uf, he de decir que me sorprendió la respuesta, que en realidad fue ninguna, ya que el tipo contestó algo así como que le dejáramos en paz (utilizó la primera persona del plural, por lo que sospecho que no era la primera vez que le ponían algo así en cuestión). Y, sin embargo, quizá lo peor no fue esa contestación, seguramente lastimosamente irreflexiva al sentirse hostigado, sino la de tantos otros, defensores de la opción electoral, que aseguraban que si no votabas (claro, a lo que ellos decidieran que era lo correcto) muy pronto entraría en el poder otra suerte de santa alianza (entiéndase derecha, extrema derecha, falangistas, fascistas, nazis… etc., etc.). No, aseguro que no exagero, palabra de ácrata insurrecto.
Una vez más, aclararé que mi pregunta, más producto de la curiosidad antropológica que de cierto rigor intelectual y político, era sumamente sincera. Yo quería saber si existía algún sapiens que consideraba que introducir un papelito en una urna, contribuir a que llegara al poder una fuerza política presuntamente transformadora ayudaba a que se estableciera una bendita vía para algo así como la autogestión social. Dicho con otras palabras, no exentas ya en este caso de algo de sarcasmo y mala leche, si legitimando el poder a unos pocos (en formato de ese ente, a la vez divino y terrenal, llamado Estado) conducía a que, en alguna suerte de paradoja existencial, se resistiera individual y colectivamente al poder (o dominación). Lo que me encontré, evidenciando esa basura intelectual que son las redes sociales, es que no se hacía reflexión alguna al respecto y, sencillamente, se proclamaba contundentemente que había que acudir a las urnas para evitar que los malos, los verdaderamente malos, llegaran al poder.
Y así estamos a día de hoy, puede que más polarizados que nunca, no esgrimiendo proyecto político y social alguno verdaderamente transformador (al menos, dicho yo, algo), aunque eso sí, algún político saque pecho de algunas medidas sociales frente a la motosierra que se avecina. Fundamentalmente, esto se produce a sabiendas de que el común de los mortales no consulta ya los programas de ese horror que son los partidos políticos, y sí se esfuerza fundamentalmente que se vote lo menos nocivo (o, en caso contrario, nos vamos a enterar). Al contrario de lo que algunos puedan pensar, leyendo estas brillantes reflexiones puestas negro sobre blanco, uno no desea en absoluto señalar ninguna suerte de papanatismo generalizado sintomatizado en acudir, o no hacerlo, a una fiesta de la democracia reconvertida en esperpento político. Los motivos por los que gran parte de personal acude a las urnas pueden ser como para echarse a llorar, de acuerdo, aunque el no hacerlo puede que tampoco signifique demasiado en tantas ocasiones.
Dicho en otras palabras, que cada uno haga lo que le venga en gana un determinado día, cada tantos años, donde se asienta la ilusión de la participación política (eso sí, yo al igual que en la fiesta nacional, “me quedo en la cama igual”, que diría aquel brillante cantautor). Me parece mucho más interesante, en lugar de realizar campañas para que el personal no haga algo, tratar de recuperar el sentido emancipador del concepto de lo libertario y, eso, sin disquisiciones a priori ácratas, nihilistas, individualistas e insurrectas (sin perderlas de vista, eso sí). Hay quien ha señalado, con no poca razón, que en las últimas décadas el anarquismo como movimiento, “organizado” si queremos denominarlo así, lleva tiempo atrapado en una suerte de laberinto. Así, parte de los que se consideran libertarios se han visto tentados, quizá influidos por otros corrientes más bien totalizantes y algo autoritarias, y han abogado por una suerte de poder popular (que vendría a ser algo así como un oxímoron y no habría que confundir con la autogestión social).
Hace unos años, aquellos indignados que se materializaron en lo que se conoció como 15M, y que tuvo una ilusionante vía autogestionaria, muy pronto serían prácticamente anulados por nuevas formaciones políticas. Hoy, en un escenario muy diferente, los acampados en la madrileña Puerta del Sol, al margen de sus reinvidicaciones sobre un mundo que no les gusta en absoluto, quizás no soy justo, pero creo que apenas muestran grietas para una opción libertaria. Sin embargo, el malestar social y las enérgicas protestas se suceden ahora mismo en tantos lugares del mundo, y ello sin que obedezcan a ninguna consigna política, y sin que haya detrás instancia centralizadora alguna, y que parecen exigir transformaciones radicales aquí y ahora. No obedecen estos estallidos, de manera evidente, a ningún gran proyecto emancipador, lo cual no es necesariamente malo, y puede que sean la pequeña llama que produzca grandes movilizaciones capaces de transformar la conciencia y dar lugar a cambios de mayor envergadura. De momento, frente a los que pretenden apaciguarnos con narrativas progresistas que terminan asentando un mundo gris e inicuo, nadie impedirá que nos sigamos ilusionando cuando se evidencia el descontento en las calles. Y eso lo dice, ahora sí, un irreductible ácrata exacerbadamente nihilista y, no es posible evitarlo, algo nihilista.




