La existencia de un elemento como Isabel Díaz Ayuso (presidenta de la Comunidad de, ya sabéis, la capital de este inefable Reino de España) encabezando un sistema político, ya de por sí perfectamente susceptible de una crítica feroz, nos hace preguntarnos hasta qué punto hemos llegado en un sociedad a nivel intelectual y moral. Hasta qué punto ínfimo, claro, no hace falta aclararlo para las mentes bien oxigenadas. Un ejemplo más, de los muchos, del nivel de esta señora es la visita esperpéntica que ha realizado a México sin estar muy claras sus intenciones más allá de hacer el ridículo y, finalmente, victimizarse engañando por doquier. Todo parece valer, a día de hoy, en la lucha por conquistar o afianzarse en el poder. En España (este indescriptible país), sabemos muy bien de la falta de memoria histórica, aunque hay que reconocer que es un terreno este proclive a la relatividad; es decir, cada individuo o colectividad tiene su propio sentido de lo que desea recordar, así como está dispuesto a abrazar uno u otro sentido relato histórico. Por supuesto, debería haber un consenso de hechos objetivos, al margen de las simpatías de cada uno, lo mismo que debería haber un reconocimiento del otro, al que a menudo se desprende de humanidad, como actor dentro de la historia. Cada nación posee su propio relato, a menudo mítico e inicuo, que le otorga cierta legitimidad y promueve entre los llamados patriotas un cuestionable sentido de orgullo por algo tan banal como un factor geográfico y cultural. Uno, ácrata y cosmopolita hasta los tuétanos, solo puede observar esa especie de pertenencia tribal como un perverso factor enajenante para esta especie peculiar que llamamos sapiens. Esta abstracción que denominamos nación, detrás o delante de la cual se encuentra el poder político de una minoría llamada Estado, genera identidades tan malévolas como para que los jóvenes acaben vistiendo un uniforme (por fuera y por dentro) y sean empujados a enfrentarse al que se encuentra más allá de una artificial frontera. El espíritu nacional, no nos engañemos, ha sido fomentado a diestra y siniestra por todos aquellos que aspiraban a conquistar el poder. En este inenarrable Reino de España, con una considerable historia de conquista a nivel histórico, el relato nacional ya traspasa todos los límites morales e intelectuales.
Probablemente, las mentes pensantes que están detrás del mero títere que es Díaz Ayuso no han tenido la capacidad neuronal como para valorar lo que supondría acudir al país mexicano a glorificar el pasado imperial español concretando en una figura con tantas evidentes sombras, lógicamente denostada en el lugar donde cometió sus tropelías, como Hernán Cortés. Y, claro, luego vendrán también esos biempensantes más bien irreflexivos a decir que hablamos de historia, con sus propios paradigmas, que no hay que juzgar con los parámetros del presente. Pero, ni siquiera nos referimos en este caso a los que sostienen que hay que observar como parte del pasado la conquista, el saqueo y la esclavitud (a pesar de que todo ello, de una u otra forma, se sigue produciendo en el presente), sino a esos que reducen de manera lamentable la historia para llevarla a su terreno glorioso en una época actual de auge de los nacionalismos. España (o lo que demonios fuera hace siglos) y cristianismo, sinónimo de civilización; culturas precolombinas, todas ellas el horror. Sin comprender mínimamente que sociedades humanas ha habido muchas y muy variadas en el pasado (algunas, apreciables por su sentido igualitario y su rechazo a la conquista del poder). Hay que señalar lo obvio, que no hace falta demasiado recorrido intelectual y moral para observar que se trata de una simplificación grotesca y de una profunda distorsión histórica en aras de asentar una aún mayor en el presente. La derecha patria, indistinguible de la ultraderecha, busca la constante polémica en esa especie de batalla por el relato histórico, pero no lo hace siempre de un modo tan pueril como en el caso de Ayuso. Hay que recordar que existen horrores institucionales de supuesto prestigio intelectual, como la Fundación Gustavo Bueno, plagada de seguidores acríticos del que se supone que era un prestigioso filósofo, que repiten como papagayos las enseñanzas de su maestro y sostienen sin asomo de rubor que en la historia hay imperios buenos, generadores de civilización, y otros abiertamente inicuos. Podéis adivinar cuál es el caso del sacrasanto imperio español. O la propia Fundación DENAES, en cuyo origen está ese líder de Vox tan poco dado a un puesto de trabajo, que promueve la unidad del Reino de España y glorifica su pasado para consumo de incautos con el cerebro poco oxigenado. Insistiré, todas las naciones tienen sus muy cuestionables relatos míticos con los que hay que ser exacerbadamente críticos en aras de un futuro mejor, pero lo de este país ya excede todos los límites.
De hecho, si en tantas partes del mundo, hay un resurgimiento de las nacionalismos más retrógados, que elevan a los altares a una determinada (gran) nación, en España en realidad puede que esa intención nunca estuviera en declive. De hecho, no es difícil ver la conexión entre la glorificación del pasado imperial y la propia dictadura de Franco, algo que algunos (y no solo elementos cercanos a Vox) ya han reivindicado en ocasiones. En cualquier país que visitemos, podemos observar por ejemplos cuestionables estatuas que idealizan a toda suerte de monarcas, caudillos o líderes militares, aunque esos monumentos sencillamente pueden, eso sí, formar parte de un determinado momento histórico. Siempre digo, ingenuo de mí, que no es tanto erradicarlos como colocar, por ejemplo, una pedagógica plaquita que explique las barbaridades que todas esas figuras hicieron en aras de un presente y un futuro mínimamente mejores. Sin embargo, en esta capital presidida por un engendro como Díaz Ayuso, no solo es que esa intención educadora sea una quimera, sino que en los últimos años ha habido un auge de nuevos monumentos que idealizan a elementos de antaño con una obvia intención de ganar esta inicua batalla por el relato histórico. Ya hemos sufrido elevar a los altares a una figura bélica como Blas de Lezo, representante de un imperio algo decadente, o a los llamados últimos de Filipinas, una de las últimas colonias españolas; ambas, loas al militarismo más inicuo y para nada homenaje a los pobres desgraciados engaños para morir o asesinar en nombre esa abstracción llamada nación. Por cierto, obra también de los mismos autores, y con eso ya tenemos cierta conexión con el franquismo, tenemos la estatua con conmemora el centenario de la legión hace escasos años, unos de los cuerpos expedicionarios coloniales más sangrientos de la historia nacional. En marcha está otro proyecto monumental que añora el pasado imperial, como son los Tercios de Flandes, que pretende venderse como producto del sufragio popular y todos sabemos las instituciones que están detrás. Son exacerbaciones de la identidad nacional, que hay que combatir, aunque también otras formas más amables que pretenden asentar ese supuesto culmen de la civilización que es el Estado-nación. Sí, soy un ácrata algo nihilista nada objetivo, que cree en eso tan moralmente reivindicable como la fraternidad universal. Y, para terminar de momento y adelantarme también a otro tipo de críticas, tampoco se trata de que los poderes de hoy pidan perdón, algo que creo que han hecho hasta monarcas y papas actuales viendo quizá que peligraba el chiringuito, sino de reconocer los horrores históricos de esta humanidad tan dada a lo mejor y, desgraciadamente tan a menudo. a lo peor.
Juan Cáspar
https://exabruptospoliticos.wordpress.com/2026/05/17/inicuos-relatos-historicos/




