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Sobre causas y banderas

El que suscribe, de manera lúcida, solo aterriza de manera puntual en esos vertederos, especialmente Twitter o como se llame ahora, que son las redes sociales. No es ninguna disculpa, es sencillamente la verdad, solo soy partidario de utilizarlas para enlazar algo medianamente interesante y no para discusiones estériles que no conducen a parte alguna, mucho menos para abundar en narrativas simplistas y pueriles, por no decir directamente falaces. El caso es que acabo enterándome de que ciertos fulanos mediáticos se esfuerzan en difundir ciertos discursos que, como en el caso ahora mismo de los acampados en pleno centro de la capital de este inefable Reino de España, señalan la supuesta hipocresía y el exaltado radicalismo de los que protestan. De lo que estoy seguro es que esos inicuos reaccionarios oportunistas, muy probablemente la mayoría también estultos, bodoques y abiertamente mentecatos, no se han manifestado en su lastimosa existencia por causa alguna. Se me objetará que cada vez me muestro más faltón en lo que pongo negro sobre blanco, pero al mismo tiempo se me reconocerá que lo haga con cierto estilo y capacidad léxica.

Vayamos con hechos concretos. Aclararé, y todo aquel que siga mínimamente este brillante blog lo conocerá, que no soy nada amigo de bandera alguna. Ni siquiera con la excepción de la enseña rojinegra, aunque casi podría hacer una excepción con la que se exhibe como totalmente oscura, ya que es lo que tiene ser un irreductible ácrata con alguna que otra tendencia que raya en el nihilismo. Se dirá que las banderas, incluso dejando a un lado ese horror que representa la mayoría llamado Estado-nación, son sencillamente símbolos dirigidos a una causa u otra. De acuerdo, pero uno no se siente nada a gusto (es lo que tiene ser… bla, bla, bla) con la capacidad simbólica y abstractiva del homo sapiens, y prefiere mejor abordar una realidad concreta. Volviendo a los acampados en la madrileña Puerta del Sol, desde la manifestación del 26 de septiembre por el problema de la vivienda y los intolerables desahucios continuos, hay que decir que, sencillamente, son una extensión por la protesta ante un derecho básico que no cumple el sistema en que vivimos, en tantas ocasiones con las personas más vulnerables. Es tan fácil de comprender como eso y el que no quiera verlo así, o es un imbécil y/o un ser despreciable (prefiero, ahora, usar insultos que este tipo de gente, no sobrada de capacidad intelectual, comprenda).

Es posible que la gran mayoría de las personas que se manifiestan por el problema de la vivienda se consideren de eso ahora tan difuso que es la izquierda, y es posible que, con mejor o peor intención, algunos de ellos aboguen por ciertas prácticas socialistas autoritarias, desfasadas y no sobradas de buenos ejemplos históricos. Efectivamente, son banderas políticas tan susceptibles de ser criticadas como cualquier otra (y hacerlo con especial fuerza también, por tener en su seno una supuesta intención emancipadora), aunque sería bueno dejar claro desde qué legitimidad moral se ejerce; por supuesto, no es el caso de los que pretenden defender otro sistema obviamente injusto, que excluye a tanta gente e, incluso, quizá especialmente perverso por realizarse en nombre de una fraudulenta concepción de la libertad ajena a toda solidaridad humana. Al parecer, en este indescriptible país en la reciente fiesta nacional (sí, al igual que Brassens, «yo me quedo en la cama igual»), un grupo de idiotas (que rima con patriotas), envueltos en enseñas rojigualdas y otros emblemas reaccionarios como la Cruz de Borgoña (alguien, con lúcido sarcasmo, llamó a esta gente follatercios), se acercó a la Puerta del Sol a increpar a los acampados. En fin, hablando de banderas perniciosas (y perdón por el pleonasmo).

Es otro lugar común, solo admisible para sapiens son severos problemas de oxigenación cerebral y moral, que se critique que en las protestas se eleven también ciertas banderas como la de Palestina. Cuesta reproducir esto, pero se argumenta que los que muestran sus repulsa por el asesinato continuo que el Estado israelí perpetra sobre palestinos no lo hacen por otros «conflictos» como la guerra civil en Sudán o, en general, en África y en otros lugares del mundo; también, suelen esgrimir la supuesta hipocresía de los que señalan víctimas árabes (o musulmanas) cuando «ignoran a las cristianas» (sic). Son precisamente los que difunden estas narrativas racistas, oportunistas que no deben haber protestado nunca por víctima alguna al estar sumamente a gusto en el mundo, los que realizan distinción entre unas etnias, o religiones, y otras. Debería ser tan fácil como comprender, desde la honestidad y una fortalecida conciencia, que las protestas se realizan, o deben realizarse, desde la ausencia de legitimación de bando alguno y, al menos para el que suscribe, desde una postura férreamente antiautoritaria.

Pongamos unos ejemplos, aunque serían interminables. Puedes criticar, a la vez, la agresión del ejecutivo ruso sobre Ucrania, los permanentes ataques de una potencia militar como Estados Unidos, y su aliado Israel, y la perversión de un régimen como el iraní. Al mismo tiempo, puedes manifestar tu indignación por la intolerable represión de los Estados rusos o chino, que por la ejercida por la nación ahora encabezada por Trump (con sus agresiones policiales para el que quiera verlo); o, en estos momentos, por la brutalmente ejercida por la muy democrática Francia sobre los estudiantes que protestan, al igual que los acampados en Sol, por una sociedad que consideran también injusta. Te pueden causar la misma repulsa las víctimas árabes, en Gaza, que las pertenecientes a cualquier otra etnia o condición cultural, en otras partes de Asia o África. Es lo que tiene abogar por eso, desgraciadamente visto también como algo anacrónico, que es la fraternidad universal. Y esto lo dice un ácrata, algo nihilista y sin bandera alguna.

Juan Cáspar
https://exabruptospoliticos.wordpress.com/2026/10/17/sobre-causas-y-banderas/

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