Desde que creo recordar, y no digo tampoco que mi memoria sea prodigiosa, he tenido una aversión manifiesta a toda clase del llamado culto a la personalidad. Incluso, he de aclararlo, dicho rechazo pienso que se producía antes de abrazar mi todavía joven yo, de manera lúcida, el anarquismo. Al menos a un nivel político, dicho concepto se manifiesta en forma de toda clase de halagos, elogios y el peloteo más deplorable hacia el considerado líder de un sistema, ideología y/o revolución (palabra mil veces pervertida por el autoritarismo y la subordinación). Más adelante, y de modo más inquietante para cualquier naturaleza mínimamente libertaria, veremos que el mecanismo no es exclusivo de regímenes totalitarios o explícitamente autoritarios. No obstante, como resulta evidente, es en esta clase de sistemas donde de forma más clara, grotesca y patética se desarrolla a través de una serie de técnicas, propagandas y manipulaciones diversas. Esta suerte de papanatismo extremo a menudo se confunde con el mero patriotismo que tanto inculcan desde la cúspide de las pirámides nacionales, y con el intencionado reforzamiento de un determinado régimen, sustentado en esa abstracción perniciosa llamada nación, vendido como benévolo. Vamos acotando un poco más, ya que podemos comprobar con este último razonamiento que el repulsivo fenómeno no se limita a ciertos regímenes donde la represión es clara, ya que se fomenta la sumisión en la cabeza visible del líder, pero hay otros rasgos que también se producen en otro tipo de sistemas aparentemente democráticos y liberales. Mucho tiene que ver ese pueril, crédulo, bobalicón y pazguato culto a determinadas personalidades con la aceptación acrítica de la autoridad y con la idea de las diferencias de clase o de cualquier otra índole en las sociedades humanas. Veamos si me explico con detalle antes de que salten los bodoques habituales. En primer lugar, no se niega en absoluto la valía de ciertas personalidades, en el campo de la actividad humana que sea, pero hay que insistir en que a menudo ese empeño está directamente relacionado con el trabajo colectivo de muchos otros. Tal vez, aceptando eso, podamos empezar a comprender dos cuestiones que deberían resultar obvias: una, que no es posible elevar a los altares sin más a un solo individuo, ni siquiera en un único ámbito; otra, que no existe nadie totalmente inmaculado, y mucho menos a nivel moral, que a la postre resulte inmune a todo forma de crítica.
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¡Enajenados!
Uno de los subterfugios habituales, de los optimistas antropológicos, y no digo que yo me aleje siempre de semejante condición, es pensar que hoy existe más enajenación que nunca. Esto es, creo, cuando el personal se siente extraño a sí mismo, sus actos ya no le pertenecen y los mismos pasan a convertirse en dueños de la persona, la misma acaba subordinándose a ellos e, incluso, los termina por idolatrar. Si lo queremos expresar de otro modo, podemos poner sobre la mesa factores de toda índole para excusar que la gente se comporte como auténticos gilipollas. De esa manera, el común de los mortales estaría dominado por determinadas fuerzas externas, que le empujan a situarse en una realidad ajena, desgraciadamente, bastante imbécil, que le empuja a realizar una estupidez tras otra. Autores sesudos aseguran que esta situación de produce con el desarrollo del capitalismo y de la sociedad de consumo, y no decimos de entrada que no sea así, aunque se nos antoja un poco abstruso el discurso. El principal problema que observo con este análisis es que, si consideramos que el ser humano tiende a realizar una conducta digamos «desviada«, no propia del ser humano, es porque debería existir un comportamiento «correcto». Mucho suponer. Ojalá sea así, de ahí mi inevitable y ocasional optimismo, aunque es inevitable pensar que, al margen de que exista la más mínima posibilidad para un comportamiento extendidamente racional en la especie humana, no hay duda de que también existen condiciones inherentes para que, al menos una mayoría, se comporte como una manada de borregos.
Seguir leyendo ¡Enajenados!Papanatismo
Un vocablo que incluyo en mis lúcidos textos, a poco que tengo ocasión, es este de «papanatismo». Viene a ser como aquello del genial Berlanga y el imperio austro-hungaro. Para el que tenga curiosidad, repasad, repasad todo lo vertido aquí negro sobre blanco y puede que acabéis siendo algo más lúcidos e incluso, tampoco es descartable, mejores personas. El caso es que si acudimos a la (¿Real?) Academia de la Lengua, de este inefable reino de España, nos encontramos con la siguiente definición, bastante concisa, para el término de marras: «actitud que consiste en admirar algo o a alguien de manera excesiva, simple y poco crítica». Y es que uno cree que, desgraciadamente, el papanatismo es una actitud o disposición demasiado extendida, lo que explica con seguridad que el personal acabe creyendo toda suerte de estupideces. Ojo, que uno admite que puede que para otros, con un imaginario vital más que cuestionable, la propia creencia en la posibilidad de una sociedad anarquista puede ser también algo más bien necio. Allá ellos. Desde luego, mientras el papanatismo esté tan extendido trabajo no nos va a faltar para que este mundo sea algo un poco más digno.
Seguir leyendo PapanatismoLa búsqueda de aprobación y dependencia de los demás
Si uno sabe algo de psicología social, comprenderá hasta qué punto nos nuestro comportamiento se ve condicionado en sociedad. Particularmente, es algo que digno de reflexión, e incluso debería obsesionarnos un poco, cómo actuamos de una u otra manera dependiendo quién esté presente; cómo se produce, además, esa influencia. Ojo, es algo que nos pasa a todos, por muy conscientes que creamos ser, o por mucho que presumamos de independencia de criterio y de conducta, en mayor o menor medida. Lo que ocurre es que en ciertas personas, y creo que esto puede decirse así, parece algo cercano a lo patológico. No hay que hacer una lectura simplista, las personas no son esencialmente falsas y/o pusilánimes, hay otras explicaciones psicológicas. Además, están las dos posturas extremas: el que se acomoda al pensamiento de grupo y el que tiende a llevar la contraria allá donde se encuentre. Sí, creo que es más común la primera postura. Detrás se encuentra la necesidad, lógica por un lado, terrible por otro, de ser aprobado por los demás.
Campañas
Acaba de lanzarse una campaña, en plena crisis, para favorecer el turismo en este grandioso país llamado España. Si atendemos a que para ello se han unido el fabuloso Gobierno de coalición progresista con alguna institución europea, la patronal, grupos empresariales y algún otro lindo grupo que me dejo en el tintero, se explican los inefables protagonistas y el irrisorio tono del vídeo de promoción. En una sociedad donde gran parte del personal está más que alienado por los espectáculos deportivos, unos cuantos multimillonarios jugadores nos recuerdan lo bueno de que España es un mero país de servicios. Un fulano cuyo cuestionable mérito es conducir una máquina a gran velocidad, y cuyas millonarias cuentan están a salvo en lugares remotos, afirma que esta es la nación más segura del mundo. Un grupito de cocineros irritantemente mediáticos, tan populares como adinerados, recuerda que somos una potencia mundial en gastronomía, a pesar de que sepa de que no hace falta irse al Tercer Mundo, en España se pasa hambre. Seguir leyendo Campañas





