Gustavo Rodríguez, agosto de 2026.
«Terminemos de una vez por todas con los ilusionismos de la dialéctica. Los explotados no son portadores de ningún proyecto positivo […] Su única comunidad es el capital».
Ai ferri corti, verano de 19981.
En fechas recientes apareció publicado en el Portal OACA un artículo intitulado Más proletariado y menos obituarios: del fin de la clase obrera a su reconstrucción bajo la rúbrica del historiador català Agustín Guillamón, especialista en el movimiento obrero revolucionario y la Guerra y revolución españolas del año 1936 (sic.). En efecto, el autor es conocido por sus crónicas ideocéntricas en derredor de esa gesta, con particular énfasis en el desempeño de los partidos trotskista, bordiguista y anarcobolchevique. Sin embargo, en esta ocasión abandona la historiografía y se aventura como visionario —casi escribo comisario— político. Vale precisar, que no es la primera vez que incursiona en estos menesteres. Ahora con un propósito mucho más modesto: aspira a refutar los señalamientos críticos que sostienen algunos compañeros «del ámbito libertario» en torno a la posibilidad de «recomposición del proletariado» tras el agotamiento de un ciclo histórico.
Si bien su argumentación da inicio con un amplio reconocimiento de la «desaparición de la cultura obrera, la integración institucional de las organizaciones sindicales, la disolución de las antiguas comunidades de trabajo y de barrio y la creciente colonización mercantil de la existencia» —diagnóstico que considera «contiene elementos difíciles de discutir»—, inmediatamente después, identifica este cúmulo de derrotas como los principales factores que han «privado al proletariado de la centralidad política que desempeñó durante más de un siglo». Acto seguido, trata de paliar desde sus concepciones ideológicas un «diagnóstico pesimista que recorre buena parte del pensamiento crítico contemporáneo».
Con tal fin, nos invita a establecer la diferenciación entre el reconocimiento de una derrota y la imposibilidad histórica de que el «proletariado se recomponga como sujeto potencial de una transformación revolucionaria». Dando por sentado que una cosa es reconocer la profunda crisis en la que quedaron sumidas las formas político-organizativas que orientaron las luchas pasadas, y otra, que a partir de esa certeza, se concluya que la «contradicción entre capital y trabajo ha perdido su carácter estructurante dentro del capitalismo contemporáneo» (énfasis mío).
Empero, distinguir tal diferencia es una cosa y evaluar el éxito que supuestamente se desprendería de reconocer la diferencia es otra. La evidencia aquí, tal vez no sea tan directa como aparenta y se corre el riesgo de estar leyendo la causalidad de manera invertida a partir de una falacia de distinción que separa dos elementos que, en la práctica, son inherentes. No se puede separar la vigencia de una relación social de la capacidad real de organizarse en torno a ella. En este contexto, la relación causa/consecuencia es inversa: las formas organizativas de los trabajadores han caducado porque la contradicción capital-trabajo dejó de ser estructurante. La actual naturaleza del trabajo (industrias creativas, hiperautomatización, robotización, uberización, economía colaborativa, servidumbre digital, etc.) ha cambiado tanto que la vieja contradicción dejó de operar en la realidad material.
El pensamiento unidireccional
Cuando la realidad material se transforma, los conceptos y los sistemas conceptuales también se transforman o incluso, se desechan. El análisis histórico y el conceptual siempre han de ir de la mano. Un sistema conceptual incapaz de orientar la acción práctica se vuelve obsoleto. Sobran ejemplos de obsolescencia conceptual a lo largo de la historia. Valga mencionar el sistema conceptual geocéntrico, por citar un caso irrefutable, y como éste fue superado una vez que se hizo público su obituario tras el machetazo de Copérnico. O, para aterrizar en nuestros días, qué mejor ejemplo que el concepto de «propiedad» y el sistema conceptual de la propiedad que ahora comprende los llamados bienes digitales (códigos de fuente, nombres de dominio, software, arte digital, criptomonedas, tokens no fungibles, etc.) y, hasta hace muy poco, solo reconocía objetos físicos y tangibles.
Definitivamente, los conceptos y los sistemas conceptuales nacen, se reproducen y mueren cual hongos y bacterias. Tal es el caso, por supuesto, del concepto «proletario» y del sistema conceptual marxiano. Los sistemas conceptuales siempre están subyugados a los cambios de la realidad material. De ahí, la sobreabundancia de enfoques teóricos que exigen abandonar la categoría de clase en nuestra era, conscientes que no existen categorías teóricas estáticas, sino procesos históricos en constante movimiento y contradicción.
Estoy convencido que esto ya era del conocimiento del historiador Guillamón, aunque, Agustín, el marxiano militante, convenientemente opte por obviarlo. El problema del pensamiento marxiano, precisamente, radica en no haber podido librarse nunca de la tentación dogmática. Así las cosas, convirtió un método de análisis dinámico en un pensamiento unidireccional. Lo que acarreó centrar su análisis de la lucha de clases más en las clases que en la lucha, suponiendo tercamente que la una era la consecuencia directa de la otra y que solo se trataba de distinguir —en clave hegeliana pero a manera de trabalenguas sociologizante— a la clase en sí (an sich), de la clase para sí (fur sich). Y justo en ese doble mortal hacía el futuro; es decir, en el salto de la clase en sí a la clase para sí —inevitable, según la profecía— es donde la canoa hace aguas y nos muestra el total desgaste del sistema conceptual marxiano.
Sin embargo, pese a la evidencia, este pensamiento no admite el menor margen de interpretación y avanza en línea recta desde la causa hasta el efecto en busca de una única respuesta correcta; confirmando su carácter inequívoco (no es casual que se asuma como «ciencia»). Tal confirmación, por sí sola, debería ser suficiente para alertar —y ahuyentar— de tales formulismos a las individualidades anárquicas. No obstante, el pensamiento dogmático continúa haciendo mella en nuestras tiendas. La reencarnación del anarcoleninismo en las filas del autodenominado «anarquismo organizado» da testimonio de los nuevos estragos.
El problema, como señalara con ingenioso sarcasmo un cibernauta anónimo en el portal Alasbarricadas.org., es que a los anarcoleninistas «en líneas generales —a diferencia de muchos textos posmodernos— se les entiende lo que dicen, aunque a los veinte párrafos de lectura, me entra un sueño invencible, incoercible, incontrolable. Lo de los análisis certeros, lo del estudio de coyuntura o como diablos se diga, lo de la recomposición de la vanguardia… Me recuerda a los buenos viejos tiempos de los setenta y los sesenta, que te pillaba un maoísta y te sonaba una chapa mientras se sentaba en el autobús en tus rodillas, sin pedir permiso» (énfasis mío).
Lo que corrobora, más allá de la coña, dos flaquezas significativas en el pensamiento ácrata contemporáneo. La primera: la probada ausencia de aquella formación autodidacta que nutría de pensamiento y acción nuestros abordajes; dotándonos un marco valorativo, una intención rupturista y unos instrumentos en correspondencia que hoy carecemos. (Ya no se produce teoría en nuestras tiendas: hoy se importa)2. La segunda, consecuencia directa de la primera: El pensamiento dogmático —de inspiración marxiana-leninista— vuelve a abrirse paso hasta la cocina. La razón es sencilla. La fábula proletaria resulta mucho más comprensible y convincente que la configuración abierta de pensamiento y acción que da cuerpo a la tensión anárquica.
Igual que la perorata del Testigo de Jehová o la soflama del maoísta que te sonaba una chapa, mientras se sentaba en tus rodillas a recitar el Libro Rojo, el fabulismo proletario aleja a priori toda ambigüedad. El axioma en el pensamiento dogmático es claro. Nos vende una «realidad funcional» que ofrece certezas —y el animal humano es el único en todo el reino animal que las necesita—. Para la multitud, mientras menos se interpreta la realidad: mejor funciona. Lamentablemente, este «razonamiento» a veces también se registra entre quienes ostentan la camiseta negra con la A circulada. Lo que, de cierta manera, explica la prevalencia de algunas desvirtuaciones ideológicas. El pensamiento dogmático engarza pragmatismo y poder. Ese es el peligro.
Estructura productiva realmente existente
Las transformaciones estructurales acontecidas a finales del siglo pasado y la primera década del XXI —inducidas por la llamada «globalización» y el avance de las nuevas tecnologías— produjeron un cambio de paradigma que afectó de forma sustancial la realidad material. Tal mutación, desmoronó la representación de la sociedad como sistema de integración. El escenario fue por todos conocido: mayor precarización, aumento del sector servicio, reducción de trabajadores industriales, subcontratación, dependencia de la financiación pública, etc. En ese contexto, se generaron nuevas fracturas que desgarraron aún más la proximidad física de los trabajadores, clausurando su capacidad organizativa. Lo que confirmó, en los hechos, que la vieja contradicción capital-trabajo había dejado de operar de manera estructurante.
En tal sentido, la nueva geolocalización del «proletariado global» que intenta concretar Guillamón, tampoco aporta mucho para validar lo contrario. Si bien es cierto que «la desindustrialización relativa de Europa y Norteamérica [coincidió] con una extraordinaria expansión del trabajo asalariado en Asia, América Latina, África y Europa oriental»; en la actualidad —con la desglobalización y la reterritorialización de la industria— se ha registrado una superlativa contracción que ha dado paso a mayor precarización, aumento del sector servicio, reducción de trabajadores industriales, subcontratación y dependencia de la financiación pública. Igual a la que se registra en Europa.
La industrialización del «sur global» a duras penas rebasa el primer quinquenio de este siglo. Sin dudas, fue un proceso en auge durante las décadas de 1970 a 1990, que, de cierta manera, se prolongó a la primera década del siglo XXI. Ahora la realidad material es otra. Con la Gran Recesión, provocada por la rápida expansión de la crisis financiera de 2008, se desplomó la demanda de manufacturas y materias primas por parte de los llamados países desarrollados. América Latina sería uno de los territorios más afectados, pero no el único. En la región, la caída del comercio internacional y la drástica reducción de financiamiento, trajo consigo el desplome del producto interno bruto (PIB) ocasionando una fuerte desaceleración regional.3
Diecisiete años después y tras la implantación del nuevo paradigma postpandemia, el cierre de industrias y plantas automotrices en Argentina ha provocado el despido de miles de trabajadores. Las causas son múltiples pero, destacan cuatro que se han vuelto una constante en el «sur global»: la desglobalización en curso, la imposición de aranceles, la apertura a las importaciones y la caída del consumo interno. Solo en este año (2026), se anunció el cierre de la planta Nissan y la planta productora de Citroën, mientras Peugeot y Stellantis han anunciado «paradas temporales». En todos los casos han regresado al modelo de importación. Fate, la megafábrica de neumáticos de Buenos Aires, también cerró sus puertas, dejando sin empleo a casi un millar de trabajadores. La empresa estadounidense Cabot, la única planta dedicada a la producción de negro de humo —esencial para la elaboración de neumáticos, productos de caucho, tóner, pinturas y plásticos—, después de 60 años operando en Buenos Aires, informó el cierre definitivo de la planta el pasado mes de mayo. Según algunos analistas, estos despidos se suman a los más de 206 mil del sector privado que han perdido sus empleos.
En México el panorama no es diferente. El sector manufacturero y automotriz atraviesa un periodo de reconfiguración y contracción que ha derivado en cierres definitivos de plantas históricas y despidos masivos. Así las cosas, tan solo en lo que va de año cesó la producción de la planta Nissan CIVAC en el estado de Morelos —tras 60 años de operación continua—, concluyó actividades la Planta COMPAS (proyecto conjunto entre Renault-Nissan y Daimler de producción de autos de lujo) y la planta de Toyota de la ciudad de Tijuana, anunció «el inicio de un proceso gradual de traslado de su producción hacia San Antonio, Texas», impactando el empleo de la región. Estados fronterizos como Baja California y Chihuahua han reportado el cierre de maquiladoras y plantas de subensamble que trasladaron su producción a Estados Unidos, lo que acumula más de 40 meses de caídas en el empleo fabril, con fuertes retrocesos en la manufactura de autopartes, componentes electrónicos, textiles, prendas de vestir y artículos de plástico.
La conclusión a la que arriba Guillamón de que en medio de este patético escenario «el proletariado no ha dejado de constituir el sujeto potencial de una transformación revolucionaria» no termina de asumir su manifiesta ambigüedad. El «sujeto» que se alude no es espontáneamente revolucionario a partir de sus lazos productivos y, en caso de que llegara a serlo, su nuevo carácter no se deduciría directamente de su situación económica sino de su propio esfuerzo de elaboración y/o confirmación de esta. Su asunción «revolucionaria» no es el resultado llano y previsible de una simple operación aritmética a partir de un lugar dado en la estructura productiva, sino el complejo compromiso que se gesta en un recorrido de luchas y en una decisión autónoma. Hoy la posibilidad de una ruptura social sobre la base de los núcleos productivos realmente existentes es una ilusión. Asumir que su sola existencia alcanza y sobra para considerar la posible concreción de la arquitectura del diseño utópico es, en el mejor de los casos, una muestra de ceguera dogmática insuperable.
Precisamente, la evolución real de la estructura productiva somete la configuración concreta de ese diseño a nuevas complicaciones. Por lo pronto, en tiempos de la 1ª Internacional —¡y durante la mayor parte del siglo XX!— se creyó firmemente que el movimiento histórico tendría por desembocadura, inmediata o a mediano plazo, tanto el crecimiento cuantitativo del «proletariado» como su homogeneización interna en los términos de las formas productivas «superiores» representadas por la gran industria. Sin embargo, el propio devenir se ha encargado por sí solo y sin auxilio teórico alguno de negar categóricamente tales vaticinios. A lo que en realidad hemos asistido es a una complejización creciente de los procesos productivos mediante la emancipación de la técnica; a un inacabable surtido de divisiones y subdivisiones en la esfera de la producción de bienes y servicios; y a una segmentación horizontal y vertical de lo que todavía hoy suele registrarse bajo la consoladora pero a todas luces insuficiente expresión de «mano de obra».
La gran industria, la producción en serie y las cadenas de montaje ya no constituyen el paradigma productivo en aquellos países donde alguna vez se conociera su hegemonía y nunca llegaron a serlo en la mayor parte de América Latina, África y Asia (con la excepción de China), que apenas llegaron a ser bendecidas con su rocío. La diversificación, la segmentación y la tecnocratización sustituyeron en los hechos a la profecía de una expansión y homogeneización que jamás se verificó. Y no solo la estructura productiva realmente existente e imperante en las mayores extensiones planetarias vio cómo se multiplicaba la cantidad de lugares y posiciones posibles sino que, prácticamente, cada proceso productivo particular recibió el homenaje de la división interna del trabajo, de la diferenciación y de la tecnificación creciente que eran impensables en los esquemas tradicionales. En la actualidad –y desde hace décadas– no podemos menos que constatar el enorme redimensionamiento de los servicios con respecto a la producción fabril de bienes en sentido estricto y también tendremos que reconocer en casi cualquier proceso particular de trabajo la multiplicación de aquellos puestos que ya no se caracterizan como labores manuales y directas sino que, contrariamente, encuentran su rasgo de distinción en múltiples funciones de «apoyo técnico».
En este marco, la vieja conciencia unitaria de clase fue sorprendida en su buena fe original, por lo menos por dos razones: en primer lugar, porque de acuerdo con sus propias bases teóricas de sustentación debería experimentar el mismo proceso de fragmentación que afecta a sus soportes existenciales y, en segundo término, porque ya no puede servirse de aquellas antiguas nociones que apelaban al interés inmediato como detonante de su historia formativa. Así, la comunidad mítica del «proletariado» tuvo que abrir paso y ofrecer un lugar al reconocimiento de contradicciones internas en su propio seno, con sus correspondientes formulaciones discursivas e independientemente del nivel de análisis que se adopte; sea éste el campo, la fábrica, el taller, la oficina, la estructura productiva nacional o el cuadro de divisiones y subdivisiones internacionales del trabajo.
Si realmente fuera cierto que la existencia delimitada por las condiciones inmediatas de trabajo determina la conciencia que se tenga de ellas y de tantas otras cosas, entonces tendríamos que darle a la distribución de la conciencia la forma de un escalafón y resignarnos una y otra vez a que el interés de cada cual provocara en su soberano despliegue algo no muy diferente a lo que tenemos. Sospecha que obliga por sí misma, en cualquier intento de reconstrucción teórica, a desechar ese supuesto bizantino del interés «estructural» y «objetivo».
Sostener que «la fragmentación de los procesos productivos ha ido acompañada por una integración cada vez más intensa del mercado mundial» también coloca en el pasado el marco de análisis. Una vez más, la realidad material es otra. La fragmentación de los procesos productivos pasó a ser historia con la irrupción del nuevo paradigma productivo postpandemia. La abrupta alteración en la continuidad del flujo de mercancías, incluso de insumos y materias primas y, la consecuente parálisis de los «momentos» —Marx dixit— de la producción; desataron una tormenta perfecta en el seno de la economía global con efectos inmediatos en la dinámica de expansión y acumulación de capital, dando inicio a la desglobalización y la reterritorialización industrial. Evidentemente, el gran «empujón» de las últimas tres décadas de postindustrialismo y la imposición (y socialización) de las nuevas tecnologías de la mano de la Cuarta Revolución Industrial (4IR), fue determinante en el afianzamiento del nuevo paradigma productivo y la consolidación del Ciberleviatán en franca reconfiguración del «mundo bipolar» que, una vez más, enfrenta con ahínco dos modelos de capitalismo con sus rivalidades geopolíticas.
Tesla es el mejor ejemplo del nuevo paradigma productivo. Esta Gigafábrica logró evitar el colapso de la crisis de 2020 —en pleno confinamiento por la pandemia de COVID-19— y sus consecuentes efectos de «cuellos de botella logísticos» durante 2021 y 2022, porque no es solo una fábrica de automóviles eléctricos sino un ecosistema productivo. A contramano de las estrategias globalizadoras de los procesos productivos, donde las fábricas eran dependientes de diversas cadenas de suministro, Tesla asumió la producción total de todos sus componentes. Al comienzo compraba celdas de ion de litio en Japón y las enviaba a Tailandia para fabricar las baterías. Pero su objetivo era la «soberanía estructural». Es decir, librarse de las cadenas de suministro y concretar un modelo de plena autosuficiencia, por lo que decidió fabricar baterías para tener el control desde cero, o sea, desde la extracción del litio hasta la colocación de la batería en el coche. No es casual que este ecosistema productivo se instalara en Nevada, el único lugar en Estados Unidos donde se encuentra una mina en activo de extracción de litio (Silver Peak), asegurando el suministro para la fabricación de un millón de coches al año. Tampoco es casual que Tesla abriera una planta de refinamiento de litio en Texas.
En cuanto al rol del «sujeto potencial de una transformación revolucionaria» en Tesla, quizá sea oportuno comentar que los más de 125 mil empleados de la empresa trabajan bajo el esquema de «integración vertical y jerarquía horizontal» que se encauza en la estrategia de «talento y cultura laboral». Dicha estrategia se centra en siete «pilares fundamentales»: visión, innovación, transparencia, mentalidad de propietario, velocidad, aprendizaje continuo y cultura empresarial sólida.4 Otro aspecto a destacar es que trabajan más de 60 horas semanales y no están sindicalizados.5 El salario base es mucho más bajo que el promedio del mercado automotriz, compensado de manera agresiva con «acciones millonarias» y «bonos de productividad y desempeño» en base al rendimiento individual.
Proletariado global: ¿En fase de expansión o en peligro de extinción?
La costumbre más o menos reciente entre la tendencia bordiguista libertaria de una conciliación forzada entre las tradiciones retóricas de la vieja formulación clasista y las realidades sociales contemporáneas conduce a vulgaridades y chapucerías teóricas igualmente grotescas que las que se produjeron en el pasado. La mayor de las cuales consiste en ese procedimiento increíblemente arbitrario de subsumir dentro del concepto de «proletariado» las configuraciones identitarias más insólitas. Definitivamente, no alcanza ya con la incorporación y el auxilio teóricos de categorías incluyentes que resuelvan las limitaciones y estrecheces de la visión marxiana. Ahora es preciso avanzar hacia categorías que den cuenta también del devenir histórico y que puedan transformarse en la razón previa de su temática y, por lo tanto, concebir que la dominación política y el Poder son tan anteriores a la explotación económica en cualquiera de sus definiciones como lo son las piojosas pelucas de los Luises de la adoración numismática de la que después fueron objeto.
La caracterización excluyente y completa de una sociedad como capitalista, por muy trillada y aceptada que esté, es penosamente pobre y denota, casi como ninguna otra situación, la debilidad teórica que todavía arrastramos y, para demostrarlo, basta con evocar que la expresión aun pretende designar —y, lo que es peor, explicar— cosas tan diversas como la Holanda de Guillermo de Orange, la Rusia de Nicolás II, la Palestina de Hamás y la Venezuela de Delcy Rodríguez.
Marx y sus acólitos definían al «proletariado» no solo por el papel que jugaba en la economía capitalista (clase en sí), sino por su capacidad organizativa, su autorreconocimiento como sujeto colectivo y su consecuente actuación política (clase para sí). En tal sentido —y trasladado al lenguaje común de los mortales—, la clase en sí estaría conformada por todo animal humano que venda su tiempo y carezca de toda autonomía material (capital, medios de producción, patentes, tierra, redes de distribución, etc.). De tal suerte, en la medida que crece la llamada población económicamente activa, la clase en sí se multiplica exponencialmente a nivel global.
En efecto, no cabe duda, que el trabajo asalariado todavía existe y que registró un crecimiento cuantitativo sin precedentes, gracias al desarrollo del «Capitalismo Mundial Integrado» —Guattari dixit—. En particular, durante los años 90 y la primera década del siglo XXI. Sin embargo, esa verdad de Perogrullo a la que se aferra Guillamón, como prueba fehaciente de la expansión del «proletariado global» en nuestros días, no le autoriza a concluir que en ese conglomerado amorfo y variopinto de asalariados habita «el sujeto potencial de una transformación revolucionaria». Tamaño ilusionismo no es más que un refugio retórico sin sustento práctico que intenta oxigenar al fabulismo proletario, con el objeto de suministrarle vida artificial a un sistema conceptual arcaico.
Para el pensamiento marxiano, la contradicción —y, por lo tanto, la raíz económica de la lucha de clases— se da entre el carácter social y colectivo de la producción y el carácter privado de la apropiación y, por lo tanto, del secuestro y la canalización de la «plusvalía». Pero la expresión cotidiana e históricamente concreta de esta contradicción no es otra que la forma dineraria del salario, ubicada en el campo inmediato de percepciones y de conciencia tanto de la burguesía como del proletariado. La cuestión es que el dogma les ha impedido percibir que si la lucha se derivara única e imperativamente de la situación económica de clase, aquella bien podría no producirse en momento alguno.
Por lo tanto, si la lucha de clases solo se limitara a seguir y expresar los movimientos asociados al destino dinerario de la «plusvalía», el resultado histórico concreto sería bien diferente del esperado por la vulgaridad marxiana de base estructuralista. Afortunadamente, desde el punto de vista anárquico, la mediación insustituible de la conciencia, la gestación de afinidades sediciosas y la afirmación de éstas a través de sus luchas y enfrentamientos, se encargan, por su propia cuenta, de producir aquellas orientaciones y tendencias que efectivamente empalmen con una práctica anárquica de enfrentamiento al Poder de cara al siglo que vivimos.
Situados en la perspectiva histórica del anarquismo contemporáneo, parece claro que si el rol destructivo se apoyara exclusivamente en el «proletariado» solo podría desembocarse o bien en una dictadura totalitaria —que, una vez más, nada tendría de proletaria, como nos confirman todos los ensayos previos— o en el desarrollo de experiencias cooperativas virtualmente testimoniales. Hoy, la complejidad de las tramas de Poder y la redoblada atención que merece su consideración en cuanto estrategia y no solo como cuadro de relaciones socialmente consagradas de dominación, hacen pensar que es necesario ir más allá todavía y que ya no es suficiente con la supresión de las posiciones sociales que lo expresan, sino que también habrá que afrontar la oposición respecto a los discursos que las forman, las legitiman y las justifican, y frente a las estrategias a través de las cuales se despliegan y se ponen de manifiesto.
Nuestro recorrido nos permite arribar ahora mismo a tres conclusiones provisionales sobre nuestro tema; en primer lugar, que la lucha ya no puede corresponderse con ese simplificado diseño decimonónico que disponía un campo de batalla dicotómico entre la burguesía y el proletariado, como nos propone Guillamón y reproducen, tal coreografía de nado sincronizado Liza, Embat, Batzac «y tantos otros [que reclaman] más protagonismo al proletariado y menos obituarios derrotistas». En segundo término, que la lucha de clases, mediada y expresada a través de la conciencia, no es otra cosa que la suma de las luchas contra la dominación de una miríada de afinidades sediciosas que se construyen y reconstruyen en su propio recorrido de enfrentamientos y, por último, que todo ello obliga a situarnos mucho más allá del estrecho encasillamiento clasista de un mecanismo central determinante y a explorar una trama indefinidamente más intrincada y más fina que nos permita impulsar los empeños de liberación total de la mano de una estrategia re-fundacional (teórico-práctica) de la sedición anárquica, asumiendo al anarquismo como una tensión perpetua: arma de la crítica y enfrentamiento cotidiano al Poder, y ya no como expresión radical de la lucha de clases en el sentido decimonónico.
Aceptemos entonces, que el desarrollo mecánico y automático de las fuerzas productivas solo conduce a su propia perpetuación —exacerbada en estos tiempos en que ese desarrollo, gracias a la revolución permanente de la tecnología («la única revolución permanente y global de la historia», Anders dixit.), ha producido una complejización y una diversificación ostentosas— y que la pérdida de homogeneidades identitarias hace imposible no solo la «recomposición del proletariado», sino la edificación de una sociedad libertaria como se soñaba antaño. Lo que nos recuerda que sigue siendo indiscutiblemente cierto que ninguna sociedad jamás podrá refundarse en libertad sin haber resuelto el gran tema de la abolición del Poder y el desmantelamiento de todo lo existente, pero habrá que incorporar también la convicción de que tal cosa no opera en un espacio de determinaciones unidireccionales y que, por lo tanto, ninguna sociedad puede recrear tampoco nada que realmente valga la pena si no está en condiciones de resolver tales necesidades.
Admitamos, por extensión de estos razonamientos, la idea de que uno de los grandes problemas a resolver por cierto núcleo de necesidades, voluntades e iniciativas sediciosas pasa a ser, radicalmente, el de los sujetos conscientes que sustituyan con ventajas al difunto proletariado. Por consiguiente, lo que cabe dejar establecido en este preciso instante es que dichos sujetos —en el remoto caso de concretarse— no podrán ser simplemente la contracara generada por el capitalismo en su propia dinámica y que, mucho menos, podrán localizarse exclusivamente en la lucha de clases tal como se le ha concebido tradicionalmente.
No es casual que desde los intentos revolucionarios de 1936 —¡hace 90 años!— los distintos movimientos libertarios no hayan producido nuevos diseños de reconstrucción social, lo que bien podría estar respondiendo tanto a implícitas constataciones del tipo anterior como al carácter intemporal de aquellos bocetos rígidos trazados por la abstracción de las clases y sus luchas. Esas conceptualizaciones fueron concebibles en la medida en que también lo fueron los proyectos insurreccionales y los instrumentos orgánicos que le sirvieron de sustento, los cuales no atraviesan su mejor momento desde hace décadas. El viejo modelo emancipador era el negativo de una sociedad formalmente jerarquizada que se regía por un principio organizativo central, razón por la que solo bastaba con expropiar los medios de producción y destruir las estructuras piramidales de dominación —invirtiendo el principio— para que un cuadro completo de relaciones libertarias de convivencia se materializara como posibilidad inmediata.
Tampoco es fortuito que las experiencias de lucha más recientes —a las que apela Guillamón— se ubiquen en torno a la autonomía obrera y la autogestión proletaria. O sea, se remontan a 1969 (el autunno caldo italiano),1976 (la reorganización del sindicalismo libertario en la llamada transición española) y 1977 (el esplendor del movimiento autónomo italiano y el inició de los anni di piombo). Si bien esos ensayos organizativos pueden resultarnos próximos a quienes acumulamos otoños, no deja de ser significativo que en el verano de 1977 nacía mi hija mayor y el próximo año arribará a medio siglo de vida. Sin duda, todas esas experiencias hoy conforman la prehistoria de las luchas. Prehistoria mitificada, por cierto, y aún pendiente de balance crítico. Mientras tanto, habrá que garabatear un nuevo cuadro de conflictividad que ya no podrá ser considerado de la misma forma que medio siglo atrás, mucho menos, podrá ser contenido por su mera representación decimonónica.
Del mismo modo, las sociedades contemporáneas y el juego de conflictos que simulan se resisten a ser interpretadas a partir de ese concepto central que alguna vez fue el trabajo. En sociedades atravesadas por identidades múltiples, superpuestas y cambiantes, el trabajo ha perdido la centralidad cultural e ideológica que le permitió ser el punto nodal desde el cual generar otros entendimientos teórica y prácticamente pertinentes. En estrecha relación con lo anterior, parece claro que el propio esquema trazado por las clases, ha adquirido una complejidad, una diversidad y una segmentación interna que poco o nada tiene que ver con aquel breve paisaje de polaridades perfectas que alguna vez permitieron orientar sin demasiadas vacilaciones cualquier estrategia de enfrentamiento.
Incluso, la Revolución Social, en el sentido mítico que le diera la tradición anarcosindicalista, es hoy una entidad inasible y, en el sentido estricto de la experiencia histórica, un fenómeno infrecuente y de muy remotas posibilidades. Es más, la propia «violencia transformadora» ha dado paso a la violencia del consenso. Entre otras razones, porque además, los «sujetos revolucionarios» a los cuales se les adjudicaba el protagonismo de las insurrecciones clásicas de signo comunista, o bien muestran síntomas de una ostensible degeneración o se encuentran en estado permanente de flagrante integración al sistema de dominación. Esta metamorfosis del «sujeto histórico» ha dado lugar a un sentimiento generalizado de falsa emancipación, donde la resultante es un no sujeto, es decir, un sujeto carente de toda sujeción: el sujeto positivo de la sociedad de la eficacia y la optimización.
Lo que nos remite, otra vez, a la imposibilidad de trazar tanto una representación gráfica de las luchas, como —en forma más abstracta todavía— un mapa de la sociedad contemporánea en cuanto espacio ordenado de lugares fijos, identidades inamovibles o atribuciones conceptuales inapelables. En este plano, la crítica al neoleninismo y al bordiguismo libertario que hoy pretende ser hegemónico en nuestras tiendas, adquiere particular trascendencia desde la perspectiva anárquica. Entre otras cosas, porque dicho pensamiento reactualiza, a su modo, parte de la temática fundacional, aunque canalizándola hacia la defensa a ultranza del Poder Popular como contrapunto de la crítica del Estado; lo que adultera la esencia misma de la Anarquía, que no es otra que la crítica del Poder en todas sus presentaciones.
Por último, vale señalar que el peligro de dar cobijo a este ilusionismo circense que promueve la falacia perpetuacionista de la centralidad táctica y el fabulismo proletario, radica, hoy como siempre, en su potencial contrainsurgente. Quienes anuncian desde una narrativa dogmática la resurrección del «proletariado» distorsionan la realidad material: confunden las ilusiones con los hechos, el pasado y el presente. Y no los culpo, cuando la realidad se vuelve insoportable, la huida hacia la fantasía es inevitable. El problema es que se crean falsas expectativas en torno a la miseria, el resentimiento y la humillación (materias prima por excelencia de los fascismos) que pueden conducir, una vez más, a la inacción o al matadero. Es decir, a la remasterización de la organización disciplinada y centralista —con sus siglas y programas—, tendiente a cancelar la insurrección individual y la conflictividad permanente; o a la instauración de una dictadura «proletaria» donde, otra vez, serán cercenadas todas las energías y potencialidades emancipadoras.
PD: Revolución, hace muchos años, es sinónimo de barbarie. Desde la Revolución francesa a la fecha, TODAS las revoluciones han culminado en regímenes de dominación total, progenitoras de Auschwitz y el archipiélago Gulag.
- Ai ferri corti con l’esistente, i suoi defensori e i suoi falsi critici –que puede ser traducido como “Cuerpo a cuerpo con lo existente, sus defensores y sus falsos críticos”–, texto anónimo particularmente celebrado por la tendencia informal anárquica. (Consultado 19/8/2026). ↩︎
- Lo que indica algo peor: la carencia de práctica. Porque, a diferencia del pensamiento dogmático, la teoría anárquica solo se elabora a partir de la práctica. Sin ella, no hay praxis y todo se reduce a la pose libertaria y la plática de café. ↩︎
- Según —los nada confiables— datos oficiales, Argentina y México serían los más castigados en 2009 con contracciones de sus PIB de -5.9 y -5,3% respectivamente. Ese mismo año, en México se registró un alza de 5,9% en la tasa de desempleo (Instituto Nacional de Estadística y Geografía, INEGI) y un incremento significativo en el índice de pobreza con el ingreso de casi 6 millones de «nuevos pobres» (INEGI). Mientras que en Argentina, la tasa de desocupación alcanzó el 8,8% en el segundo trimestre de ese año (Instituto Nacional de Estadística y Censos, INDEC) y el índice de pobreza en zonas urbanas se ubicó entre 13,9 y 15,3% (INDEC), aunque algunos centros de estudio independientes y universidades, estimaron que la pobreza real en 2009 superaba el 30% de la población. ↩︎
- Estrategia de talento y cultura en Tesla. (Consultado 19/8/2026). ↩︎
- Es el único gran fabricante automotriz en Estados Unidos cuyos empleados no están representados por una organización sindical. ↩︎




