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Sobre el fútbol (y otras reflexiones existenciales)

Ayer mismo, paseando por la capital de este inefable Reino de España en busca de algún evento cultural de interés, no pude evitar cruzarme con un buen número de gentes ataviadas con una camiseta roja adornada con el (para uno, más que rechazable) emblema nacional. Mi estupor me llevó a terminar por enterarme de que estos días se está celebrando un torneo mundial de ese deporte balompédico que tanto furor, en ocasiones adornado con una buena dosis de irracionalidad e incluso violencia física, causa en las masas. Como al que suscribe le resulta ajena la pasión por semejante actividad futbolística, máxime cuando entran en competición las llamadas selecciones nacionales, no pude evitar preguntarme a qué mecanismo alienante obedece el sentirse alborozado cuando un tipo, que supuestamente ha nacido en tierras próximas, introduce una bola en red. El máximo estado de felicidad lo alcanza el aficionado cuando ese grupo de multimillonarios, al que peculiarmente llama compatriotas mediante alguna enajenada conciencia exenta de clase, acaba logrando un sonado triunfo. De acuerdo, uno es un irreductible ácrata algo nihilista, cuya única patria asumible resulta ser el conjunto de esta especie peculiar llamada sapiens en nombre de eso tan denostado llamado fraternidad universal, condición que le empuja a soltar, tal y como reza el título de este lúcido blog, un exabrupto tras otro. Se me dirá, claro, que exagero, que el personal solo quiere disfrutar de un inofensivo rato deportivo adoptando una determinada identidad colectiva mediante una serie de símbolos (himno, bandera…). Pero, yo me pregunto si ese fenómeno de la enajenación patriótica, que a mí me da la gana de denominar así, puede producirse solo de forma momentánea o más bien es algo permanente. Es decir, ¿no se trata acaso del mismo mecanismo que en tantas ocasiones lleva a vestir un uniforme y portar un arma para enfrentarte con el que ha nacido más allá de una artificial frontera? Sí, efectivamente, exagero.

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Banderas e identidades colectivasBanderas e identidades colectivas (tuerzo el morro)

Uno posee una profunda aversión por las banderas, los himnos y toda suerte de símbolos de identidad colectiva; soy consciente de que exagero, pero es más fuerte que yo, y creo que nunca mejor dicho. Esto es extensible, ya que uno es coherente hasta la extenuación en sus manías, a la cuestión ácrata. Es más, hace muchos años, cuando el que suscribe era joven e ingenuo (sigo siendo ambas cosas, por supuesto), participó en la creación de una publicación libertaria y no se me ocurrió otra cosa que proponer el bonito nombre Sin bandera. El caso es que la revista duró unos cuantos números, con esa misma denominación de cabecera, pero el asunto no estuvo exento de polémica, ya que hay quién afirmó con rotundidad que, por supuesto, los anarquistas también tienen bandera. Leo un artículo en una publicación libertaria (ojo, anarquistas de verdad, no esos que se apropian miserablemente del término en la actualidad), en el que se sostiene que es un pensamiento erróneo muy extendido creer que los ácratas no entienden de banderas ni estandartes, ya que sencillamente son símbolos que representan a una comunidad de personas organizadas con unos intereses comunes, pero no necesariamente a Estados-nación ni a ningún tipo de idea autoritaria o grupo basado en alienantes identidades colectivas. Para exponer su argumentación, el texto abunda en dispares ejemplos más o menos libertarios y no solo en la bandera negra o rojinegra: la Comuna de París, la Makhnovia en Ucrania, Rojava en el Kurdistán, comunidades zapatistas en México o las mismísimas colectividades españolas de 1936.

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