Cada verano, cuando un gran incendio forestal devasta miles de hectáreas, el debate público parece condenado a repetir el mismo discurso: hay demasiado bosque, está sucio, hay demasiada vegetación y hay que limpiarlo. Es un relato sencillo, intuitivo y fácil de comunicar; un relato cómodo que permite a una buena parte de la población comprar una explicación rápida a un problema extraordinariamente complejo.
Aun así, esta idea es un atajo intelectual. Simplifica en exceso, señala el lugar equivocado y acaba trasladando la responsabilidad hacia quien no puede defenderse, que es precisamente quién sale peor parado. Los bosques no toman decisiones. Las personas, sí.
Estos días hemos sido informados a gran escala de la magnitud de varios incendios que han arrasado y arrasan cientos y miles de hectáreas de bosques. Poblaciones evacuadas, un bombero y un piloto muerto y muchos más heridos, un tren metido entre las llamas y los pasajeros en pánico mientras la maquinista salvaba la situación… Por lo visto decenas de medios aéreos y un par de cientos de equipos han atendido un frente de llamas de más de cien kilómetros en la comunidad valenciana, y en Zamora, y en Galicia, y en Cáceres…, y se las han visto y deseado para frenar el desastre. Vamos a poner que serían unas mil o dos mil personas trabajando no todas a la vez, en turnos infernales, en unas condiciones de espanto.
Un espacio en la red para el anarquismo (o, mejor dicho, para los anarquismos), con especial atención para el escepticismo, la crítica, el librepensamiento y la filosofía en general