Este verano de 2026, a punto de concluir cuando escribo estas líneas, ha asistido a la publicación en medios libertarios de una serie de artículos, alguno mostrando cierto hastío sobre un debate que se considera estéril y ya obsoleto, otro algo visceral y con un tono marcadamente sarcástico (aunque no exento de valiosas argumentaciones sobre la sociedad actual), y otros tantos más bien reiterativos, que sostienen visiones contrapuestas sobre la superación del Estado y el capital hoy en día. Vaya por delante que rechazo profundamente a todo aquel que pretenda tener una opinión unívoca sobre la teoría y praxis libertarias, algo que obviamente cae en un dogmatismo que debería ser totalmente ajeno al anarquismo. Enseguida, pasaré a sintetizar algunos de estos textos recientes, por supuesto con una visión propia de lo que pienso de cada uno de ellos (no, no soy en absoluto equidistante como podrá comprobarse), pero antes me gustaría indagar en lo que pueden ser los orígenes de la polémica.
Especifismo, ¿de qué se trata?
En Redes Libertarias, en el número 4 de su edición en papel (otoño de 2025), se publica un artículo de Laura Vicente llamado Anarquismos. El especifismo, cuyo uso del plural en el título, por supuesto, alude a la realidad diversa y heterogénea del universo ácrata. No obstante, aceptar esa sana característica, resulta evidente, no evita realizar un análisis de los diferentes modo de pensar, así como de las prácticas incluyendo las formas organizativas. De esta manera, lo que hoy es conocido como especifismo tiene sus precedentes históricos en la llamado Plataforma de Archinov, propuesta hace justo un siglo, según la cual los males del movimiento estribaban en su falta de organización y la solución pasaba por una unión general de anarquistas con la creación de un comité central ejecutivo1. Como era de esperar, no tardó en llegar el rechazo de la inmensa mayoría de los anarquistas al considerar que se pretendía una especie de anarquismo de partido y al observar la imposibilidad de una asociación general que englobe las diferentes sensibilidades y estrategias en el mundo libertario.
Las críticas a la plataforma también negaban que ninguna organización anarquista debiera orientar a las masas y, como es lógico, echaban pestes de todo comité ejecutivo. Insistiré, hablamos de un polémica de hace cien años, sin excesivo calado, pero es cierto que el llamado plataformismo ha sido reinterpretado a lo largo de las últimas décadas y, sorprendentemente, su nuevo rostro se manifiesta bien entrado el siglo XXI. No me extenderé sobre los orígenes del especifismo, obvio heredero de la Plataforma, pero sí recordaré lo que Laura ya expuso en su artículo; su propuesta de una gran organización “anarquista”, con un grupo consciente que asiente la estrategia doctrinaria y promueva la “responsabilidad” de las individualidades en aras de esa línea que conduzca a la liberación final, parece evocar otras corrientes de la modernidad no precisamente libertarias. Sea como fuere, pensemos como pensemos en el movimiento, y sin ningún ánimo de expedir ningún rechazable carné anarquista, lo que parece de recibo es que aquellos que no acepten su diversidad pueden ser considerados, cuanto menos, sospechosos de caer en la tentación autoritaria.
Hubo una respuesta al texto de Laura Vicente con el título Del desencuentro al diálogo: aclaraciones sobre el especifismo, con un tono conciliador y, sí, aceptando la pluralidad del movimiento anarquista, agradeciendo el debate, aunque negando obviamente las acusaciones, pero en mi opinión incidiendo en más de lo mismo con la necesidad organizativa (algo que, por otra parte, nunca se ha negado, la cuestión es cómo llevarla a cabo y con qué objetivos) en base a determinada estrategia; por otra parte, se alude a una posible confusión en la traducción del texto de la Plataforma, lo cual conlleva una intención de realizar una “correcta interpretación” de textos fundacionales, de nuevo para el que suscribe, propia de cierta intención doctrinaria y nada libertaria (actitud que debería ser sinónimo de crítica y librepensadora)2.
El especifismo responde
En octubre de 2025, aparece otro artículo llamado Una crítica anarquista al posmodernismo y al pos-anarquismo (sic), firmado por algo llamado Chimpancés del futuro, penosamente escrito, lo cual hace pensar, por ser benévolos, en alguna suerte de traducción ineptamente revisada y acríticamente aceptada. El texto hace un lectura simplista e interesada de la posmodernidad, confundiendo (supuestas) ideas con lo que sencillamente es una compleja época muy diferente a la de hace décadas, añorando los movimientos revolucionarios de antaño (y da la impresión de que no solo el anarquista) para echar pestes del individualismo exacerbado de la actualidad (aunque, aquí se contradice, ya que no está exento de ciertas críticas a intenciones colectivas que no son de su agrado y de acusaciones de pseudorrevolucionarias) y de (¡ay!) el rechazo de ciertas luchas fragmentarias e identitarias (ya que, obviamente, la única y verdadera es la “lucha de clases”, que hizo temblar antaño los cimientos de la burguesía y que urge recuperar). También, y esto sí podría ser un debate fundamental, se realiza una severa crítica (aunque no demasiado bien explicada para el profano) al transhumanismo para, posiblemente, defender cierta condición humana esencialista, algo que para el que suscribe no va necesariamente unido; los debates sobre la existencia o no de una naturaleza humana resultan apasionantes y, al menos aceptarlo, creo que supone la aceptación de una buena oxigenación libertaria ( y no, tal y como se dice en el texto aludido, defender puerilmente una “humanidad libre en una naturaleza salvaje”).
Tomás Ibáñez, que no necesita presentación, decidió contestar poco después al artículo de los chimpancés y lo hizo en unos términos que no escatimaban en calificativos considerando el especifismo algo desfasado e, incluso, desastroso para las aspiraciones libertarias de transformación social. Tomás, como no puede ser de otro modo, hace una defensa del pensamiento crítico contemporáneo (no siempre realizado por autores explícitamente anarquistas, pero de gran provecho para el movimiento libertario3), de un proceso de deconstrucción que acepta ciertos conocimientos caducos al cambiar los fenómenos sociales y los sujetos, los cuales están en constante devenir y se transforman en las diversas épocas. También, y con esto llegaremos más adelante a la visión de Agustín Guillamón (en confluencia con el especifismo), se denuncia la nada innovadora pretensión de una gran organización, capaz de acabar con los males de la fragmentación de las luchas libertarias, y del planteamiento que asegura una vez más la existencia de un sujeto revolucionario (claro, el proletariado).
Dentro de este repaso de un periplo polémico, llegamos a diciembre de 2025 con la aparición de otro texto llamado Anarquismo no fundacional, anarquismo funcional al capital, firmado por Miguel Brea, militante de otra organización especifista, aunque el autor se considera perteneciente al “anarquismo organizado, social y revolucionario”, lo cual nos da una idea previa de por dónde irán los tiros. El texto la emprende con la obra de Tomás, Anarquismo no fundacional. Afrontando la dominación el siglo XXI, para realizar una vez más una defensa de la revolución clásica y de los rasgos de la modernidad sin demasiado nuevo que aportar; lo que es peor, lo que podría ser una crítica a ciertos postulados posmodernos, se convierte en una serie de presunciones y calificativos sobre Tomás solo aptos para mentes poco proclives al pensamiento crítico.
Intentos de conciliación
A mediados de este año 2026, se publica el artículo de Alfredo Apilánez El anarquismo en su laberinto, que aborda la confrontación entre el plataformismo/especifismo y el anarquismo “no fundacional”. Se observa la confluencia entre las propuestas especifistas y ciertas organizaciones marxistas-leninistas surgidas del independentismo (¡uf!) en Cataluña y País Vasco; y es cierto que ha habido cierto llamado del especifismo a tender puentes con otras corrientes en alguna suerte de, lema de otros tiempos, Uníos Hermanos Proletarios. Apilánez trata de realizar, de un modo muy racional y nada visceral (pero algo abstruso, quizá, para el lector medio), un acercamiento entre posturas aparentemente antagónicas, aunque por el camino resulta inevitable concluir “la imposibilidad de considerar el trabajo asalariado como el centro preeminente del antagonismo social” (y ello sin mencionar, ni siquiera, a un anacrónico proletariado en su concepción clásica), aunque también pretenda reivindicar cierto análisis de las dinámicas acumulativas y contradicciones del capital, que parecen de indudable raigambre marxista (dicho sea, no con intención necesariamente despectiva, pero dichas disquisiciones que tratan de predecir la evolución del capitalismo, desde mi humilde opinión, parecen haber sido siempre ajenas a un anarquismo más enfocado en su práctica superadora). A pesar de ello, la conclusión del artículo de Apilánez sobre la imposibilidad de soluciones definitivas sobre la práctica libertaria resulta bienvenida y empuja a situarnos, inevitablemente, en un campo ajeno a toda imposición doctrinaria.
Con evidente hartazgo de entrada, Tomás Ibáñez publica poco después Anarquismos en la encrucijada, donde se reafirma en que solo puede conducir a la ineficacia pretender aglutinar las luchas fragmentarias del anarquismo en una única y poderosa organización, así como a la frustración de seguir insistiendo en una revolución tal y como se forjó en el siglo XIX. Como creo que resulta evidente, dicha crítica a un modelo revolucionario del pasado no renuncia a la transformación radical del estado de las cosas, sino que no la relega al porvenir al tratar de llevarla a cabo en el desarrollo de las mismas prácticas libertarias entendidas como resistencia ante el sistema. Como es lógico, la visión de Tomás es tan susceptible de crítica como la de cualquiera, pero pretender acaparar el concepto de “revolución”, en una visión organizativa unívoca, tal y como lo hace el especifismo (recordemos lo de “anarquismo social, organizado y revolucionario”, como si no hubiera otros con esas características) parece pura y llanamente caer en el más lamentable dogmatismo, algo que debería ser ajeno a todo pensamiento y prácticas libertarias. Lo más paradójico, y que debería hacer recapacitar a las organizaciones especifistas, es que ya el anarquismo del siglo XIX, a diferencia del marxismo, se mostraba tremendamente flexible sobre quiénes constituyen el sujeto revolucionario incluyendo a todos aquellos oprimidos y explotados.
En la actualidad, resulta cuanto menos peculiar que algunos que se dicen anarquistas busquen desesperadamente la existencia de una clase antagónica al capital que, por supuesto, se trata de un proletariado hoy radicalmente diferente a cómo lo prefiguró Marx. Además, frente a los que por enésima vez auguran el fin del capitalismo debido a sus contradicciones, Tomás recuerda que nos encontramos en una Cuarta Revolución Industrial donde la integración de las tecnologías digitales se producen en todos los ámbitos sociales con la emergencia de un nuevo tipo de totalitarismo; es en este contexto donde se insertan las luchas actuales y resulta francamente complicado contemplar en él a una clase obrera como sujeto revolucionario. Como ya se ha apuntado, la cuestión no es si los anarquistas deban o no organizarse, resulta evidente que las circunstancias exigen hacerlo en cuanto se forma un grupo buscando ciertas metas, pero la cuestión real es cómo llevar a cabo esa organización de la forma más eficaz y adecuada a los tiempos actuales; frente a una gran organización con un programa revolucionario sólido y una estrategia definida para sus militantes, algo que tal vez no está lejos de lo que se considera un partido, es posible que un modelo organizativo reticular, flexible y fluido, y ocasionalmente coordinado entre sus partes autónomas para lograr objetivos concretos puede ser más acorde con la realidad del siglo XXI. Vaya como intento de “tender puentes” en el movimiento libertario, según ese modelo reticular que ya anuncia su denominación, la existencia de un medio como Redes Libertarias donde hay cabida para voces muy diversas.
Guillamón o la pertinaz resistencia del proletariado a desaparecer
La polémica anteriormente expuesta, para mí, podría perfectamente haber estado periclitada aceptando la convivencia, como debe ser, de diversos modos organizativos y visiones revolucionarias dentro del movimiento libertario. Sin embargo, entrará en juego el historiador Agustín Guillamón, en este infernal verano que ahora da sus últimos estertores, con una serie de extensos artículos, en confluencia con lo que propone el especifismo, más bien reiterativos para mi gusto. Por situar un punto de partida para una polémica inacabable, se encuentra el texto Más proletariado y menos obituarios: del fin de la clase obrera a su reconstrucción y parece que el autor, ya desde el título, expresa una contundencia quizá algo proclive a aseveraciones algo tendentes al dogma. Guillamón, tratando de refutar a los que según él han anunciado la defunción del proletariado (algo que considera derrotista, aunque los y las anarquistas que no compartan su visión no manifiestan síntoma alguno al respecto, más bien al contrario al buscar un nuevo horizonte), se reafirma una y otra vez en que el capitalismo actual globalizado puede todavía dar lugar a una clase antagónica y, como colofón, se atreve a elaborar doce puntos a modo nada menos que de programa de acción para dar lugar a esa sanación de una clase algo moribunda. Por cierto, para quien desee echarse unas risas, paralelamente a oxigenar el cerebro, y recordaremos que el buen humor es un excelente antídoto contra el dogmatismo, recomiendo fervorosamente las intervenciones de Gustavo Rodríguez en dicho artículo del Portal Oaca tratando de refutar con sarcasmo las tesis de Guillamón, el cual a su vez se muestra orgullosamente pertinaz en sus respuestas, con un mensaje final en el que se anuncia un texto extenso en forma de “carta abierta” de la que hablaré más adelante.
Como si no fuera suficiente con uno, en dos textos posteriores Guillamón la emprende con la visión, antidesarrollista y propugnadora de comunidades rurales autónomas, de Miquel Amorós. Como era de prever, aunque nadie esperaba que de un modo tan insistentemente repetitivo, se reivindica la autoorganización del proletariado como la auténtica clase que puede abolir el capital. Sin abandonar el mes de agosto, el historiador sorprende con un nuevo artículo criticando una obra de Tomás Ibáñez de 1982 llamada Poder y libertad, y quiere hacerlo desde una defensa del “anarquismo obrero” (sic), el sindicalismo revolucionario y el anarcosindicalismo; resulta tal vez significativo que Guillamón mencione habitualmente en sus textos la revolución española de 1936 como una experiencia revolucionaria concreta, y extendiéndose luego notablemente al respecto exponiendo los motivos por los que según él fracasó, aunque, tal vez previendo las críticas, enseguida matice que no se trata de un modelo trasladable a la actualidad.
Como colofón, al menos hasta el momento, Guillamón remata con otro extenso texto, cuyo título una vez más no dejar lugar a dudas: Clase, autonomía y constitución del sujeto revolucionario. Conviene precisar que la autonomía mencionada alude a un proceso de lucha de clases generalizada (se entiende que habla de una gran organización, por lo que volvemos a la casilla de salida especifista), opuesta a lo que denomina peyorativamente fragmentación de la lucha (según él, islas autónomas no cohesionadas), aunque ya he expuesto antes el modelo organizativo reticular que sí propugna el encuentro entre las diversas luchas autónomas según estrategias concretas en aras de determinados objetivos. Parece tan elemental como que se trata de crear espacios alternativos libertarios, al margen de la lógica del sistema, en todos los ámbitos sociales posibles, por lo que esa insistencia contumaz en que todo pivote en torno a la clase y a las condiciones económicas, con una gran organización que aglutine todas las luchas, nos resulta tan familiar como sumamente cuestionable en la realidad de los nuevos tiempos.
La extensa respuesta de Gustavo Rodríguez a Guillamón llegó finalmente, de entrada al menos, frente a tanta rigidez expositiva, con una original denominación: La constante remasterización del fabulismo proletario -Otra confirmación de que la revolución de papá ha muerto-; hay que decir que el título es un emotivo homenaje a un texto de Tomás Ibáñez de 1964: “La révolution de papa est morte” (Bulletin des Jeunes Libertaires nº 48). No escatima Gustavo sarcasmo y mordacidad, con constantes alusiones a la condición marxista (o marxiana) de Agustín Guillamón, mientras que considera a las organizaciones especifistas una suerte de anarcoleninismo (lo cual, viendo su discurso, quizá no debería resultar, necesariamente, una ofensa a sus integrantes). Sin embargo, al margen de calificativos, el artículo tiene argumentos y pienso que muchos. De manera obvia, la realidad material se transforma y, por lo tanto, también los conceptos y los sistemas que pretenden analizarla; así, Gustavo considera que lo que entendíamos por “proletario” históricamente, está hoy más bien periclitado al estar los procesos históricos en un permanente movimiento y transformación.
Es cierto que esta afirmación provocará que Guillamón, una y otra vez, insista en que demuestren sus críticos que el “proletariado” no existe y, por un lado, habría que insistir en que lo que se niega es que dicho concepto exista como clase antagónica al capital, tal y como afirmaron Marx y Engels, testigo recogido ahora por una peculiar corriente libertaria; por otro, permítaseme la broma, al igual que el concepto de Dios (no verificable científicamente), tal vez la carga de la prueba sobre su existencia debería colocarse en los que afirman y no en los que niegan. Que exista la clase asalariada, de manera obvia no lo niega nadie, creo que esto debería quedar totalmente claro en una polémica donde se usa puerilmente que haya quien niega su propia existencia; otra cosa es que Guillamón y las organizaciones especifistas quieran identificar dicha clase con una suerte de proletariado (potencialmente) susceptible de organizarse y convertirse en “sujeto revolucionario” (algo que, me temo, nadie puede demostrar hoy en día y, lo peor, es que no hay visos de que pueda darse).
Por supuesto, todo el mundo es muy libre de creer que puede ser posible, pero algunos pensamos que eso corresponde más al terreno del deseo, que de una realidad verificable; por otro lado, se nos permitirá también opinar, sin acritud alguna, pero de un modo radicalmente crítico, que dicha creencia constituye un penoso juego para un anarquismo del siglo XXI retrotrayéndolo a una época con paradigmas muy distintos inaplicables a la actualidad. Gustavo, además, hace cierta crítica también hacia el movimiento anarquista (que no deja de ser también una sana autocrítica) cuando echa en falta una mayor formación autodidacta, al igual que en otros tiempos, para una óptima valoración, unas eficaces instrumentos y una consecuente quiebra de la realidad; sería esa carencia la que lleva a que la tentación dogmática, que debería ser ajena a todo anarquista, se abra paso en ciertas filas ácratas.
A mi modo de ver, toda esta polémica, en lugar de producir un enrocamiento continuo en ciertos dogmas, desde un pensamiento crítico con un horizonte amplio y aceptando la pluralidad de voces en el universo libertario, debería provocar un debate honesto sobre cómo entendemos hoy ciertos conceptos como poder, clase o revolución, o incluso sobre otros relacionados habitualmente con el capital como propiedad o mercado. Desgraciadamente, me temo, existe quien solo entiende el debate como una constante repetición de respuestas definitivas en lugar de, conforme cambian los tiempos y aceptando que hay unos rasgos innegociables en el pensamiento y en la moral ácratas, hacernos preguntas.
Capi Vidal
- Para los que quieran negar que esto se expresara así en origen, pueden leer aquí el texto fundacional traducido al castellano: http://acracia.org/historico/Acracia/Documentos-La_plataforma_de_Archinov.html ↩︎
- Este artículo creo que debería disipar cualquier duda sobre las interpretaciones de la Plataforma: https://www.portaloaca.com/pensamientolibertario/textosanarquismo/entre-la-plataforma-y-el-partido-las-tendencias-autoritarias-y-el-anarquismo/ ↩︎
- Al respecto, recomendamos la lectura de este artículo proveniente también del número 4 de Redes Libertarias: https://redeslibertarias.com/2026/01/27/algunas-aportaciones-al-anarquismo-del-pensamiento-critico-contemporaneo/ ↩︎











Estimado Agustín:
1.- Claro que la «carta abierta» era de Gustavo y así lo digo en mi texto, tal vez no me he expresado bien o tal vez tú no lo has entendido
2.- Sí, entiendo que Gustavo abundó en calificativos hacia tu persona, pero tampoco creo que sean ofensivos (es decir, ¿provienes o no provienes del marxismo-leninismo/trotskismo?; es bueno poner las cartas boca arriba con los orígenes de uno); por otra parte, quizá no debí emplear la palabra «sarcasmo» para el tono del texto de Gustavo, una palabra algo gruesa, pero recuerdo que el humor ayuda a superar el dogmatismo y el usarlo no supone, necesariamente, que no haya buenos argumentos en la exposición (y yo sí los veo en el texto de Gustavo, incluso me parece que ha ocupado demasiado espacio para algo que quizá no merece tanto).
3.-Que me pegues aquí la respuesta que ya diste a dicho texto en otro sitio, pues no sé qué pensar; hubiera agradecido mejor que trataras de refutar, sin repetir lo mismo, los muchos argumentos que (yo sí) veo en los diversos textos que refutan la existencia hoy del proletariado como clase antagónica al capital.
Recibe un afectuoso saludo.
Capi
Apreciado Capi Vidal:
1. Quien habla de redactar una carta abierta es Gstavo,no Agustím.
2. Lo que tú llamas sarcasmo de Gstavo er una sarta de insultos ad hominem.
3. He aquli la respuesta de Agustín a Gustavo:
Respuesta de Agustín Guillamón a Gustavo Rodríguez
Gustavo, tu texto parte de una tesis que afirmas como si fuera un hecho demostrado: que la transformación de las formas de trabajo implica que la contradicción capital-trabajo ha dejado de ser estructurante. Pero precisamente eso es lo que tendrías que demostrar, y no simplemente deducir de la fragmentación, la precarización o la pérdida de las antiguas formas de organización obrera.
Confundes la crisis histórica de determinadas formas de organización con la desaparición de la relación social que les daba origen. Que la vieja cultura obrera haya sido derrotada no significa que el trabajo asalariado, la explotación y la subordinación al capital hayan desaparecido. Tampoco que la heterogeneidad actual impida, por definición, toda recomposición colectiva. La diversidad no equivale a inexistencia.
Además, mi argumento no sostiene que la posición económica produzca automáticamente conciencia revolucionaria. Al contrario: hablo de una posibilidad histórica, no de una profecía ni de un mecanismo automático. Una clase puede existir sin constituirse políticamente; pero negar por ello toda posibilidad de constitución colectiva supone convertir la derrota presente en una imposibilidad definitiva.
Tu crítica termina haciendo exactamente lo que reprocha: transforma una constatación histórica —la fragmentación actual— en una conclusión absoluta. Yo no anuncio la «resurrección» del proletariado ni prometo una revolución inevitable. Sostengo algo más sencillo y más riguroso: mientras persistan relaciones sociales basadas en la explotación, la desposesión y el trabajo subordinado, seguirá existiendo un terreno objetivo de conflicto. Qué formas adopte ese conflicto y qué sujetos sean capaces de organizarlo es una cuestión abierta, no una cuestión resuelta de antemano.
Y, por cierto, atribuirme una defensa de un esquema dicotómico decimonónico, de una organización centralista o de una futura dictadura proletaria no refuta mi posición: simplemente sustituye lo que he dicho por una caricatura más fácil de combatir.
Tu propio texto reconoce la desaparición de la antigua cultura obrera y la integración institucional de las organizaciones que históricamente la representaban. Pero, a partir de ese diagnóstico, das un paso que no queda justificado: concluyes que, porque esas formas de organización, identidad y conciencia obrera han sido derrotadas o se han transformado, la contradicción entre capital y trabajo ha dejado también de ser una relación estructurante del capitalismo contemporáneo. Sin embargo, una cosa no implica necesariamente la otra. La desaparición o crisis de determinadas formas históricas de organización obrera no demuestra, por sí misma, la desaparición del trabajo asalariado, de la explotación o de la subordinación del trabajo al capital. Es la falsedad fundamental de tu argumentación: convertir la derrota histórica de unas determinadas formas de existencia y organización de la clase obrera en la prueba de que ha desaparecido la relación social que les daba origen.
No necesito aferrarme a ninguna «fábula proletaria». Me basta con no confundir una derrota histórica con un certificado de defunción. Agustín Guillamón
Saludos de Agustín
Hola Capi y felicidades por el texto. Me parece un resumen bastante ecuánime -sin estériles pretensiones de imparcialidad- de los profusos intercambios de pareceres habidos recientemente sobre estas arduas y candentes cuestiones. Solo quería hacer, sin entrar de nuevo en el fondo del asunto, un par de matizaciones acerca del resumen que haces de mi planteamiento.
En primer lugar, la verdad es que mi intención no era «realizar un acercamiento entre posturas aparentemente antagónicas» -que, dicho sea de paso, considero francamente imposible- sino, bien al contrario, revelar las debilidades y lagunas de ambos planteamientos, cada uno por motivos diferentes. No voy a reiterar las razones ya expuestas en mi texto, pero sí añadiré que -y aquí enlazo con la segunda matización que quería hacerte-, en mi humilde opinión ambos enfoques adolecen de un defecto común: la incomprensión de los rasgos neurálgicos de nuestra acerba organización social.
Y digo que esto enlaza con la segunda matización, ya que en tu escrito observas, en tono crítico, que servidor «pretenda reivindicar cierto análisis de las dinámicas acumulativas y contradicciones del capital, que parecen de indudable raigambre marxista (dicho sea, no con intención necesariamente despectiva, pero dichas disquisiciones que tratan de predecir la evolución del capitalismo, desde mi humilde opinión, parecen haber sido siempre ajenas a un anarquismo más enfocado en su práctica superadora».
He de decir que te agradezco mucho la franqueza en la formulación de la crítica porque creo que refleja muy bien -como también menciono en el texto- una de las carencias principales de la mayoría de las tendencias y autores anarquistas actuales: su falta de análisis -y por tanto de comprensión- de las causas de la trayectoria degenerativa de la organización social vigente. Es decir, la incomprensión del ADN del capitalismo, que lleva en su código genético -si me disculpas el abuso de biologicismos- la mutación tumoral que actualmente está en metástasis acelerada.
Y también, si me permites la ironía, y dándole la vuelta a tu afirmación, diría que la flaqueza -a veces incluso patente irracionalismo- de muchas propuestas prácticas «superadoras» encuadradas en la tradición anarquista se explica por este motivo. Es decir, que -involuntariamente quizás- das en el clavo de lo que en mi opinión representa el principal rasgo del diálogo de sordos entre las dos tradiciones: escindir el análisis teórico -de raigambre casi exclusivamente marxista- del desarrollo de la praxis antagonista de cariz libertario.
Y es una lástima, ya que integrando esas dos aristas -que como bien dices han sido históricamente «ajenas»- quizás se podría alcanzar una fusión entre el diagnóstico acerca de la irreversible degradación de la acumulación capitalista que presenciamos en pleno desarrollo -descrita de forma insuperable por Marx- y la práctica «superadora» del capitalismo que desarrollan los colectivos y organizaciones libertarias. Por ejemplo conectando, como menciono en el texto, el análisis de los ámbitos preferentes donde se desarrolla actualmente el embate del capital contra los mecanismos básicos de la reproducción social y natural, con la construcción de colectivos autogestionados que combinen la resistencia frente al Moloch con la construcción de tejidos de vida comunitaria.
Y ya para terminar, y como creo que se refleja en las deslavazadas impresiones previas, te diría que siempre he estado de acuerdo con Manuel Sacristán en que, en estos tiempos de derrota, hay que superar las viejas etiquetas y escisiones del antiguo movimiento obrero en pos de una síntesis en la que el único «ismo» que importe sea el de comunismo.
Abrazo fuerte, disculpas por el atropello expositivo y felicidades de nuevo por la atinada síntesis.