Capi Vidal
Hace varias semanas que Albania empezó a estar en el candelero por las masivas protestas diarias de la población ante un hecho intolerable como era el proyecto de complejo turístico de lujo en una zona considerada como una de las más sensibles del Mediterráneo. Al parecer, Ivanka Trump, hija del inicuo y enloquecido presidente actual de Estados Unidos, encaprichada de la región, realizó ya a principios de este año 2026 una visita al país acompañada de un equipo de arquitectos para examinar lo que iba a ser el emplazamiento de un proyecto urbanístico que llevaría a cabo la empresa de su marido. El complejo turístico abarca una zona deshabitada por seres humanos, la isla de Sazan, rodeada de un parque nacional marino biológicamente muy rico, pero también zonas costeras de la península. Una visita reciente al país me ha hecho constatar dos cosas: una, que la concesión del proyecto al yerno de Trump parece un hecho ya imparable como ejemplo de un país que están convirtiendo en un acomodo turístico, con una perversa concepción del “progreso” a costa de la población y el medioambiente; la otra, que las manifestaciones no son únicamente por este hecho concreto, tal vez la gota que ha desbordado el vaso, sino como críticas indignadas ante un sistema corrupto sometido a cruentas políticas neoliberales. Y ello a pesar de encontrarse en el gobierno desde 2013 un Partido Socialista (también al frente del país entre 1997 y 2005), para mayor sorpresa, heredero del Partido del Trabajo, la única fuerza política durante el periodo comunista.
Merece la pena que echemos un vistazo a la convulsa historia de este pequeño país, situado en el sureste de la península balcánica, para tratar de comprender como en tantas otras partes del mundo. lo que han sido las sociedades humanas y, con la esperanza de un mundo más libre, justo e inteligente ajena a la gris y desesperanzada realidad actual de un capitalismo desalmado, lo que puede llegar a ser. Sin extendernos demasiado sobre muchos siglos atrás, desde las tribus ilirias de la Antigüedad a la pertenencia de Albania a diversos imperios (romano, búlgaro, bizantino…), siendo el de más larga duración el otomano, cuya sometimiento llega, con algunas interrupciones, desde el siglo XIV hasta la declaración de independencia en 1912. Nos encontramos en ese fecha, entonces, con el Estado independiente Albanés, que en la primera mitad del siglo XX pasa por varios periodos monárquicos y republicanos, según los intereses imperantes, y por las invasiones del fascio italiano y del nazismo alemán, hasta formar parte del bloque socialista después de la Segunda Guerra Mundial con la derrota del fascismo.
Enseguida, pasaré a detallar aspectos de más de cuatro décadas de una feroz y orwelliana dictadura comunista, pero antes quiero mencionar un imprescindible libro que he podido leer durante mi estancia en el país. Se trata de Libre. El desafío de crecer en el fin de la historia, de Lea Ypi, escrito en 2021; la autora, nacida en Tirana en 1979, es una influyente experta en teoría política dentro de cuya línea de investigación se encuentra el propio marxismo desprendido, con seguridad, de su autoritaria praxis leninista y estalinista. Quizá por esa especialización, algunas voces, tendenciosas y/o intelectualmente perezosas, acusaron a su libro de poco menos que de “añoranza del comunismo”; más adelante, veremos que no es así en absoluto, sino que realizó Ypi una obra honesta, a mi modo de entender con una gran valía literaria fusionando memoria autobiográfica, novela y ensayo; se trata de la visión de una niña educada en un sistema dictatorial, del que sus padres eran opositores, influida por una tradición religiosa prohibida en el país y también por la raigambre aristocrática de esa abuela con excesivo carácter que tanto quiso, y que viviría traumáticos cambios a medida que crecía. Si alguien quiere encontrar simplezas y maniqueísmos políticos, tan del gusto en la actualidad, no es en absoluto su libro. El subtítulo de la obra, de forma inteligente, alude quizá de forma irónica al “fin de la historia”; recordaremos, a propósito de ello, cómo a principios de la década del siglo XX, tras la caída de la URSS y el fracaso del comunismo originado en Marx (doctrina más bien teleológica, en función de la lucha de clases como motor histórico, que sostenía el advenimiento del paraíso comunista gracias al dominio final del proletariado), el politólogo Francis Fukuyama aludió, efectivamente, al fin de la historia y de las ideologías para, de forma obviamente muy interesada, establecer la primacía del liberalismo y de su sistema económico, el capitalismo.
Pero, adentrémonos en el peculiar periodo comunista (1945-1991) dentro de un pequeño país que, por fidelidad a la política estalinista abogando por una supuesta pureza de principios marxistas-leninistas, acabó aislándose de su propio bloque ideológico. A finales de noviembre de 1944, los partisanos del Partido Comunista Albanés, al mando de los cuales se encontraba ya el futuro dictador Enver Hoxha, entran en la capital Tirana para considerar al país libre de invasores (fascistas italianos y alemanes nazis). El régimen socialista albanés se iba a caracterizar por la defensa de la integridad nacional y por una crítica exacerbada a los que consideraba revisionistas, o incluso traidores, a la doctrina del marxismo-leninismo que, en la teoría, iba a liberar a la humanidad y a qué precio; si, especialmente, desde una innegociable moralidad antiautoritaria que busca la emancipación individual unida a la colectiva, unida a la experiencia que nos da la historia, solo deberíamos repudiar y ridiculizar a todos aquellos que justifican las mayores aberraciones en nombre de la pureza ideológica (como una forma de llamar al detestable dogmatismo), denunciando el “desviacionismo” de la auténtica doctrina, la Albania socialista parece uno de los ejemplos históricos más evidentes. De esa manera, un pequeño país dirigido con mano de hierro por Hoxha, apelando a una suerte de nacional-comunismo, acabará rompiendo hasta en tres ocasiones con los que deberían ser sus aliados: Yugoslavia (la que era su influencia geográfica más cercana, ya estableciendo la ruptura a finales de los años 49), la Unión Soviética (en los años 69, con la desestalinización encabezada por Jrushchov) y China (a finales de los 70, acusada, claro, de traicionar la Revolución Cultural); no obstante, ningún país donde supuestamente se estaba implementando el socialismo de Estado escapó de la acusación de haberse alejado de los principios del marxismo-leninismo.
Una paranoica sensación de asedio sobre una posible invasión extranjera, bien por parte de las potencias occidentales, bien por las del bloque soviético, acompañada de una retórica belicista que rivalizaba con cualquier régimen fascista, justificó la purga de supuestos enemigos del partido, del “pueblo” y del socialismo. Como síntoma de ese ambiente, se construyeron infinidad de búnkeres a lo largo de la región (las estimaciones más elevadas hablan de cientos de miles), algo que sorprenderá a los visitantes foráneos; algunos, han sido convertidos en objetos históricos y otros, simplemente abandonados. Utilizando la metáfora de ser el último bastión irreductible del marxismo-leninismo conjugada con los mitos nacionales, como es el caso del héroe medieval Skanderberg, se apelaba constantemente al coraje de un pueblo albanés sometido a una férrea dictadura. Como en todo totalitarismo, la sociedad albanesa acabó fraccionada en dos bloques: los afines y lo desafectos al sistema. Cuando fallece Enver Hoxha en 1985, su sucesor en el poder Ramiz Alia tuvo al parecer la intención de continuar con las mismas políticas; sin embargo, ya se estaba produciendo la perestroika de Gorbachov y el bloque “socialista”, incluido ese reducto supuestamente inexpugnable que era Albania, se tambaleaba. Lea Ypi, en su muy recomendable obra autobiográfica Libre, nos introduce desde su visión de niña en esos últimos años del régimen a partir de la desaparición de Hoxha. Quizá uno de los mayores esperpentos narrados en la obra se produce cuando las familias, sumidas en la carestía, rivalizaban por tener en sus hogares como elemento de distinción algo exótico llegado del exterior como era una simple lata de Coca-cola. La niña Lea, adoctrinada por el culto a la personalidad de un sistema dictatorial y totalitario, del que no eran afines sus padres, no comprende cómo prefieren ese objeto consumista a un retrato del tío Enver a modo de un Gran Hermano orwelliano que todo lo vigila.
No tardaría el país, en la década de los 90, en abrazar el mercado “libre” y caer en el capitalismo global más desenfrenado. Con las primeras elecciones, llegará al poder el llamado Partido Democrático de Albania y supondrá el inicio de políticas de privatizaciones donde imperó la corrupción y se produjeron la llegada del desempleo y de una tremebunda inflación. Será el inicio de una época tremendamente dramática para los albaneses, gran parte de los cuales partirán en busca de países europeos donde tengan mayores oportunidades; al respecto, resulta muy significativa y recomendable la película Lamerica, dirigida por Gianni Amelio en 1994, que nos narra cómo decenas de miles de albaneses, a principios de los 90, cruzan el Adriático hacia Italia en barcos abarrotados para encontrarse que la realidad se distancia mucho de sus deseos sobre una vida mejor. Y hay que denunciar con fuerza que a día de hoy, ya transcurrido un cuarto de siglo del nuevo milenio, en una época de vergonzoso auge reaccionario dejando a un lado la solidaridad y los mejores valores humanos, los derechos de las personas migrantes se han visto vulnerados mediante vergonzosos acuerdos recientes entre los Estados italiano y albanés para crear centros de detención y repatriación de todos aquellos solicitantes de asilo en la vieja y mezquina Europa.
Aquella década de los 90 en la Albania poscomunista, que el padre de Lea Ypi definirá como políticamente sin izquierda ni derecha, solo con “comunistas nostálgicos” y “aspirantes a liberales”, se continuaban realizando imparables reformas estructurales que aseguraban homologar el país con Europa y el advenimiento de la prosperidad (tal vez, como una vez se esperó el paraíso comunista). Estas promesas del capitalismo, junto a sustanciosas donaciones privadas al Partido Democrático en el poder (el cual, obviamente, estimuló las inversiones), empujaron a la gente (se habla de, al menos, dos tercios de la población) a poner sus ahorros en manos de ciertas empresas que estaban ya operando desde 1991, las cuales afirmaron devolverían su dinero a la gente con alto tipos de interés; no tardaría en destaparse el fraude, a partir de las elecciones de 1996, declarándose esas compañías insolventes y dando lugar a una crisis que se definió como auténtica guerra civil. En enero de 1997, comienzan los levantamientos de la indignada población contra el gobierno y el Partido Democrático, el cual había ganado las elecciones de forma dudosa; alguien definió aquellas protestas como una revuelta contra el capitalismo, pero mostrándose igualmente contrarios al comunismo autoritario, que como en tantas ocasiones sufrió una brutal represión con la connivencia de las potencias europeas para restituir el sistema. Quien desee hacer un sucinto, aunque estremecedor, seguimiento de lo ocurrido en aquellas primeras semanas de 1997, una vez más, recomiendo el impagable libro de Lea Ypi. Unas nuevas elecciones en aquel año canalizaron el descontento y el Partido Socialista (como ya dije, heredero del partido único durante el comunismo), junto a otras fuerzas aliadas, obtuvo una aplastante victoria; a pesar de su denominación como socialista, las políticas económicas que realizó (en dos etapas, la última iniciada en 2013 llega hasta la actualidad) han sido ultraliberales con una intolerable corrupción, que nos traslada a las protestas actuales.
Merece la pena un inciso para realizar algunos apuntes religiosos, y hay que decir, de nuevo acudiendo a la historia reciente, que Enver Hoxha declaró el país en 1967 como el primero ateo de la historia estableciendo severas penas para los practicantes de cualquier fe. Por supuesto, de nuevo desde una perspectiva antiautoritaria, no hay que confundir un ateísmo combativo contra cualquier dogma religioso (como es el caso del que subscribe) con ninguna imposición de cualquier cosa a las personas y hay que ser, siempre la moral obliga, partidarios de la libertad de conciencia. Quizá la forzada laicidad impuesta durante el periodo comunista no fue excesivamente traumática, ya que al parecer la población ha mostrado más bien indolencia hacia la religión abrazando una u otra fe por circunstancias históricas e intereses personales (algo que, bien pensado, resulta inherente a la creencia religiosa).
Para el caso que nos ocupa, no es quizá muy conocido que la Madre Teresa de Calcula era de origen albanés y resulta llamativo, y significativo respecto a la traumática evolución del país, que una figura desconocida hacía no tanto por aquellos lares acabara dando nombre a un aeropuerto y con la erección de diversos monumentos ante la, seguramente, indiferencia de la población. Personalmente, nunca he podido entender semejantes loas, algo que ha pasado a formar parte del imaginario colectivo como sinónimo de persona altamente altruista, hacia alguien con lo que considero una doble moral, por decirlo sin palabras gruesas, que santifica la pobreza y el sufrimiento más que combatirlos; aunque, por otra parte, quizá es una excelente y más que coherente representante de cierta concepción de la doctrina cristiana, que estoy seguro no es exclusiva del conjunto de los creyentes. Para finalizar esta breve disertación sobre la cuestión religiosa, hay que decir que como herencia de la dominación otomana de varios siglos se encuentra en Albania una población de mayoría musulmana (siendo la siguiente la cristiana ortodoxa y la católica), aunque como ya he mencionado resulta fundamental aclarar que con notable indiferencia hacia la religión. Es importante mencionar que algunas teocracias o países musulmanes, como es el caso de Turquía, se han dedicado a invertir considerable capital en los últimos años construyendo mezquitas en el país para tratar de influir cultural y, por supuesto, económicamente; mi visita a varios de estos templos islámicos me hizo comprobar, afortunadamente en aras de un horizonte ajeno a dogmatismos religiosos, la escasa afluencia actual más allá del interés cultural.
Al menos que yo conozca, el anarquismo organizado, es decir, un socialismo antiautoritario con pleno respeto a las libertades individuales, no tiene un tradición en Albania, habiendo sido más bien marginal. Si alguna tendencia libertaria pudo ser introducida en las primeras décadas del siglo XX como influencia italiana, el comunismo se impuso en los años 20 como fuerza revolucionaria y, de forma evidente, cualquier otra corriente fue ferozmente reprimida por la dictadura de Enver Hoxha durante más de cuatro décadas. Como curiosidad, en mi visita al país, un guía albanés muy crítico con el sistema, que había vivido durante bastantes años en Argentina, mencionó que las políticas económicas de los últimos años habían sido casi “libertarias”. Por supuesto, no pude más que intervenir y aclarar esa perversión actual del término acaparado por aquellos que representan la peor cara del liberalismo; lo libertario, como sinónimo prácticamente de anarquismo, representa un modo de vida y de organización social horizontal y estrechamente vinculado a la solidaridad, algo ajeno a esos meros partidarios de un capitalismo sin barreras. No obstante, especialmente para países sin tradición ácrata como es el caso de Albania, huyendo de toda tentación doctrinaria, es mucho mejor mencionar la autogestión social. Quizá, a diferencia de las producidas en 1997 que sabían a qué se oponían, pero sin tener claro qué tipo de sociedad deseaban, suponga esto un horizonte esperanzador para las protestas actuales, hartas de corrupción, oligarquías y de todo tipo de explotación.









