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Creyentes

Yo de (muy) joven fui un fervoroso creyente político. No en el sentido estrictamente religioso, pero viene a ser una cosa muy parecida para el asunto que nos ocupa. En mi caso concreto, muy escorado a la izquierda en mis años mozos, la creencia consistía en confiar en el sistema electoral para cambiar las cosas (a mejor, se entiende). Tengo que decir, dejando a un lado todo asomo de modestia, que ello no me hizo caer en ninguna suerte de papanatismo ni abrazar dogma alguno (cosas muy equiparables). A pesar de eso, como a todo creyente de cualquier pelaje y nivel, me otorgaba una dosis nada desdeñable de tranquilidad existencial, que ahora ni tengo ni busco. La cuestión es que, con los años, mi ateísmo político se ha ido incrementando sin que, y aquí es donde empiezo a hablar un idioma desconocido para gran parte del personal, me haya convertido en una especie de pasota ni en un sinvergüenza (al menos, no para una determinada visión de las cosas alejada de la reacción). En lugar de este último y despectivo apelativo, iba a emplear el de “cínico” en su acepción más vulgar, pero tengamos un respeto por esta escuela de filósofos, nada carentes de vergüenza en el peor sentido, y sí excéntricos y escépticos sobre las convenciones sociales.

Este ateísmo mío tan lúcido y pertinaz, también denominado nihilismo, término que casi es más del gusto de mi persona al ser otro concepto profundamente malinterpretado, hace que la no participación política se desarrolle en mí de una manera terriblemente natural y placentera. Yo soy así, qué le vamos a hacer. Por supuesto, cuando hablamos de política en sentido lato no nos referimos exclusivamente a, cada tanto, ir a votar a una panda de iluminados para que decidan por ti, pero vayan ustedes a explicarles esto al vulgo (con perdón). Hay quienes consideran que la creencia en una autoridad ultraterrena (llámenle ustedes Dios o como les plazca) está íntimamente relacionada con la subordinación a la autoridad política (llámenle ustedes Estado, por favor). No, no hablo de esos locos anarquistas, que también, me refiero a importantes expertos juristas de esta demente época contemporánea. Mi trayectoria vital, y en nada se enriquece a nivel de desarrollo personal con ello, sigamos siendo extremadamente sinceros, está plagada de numerosos encuentros dialécticos con creyentes de diversos grados.

En semejantes experiencias, no pocas veces, se considera que fuera de esta forma de democracia, en la que uno selecciona el amo a su gusto con una deliciosa apariencia de libertad, hay cosas muchos peores: dictaduras, caos… Por otra parte, disculpen de nuevo, pero este argumento nos confirma aún más en nuestra postura, ya que es algo que parece muy similar a la creencia religiosa, según la cual la falta de fe abre la puerta a todos los males posibles. Se dirá que, por supuesto, hay no creyentes no practicantes, es decir, que van a votar y lo hacen por peculiares motivos como considerar que es mejor que gobiernen unos a otros. De acuerdo, será que son ateos, pero respetan los sagrados sacramentos y quieren un sumo pontífice progre. Sin comentarios. En un reciente debate, en un contexto tan cuestionable como la barra de una bar, reconocer por parte de mis contertulios dos factores tan esperanzadores como que la corrupción dentro del sistema es intolerable y que, no necesariamente relacionado con el anterior, no pueden cambiarse las cosas dentro de él, fue seguido de una frase tipo “pero hay que ir a votar”. No era claro la primera vez que escuchaba semejante argumentación, pero yo mismo me sorprendo todavía de mi capacidad de estupefacción. Comprender que el sistema político es un circo, colmado de basura y engaños, no provoca a mucha gente que pierda la fe, termina apuntalando la carpa de una u otra manera. Por supuesto, siempre está la opción, mencionada también de manera usual en este remedo de debates, de votar en blanco. De acuerdo, pero entonces no eres un verdadero ateo, amigo mío, eres una especie de agnóstico; es decir, alguien muy probablemente ávido de seguir creyendo, tal vez cambiando los dioses, pero manteniendo el tinglado intacto.

Juán Cáspar

Un pensamiento sobre “Creyentes”

  1. Cuidado con no convertir el “no votar” en otra creencia. El problema no es votar o no votar sino lo que hacemos… para cambiar lo que no nos gusta. En otras palabras: no ser creyente de nada e intentar ser lo que se pregona. Concretamente: ser ateo en todo sin renunciar a luchar contra todo lo que se nos impone.

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