El anarquismo y su relación con la tecnociencia

Rafael Grossi Calleja
DOSIER: Tecnología y Emancipación | Ilustración de Kalvellido | Extraído del cnt nº 442

El anarquismo emergió en Europa durante el siglo XIX, en un contexto de transformaciones profundas en los ámbitos económico, social y tecnológico. La Revolución Industrial no solo alteró radicalmente los modos de producción, sino que también consolidó nuevas formas de organización del trabajo, marcadas por largas jornadas, salarios precarios y condiciones laborales degradantes. Frente a este escenario, surgieron diversas corrientes de pensamiento crítico que cuestionaron las estructuras jerárquicas del poder político y económico, proponiendo modelos alternativos de organización social basados en la libertad, la igualdad y la cooperación.

A diferencia de otras ideologías contemporáneas, el anarquismo no se limitó a reaccionar frente al capitalismo industrial. Constituyó, además, una reflexión profunda sobre la relación entre tecnología, trabajo y libertad. Si bien los anarquistas denunciaron el uso de las máquinas como instrumentos de dominación y explotación, no rechazaron la técnica en sí misma. Por el contrario, pensadores como Pierre-Joseph Proudhon, Mijaíl Bakunin y Piotr Kropotkin plantearon que el desarrollo tecnológico podría servir como medio de emancipación, siempre que su control no estuviera en manos de élites, sino gestionado colectivamente.

Para Proudhon, la clave de una técnica liberadora residía en el cooperativismo. Si los trabajadores controlaban las fábricas y las herramientas de producción, la tecnología podría reducir el esfuerzo humano y mejorar las condiciones de vida. Esta noción de propiedad colectiva de los medios técnicos conserva una enorme relevancia en los debates contemporáneos sobre la inteligencia artificial (IA): ¿a quién pertenecen los algoritmos y los datos que alimentan los sistemas de IA? ¿Deben ser propiedad de corporaciones privadas o gestionarse como bienes comunes?

Bakunin, por su parte, mantuvo una postura ambivalente respecto de la ciencia y la técnica. Reconocía en la ciencia una herramienta de emancipación, ya que permitía comprender las leyes de la naturaleza y liberarse de las supersticiones. No obstante, advertía que la ciencia podía transformarse en una nueva forma de poder si quedaba monopolizada por una élite de expertos o por el aparato estatal.

Kropotkin, en cambio, imaginó una organización industrial descentralizada, compuesta por unidades de producción locales, autónomas y colaborativas. Su modelo anticipa formas contemporáneas de organización técnica como la fabricación digital distribuida, el software libre o las plataformas de IA de código abierto. Para Kropotkin, la técnica debía estar al servicio de la reducción del trabajo alienante y ser gestionada por quienes la utilizan.

Sindicalismo y autogestión técnica

El anarquismo del siglo XIX no se limitó al plano teórico, sino que se articuló como un movimiento social de masas. A través de sindicatos y asociaciones obreras, los anarquistas lucharon por la transformación radical del proceso productivo. En este marco, la técnica se convirtió en un terreno estratégico: ¿debían las máquinas servir a la emancipación humana o perpetuar la lógica de la explotación?

Los sindicatos anarquistas planteaban que los trabajadores no solo debían exigir mejoras salariales, sino también asumir el control directo de los medios de producción. La Confederación Nacional del Trabajo (CNT), heredera de esta tradición, impulsó experiencias autogestionarias durante la Revolución Española (1936–1939), en las que fábricas, talleres y servicios fueron gestionados colectivamente. En muchos casos, la producción se reorganizó con criterios de eficiencia, solidaridad y ausencia de jerarquías, demostrando que la técnica podía operar fuera de las lógicas capitalistas y estatales.

Tecnología y libertad: una perspectiva anarquista

Frente a corrientes románticas que rechazaban la industrialización en bloque, el anarquismo desarrolló una visión crítica pero propositiva. Para sus teóricos, la tecnología no era un enemigo per se, sino una herramienta que podía ser reapropiada y resignificada políticamente. En lugar de rechazarla, se trataba de intervenir en su desarrollo y gestión, orientándola hacia fines emancipadores.

Esta concepción anarquista resulta particularmente útil para analizar la situación actual en torno a la inteligencia artificial. Al igual que las fábricas del siglo XIX concentraban el poder en manos de unos pocos industriales, hoy las grandes corporaciones tecnológicas monopolizan los algoritmos, los datos y los sistemas de IA.

Las preguntas formuladas por Proudhon, Bakunin o Kropotkin siguen siendo relevantes: ¿cómo democratizar el acceso a la tecnología?, ¿cómo convertirla en un instrumento de libertad en lugar de un mecanismo de control?

Anarquismo y tecnología: lecciones para el presente

El pensamiento anarquista clásico ofrece al menos tres lecciones clave para el debate actual sobre la IA:

1. Propiedad colectiva de la tecnología: Así como las fábricas debían estar en manos de los trabajadores, los sistemas de IA deberían ser transparentes, auditables y gestionados de manera democrática. La apropiación colectiva de los algoritmos implica también control comunitario sobre los datos.

2. Conocimiento abierto: El saber técnico no debe ser monopolio de una élite tecnocrática. Las iniciativas de IA de código abierto, como Hugging Face o LAION, encarnan el principio de compartir el conocimiento como bien común.

3. Descentralización: Frente a modelos centralizados y verticales, el anarquismo promueve redes distribuidas, re-silientes y participativas. Esta filosofía se refleja en prácticas como el software libre y los sistemas peer-to-peer, que ponen el énfasis en la colaboración horizontal.

¿Es posible una inteligencia artificial anarquista?

Plantear la posibilidad de una «IA anarquista» puede parecer, a primera vista, una contradicción o una provocación conceptual. ¿Cómo podría una tecnología sofisticada, basada en sistemas formales y automatismos, encarnar valores como la autogestión, la igualdad o la libertad? Esta pregunta obliga, sin embargo, a repensar tanto el significado del anarquismo en el siglo XXI como las condiciones técnicas y sociales bajo las cuales se desarrollan las tecnologías emergentes.

La mayoría de los sistemas actuales de IA son diseñados en entornos profundamente jerárquicos: grandes empresas, laboratorios financiados por Estados o conglomerados privados. Estos entornos responden a intereses económicos, militares o de vigilancia, lo cual los distancia de cualquier ideal libertario. Sin embargo, existen principios técnicos y filosóficos que podrían guiar la creación de una IA concebida desde una lógica diferente: abierta, descentralizada, cooperativa y ética.

Características de una IA anarquista

Una inteligencia artificial anarquista no implicaría la existencia de una tecnología con ideología propia, sino un enfoque de diseño y gobernanza que se alinee con los principios anarquistas. Esto supondría:
• Descentralización: La IA no debería estar bajo el control exclusivo de empresas, Estados o instituciones, sino distribuida en redes abiertas con mecanismos colectivos de toma de decisiones.
• Transparencia y apertura: Los algoritmos, los datos y los modelos deben ser públicos, comprensibles y modificables por cualquier persona o comunidad interesada.
• Autogestión: La tecnología debe responder a las necesidades concretas de las comunidades locales y no a las lógicas del lucro o del control estatal.
• Ética del apoyo mutuo: La IA debe orientarse a potenciar la colaboración, el aprendizaje colectivo y la resolución conjunta de problemas, en lugar de reemplazar o someter a los sujetos humanos.

Concebir una IA desde estos principios requiere repensar la relación entre seres humanos y sistemas automatizados. La IA no debe sustituir el pensamiento humano, sino actuar como una extensión cooperativa de nuestras capacidades cognitivas y organizativas. Las decisiones clave —desde la definición del problema hasta la evaluación de los resultados— deben tomarse de forma deliberativa, con participación horizontal y plural.

Además, es fundamental el desarrollo de algoritmos interpretables y explicables, que permitan comprender cómo se produce una decisión. Solo así la IA puede convertirse en una herramienta al servicio de la comunidad, y no en un nuevo oráculo tecnológico al que se delega la responsabilidad moral o política.

Obstáculos para una IA anarquista

A pesar de su potencial transformador, la idea de una IA anarquista enfrenta múltiples obstáculos:
• Económicos: El entrenamiento de modelos avanzados requiere infraestructuras costosas, como supercomputadoras y grandes volúmenes de datos, lo que limita el acceso a actores no corporativos.
• Políticos: Los Estados y las grandes empresas tienen intereses estratégicos en mantener el control sobre la IA, ya que esta representa una fuente de poder económico, social y militar.
• Filosófico-éticos: Algunos críticos sostienen que toda tecnología tiende a reproducir las jerarquías del sistema que la produce. Desde esta perspectiva, una IA realmente anarquista parecería inviable. No obstante, esta objeción puede extenderse a cualquier herramienta técnica: lo crucial no es si la IA tiene una ideología, sino quién la diseña, bajo qué valores y para qué fines.

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