HANGAR ROJO CHILE

«Hangar rojo», disciplina militar o desobediencia

Capi Vidal

Si en este país denominado España sabemos muy lo que es la distorsión histórica, en estos tiempos de auge reaccionario en el conjunto del planeta es más necesario que nunca reivindicar lo que ocurrió de verdad en una u otra parte del mundo. En Argentina, con un devastador gobierno de Javier Milei a todos los niveles, se ha dado una especie de reescritura de las circunstancias que llevaron a la dictadura (1976-1983) y se ha puesto en entredicho la cifra oficial de desaparecidos durante el régimen encabezado por Videla. En el caso de Chile, con el golpe de Estado de septiembre de 1973, este año 2026 ha ascendido al poder el gabinete presidido por José Antonio Kast, al que algunos consideran heredero de Augusto Pinochet y un ejemplo de la ola reaccionaria que recorre el mundo. Sea como fuere, con gobiernos de uno u otro pelaje, lo cierto es que hay una feroz batalla por el relato histórico, con gran parte de la opinión pública haciendo gala de un patético papanatismo, mostrándose acrítica con sus líderes y primando sus lamentables preferencias ideológicas sobre cualquier otro factor, sin que se promueva un mínimo consenso histórico sobre la veracidad de lo ocurrido en la historia.

El periodo dictatorial de Chile (1973-1990) fue además, de forma quizá no tan paradójica como pudiera parecer, uno de los primeros laboratorios donde se ensayó la implementación del neoliberalismo. Lo que Naomi Klein denominó capitalismo del desastre, donde una sociedad conmocionada resulta más tendente a pedir soluciones al poder político, por muy autoritario que este se presente, y está servida la imposición de medidas para favorecer al gran capital. La sociedad chilena se encontraba tan conmocionada, que no pudo oponer gran resistencia a la implantación de un capitalismo salvaje a la medida de las tesis de Milton Friedman. Como vemos, a muchos niveles, es necesaria la memoria histórica y la profundización en el análisis político y económico sin esas simplificaciones pueriles actuales. Pinochet, como antes Franco en unas circunstancias muy diferentes, ha sido considerado como una suerte de salvador de la patria frente a la amenaza comunista y no como un mero matarife ultrarreaccionario (al igual que Franco). De aquellos polvos, estos lodos, ya que las feroces privatizaciones llevadas a cabo durante la dictadura chilena y la negación de recursos básicos a gran parte de la población, dejándolo todo en manos de un mercado controlado por los actores más poderosos, ha conducido a la precarización actual. En Chile, y en muchos otros lugares del mundo.

La notable película Hangar Rojo, producción de este año 2026 estrenada en algunas salas de España (pocas) a principios de mayo, ofrece un episodio muy concreto sobre la represión golpista en Chile iniciada el 11 de septiembre de 1973. Basada en hechos reales, aunque tantas veces eso significa poco en la ficción cinematográfica (y no decimos que este sea el caso), se nos relata la historia de Jorge Silva, un capitán de la Fuerza Aérea con formación en servicios de Inteligencia (una denominación cuestionable para un concepto desplegado en el ámbito militar). En pleno estallido del golpe, Silva observa cómo el centro donde ejerce su función se convierte en sede de una despiadada represión por parte de sus superiores (el “hangar rojo” del título). En lo que es un perfecto ejemplo de lo que supone la disciplina dentro de una institución jerarquizada, al margen de lo que puede pensar el protagonista sobre los hechos que está viviendo, él se muestra en todo momento al servicio de los que están en la cúspide militar. Más adelante, trataremos de ahondar en todo lo que de verídico que tiene la historia, pero hay cierto recurso de guion que llama la atención y es que Silva, tres años atrás, salvó la vida del mismo Salvador Allende, lo cual lógicamente es visto con resquemor por los oficiales golpistas. Por otra parte, ese hecho sirve al inicio del golpe para que otros le ofrezcan la posibilidad de una huida del país, lo cual rechaza. Perfecta obediencia militar debida; ayer salvó de un atentado a un cargo político como Allende, mañana tal vez deba hacerlo de otro en la dictadura.

Tal y como se nos lo muestra en la ficción, Jorge Silva no era ningún sádico, no deseaba torturar ni asesinar, aunque durante gran parte del metraje obedece a sus superiores, a pesar de que era obviamente conocedor de que todo eso lo estaban ejecutando otros. Únicamente, cuando se ve empujado a tener él mismo que quitar la vida a un grupo de prisioneros es cuando se niega a obedecer y es este hecho el que ha querido mostrar a nuestro relato como el ejemplo de que, incluso en momentos extremadamente violentos, alguien puede actuar con ética y humanidad. Sin embargo, ¿es esto verdaderamente así o estamos ante una especie de lavado de cara para otro militar? Alguien que, por su profesión, en la que ejerce la violencia en nombre de un sistema político, debe obediencia a una cadena de mando. Trataré de no simplificar, en mi condición netamente antimilitarista que nunca oculto, ya que al igual que en España en 1936, es posible que parte del Ejército se manifestara en contra de los golpistas, pero lo cierto es que la historia nos ejemplifica una y otra vez que la disciplina manu militari, a favor de los poderosos, acaba imponiéndose.

Hangar rojo es un film al que poco hay que reprochar a nivel cinematográfico. Un blanco y negro lúgubre y una realización de primeros planos, algunos desde la espalda del protagonista (lo cual recuerda a aquella otra película reciente, El hijo de Saúl, desarrollada en otro contexto terrorífico como es un campo de exterminio nazi), que parece querer sumergirnos a un nivel psicológico en el dilema moral que está viviendo. No es el objetivo de la historia la profundización política, más allá de únicament unos apuntes, ya que que solo se nos muestra a unas oficiales reaccionarios cuyo enemigo es el marxismo (sic); “marxismo o democracia”, espeta uno de ellos, mientras que alguno considera que después de un tiempo puedan convocarse “elecciones libres”. También se deja clara la connivencia de los Estados Unidos en el golpe, cuando los militares, incluido el propio protagonista, han recibido formación en aquella potencia, cuyos tentáculos se extienden hacia lo que considera su patio trasero en Latinoamérica. Muy interesante también el simbolismo del paracaidismo, labor en la que Jorge Silva fue un virtuoso al haber ejercido un salto casi imposible con aterrizaje en un estadio de fútbol; el mismo lugar al que el destino le conducirá, años después, lúdico lugar reconvertido en centro de tortura y exterminio.

Al cierre de la película, en la que no desvelaré nada más, con los clásicos rótulos finales se nos aclara qué fue del propio Jorge Silva y de algunas personas que salvó. Pero, ¿qué hay de cierto en todo lo que nos cuenta esta ficción? Hay que decir, en descargo de una presunta falta de veracidad, que la película Hangar Rojo se basa en el libro Disparen a la bandada. Una crónica secreta de la FACH, de Fernando Villagrán; el autor es uno de los muchachos que Jorge Silva libró de la muerte, tal y como se nos muestra en el film, perteneciente al MAPU (Movimiento de Acción Popular Unitaria), que había denunciado a los militares sediciosos. Al parecer, efectivamente, Silva fue un destacado paracaidista y un militar que había seguido cursos de contrainteligencia en Estados Unidos. Además, también como se nos cuenta en la ficción, en octubre de 1970 evitó un atentado contra el entonces presidente electo Salvador Allende, algo que no olvidarán futuros militares golpistas. El capitán salvó vidas, rigurosamente cierto, algo que le condujo a ser encarcelado y torturado, compartiendo destino con aquellos a los que había librado, al menos coyunturalmente, de un fatal destino. Es posible que podemos ver observar el film Hangar rojo, en parte, como la encomiable muestra de alguien que se atreve a decir no en momentos extremos, incluso, a costa de su propia integridad. Nada que reprochar a ello y todo el reconocimiento al verdadero Jorge Silva. Sin embargo, en estos tiempos de una nefasta ausencia de lectura moral de la historia, así como de un repulsivo rearme militar en nuevos tiempos de guerra, reivindicaría esta notable obra también como forma de reflexión acerca de una institución autoritaria y jerarquizada, al servicio de los fronteras políticas y de los intereses económicos, que cultiva ese horror que son las identidades nacionales y empuja a los jóvenes a enfrentarse entre sí solo para haber nacido en un lugar y en una cultura diferente.

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