PALESTINA ISRAEL ANARQUISMO

Reflexiones sobre Palestina e Israel (y algún punto de vista libertario)

Sobre el conflicto entre Israel y Palestina, por llamarlo así, tengo la sensación de que los análisis entran a menudo dentro de cierta lógica reduccionista, bien la étnica hablando de judíos contra árabes, bien la estatal afirmando que el Estado de Israel tiene derecho a defenderse (obviando los desmanes injustificables), bien presuponiendo que el problema es que Palestina no tiene un Estado formal.

A raíz del reciente ataque de Hamas sobre la población israelí, terrible, creo que los titulares y opiniones han sido infames como corresponde, por otra parte, a esta época donde se busca lo impactante y no hay lugar para la profundización. No es nada nuevo, ya que desde hace años he escuchado acusaciones a los que criticábamos al Estado de Israel, en el mejor de los casos de maniqueísmo, pero lo más frecuente es que estábamos apoyando el terrorismo (a Hamas, en otros casos a Al Fatah, pero el caso es identificar al pueblo palestino con ciertas fuerzas islámicas de aspiración estatal). La situación actual, tras la acción militar de Hamas (tan terrorista como la que perpetra continuamente el Estado de Israel) es evidente, la intención es usarlo como perfecta excusa para arrasar definitivamente Gaza.

No quiero insistir demasiado en los orígenes del conflicto entre Israel y Palestina, no soy ningún experto, pero como en cualquier hecho histórico creo que debe haber cierto consenso y no tratar, sobre todo, de justificar el presente con medias verdades. Los defensores del Estado de Israel, de su derecho a defenderse, insisten en que nunca existió algo formal llamado Palestina (quizá, se refieran a un Estado como si eso fuera el epítome de la civilización) y las naciones árabes han amenazado constantemente a los israelíes, incluso, instrumentalizando a los palestinos. Bien, que esta gente con semejantes argumentaciones acuse a los demás de maniqueísmo y reduccionismo, resulta por lo menos curioso; en cualquier caso, algo de verdad puede haber en esto y estamos hablando de conflictos militares y geoestratégicos entre Estados donde, una vez más, lo pagan los pueblos y, entre ellos, los más indefensos son en este conflicto concreto los palestinos.

La realidad actual, con todas las explicaciones históricas que se quiera, es que Israel vive en un estado de guerra permanente, dedicando gran parte de sus partidas presupuestarios al desarrollo armamentístico, contando con arsenal nuclear, y en el que prácticamente el conjunto de sus ciudadanos es considerado como potencial combatiente. No olvidemos que el Estado de Israel tiene el apoyo incondicional de Estados Unidos y de la Unión Europea, por lo que resulta un mal chiste presentarlo como víctima con el subterfugio de su derecho a defenderse.

Los recientes ataques de Hamas son injustificables a nivel moral, por supuesto, incluso incomprensibles como estrategia militar más allá de querer poner el conflicto otra vez en el candelero dada cierta estabilidad entre el Estado de Israel y los Estados árabes, pero lo cierto que Israel lleva atacando y bombardeando Gaza desde hace muchos años con un bloqueo por tierra, mar y aire desde 2006, que ha sumido a la población en la más cruel necesidad económica; un año después, la islamista Hamas llega al poder expulsando a las autoridades palestinas y asumiendo el control de la franja. Recordemos que el propio Estado de Israel financió a Hamas en sus orígenes para debilitar a la OLP de Arafat, lo cual resutal demencial (esto recuerda que Bin Laden trabajó para la CIA y que los Estados Unidos ayudaron a los talibanes para luchar contra la Unión Soviética).

Como en tantos otros asuntos, la hipocresía sobre el pueblo palestino a nivel internacional es notoria; se le presta cierta ayuda humanitaria, insuficiente en cualquier caso, pero luego se justifican y amparan las operaciones de castigo del Estado de Israel de manera directa o indirecta. Se condena el terrorismo de unos, pero se pasa por alto el permanente terrorismo de Estado. La Franja de Gaza se ha definido a menudo como “la mayor cárcel del mundo a cielo abierto”. Resulta impensable la desesperación de la población gazatí, sometidos durante años a operaciones militares israelíes, sumidos en la necesidad de manera permanente, sin poder huir y oprimidos por una férrea autoridad islámica; en las últimas semanas, toda esta situación se ha exacerbado con bombardeos indiscriminados, que puede que duren tiempo y que ya han provocado cierto éxodo de una población que no tiene mucho sitio donde huir. Hay algunos dirigentes israelíes que han hablado directamente de borrar Gaza del mapa.

Particularmente, nunca me he podido mostrar equidistante como han parecido hacer muchos y ojalá estuviera en mi mano hacer algo concreto, más allá de hacer estas reflexiones (algo sencillo), sobre otro desastre humanitario terrible. Ya he apuntado que para gran parte de las personas el problema es la inexistencia de un Estado palestino, ya que se suele identificar con una sociedad bien organizada. Así, el conflicto entre un Estado bien afianzado y armado, como Israel, y un pueblo como el palestino (sin un Estado formal, pero con autoridades a veces férreas que aspiran a formarlo) ha invitado a veces a ciertas reflexiones en torno a la identidad colectiva en una determinada región o a las llamadas luchas por la liberación nacional. Insisto, estas reflexiones que considero claves para la formación de sociedades humanas no suponen una falta de implicación, material y moral, de apoyo a los oprimidos en un determinado conflicto.

El movimiento libertario, como es obvio, ha sido minoritario en la región, pero han existido anarquistas que han participado durante años en espacios de fraternidad entre árabes y judíos con un compromiso explícito en los territorios ocupados. En 2003, se crea la iniciativa de Anarquistas Contra el Muro siendo notable su lucha conjunta con el pueblo palestino; libertarios de diversos países, asimismo se han implicado en diversas organizaciones que promueven la solidaridad internacional con los palestinos.

La participación anarquista, no obstante, ha tenido una actitud diversa entrando en un territorio controvertido; en ocasiones, se han esforzado en apoyar a los palestinos, considerados los oprimidos en el conflicto, y se ha dejado como algo secundario la crítica a sus líderes o incluso a sus métodos de lucha (que, ojo, no es lo mismo que apoyarlos explícitamente). Como he dicho, la solidaridad es con el pueblo oprimido en nombre de la dignidad y la responsabilidad, pero no hay que olvidar que el opresor es un Estado y diferenciarlo del pueblo israelí, parte del cual se manifiesta muy crítico con su gobierno.

Esas visiones viscerales, que han observado las dos partes del conflicto como bloques compactos, no ayuden demasiado y menos desde un punto de vista antiautoritario. Más bien, los defensores del Estado de Israel, que son muchos y muy poderosos, se alimentan de esos posicionamientos con las manidas e indignantes acusaciones de antisemitismo. Otros libertarios han querido aportar un análisis exclusivamente anarcosindicalista con llamamientos a los grupos independientes de trabajadores en Palestina e Israel. Desgraciadamente, como tantas otras veces, la visión sindicalista dentro del anarquismo parece ignorar que existen pocas perspectivas para un movimiento obrero de carácter autónomo en el territorio que nos ocupa (como en muchos otros). Estas visiones sesgadas, que insisten de modo exclusivo en la lucha dentro del mundo del trabajo, ignoran muchos otros ámbitos en los que una mayoría de anarquistas está implicada.

La implicación en el conflicto entre Israel y Palestina ha llevado, igualmente, a otra paradoja; las de las luchas por la liberación nacional y, consecuentemente, la construcción nacionalista que conlleva. El nacionalismo se identifica con el poder político, el Estado, bien diferenciado del concepto de pueblo, que a nivel local puede compartir sentimientos, ideas y valores, pero con una identidad flexible que rechaza las fronteras y capaz de construir sociedades libres. Una visión que suscribimos los anarquistas, pero de nuevo excesivamente abstracta, ya que hay que atender a los problemas reales y concretos en los que en ciertos contextos no tiene cabida fácil.

Es posible que una gran mayoría de palestinos vea como solución crear su propio Estado, por lo que nuestra visión ácrata algo condescendiente entra en conflicto con el deseo de los propios oprimidos. De nuevo, nuestra loable aspiración de una sociedad sin poder coercitivo, de auténticos libres e iguales, nos pone frente a una realidad en la que las personas están sufriendo ahora mismo y de poco les vale hablarles de un terreno utópico. Negar estas contradicciones es refugiarse en un ideal que puede estar muy lejano, por lo que poco o nada se implica en los conflictos reales; no sirve de nada para la gente que, hoy mismo, está siendo oprimida.

Si queremos ser responsables e implicarnos de verdad en los conflictos, sin que en ningún momento eso tenga que ser un obstáculo para una lucha emancipatoria más amplia, hay que mancharse en el barro y eso supone aceptar las contradicciones. En el caso concreto que nos ocupa, tal vez haya que transigir con la posibilidad de un Estado palestino, como deseo mayoritario de los propios palestinos, una forma factible de mitigar la opresión a corto plazo. Las ideas anarquistas, por muy loables que sean a nivel moral y político, no pueden ponerse por encima del sufrimiento de las personas.

Por otra parte, aceptar como un mal menor la creación de un Estado palestino es solo una supuesta contradicción libertaria, que tal vez solo se produce desde ciertas teorizaciones, por lo que mostrémonos también flexibles desde este punto de vista. Es decir, los activistas ácratas implicados en el conflicto de modo solidario, evitando formas de represión y procurando que los oprimidos sean más autosuficientes, difícilmente van a contribuir a la construcción de un nuevo Estado.

Por otra parte, la aceptación de una u otra manera de un Estado palestino, de forma evidente, no es la solución definitiva de los problemas sociales en el territorio (más con la situación de las últimas semanas). Obviamente, desde un punto de vista anarquista no es una solución a largo plazo, pero tal vez podría ser un camino positivo hacia espacios más libertarios. En cualquier caso, y volvemos a procurar implicarnos de forma concreta en el sufrimiento de la gente en este momento, no creo que sea una solución peor que las cosas tal y como están en este momento.

Capi Vidal

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