A partir del 28 de diciembre de 2025 estalló una nueva ola de protestas en todo Irán, desencadenada por las dificultades económicas y que se intensificó al pedir el derrocamiento del gobierno. Este es al menos el quinto levantamiento de este tipo en una década, que se basa en oleadas anteriores de malestar laboral y resistencia feminista. Sin embargo, dentro de revuelta, el movimiento de base se enfrenta a monárquicos reaccionarios, en gran parte radicados fuera de Irán, que buscan obtener el respaldo de Estados Unidos e Israel para tomar el poder.
Esto ocurre en medio de una situación geopolítica convulsa. El gobierno israelí ha intensificado los bombardeos sobre Gaza y el Líbano, así como la confiscación de territorios en ambos países; por otro lado, se prepara para construir un asentamiento que dividirá Cisjordania en dos para imposibilitar la creación de un Estado palestino. Mientras, Estados Unidos acaba de secuestrar al presidente de Venezuela y a su esposa para apoderarse del petróleo venezolano, lo que indica su disposición a ejercer cualquier tipo de control sobre la población, tanto dentro como fuera de sus fronteras.
Rechazar las políticas de Donald Trump no implica —ni debería implicar— apoyar dictaduras como la de Nicolás Maduro.
Las libertades se defienden con coherencia: el autoritarismo se rechaza venga de donde venga, sin dobles estándares ni simpatías tácticas.
Oponerse a discursos de odio, xenofobia o políticas dañinas en Estados Unidos no obliga a cerrar los ojos frente a la represión, la corrupción y las violaciones de derechos humanos en Venezuela. Trump esta debilitando la democracia de su país y ha desatado una cacería y deportación de migrantes. Maduro no es mejor: Ha expulsado a un tercio de su población, tiene la cantidad de presos políticos más grandes de la región, su élite se ha enriquecido mientras el pueblo se encuentra en la miseria y está siendo investigado por la Corte Penal Internacional por crímenes contra la humanidad.
Paco Marcellán Miembro de la redacción de Redes Libertarias
Los poderosos siempre han hecho que sus masacres siempre parecieran necesarias y correctas. Pankaj Mistra
A modo de introducción
La cotidianeidad que nos alumbra la represión del pueblo palestino, el dolor irreparable causado por el vandalismo militar israelí tanto en Gaza como en Cisjordania, que se extiende a Yemen, Irán, Líbano y Siria, exige una búsqueda de las raíces de un conflicto que supera el ámbito geográfico y plantea tres cuestiones en las que me quiero centrar, independientemente de otros apartados que exigirían un análisis complementario. Desde la perspectiva de los derechos humanos, el debate sobre la calificación como genocidio, crimen de lesa humanidad o exterminio va más allá de los aspectos jurídicos y semánticos y engarza con un sustrato colonialista y xenófobo que ha caracterizado la génesis, desarrollo y proyección de futuro del Estado de Israel. Pero no hay que olvidar el marco geopolítico en el que se desenvuelve el conflicto con actores como Estados Unidos, el mundo árabe, la Unión Europea, y el Sur Global en el que las contradicciones, intereses y dualidad en las respuestas por parte de los gobiernos y los pueblos condicionan soluciones a medio y largo plazo.
El prisionero anarquista italiano Luca Dolce se ha unido desde su celda en San Remo a la huelga de hambre coordinada que comenzó en las prisiones británicas el 2 de noviembre, aniversario de la Declaración Balfour, la promesa colonial de Gran Bretaña que puso en marcha la maquinaria de desposesión y genocidio. Los huelguistas de hambre británicos, en prisión preventiva por supuestos delitos relacionados con Palestine Action y todos sin condena, dicen que se negarán a comer hasta que Elbit Systems cierre sus instalaciones en el Reino Unido. Elbit, objetivo desde hace tiempo de las ocupaciones de fábricas de Palestine Action, sigue siendo el mayor fabricante de armas de Israel.
No hay palabras suficientes para describir el horror que nos provoca la masacre de más de 130 jóvenes negros pobres asesinados por la policía de Río de Janeiro, con la excusa de atacar al narcotráfico.
Fue un operativo de guerra urbana en el que el gobierno del Estado movilizó 2.500 policías militares armados a guerra, además del despliegue de blindados y helicópteros para atacar los complejos de favelas Penha y Alemao en la zona norte de la ciudad, una zona de fuerte concentración de población pobre. Son dos conjuntos de favelas que superan los 150 mil habitantes, con una enorme densidad de población.
Como organizaciones sociales e individualidades, denunciamos que la represión policial administrada por el gobierno de turno cobró una vida: la del compañero del hip hop, conocido como Trvko. Además, dejó varios heridos y a otro joven con el cerebro destrozado, actualmente en coma.
La policía negó inicialmente que el asesinato, registrado en videos, fuera cometido por un agente encubierto del grupo Terna. Sin embargo, tras las evidencias, el propio jefe superior de la Policía Nacional reconoció que el responsable sí era un policía, perteneciente a la División de Investigación Criminal, aunque intentó justificarlo diciendo que “no estaba dentro de la planificación del operativo”, sin ofrecer más explicaciones.
Comenzando con el derrocamiento del presidente de Sri Lanka en 2022 y el levantamiento de 2024 en Bangladés, una nueva efervescencia revolucionaria ha comenzado a extenderse por todo el mundo, cobrando impulso con el levantamiento en Indonesia en agosto de 2025 y la insurrección en Nepal en septiembre. Desde entonces, han estallado intensas protestas en Perú, Filipinas, Madagascar, Marruecos y otros lugares. Para comprender mejor las diferentes formas que está adoptando esta ola de actividad en distintas partes del mundo, hemos hablado con dos participantes del movimiento Gen Z 212 en Marruecos.
En Nepal, un movimiento de protesta a principios de septiembre de 2025 se convirtió en una insurrección espontánea en respuesta a la violencia policial, que culminó con el incendio del parlamento y de una serie de oficinas gubernamentales, comisarías, sedes de partidos políticos y mansiones de políticos. En un día y medio, el primer ministro Khadga Prasad Oli había huido y el gobierno se había derrumbado. Pero derrocar a un gobierno es solo la primera etapa de una lucha mucho más larga; en medio de estos disturbios, monárquicos, neoliberales y radicales compiten por determinar el futuro de Nepal. Para comprender mejor los antecedentes de la insurrección y su dinámica interna, entrevistamos a Black Book Distro, un colectivo anarquista y biblioteca de Katmandú.
En los últimos años, Marruecos y algunos de sus socios más cercanos han intentado impulsar la idea de que el Frente Polisario, representante legítimo del pueblo saharaui, es una organización vinculada al terrorismo. Se trata de una afirmación peligrosamente manipulada, destinada a deslegitimar la lucha de un pueblo ocupado, y que choca frontalmente con los hechos históricos, el Derecho Internacional y el sentido común. A continuación, en este trabajo de Victoria G. Corera recopilamos todos los argumentos y hechos que desmontan por completo esta acusación.
Más de 1000 personas han sido ejecutadas en Irán en lo que va de año, han denunciado expertos de las Naciones Unidas. Según Iran Human Rights, es la cifra más alta en los últimos 30 años. IHR, con sede en Noruega, contabiliza y verifica las ejecuciones en Irán a diario. La organización se queja de la ausencia de reacciones internacionales ante esta barbarie.
IHR ha afirmado que sus cifras son “un mínimo absoluto”, y que la cifra real probablemente sea mayor “debido a la falta de transparencia y las restricciones a la información”. En Irán, las ejecuciones se llevan a cabo actualmente mediante ahorcamiento, aunque en el pasado se emplearon otros métodos. La mayoría se llevan a cabo en prisión, aunque ocasionalmente se realizan ahorcamientos públicos. Según las organizaciones de derechos humanos, Irán es el segundo país con mayor número de ejecuciones del mundo, después de China, donde se cree que se ejecutan miles de personas al año, aunque no se dispone de cifras precisas.
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