Archivo de la categoría: Opinión

Sobre el fútbol (y otras reflexiones existenciales)

Ayer mismo, paseando por la capital de este inefable Reino de España en busca de algún evento cultural de interés, no pude evitar cruzarme con un buen número de gentes ataviadas con una camiseta roja adornada con el (para uno, más que rechazable) emblema nacional. Mi estupor me llevó a terminar por enterarme de que estos días se está celebrando un torneo mundial de ese deporte balompédico que tanto furor, en ocasiones adornado con una buena dosis de irracionalidad e incluso violencia física, causa en las masas. Como al que suscribe le resulta ajena la pasión por semejante actividad futbolística, máxime cuando entran en competición las llamadas selecciones nacionales, no pude evitar preguntarme a qué mecanismo alienante obedece el sentirse alborozado cuando un tipo, que supuestamente ha nacido en tierras próximas, introduce una bola en red. El máximo estado de felicidad lo alcanza el aficionado cuando ese grupo de multimillonarios, al que peculiarmente llama compatriotas mediante alguna enajenada conciencia exenta de clase, acaba logrando un sonado triunfo. De acuerdo, uno es un irreductible ácrata algo nihilista, cuya única patria asumible resulta ser el conjunto de esta especie peculiar llamada sapiens en nombre de eso tan denostado llamado fraternidad universal, condición que le empuja a soltar, tal y como reza el título de este lúcido blog, un exabrupto tras otro. Se me dirá, claro, que exagero, que el personal solo quiere disfrutar de un inofensivo rato deportivo adoptando una determinada identidad colectiva mediante una serie de símbolos (himno, bandera…). Pero, yo me pregunto si ese fenómeno de la enajenación patriótica, que a mí me da la gana de denominar así, puede producirse solo de forma momentánea o más bien es algo permanente. Es decir, ¿no se trata acaso del mismo mecanismo que en tantas ocasiones lleva a vestir un uniforme y portar un arma para enfrentarte con el que ha nacido más allá de una artificial frontera? Sí, efectivamente, exagero.

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Pluralidades anarquistas y el anarquismo letal

Dicen que hay muchos anarquismos. Lo he leído cuando ojeo cosas de anarquistas. Hablan en los libros de anarquismo de un erudito chino, de unos aristócratas rusos, de algún francés mojigato…, cada loco con su tema. Pienso «vaaale» y sigo con mis cosas. También me suena de cuando en cuando, que hay muchos anarquistas…, o sea, puntualizo, no que existan en gran número, si no que cada uno tiene su interpretación del rollo, como yo mismo.

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A propósito del criminal «científico» Vallejo-Nágera

Acaban de retirar, transcurrido ya más de un cuarto del siglo XXI, los honores (o algo similar) a Antonio Vallejo-Nágera, el que tiene el grandioso honor de ser considerado “el mengele español”. Efectivamente, este médico y comandante militar puso todo su talento al servicio del fascismo hispano con prestigiosos cargos durante la cruenta dictadura franquista, puede decirse que fue una de las personalidades que se esforzó en garantizar el horror del orden instituido. Que haya tenido que pasar más de medio siglo desde la muerte del genocida Franco, y después de varias décadas de supuesta democracia, para que se anule el “prestigio” institucional de tantas figuras y se insista en lo moralmente evidente, dice mucho de esa pertinaz farsa que fue la Transición y de esas ataduras que sigue teniendo el sistema político, económico y también científico al llamado Régimen del 78. Sin embargo, echemos un vistazo a la historia reciente. Hay que decir que la concepción eugenésica del criminal Vallejo-Nágera, por supuesto una exacerbación ultrarreaccionaria de las tesis de la época, tampoco era una rara avis en la sociedad española. La supuesta ciencia, tantas veces, se ha puesto al servicio de las políticas de Estado para establecer la categoría de lo que no es “normal” y tratar de evitar la “degeneración”, cultural o biológica, de la raza; puede decirse, sin ambages, que en la sociedad contemporánea se ha producido cierta concepción racista de la ciencia. De esa manera, ciertos «científicos» intervienen para prevenir conductas, efectivamente, “anormales” y tratar de que el conjunto de la población acepte el sistema imperante. Para el caso que nos ocupa, el de este inefable todavía hoy Reino de España, y a propósito de este impresentable auge reaccionario actual, esta visión racista tiene mucho que ver con ese horror denominado “hispanidad” (recordaremos cómo este vocablo acabó sustituyendo al de, sencillamente, “raza” y quizá vayamos encontrando esos vínculos con la actualidad).

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El futuro será libre

Maka Makarrita – El Topo

Hubo un tiempo en que la soberanía tecnológica estaba en el centro de nuestras preocupaciones. Lo pienso ahora, escribiendo desde LibreOffice, uno de los pocos vestigios de software libre que siguen resistiendo en mi ordenador, y me da hasta cosica. Teníamos N-1 como red social, guifi.net para conectarnos, Raspberry Pis para cacharrear y jugar. Teníamos hacklabs, install parties y alternativas libres para casi cualquier cosa que quisiéramos hacer. ¿En qué momento perdimos el norte y nos echamos en brazos de Google e Instagram?

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Papa-natismo a rabiar

o del paso por del jefe supremo, de esa institución arcaica, que llaman Iglesia Católica, Apostólica y Romana, por este inefable Reino de España (parejo en cuanto a arcaísmo) es para seguir sorprendiéndose del género humano. Sorprendiéndose y, dejen de leer todos aquellos con la piel muy fina, sumirse en la vergüenza ajena más lamentable. Y no me refiero, que también, a la lamentable sumisión de los poderes públicos dentro de un Estado aconfesional (por otra parte, una especie de oxímoron). Lo más preocupante es, lo habréis adivinado los lectores más avispados de este lúcido blog, el patético papanatismo del personal convertido en masa acrítica y sujeta a una preocupante enajenación eufórica, que deja a un lado los sangrantes problemas del mundo que vivimos, para escuchar a un supuesto líder espiritual, que sencillamente apuntala el statu quo. No debe ser casualidad que el epíteto que tanto me gusta usar a modo crítico se construya etimológicamente con el término papa (perdón por el chiste fácil). Para los ofendidos, recordaremos el significado de papanatas: “Persona simple y crédula o demasiado cándida y fácil de engañar”. Si a eso le añadimos la obediencia debida que reclama una institución reaccionaria y jerarquizada como la eclesiástica, puede que debamos dejar nuestras creencias y susceptibilidades a un lado para empezar a reflexionar un poquito si es que queremos rendir tributo a nuestra condición como especie supuestamente sapiens. En no demasiados años, hemos pasado de un sumo pontífice acusado poco menos que de nazi, aquel Joseph Razinger (Benedicto no sé cuántos) que provocó ciertas manifestaciones en contra, luego a un Jorge Mario Bergoglio (de nombre artístico Francisco), este ya con un talante progre y, ahora, a un tipo creo que estadounidense de origen, que se hace llamar León Catorce. Creo que este fulano, que para algunos representa una continuación del talante progresista del anterior (sin que sepamos muy bien qué diablos quiere decir esto) ha estado cosa de una semana en tierras ibéricas y se le ha prestado suma atención a todas y cada una de las palabras que han salido de su sacra cavidad oral.

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Marjane Satrapi e Irán, morir de tristeza

Acaba de fallecer, “de tristeza” según el comunicado de la propia familia, Marjane Satrapi, autora de la alabada novela gráfica Persépolis. La obra, cuya primera edición aparece justo en el comienzo del tercer milenio, tiene caracteres autobiográficos y nos introduce en la historia de Irán a partir del comienzo del régimen fundamentalista islámico en 1979, cuando Satrapi tiene 10 años. La niña pertenece a una familia de clase alta, progresista y opositora al reinado del Shah de Persia (un sistema autoritario, no lo olvidemos tampoco, apoyado por Occidente), pero acabará comprendiendo que el país ha llevado a cabo una “revolución” para acabar fundando otra dictadura, un régimen integrista perverso. Observamos cómo se impone, entre muchos otros recortes de libertades individuales, a una joven Satrapi con notables inquietudes intelectuales y espirituales, así como una progresiva conciencia sobre la injusticia, el uso del pañuelo como a tantas mujeres. Persépolis, como ya se ha reiterado, es una obra clave, incluso con la forma de un medio usualmente despreciado por algunos botarates como es la historieta, para entender el régimen iraní de los ayatolás, pero también para humanizar y dar voz a sus víctimas. En la actualidad, más de un cuarto siglo después de la aparición del libro y con el país en guerra, las simplificaciones y análisis interesados sobre un Irán ahora en guerra no paran de sucederse. Cuando escuché la noticia de su muerte y ver esos titulares que aludían a la tristeza como causa, y a pesar de aclarar luego que Satrapi había perdido el pasado año al que consideraba el amor de su vida, no podía dejar de pensar en su posible estado de ánimo también por no haber podido contemplar el fin de un régimen terriblemente autoritario y ver ahora a su país de origen bombardeado por Estados Unidos e Israel. Fuera el final de su vida por motivos personales o tal vez por una excesiva conciencia sobre los males del mundo, o puede que por una mezcla de ambas cosas, la noticia me ha revuelto el alma y, una vez más, provoca unas cuantas reflexiones. No obstante, pidiendo disculpas de antemano, antes de ello una pequeña digresión sobre las diferentes actitudes existenciales y la conciencia acerca de los males del mundo.

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Desestupidizar (definitivamente) el anarquismo

En uno de sus últimos artículos (ya muy mayor y deteriorado, falleció por decisión propia en julio del año pasado), Octavio Alberola venía a decir que las y los anarquistas habían sido y son los únicos, al menos sobre el papel, que han luchado contra toda forma de dominación. De esa forma, han querido sacar pecho y mostrarse como los verdaderos seres, valga el cierto neologismo, indominantes. Pero, ¿esto es verdaderamente así o, a menudo, las y los anarquistas nos mostramos igual de papanatas y tarambanas que el resto de la humanidad? Lo que el bueno de Octavio quiso evidenciar, si es que lo entendí bien, es que los ácratas en la actualidad no se mostraban a la altura de lo que pretendían ser: orgullosos sapiens inmunes a cualquier suerte de dominación. Para ello, aludía a alguna forma de déficit en la evolución del aparato cognitivo, lo cual me introduce en la teoría de cierta amiga que, visto lo visto en la deriva de la humanidad, sostiene que hay en marcha toda una involución intelectual. En otras palabras, que los que se han querido ver inmunes a la dominación, resulta que son tan vulnerables como el que más a la falta de reflexión y de autocrítica, lo cual efectivamente es un buen terreno abonado, no ya para evolución alguna, sino para cierto deterioro cognitivo. Así, se critica con fuerza las instituciones coercitivas, como son las del Estado, y se denuncia la sumisión que gran parte del personal realiza a la autoridad instituida, mientras que se obvia que es posible que los anarquistas, y sus organizaciones, reproduzcan esos mismos mecanismos que promueven la docilidad y la subordinación. Incluso, de forma más perversa, ya que insistiré en que la retórica libertaria habitual alude a una encomiable resistencia permanente ante el poder. Me sumo a lo expuesto por Octavio, es más necesario que nunca reconocer esta gran contradicción en el movimiento anarquista, ese deseo frustrado de venir a ser una especie de seres altamente evolucionados incapaces de someterse a la dominación (ser auténticamente indominantes, algo que se me antoja un poquillo utópico). De lo que no estoy tan seguro es que ello se produzca por alguna suerte de evolución cognitiva, ya que si para nada creemos a estas alturas en una finalidad de la historia de la humanidad, dudosamente vamos ahora a confiar en que la mente del sapiens esté sujeta a una fase superior en el futuro. Es más, y aunque todavía existen muchos interrogantes al respecto, desde mi nada modesta opinión pienso que no somos al comienzo del tercer milenio (me refiero a lo que se denomina nuestra era, signifique eso lo que signifique) un animal demasiado diferente a ese que produjo una especie de revolución cognitiva entre los primates hace cosa de 70.000 años.

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Inicuos relatos históricos

La existencia de un elemento como Isabel Díaz Ayuso (presidenta de la Comunidad de, ya sabéis, la capital de este inefable Reino de España) encabezando un sistema político, ya de por sí perfectamente susceptible de una crítica feroz, nos hace preguntarnos hasta qué punto hemos llegado en un sociedad a nivel intelectual y moral. Hasta qué punto ínfimo, claro, no hace falta aclararlo para las mentes bien oxigenadas. Un ejemplo más, de los muchos, del nivel de esta señora es la visita esperpéntica que ha realizado a México sin estar muy claras sus intenciones más allá de hacer el ridículo y, finalmente, victimizarse engañando por doquier. Todo parece valer, a día de hoy, en la lucha por conquistar o afianzarse en el poder. En España (este indescriptible país), sabemos muy bien de la falta de memoria histórica, aunque hay que reconocer que es un terreno este proclive a la relatividad; es decir, cada individuo o colectividad tiene su propio sentido de lo que desea recordar, así como está dispuesto a abrazar uno u otro sentido relato histórico. Por supuesto, debería haber un consenso de hechos objetivos, al margen de las simpatías de cada uno, lo mismo que debería haber un reconocimiento del otro, al que a menudo se desprende de humanidad, como actor dentro de la historia. Cada nación posee su propio relato, a menudo mítico e inicuo, que le otorga cierta legitimidad y promueve entre los llamados patriotas un cuestionable sentido de orgullo por algo tan banal como un factor geográfico y cultural. Uno, ácrata y cosmopolita hasta los tuétanos, solo puede observar esa especie de pertenencia tribal como un perverso factor enajenante para esta especie peculiar que llamamos sapiens. Esta abstracción que denominamos nación, detrás o delante de la cual se encuentra el poder político de una minoría llamada Estado, genera identidades tan malévolas como para que los jóvenes acaben vistiendo un uniforme (por fuera y por dentro) y sean empujados a enfrentarse al que se encuentra más allá de una artificial frontera. El espíritu nacional, no nos engañemos, ha sido fomentado a diestra y siniestra por todos aquellos que aspiraban a conquistar el poder. En este inenarrable Reino de España, con una considerable historia de conquista a nivel histórico, el relato nacional ya traspasa todos los límites morales e intelectuales.

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El País, medio siglo (de ignominia)

Si el año pasado, hubo que sufrir ciertas celebraciones, o no sé muy bien qué, sobre la supuesta llegada de la democracia a este bendito país tras la muerte del dictador, es ahora el diario adalid de la progresía el que cumple su medio siglo de existencia. Y hay que dejarlo meridianamente claro, al respecto, los fastos producen no poca vergüenza ajena para todo aquel que tenga bien oxigenada la conciencia. No seamos ingenuos, no es que esperaramos que el llamado cuarto poder se mostrara mínimamente autocrítico, especialmente si hablamos del que es el grupo mediático más fuerte en este inefable Reino de España. Efectivamente, el diario El País nació en 1976 y, seguramente, no hay ningún otro factor que represente mejor lo que constituyó ese fraude llamado Transición a la democracia. Hagamos algo de memoria, eso tan necesitado en la actualidad, bien aderezada de un poquito de decencia y moralidad. Uno de los fundadores del diario fue José Ortega Spottorno, hijo del filósofo Ortega y Gasset, que a pesar de su supuesta condición liberal y laica acabó unido militarmente al bando reaccionario golpista y después, por supuesto, hizo fortuna en el régimen del genocida Franco. Spottorno era un editor de prestigio, había dado continuidad a la Revista de Occidente de su padre, un hombre bien visto por los sectores más abiertos de la dictadura franquista. Pero, quizá no es tan conocido que otro de los promotores, y por supuesto futuro accionista, de El País fue el ministro franquista Manuel Fraga Iribarne. Y fue el fundador de ese engendro posfranquista llamado Alianza Popular el que puso como director del diario a Juan Luis Cebrián, director de los servicios informativos de la franquista Televisión Española e hijo de un veterano y muy influyente falangista miembro de la Jefatura de la Prensa del Movimiento. Con estos sencillo datos, vemos cómo se estaba gestando la alabada transacción, el paso de una dictadora a una democracia con cierto lavado de cara político y mucha continuidad en todo lo demás. Cuando se publica el primer número de El País, en mayo de 1976, Manuel Fraga era ministro de gobernación de la Monarquía sucesora de Franco en la jefatura del Estado con un tipo tan sinvergüenza como Juan Carlos de Borbón (permanentemente alabado por el diario a pesar de sus latrocinios y escándalos diversos), mientras que solo quedaban dos meses para que fuera nombrado presidente del Gobierno otro tipo que se acostó franquista y se levantó demócrata, Adolfo Suárez. La prensa del momento, con El País a la cabeza, acompañó muy bien todo el proceso transicional en base a un supuesto miedo a la regresión al autoritarismo y a un mucho de intereses de todo tipo. El relato de que El País nació de un grupo de subversivos demócratas solo esta disponible para mentes biempensantes no sobradas de excesiva comunicación interneuronal. Una vez más, recordemos que PRISA, poderosa editora del periódico, fue creada en 1972 por miembros de la burguesía franquista y con el visto bueno institucional de la dictadura; poseía ya todos los medios a su alcance, junto a un numeroso accionariado de personas con (muchos) posibles, para el futuro proyecto de un diario moderno y liberal, no era en absoluto la aventura incierta de un grupo de precarios jóvenes como tantas veces se ha querido vender.

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Reaccionaria nostalgia por el pasado, involución intelectual y otros desvaríos

Resulta estremecedoramente peculiar que tantas personas aludan una y otra vez a los malos tiempos que vivimos, algo que por supuesto nadie discute, pero lo hagan apelando a un supuesto pasado más benévolo. Eso se traduce en la recurrente frase, digna de toda suerte de parodias, «cualquier tiempo pasado, fue mejor». ¿Acaso eso significa que gran parte de la humanidad son una panda de reaccionarios sin remedio? Veamos. Cierto es que, a nivel social y económico, el hecho de darse una tras otra toda suerte de situaciones social y económicamente peliagudas es como hacerse mirar el sistema en que vivimos. Pero, que yo recuerde el condenado capitalismo este, en perfecta armonía con la clase política, siempre ha encadenado una crisis tras otra; espero que eso no nos haga volver al feudalismo explícito, que ya suficiente explotación tenemos con la actual. Sobre los conflictos bélicos, cierto es que ahora mismo hay un aparente demente, gobernando la principal potencia del mundo (entre otros de otras potencias), que ha iniciado sin ningún escrúpulo guerras cuyas estadísticas con víctimas civiles parecen importar cada vez menos. Sin embargo, repasemos el pasado reciente y con poderosos gobernantes, quizá no tan histriónicos ni irrisorios, pero con el mismo nivel de iniquidad, se ha mantenido igualmente la actividad bélica. Por no hablar de conflictos de todo tipo, quizá no tan mediáticos, ni que afectan tanto a nuestro bolsillo, que se mantienen activos desde hace infinidad de tiempo. Sobre regímenes abiertamente perversos, con los que algunos hipócritamente pretende acabar echando gasolina al fuego, llevan existiendo desde hace infinidad de tiempo y las supuestas democracias han negociado con ellos cuando les ha convenido. Si nos referimos a lo político en este inefable país llamado Reino de España (por cierto, ¡repasemos la nada idílica tradición de los borbones!), el asunto este nostálgico sobre un pasado supuestamente mejor llega a tal nivel de despropósito, que algunas personas consideran que los dirigentes de los partidos no tienen ni punto de comparación con los de hace décadas, en concreto con esos prohombres bondadosos que trajeron la democracia hace casi medio siglo.

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