En la calle, mezclados para resistir a una infamia institucionalizada. Que desprecia y agrede a su pueblo, con cada medida. Y que después acusa a ese mismo pueblo de delincuente y terrorista. Y le manda a los tipos que apuntan. Al que dispara y mira a los ojos. Al que se ríe y disfruta. Más de 2.000 millones se gastaron en la represión de los miércoles en 2025. Mucha inversión para azotar a hombres y mujeres de más de 70.
El tipo apunta. Mira a los ojos cuando apunta. A la cara de aquel al que está midiendo.
El otro se ríe cuando apunta. Disfruta cuando dispara. Le encanta la adrenalina de salir a la calle a hacerlos correr. A esos que no tienen su sangre ni su piel. Que son otros, aunque después, en la vida pesada y escasa de todos los días, hasta se crucen en la calle, en la dura lucha de todos los días aunque sin el fierro contra el bastón, sin el gas contra la carrocería de los huesos flacos, sin el hidrante contra la consigna en la remera.
En los últimos años hemos asistido a un auténtico boom de los superhéroes, que se ha traducido sobre todo en el estreno constante de taquillazos cinematográficos, pero también en la proliferación de series, videojuegos, y la plaga omnipresente del merchandising. Es probable, sin embargo, que el éxito en taquillas no sea proporcional a su verdadera repercusión social, mucho más modesta en la actualidad que aquella de la que gozaron los héroes de tebeo en otros momentos históricos. A menos que tomemos en consideración la influencia que los superhéroes ejercen sobre ciertos tecnomagnates con delirios de grandeza, que dicen sentirse inspirados por personajes del universo de las capas y los antifaces. Cualquiera que sea el caso, resulta evidente que esta nueva fiebre superheroica cabalga sobre los productos audiovisuales, especialmente en aquellos provenientes de las casas editoriales Marvel y DC comics, que por un lado siguen explotando hasta la extenuación a las franquicias insignia de sus respectivos universos, y por el otro han sabido exhumar personajes de segunda línea que parecían condenados al olvido universal.
No pocos medios y escritores, se empeñan en definir lo de Argentina como el primer gobierno anarcocapitalista de la historia. Es posible que el evidente oxímoron sea solo un intento de atraer una audiencia poco esforzada intelectualmente. Lo que propugnan esos pseudolibertarios, supuestamente partidarios de un capitalismo sin barreras, debería suponer el fin de las instituciones coactivas del Estado. Obviamente, no están en contra de la explotación (sinónimo de acaparación de los medios de producción en manos privadas, digo yo), pero tampoco de la coacción más evidente, ya que se producirían fuerzas policiales también privadas multiplicadas por mucho. En otras palabras, una falacia como la copa de un pino, ni el inicuo Milei va a desmontar totalmente el Estado, más allá de simplemente recortar todo lo que pueda en cuanto a protección social, ni los llamados anarcocapitalistas tienen un mínimo asomo de sinceridad más allá de alguna conferencia en YouTube atractiva para los que tengan poco contacto con el mundo real. Lo que pretende todo esta caterva de ultraliberales pseudolibertarios es solo una exacerbación del terrible mundo político y económico en que vivimos. Ni siquiera esa estupidez del minarquismo resulta demasiado verosímil, ya que el Estado en los que es, con su propia lógica de dominación al margen de que sus instituciones sean más o menos extensas y de que acepte ciertas libertades formales para preservar los intereses de la élites económicas.
Quién le iba a decir a este lúcido escribidor, hace bastantes meses, cuando puse negro sobre blanco aquella indignante mistificación libertaria que no parece tener fin a día de hoy, que alguien tan grotesco como Javier Milei iba a acabar convertido en presidente de la República Argentina. No solo eso, sino que ha sido la máxima estrella, en la capital de este inefable Reino de España, en esa misma donde prolifera la libertad a poco que uno se descuide, en esa reciente convocatoria por parte de Vox a lo más granado de la reacción internacional. ¡Y eso que, hace bien poquito, uno se preguntaba, con un tono no exento de sarcasmo, si de verdad existía eso que llaman ultraderecha! No creo que haga falta presentar a los peligrosos botarates que integran eso llamado Vox, una mera escisión del Partido Popular dentro de un indescriptible país donde derecha y extrema derecha se confunden. Valga solo recordar que este repulsivo evento, que acaba de tener lugar ante la mirada estupefacta de cualquiera con un mínimo de decencia, ha recibido la peculiar denominación de Europa Viva. Parece claro que con eso la ultradiestra hispana deja claro que desean sacar tajada, en la inminente convocatoria electoral, para ocupar poltrona en las instituciones del viejo y mezquino viejo continente.
El triunfo de un tal Javier Milei (o casi), en las elecciones argentinas, nos trae más confusión política a una época no precisamente proclive a la activación de las neuronas. Hasta el tremendamente izquierdista diario El país es capaz de tildar de «libertario» a quien no es más que un vulgar, mezquino y oportunista (ultra)liberal; desgraciadamente, algo que no exime al periódico español, la propia fuerza política que encabeza este elemento se viene a llamar Partido Libertario y no pocos medios en el mundo tienen la poca vergüenza de tildar a Milei, incluso, de anarquista. Al margen de la distorsión terminológica, a la que ha ayudado no poco la estolidez presente en las redes sociales, podríamos estar tentados de calificar a esa masa de argentinos, que ha votado a semejante elemento, de papanatas y borregos. No lo haremos, ya que en este inefable país llamado reino España también tenemos lo nuestro a la hora de introducir el papelito en la urna, y pondremos todos nuestros esfuerzos en tratar de arrojar un poco de luz a semejante esperpento.
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