Resulta incomprensible que haya quien no se alegre del fin de una dictadura en cualquier lugar del mundo, con seguridad, solo inicuos botarates amantes de políticas autoritarias centralizadoras. En el caso que nos ocupa, en Siria, de más de medio siglo, y con una guerra que ha durado la friolera de 13 años. El que estaba al frente del régimen autocrático, Bashar Al Alshad, se encuentra al parecer refugiado en Rusia, mientras salen a la luz los enormes crímenes, además de la falta de libertades que ha sufrido la población siria, cometidos durante ese periodo. Dicho esto, resulta incierta la situación ante lo que representa la fuerza que entró en Damasco tras la caída, la denominada Hayat Tahrir al-Sham, ya que se ha señalado su naturaleza islamista, y que ya ha anunciado que no tardará en formar gobierno. Las diversas potencias extranjeras, monstruosos Estados-nación con aspiraciones imperalistas (todas nocivas) siempre han tratado de influir en Siria; si Al Assad tenía aliados tan poderosos como Rusia e Irán, la cosa ahora ha cambiado radicalmente y la fuerza que puede finalmente encabezar el Estado tiene a Turquía, que parece que quiere resucitar el imperio otomano, como uno de sus principales socios. Erdogan, inicuo presidente turco, ha sido uno de los azotes del pueblo kurdo, que ha llevado a cabo una encomiable revolución en el noreste del país conocida como Rojava.
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