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Autoayudas (y otras distorsiones)

Dijo aquel filósofo, tan influyente en la modernidad para bien y para mal, que la creencia religiosa venía a ser «el consuelo de los afligidos». No puedo estar más de acuerdo. Dejemos claro que semejante aseveración poco o nada aporta sobre lo benévolo o no de la religión, ya que la misma vendría a ser una consecuencia de los males terrenales. Si a las carestías materiales o físicas, se une el miedo, la inseguridad y las promesas de una existencia mejor, más acá o más allá, el despropósito viene a ser mayor. En la actualidad, al menos en las sociedades mal llamadas desarrolladas, la carestía material está habitualmente mezclada con todo suerte de malestares físicos y psicológicos, lo cual empuja a que gran parte del personal abrace sin pudor las más variopintas y descabelladas creencias, teorías, doctrinas y terapias. Al parecer, las crisis de todo tipo que nos depara este maldito sistema ha hecho que los libros llamados de autoyuda aumenten sus ventas de forma notable. Para que luego digan que la gente no lee. El problema, por supuesto, al menos en este caso, no es la falta de lectura. El problema es que… ¡madre mía, qué lecturas!

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Anarquismos. El especifismo

Laura Vicente
Historiadora, forma parte de la redacción de Redes Libertarias. Anarquista alérgica a la ortodoxia y amante de la libertad

Hace años que acostumbro a usar el plural para referirme al anarquismo, corriente política que no soporta el singular puesto que su realidad es, y ha sido, diversa y plural. Por tanto, esta reflexión no excluye ninguna manera de entender los anarquismos, aunque si se posiciona en una manera de interpretar las formas organizativas, la acción y la teoría, así como la manera en que estas dos últimas se imbrican.

El anarquismo especifista, corriente sobre la que quiero reflexionar, no es una corriente nueva puesto que la podemos detectar en planteamientos plataformistas que tuvieron su recorrido en el siglo pasado y que han sido, y son, reinterpretados y readaptados en diversos momentos y lugares hasta la actualidad.

El «plataformismo» tiene su origen en la temprana crítica al régimen bolchevique por parte de los anarquismos en cuyo seno no faltaron puntos de vista diversos sobre el modelo organizativo a seguir.

Fue Piotr Archinov, exiliado en Berlín, quien fundó en 1922 un grupo formado por anarquistas rusos en el exterior para, trasladados a París, tres años más tarde, empezar a publicar el periódico Dielo Truda. En este contexto, anunció en 1926 la Plataforma Organizativa, según la cual los males del movimiento estribaban en su desorganización, la vaguedad de sus posturas políticas y la ausencia de responsabilidad. La única esperanza para revitalizar el anarquismo residía en llevar a cabo una unión general de anarquistas, con un comité ejecutivo que coordinara la línea política y la acción; además debía interpretar correctamente el principio del individualismo y apostar por la responsabilidad colectiva. La gran mayoría del movimiento anarquista se opuso a la Plataforma.1

Pretendemos tan solo una aproximación al anarquismo especifista puesto que en las readaptaciones actuales encontramos ciertas diferencias cronológicas y geográficas en las que no podemos entrar porque no es nuestro objetivo analizar cada una de las versiones de esta corriente dentro de los anarquismos. Hemos dedicado, no obstante, bastante atención a los textos de Felipe Corrêa,2 de la Federação Anarquista do Rio de Janeiro (FARJ), organización que trajo de la Federación Anarquista Uruguaya (FAU) el término «especifismo», que hacía referencia a dos aspectos fundamentales que marcaban la acción anarquista: la organización y la inserción social.

La idea de constituir una organización anarquista no es tampoco novedosa ni excepcional puesto que cuando hay anarquistas que se reúnen para lograr objetivos, hay organización (sea a través de colectivos, de revistas o periódicos, de radios libres, de editoriales, de ateneos, etc.). Sin embargo, este tipo de organización no es en la que piensa el especifismo puesto que consideran que esas organizaciones son excesivamente diversas, múltiples, incoherentes e indisciplinadas. Su modelo organizativo se basa en un grupo cohesionado, o «minoría activa», que para alcanzar sus objetivos necesita responsabilidad y compromiso militante. La «autodisciplina es el motor de la organización», dice Corrêa.

La organización debe plasmar de forma clara y bien definida cuáles son sus objetivos, que diseñarán un planteamiento estratégico que marcará la pauta de la organización. Pero la unidad teórica está incompleta si no le acompaña un planteamiento táctico que marque las acciones a desarrollar para lograr los objetivos estratégicos. Así lo señala Corrêa: «[…] para la realización de cualquier actividad en una organización, debe haber una discusión previa, un planeamiento estratégico que se desdoble, en un planeamiento táctico, con las diversas acciones que la organización realizará».

Este planteamiento tan occidental difunde, desde mi punto de vista, un mesianismo revolucionario de otro tiempo (segunda mitad del siglo XIX y primer tercio del siglo XX), según el cual las ideas y conceptos deben dirigir las acciones situadas. De ahí que para llevar a cabo cualquier actividad deba haber una «discusión previa», que hoy se realiza a través de seminarios y cursos de «Economía Política Socialista Libertaria» restringidos a militantes de la organización. De estas «discusiones/formaciones» sale la estrategia que la «minoría activa» organizada (difícil no pensar en términos de vanguardia) es capaz de ver en su totalidad, mientras que quienes habitan en las realidades concretas, solo ven las partes. Es el clásico paradigma de la izquierda de que se puede leer toda la situación y la orientación que se debe tomar.

Este planteamiento es difícil que se pueda narrar (quizás justificar) sin una secuencia de causalidad que configura una idea lineal del tiempo bien conocida: pasado (en el que hubo opresión), presente (hay lucha por la liberación) y futuro (la liberación conducirá a un nuevo orden). El final está, de algún modo, contenido en el comienzo. El único propósito de la acción política, por tanto, es producir algo que pueda ser previsto o planeado estratégicamente por anticipado. Este continuum temporal hace mucho que ha sido cuestionado, al igual que la tendencia a justificar lo particular, el acontecimiento, en términos del lugar que ocupa en un proceso que lo incluye todo.

Le Libertaire del 3 de diciembre de 1953. Foto: Fonds d’Archives communistes libertaires. CC BY‐SA 2.0.

Pura Modernidad trasnochada cuya lectura historicista, que legitima o deslegitima los movimientos según su participación o no, en el sentido de la historia. Otras corrientes anarquistas, con las que me siento cómoda, se desembarazan de ella con mayor o menor acierto. Cuantas huelgas, ocupaciones de fábricas, sublevaciones populares o insurrecciones locales fueron sacrificadas, abandonadas o incluso aplastadas en nombre de la razón superior de la vanguardia que sabía por donde pasaba la caprichosa trascendencia revolucionaria. No era bastante con que un combate fuera justo para que fuera válido para el juicio de la historia.

Igualmente, las revoluciones se vieron sujetas al modelo de sociedad que se aspiraba a construir (de ahí que las denominemos revoluciones modelizadas) que condicionó los pasos que se dieron más que la realidad que se vivía. La revolución se concebía como un desplome de la vieja sociedad, de ahí el mito de la «gran noche», o de «ir a por el todo», y se representó con contenidos heroicos y épicos. Se trata de una revolución en masculino, ellos son el sujeto de la revolución, ellos la protagonizan y ellos la relatan e interpretan a posteriori.

La revolución de 1936 es un ejemplo de revolución modelizada y un ejemplo de cómo fue leída a la luz de una teleología en la que unos y otros consideraban que no era el momento de la revolución. El PCE/PSUC guiado por el estalinismo desde la URSS consideró que el momento era el de los Frentes Populares como fórmula organizativa para luchar contra el fascismo. En esa estrategia no cuadraba una revolución, y menos si era anarquista, así que persiguió, mató, encarceló, desmanteló a quienes impulsaban dicha revolución (Movimiento Libertario y POUM) y sus realizaciones prácticas (las colectividades, pero no solo). Se aplastó una revolución ya que la vanguardia esclarecida sabía por dónde iba la historia en ese momento. Un representante del especifismo que sigue siendo reivindicado en la actualidad: Georges Fontenis fue más lejos y llega a escribir que «[…] el comportamiento del Movimiento español [de 1936‐1939] socavado por la ausencia de tesis doctrinales sólidas y verificadas por los hechos, sólo podía conducir a la derrota».

No podemos olvidar, sin embargo, que, pese a ser contrarios al vanguardismo, las elites dirigentes de CNT y de la FAI también consideraron que no era el momento de la revolución, que no era el momento de «ir a por el todo», y fueron un lastre para las bases que actuaban en otra dirección.

Otro aspecto importante en mi manera de entender el anarquismo con el que me puedo identificar (no tiene nombre, aunque T. Ibáñez ha utilizado los términos de anarquismo «postfundacional» o anarquismo «no fundacional», que no me acaban de emocionar) es la relación entre teoría y práctica. Siguiendo con T. Ibáñez, me emociona y me afecta mucho más que los anteriores conceptos el de anarquismo «existencial», incluso «vivencial», un componente del anarquismo que pesa más en unas corrientes que en otras, pero las caracteriza a todas (o a casi todas). El anarquismo se entiende como «sublevación espontánea de la vida contra la dominación (…) y como conformación de su propia existencia en contra de la dominación».3

En esta manera existencial de entender el anarquismo que tan bien encaja con mi vivencia del feminismo anarquista, siempre va primero la acción, y siempre bajo condición de una acción que despliega una nueva potencia cuando un funcionamiento o una situación anteriormente tolerados se vuelven insoportables. Volviendo a 1936, se olvida que hubo otra revolución dentro de la revolución modelizada que protagonizaron las mujeres excluidas por sus propios compañeros. Una revolución sin modelo previamente determinado, una revolución de la que no se consideraron sujeto político, concepto, por otro lado, que es una ficción de la Modernidad patriarcal que supone algo que ellas no tienen: una teoría de la soberanía, una representación del poder y un relato individualista acerca del sujeto y de su autonomía. No fue una revolución con tintes heroicos, ni épicos, fue una revolución silenciosa, subterránea, humilde. Naturalmente, tampoco la han relatado apenas más allá de la revista Mujeres Libres (1936‐1938) y algunos libros posteriores.

Esta experiencia y otras muchas posteriores nos llevan a pensar que es inútil, volviendo al anarquismo especifista, esperar la información adecuada, la discusión política e ideológica avanzada que configure una estrategia bien definida que vaya a hacer emerger la situación capaz de despertar la acción del pueblo o de cualquier otro sujeto. Ninguna teoría ha transformado nunca la realidad.

Es muy característico del pensamiento dualista occidental considerar que el pensamiento debe ser anterior al actuar. No despreciamos las ideas puesto que son algunas de las fuerzas que participan de la situación, pero no compartimos que dirijan la resultante. Decía Václav Havel que:

«Todos los eventuales cambios del sistema, de los que podemos vislumbrar su embrión. Han ocurrido siempre de facto y “desde abajo”, en cuanto que era la vida cambiada la que los imponía y no eran ellos los que precedían a la vida y la orientaban a priori por alguna dirección».4

Havel rechazaba rotundamente, por vivir una «vida en la apariencia» comunista, el papel mesiánico de una «vanguardia» social cualquiera, como si fuera la única que sabe, y mejor que nadie, cómo están las cosas y cuya tarea consiste en «sensibilizar» a las masas inconscientes. Esta sensibilización me recuerda a la llamada «inserción social» de la que habla el especifismo, aspecto táctico que es muy característico de esta corriente. Según este planteamiento esa organización anarquista formada por un grupo cohesionado y activo tiene como objetivo actuar en el ámbito de las luchas de clase y movimientos sociales para influirlos y persuadirlos de la estrategia previamente definida.

Conocemos una experiencia en esta dirección que conviene no olvidar. Me refiero a la creación en 1950 de la Organisation Pensée Bataille (OPB), organización anarcocomunista clandestina que operó en el interior de la Federación Anarquista francesa (FA) y cuyo objetivo era imponer una línea política única y una organización fuerte y disciplinada, es decir, «una verdadera organización revolucionaria». Tuvieron éxito puesto que en 1953 la FA cambió de nombre, convirtiéndose en Federación Comunista Libertaria (FCL) y asumiendo gran parte de los planteamientos especifistas que defendía un personaje tan controvertido como Fontenis. Al año siguiente aquellas personas disconformes con los planteamientos asumidos por la FCL elaboraron un Memorándum del Grupo Kronstand, que había abandonado la FCL y que criticó la existencia de la OPB, auténtico partido político, y sus tendencias autoritarias y leninistas.

Entre los planteamientos especifistas también cabe señalar su afirmación de que dadas las escasas fuerzas propias será preciso colaborar con organizaciones no anarquistas para conformar lo que se denomina como «poder popular» (¿quizás algo similar a los «frentes populares» antifascistas de los años 30 del pasado siglo?). La idea de articular las tramas de resistencia, es decir, la articulación de prácticas (denominada también como «confluencia de luchas») siempre diversas, puede conducir a sacrificar los puntos concretos de sus luchas en favor de hipótesis abstractas. La organización, cuando piensa y decide desde criterios exteriores a las luchas concretas, cuando se eleva por encima de las situaciones efectivas y calcula desde hipótesis abstractas, «se vuelve contra lo organizado».

¿Y qué consigue, en nombre de una supuesta eficacia?

Dice Amador Fernández‐Savater que organizar, de ese modo, es sinónimo de reducir, recortar, someter lo diverso a partes de un todo, someter lo que no encaja en la forma establecida solo puede hacerse a través de algún tipo de elemento trascendente como la ideología, el relato o la identidad.5 En la misma línea, Miguel Benasayag y Bastien Cany señalan que no hay que ceder al dogma ingenuo de la convergencia de las luchas, siempre voluntarista y agregativa. No se puede renunciar a la singularidad de nuestras situaciones. El común existe siempre en la intensividad de los paisajes que nos constituyen, y no en la búsqueda de una unidad extensiva, ordenada desde el exterior.6

Por último, no soy contraria a la responsabilidad y el compromiso militante, pero me genera desconfianza y cierta alarma los llamamientos a que el mecanismo organizativo debe funcionar de forma perfectamente disciplinada y con coherencia incuestionable. Es un lenguaje que parece implicar una querencia a las mayorías, al orden, a la disciplina, al dualismo minoría/masas y a los sacrificios militantes que nos retrotrae a un tiempo en el que imperaban «valores revolucionarios» hoy caducos.

Si, por el contrario, vinculamos la responsabilidad a la ética anarquista, principio aplicable de valores que toman en cuenta los intereses colectivos para definir los principios de conducta, podemos encontrar coincidencias. No obstante, el compromiso y la responsabilidad entendida desde lo vivencial no tiene nada de personal, no se pueden contemplar las situaciones desde la exterioridad, hay que explorarlas desde la interioridad de las situaciones que nos constituyen y que tejemos con los otros.

Y concluimos. Un programa global siempre disciplinará la realidad y no concuerda con el anarquismo tal y como lo entendemos desde diversos sectores anarquistas. Deberíamos aceptar la pluralidad, la diversidad, el carácter nómada, efímero y precario de las luchas, no es algo negativo sino todo lo contrario. Estaría bien que nos centráramos en construir prácticas de las que pueda surgir un imaginario capaz de invertir las tendencias hegemónicas dentro de nuestras vidas situadas y territorializadas. Las luchas se producen siempre en lugares concretos y es ahí donde interrumpen el funcionamiento de la dominación. Hacer organización se hace siempre que hay una lucha, por humilde que pueda parecer, puesto que se dota de las herramientas que precisa y que nunca serán las mismas que otras coetáneas o que se produjeron en el pasado. Eso no quiere decir que no nos sirvan las otras luchas como experiencias valiosas que transitan como saberes que tejen afinidades. Las ideas, como un componente que se entrelaza con las prácticas, no las concebimos como discursos homogéneos y cerrados sino abiertos e integradores.

La revolución está en el aquí y ahora para transformar lo que no consideramos aceptable. Nuestra ética es la de las disconformes.7

Manifestación en Nueva York (2014). Foto: Stephen Melkisethian. CC BY‐NC‐ND 2.0

  1. Para más información sobre la Plataforma de Archinov: Capi Vidal «La plataforma organizativa y las consecuentes respuestas anarquistas». https://redeslibertarias.com/2025/02/01/la-plataforma-organizativa-y-las-consecuentes-respuestas-anarquistas/. ↩︎
  2. De Felipe Corrêa hemos leído diversos textos: «Crear un pueblo fuerte» en https://es.anarchistlibraries.net/library/felipe-correa-crear-un-pueblo-fuerte. «Anarquismo especifista» en https://es.anarchistlibraries.net/library/felipe-correa-anarquismo-especifista. La entrevista realizada a Felipe Corrêa por parte de Mya Walmsley en marzo de 2022, reproducidas en dos partes en Regeneración Libertaria y otras páginas web. ↩︎
  3. Tomás Ibáñez (2022): Anarquismos en perspectiva. Barcelona, Descontrol, p. 63. ↩︎
  4. Václav Havel (2013): El poder de los sin poder. Madrid, Encuentro, pp. 104 y 108. ↩︎
  5. Amador Fernández‐Savater, «La organización contra lo organizado (la maldición de Jan Valtin)». Redes Libertarias web, 18 de marzo 2025. ↩︎
  6. Miguel Benasayag‐Bastien Cany (2024): Contraofensiva. Actuar y resistir en la complejidad. Buenos Aires, Prometeo, pp. 120 y 124. ↩︎
  7. Además de las referencias ya señaladas me han sido de utilidad para pensar y reflexionar: Linda M. G. Zerilli (2008): El feminismo y el abismo de la libertad. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica. Tomás Ibáñez (2024): Anarquismo no fundacional. Barcelona, Gedisa. Amador Fernández‐Savater (2024): Capitalismo libidinal. Antropología neoliberal, políticas del deseo, derechización del malestar. España, Ned Ediciones. ↩︎

Redes Libertaria entrevista a la editorial Imperdible

Redes Libertaria entrevista a la editorial Imperdible

Redes Libertarias

En nuestro afán por contactar y tejer redes de afinidad con los colectivos y organismos libertarios y anarquistas, nos adentramos hoy en uno de los aspectos más básicos de su trabajo: la edición. Escribir, compartir, editar y difundir han sido siempre un objetivo primordial para el proyecto emancipador anarquista. La editorial Imperdible ha respondido a nuestras preguntas.

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La Brigada (contra) el anarquismo y el socialismo en España (1913-1917): Apuntes históricos sobre la represión policial al movimiento obrero emancipador

Joan Zambrana / CEDALL DIGITAL, noviembre de 2025

La “Brigada del anarquismo y el socialismo”, adscrita orgánicamente al Ministerio de la Gobernación del Estado español, fue uno de los constructos policiales represivos más conocidos y a su vez temidos durante la segunda década del siglo XX. Su actividad policial afectaría gravemente a la libertad de opinión, acción y expresión de los movimientos obreros emancipatorios de orientación anarquista y socialista de nuestro país. Esta Brigada policial, creada formalmente por el gobierno presidido por el político liberal Romanones a principios del año 1913, sostendría su actividad represiva durante un periodo aproximado de cuatro años, apoyada en su desempeño por los diversos gobiernos monárquicos tanto de signo liberal como conservador.  

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Sobre claudicaciones nefastas y actitudes irreductibles

Si, en otras ocasiones ya he aludido a una supuesta involución intelectual de la humanidad, al menos en estas sociedades que se dicen avanzadas. Inevitablemente, hoy tengo que continuar con la cantinela tratando de disipar las tinieblas de la mediocridad enmascaradas con luces navideñas (u otras el resto del año). Así, como parte lógica de ese proceso se encuentran diversos factores sintomáticos, entre ellos una especie de distorsión cognitiva alarmante, la ausencia de pensamiento crítico y la nula presencia de memoria histórica (o, al menos, aunque no sean del todo conciliables, de una memoria y visión histórica dignas). A poco que uno observe a su alrededor, encuentra todo tipo de evidencias sobre ello. Como razonable y razonada explicación, estoy muy de acuerdo con los (parece que pocos hoy los perspicaces) que sostienen que vivimos en una sociedad del espectáculo cada vez más exacerbada. Eso es, el permanente afán por mantenernos entretenidos mediante imágenes, cada vez más sofisticadas gracias a la tecnología, que nos impiden estar en contacto con la realidad. De hecho, mucho ha llovido desde que el bueno de Debord pronunció su lúcida teoría; ahora, es posible, que no solo una capa de imágenes enmascare la realidad, sino varias, unas sobre otras de la manera más estólida posibles. Sea como fuere, es tal vez mucho presuponer que algunos llamados cuestionablemente sapiens demanden estar en contacto con la realidad, o que al hacerlo tengan un comportamiento aceptablemente digno, pero perseveremos en nuestro voto de confianza en la humanidad. Dejaremos para otro momento disquisiciones filosóficas acerca de lo que es real, aunque tengamos claro lo que no lo es, al menos para millones de personas en el mundo que continúan viviendo en la indigencia.

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La inteligencia artificial como artefacto del poder: reseña de El algoritmo paternalista. Cuando mande la inteligencia artificial

Ujué Agudo Díaz y Karlos G. Liberal
Ed. Katakrak, 2019

José Luis Terrón Blanco
Publicado en Redes Libertarias núm.4

Ana Carrasco-Conde (2025) nos cuenta cómo el fallecido pintor Tetsuya Ishida muestra a los seres humanos como robots que las grandes corporaciones montan y desmontan. Pero, siguiendo a la autora, lo que el artista no llegó a imaginar es una tecnología para mejorar al ser humano y sustituirlo: “no comete errores, no se cansa ni enferma, está siempre disponible y, sobre todo, abarata costes”. 

Para Luke Munn (2025), la que llamamos Inteligencia Artificial “es tanto un término de márketing como un conjunto de arquitecturas y técnicas de computación”, con una capacidad enorme de evocar imágenes y, así, mostrarnos cómo debería funcionar la sociedad y cómo debería ser el futuro. Y añade que, en este sentido, “la IA no necesita funcionar para funcionar”. Apoyándose en Bender y Hanna, sostiene que cuando hablamos de IA siempre deberíamos preguntarnos a quiénes beneficia esta tecnología, así como a quiénes perjudica y con qué recursos cuenta. Y nos hace una advertencia capital: “la cuestión aquí no es si los modelos de la IA son racistas, históricamente inexactos o woke, sino que estos modelos son siempre políticos y nunca ajenos a ciertos intereses”.

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Cabreada (a falta de mejor título)

Laura Vicente

Cabreada1 con lo que ha ocurrido en el PSOE en los casos de acoso (laboral y/o sexual) dentro del propio partido. Enfadada con ese me too que parece que se ha detenido (o lo han detenido). Si las personas afines al PSOE se consuelan porque la derecha también parece participar de la epidemia, esto no avanzará o lo hará muy lentamente. Me ocurre lo que, a Pascal Bruckner en el magnífico El buen hijo, que siendo de izquierdas (confieso que cada vez me gusta menos esa manoseada etiqueta), «las únicas estupideces que me indignan son las de la izquierda, las demás me dejan indiferente». Aunque, como ya he dicho, estoy tentada de desertar, prefiero pensar contra mi propio campo y minarlo desde dentro.

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La necesidad de otorgar sentido a un mundo absurdo. Sobre «El extranjero», de Albert Camus

El extranjero, de Albert Camus, publicada en 1942, está considerada una de las grandes novelas de la literatura universal y, a menudo, se la ve como un símbolo del existencialismo de su tiempo. Sin embargo, creo que la obra va mucho más allá de ese lugar común y en la actualidad, con un mundo tan absurdo e injusto como aquel que la originó, y con una adaptación cinematográfica reciente, es más que posible que necesitemos más que nunca fundamentales aportaciones como las de Camus. Es quizá el primer trabajo del autor en el que se muestran esas posturas de carácter filosófico, que se diluyen con la propia narrativa; hay que decir que posee la novela una lectura accesible para cualquier lector, pero con un transfondo complejo y trágico que, incluso conociendo la visión de Camus, puede tener diversas interpretaciones.

El protagonista de la historia, Mersault, en la Argelia colonial de los años 30 del siglo XX es alguien aparentemente normal, más bien gris, que muestra tanta indiferencia, como apatía existencial y moral hacia la vida que le rodea. No parece evidenciar ambición alguna, algo objeto de reproche por parte de su patrón cuando le propone una supuesta vida mejor en París, y se muestra indiferente ante casarse o no con su novia Marie a la que parece no amar. Una existencia anodina en la que no muestra gran decisión o juicio sobre el mundo que le rodea; cumple eficientemente con su trabajo y ayuda a sus amigos cuando la ocasión lo propicia, aunque alguno de ellos sea un impresentable que finalmente le empuja al desastre. Ante el hecho de no poder cuidar de su madre, acabó por ingresarla en un asilo y la historia comienza cuando recibe el anuncio de su fallecimiento; el mostrarse impertérrito en el funeral y entierro, o el hecho de no saber con exactitud la edad que tenía, serán fatales para él como veremos en el juicio, en la segunda parte de la novela, tras los hechos trágicos que le envuelven.

Y es que el azar conduce al protagonista al asesinato de un hombre árabe, producido en cierta medida por las circunstancias, pero sin que se sepa muy bien la motivación concreta y sin que muestre arrepentimiento alguno (más bien, como él mismo dice, “aburrimiento”). El encarcelamiento posterior, así como un juicio cercano al esperpento y la evidente muestra de la arbitrariedad de la justicia, nos dará idea de ese mundo absurdo que determina a sus habitantes. Acabamos comprendiendo que para Mersault una vida sin sentido no merece la pena ser vivida, todo le es indiferente y le produce hastío y, de hecho, acepta su castigo finalmente mortal cuando muy bien podría haberse librado en la sociedad colonial francesa racista y discriminatoria. Una y otra vez, se niega a mentir en el proceso y parece condenado más por no haber mostrado sentimiento alguno en el funeral de su madre que por el hecho de haber acabado con la vida de un ser humano.

Una última salida para Mersault es la religión, de ahí la visita del sacerdote antes de su ejecución, pero su ateísmo evidencia la ausencia de Dios, o de cualquier otro subterfugio que quiera otorgarle un sentido ficticio al mundo, y acepta con serenidad el fin de su existencia. Y ese sosiego nace, a diferencia del creyente, de no esperar ya nada ante la inminencia de la muerte; del mismo modo, tampoco tiene concepción ni consciencia algunas del pecado, esa mistificación originada en la religión, ya que para Mersault su existencia no depende de divinidad alguna. Es posible que aquí Camus exhiba algo de su simpatía a la filosofía de Nietzsche e incluso en alguna ocasión alguien se refiere al personaje como anticristo. Incluso, el deseo de una vida mejor, que puede haber tenido en algún momento, es algo inútil y sin importancia para Mersault; esa aspiración no significa gran cosa para él, no más que hechos como acumular riqueza o nadar más aprisa.

Mersault parece transformarse, mostrando esta vez sí algo de energía, cuando observa el absurdo final de la justicia, que en lugar de juzgarlo por el asesinato cometido lo hace por normas morales imperantes que nada tienen que ver con el hecho criminal. Y es que, efectivamente, todo el enfoque del juicio lo constituye esa extrañeza sobre su aparente indolencia tras la muerte de su madre; ahí sí parece rebelarse Mersault, ante una sociedad cuyas normas parecía desconocer, cuando se niega a revelar lo que cree que pertenece al ámbito privado. En esta segunda parte del libro, durante el proceso, observamos cómo el azar determina la existencia de los seres humanos mostrándola terriblemente frágil. Así, un día de excesivo sol, algo que muestra el protagonista como un posible móvil para llevar a cabo varios disparos y haber acabado con una vida, pueden convertir lo que es banal y anodino en un hecho trágico. Hay quien ha señalado que no se le acaba juzgando por un asesinato, sino por haber transgredido el orden instituido. Resulta terrible el final de la novela cuando Mersault, aceptando sereno su destino, considera que para consumarlo solo aspira al deseo de que muchos espectadores observen su ejecución y la acompañen de gritos de odio. La oposición de Camus a algo tan terrible como la pena de muerte resulta incuestionable en la obra.

El propio autor, en un prefacio a su novela, afirmó que el protagonista es condenado al negarse a formar parte del juego, a no querer mentir para evitar la pena; en ese sentido, Mersault era extranjero respecto a la sociedad en la que vivía. Puede decirse que se trata de un antihéroe, que sin embargo acepta morir por transmitir la verdad. En la interpretación más habitual, se ve en esta novela la filosofía del absurdo que Camus muestra en El mito de Sísifo, publicada también en 1942: el esfuerzo constante, pero inútil del ser humano, que solo se libra momentáneamente de una carga para, acto seguido, presentarse una nueva. Así, es posible que el protagonista de El extranjero sea consciente de que la vida no merece la pena debido a ese esfuerzo que, para él, incapaz de otro horizonte moral, resulta absurdo.

Hay quien ha interpretado, y parece haber base para ello, que Mersault, aunque es sincero y en ningún momento lo niega, es un ser prácticamente amoral que se entrega casi de forma exclusiva al placer físico en la historia; como ya hemos dicho, no muestra sentimiento alguno tras las muerte de su madre, le resulta fatigoso trasladarse al lugar del asilo donde la van a enterrar (de ahí también que nunca la haya visitado) y realiza actos considerados mal vistos como fumar y consumir café durante el velatorio, mientras que establece poco después una relación con una mujer aparentemente solo por el contacto sexual. Del mismo modo, el lector más juicioso se inquietará ante el hecho de que no tiene opinión alguna sobre que su amigo Raymond maltrate a su amante e incluso le apoya al declarar como testigo en un juicio. Particularmente, pienso que estos juicios morales sobre Dersault, bien diferenciados de las convenciones sociales hipócritas imperantes también denunciadas en la novela, son provocados por la narración de Camus y están estrechamente unidos a un personaje con escasa voluntad y determinación; se trata de un títere de las circunstancias, precisamente por abrazar esa consideración del mundo como absurdo y sin sentido, por lo que a él le resulta indiferente tratar de intervenir moralmente. No obstante, en alguna otra lectura sobre cómo evoluciona el personaje, puede ser cierto que sufre un cambio al final, siendo más consciente ya estando encarcelado y cuando la muerte se le acerca.

Este año 2025, ahora mismo cuando escribo estas líneas ya estrenada en las salas españolas, se ha producido una adaptación cinematográfica de El extranjero escrita y dirigida por un cineasta tan interesante como el francés François Ozon. No era nada fácil trasladar a la pantalla una historia desarrollada en el Argel de los años 30 del siglo pasado y protagonizada en primera persona por un hombre tan extraño e innacesible; tan difícil de comprender, y al mismo tiempo con tantas interpretaciones, como Mersault. Se produce tal vez un paradoja con esta traslación a la pantalla de un texto tan complejo, dados estos tiempos en que la imagen enmascara la realidad y parece valer mucho más que cualquier reflexión filosófica y moral; solo por eso, he de decir que aplaudo la iniciativa de Ozon. Dicho esto, para mí, la atmósfera creada por el blanco y negro, las buenas interpretaciones y, a pesar de las dificultades y el transfondo filosóficamente tan complicado, la fidelidad en gran medida al texto de Camus hacen que el cineasta salga airoso.

Antes de abordar la historia, como una de las decisiones para contextualizarla, se muestra un curioso noticiero en el que tratan de venderse las bondades de la Argelia colonizada por Francia. Es una de las decisiones de Ozon para mostrarnos, y subrayarnos, la profunda discriminación clasista a la que es sometida la población árabe. A diferencia de la novela, la película se inicia cuando el crimen ya se ha cometido, con el protagonista entrando en prisión, confesando a la población reclusa, mayoritariamente de esa etnia, que ha matado a un árabe; de esa manera, la película puede ser vista como narrada mediante un gran flashback. Por lo demás, la estructura es similar a la del original literario, dividida también en dos partes y aderezada con algunas situaciones no reflejadas en la novela y que da una idea del lugar que los occidentales quieren que ocupen los árabes: ese letrero en el cine, que indica que está prohibido el acceso a los “indígenas”; la presencia de la hermana de la víctima en el juicio con el subrayado de que el árabe asesinado importa poco; la afirmación de que Mersault no es el primero en matar a un árabe junto a la sugerencia de que podría ser absuelto, o la tumba final como nuevo recordatorio de la víctima casi ausente en el proceso.

Hay quien ha observado todos estos elementos como un alejamiento del espíritu de la novela, aunque creo que en la atmósfera de la misma sí está presente toda esa discriminación hacia la población nativa argelina; personalmente, pienso que son elementos introducidos para una mayor comprensión del contexto para el espectador de hoy, aunque no tienen en mi opinión un mayor peso que las interpretaciones filosóficas y morales, esas sí, similares a las de la novela. Sea como fuere, otra baza a favor de esta adaptación al lenguaje cinematográfico; es posible, y espero que así sea como en mi caso, que su visionado nos incite a una relectura de la obra del muy necesario y apasionante Albert Camus, desgraciadamente desaparecido cuanto todavía era muy joven. Bien entrado el siglo XXI, el mundo sigue siendo igualmente injusto y absurdo, pero comprendiendo bien la filosofía del argelino, demanda profunda y urgentemente que le otorguemos sentido moral.

Capi Vidal

Descarga gratuita de la novela: http://acracia.org/wp-content/uploads/2025/12/Albert-Camus-El-Extranjero.pdf

¿Quedan anarquistas en España?

Ya adelanto, al haber mencionado la palabra ideología, y así trato de hacérselo ver a todos estos especímenes que demandan tanto veredicto previo sobre una sociedad futura, que en absoluto considera el anarquismo (o, mejor, los anarquismos en plural) como una ideología, si es que por tal cosa entendemos un sistema cerrado de ideas acerca de cómo deben ser las cosas (esto resulta obvio, pero así hay que decirlo una y otra vez hasta el hastío). Pero, vayamos con la respuesta que da título a esta lúcida columna puesta negro sobre blanco en un medio agradeciblemente difuso. Efectivamente, con cierto desprecio apenas disimulado, algunos sapiens le sueltan a uno la pregunta de marras: “Ah, pero, ¿quedan todavía anarquistas?”. Cabe contestar que, de manera obvia, “¡Al menos delante tienes uno!” (eso, tratando de no añadir ningún calificativo, aunque dan ganas); además, no hay otra que reprimir el añadir que, no solo eso, que uno es en realidad un lúcido ácrata de tendencias nihilistas, algo que puede provocar no pocas explicaciones que uno no siempre tiene estómago para dar a según qué contertulio. Pero, es posible, que con semejante interrogante sobre la supuesta ausencia de anarquistas en este indescriptible país, donde una vez fueron mayoría, puede que haya algo más inquietante.

Me da la sensación de que lo que se pretende, efectivamente, son sentencias firmes sobre cómo un partido, movimiento, colectivo, o cómo diablos queramos llamarlo, puede llevarnos a una sociedad, al menos, algo mejor. Es decir, es la consecuencia de una mentalidad que no concibe otra posible respuesta que más de lo mismo, una organización de arriba abajo, sin cabida alguna para la autogestión social (concepto que cuando uno lo menciona provoca espasmos similares a los de la santa anarquía). De momento, si uno tiene tiempo y ganas para ello, hay que arrojar un poquito de luz a nuestro alrededor haciendo ver que, afortunadamente, claro que hay anarquistas, incluso organizados con todas las dificultades que se quiera (y, a veces, también no poca estupidez a la que los ácratas no son siempre inmunes, que dan lugar a esos irritantes e inexplicables conflictos inherentes a todo colectivo humano), Y no solo en el ámbito laboral existe la lucha libertaria, también en mucho otros donde trata de protegerse a los más desfavorecidos llevando a la práctica eso tan necesario que es la solidaridad (concepto clave); insisto, a poco que uno indague, puede observar todos estos proyecto y colectivos de tendencia autogestionaria, con sus altibajos, o sin necesariamente esa etiqueta implicados en movimientos sociales tratando de que se desarrollan de modo horizontal. También, puede tratar de explicarse que vivimos en una época posmoderna, donde las grandes respuestas no deberían tener cabida y donde todo, para bien y para mal, es mucho más difuso que pretender que un gran movimiento nos arrastre, sin demasiado esfuerzo por nuestra parte, hacia un mejor horizonte. Pero, me temo, es demasiado pedir hacia tantos no demasiado fortalecidos intelectual y moralmente. Y es lo dice un anarquista, realmente existente, con algún que otro tic nihilista.

Juan Cáspar
https://exabruptospoliticos.wordpress.com/2025/12/21/quedan-anarquistas-en-espana/