Archivo de la categoría: Auge y fin del capitalismo

La neurodiversidad más allá del modelo social

Pablo — Freedom

La liberación neurodivergente significa cambiar las bases, desmantelar un sistema que hizo que nuestra exclusión no solo fuera posible sino rentable.

El discurso social sobre la discapacidad cambió en algo importante: el problema no somos nosotros, sino el mundo en el que nos vemos obligados a desenvolvernos. Para las personas neurodivergentes, esto fue trascendente. Sobrecarga sensorial, normas de comunicación rígidas, lugares de trabajo diseñados para un tipo de mente, no son hechos naturales, son decisiones. Alguien construyó este mundo, y no lo construyó para nosotros.

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Neoliberalismo y políticas autoritarias (III)

Como decíamos, «lo político», es la energía de conflicto de toda comunidad que subyace a la sociedad y crea las bases sobre las que se asienta el orden político, es decir «la política». Los poderes de «lo político» son generados por la comunidad y, ante el entramado de estructuras e instituciones de «la política», conforma la posibilidad de transgredirlas y superarlas. El ámbito de «lo político» no es el de la solución de problemas, sino el de las preguntas1. No obstante, el neoliberalismo arremete y cuestiona ambos ámbitos porque cuestiona los fundamentos de la forma política.

Pero no se queda ahí la cosa, destruir lo político significa desmantelar a la comunidad, a la sociedad. El neoliberalismo, con su defensa de los milmillonarios, sueña con escapar del Estado y huir de lo repulsivo que les parece la idea de lo público. Llevan décadas, como ya hemos dicho anteriormente, practicando agujeros en el tejido social e impulsando que desertemos de lo colectivo. Para evitar los programas de protección social, los derechos socioeconómicos y el gasto en ámbitos como la protección medioambiental, la educación y la sanidad pública, lo más «práctico» es que no haya democracia.

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ADAMUZ: Crónica de una tragedia anunciada

José Ramón Palacios
Geógrafo y Maquinista Jefe del Tren AVE (Jubilado)

Anunciada desde el 17 de noviembre de 2003 cuando la Ley del Sector Ferroviario incorporó las Directivas Europeas –91/440 y 2001/12 CE– que aconsejaban “liberalizar el sector para afrontar su desarrollo y modernizaron mediante la privatización y la alta velocidad”, esta ley, aprobada por el PP, recibió enmiendas a la totalidad de la oposición de izquierdas, y tímidos comunicados de los sindicatos verticales, CCOO, UGT y SEMAF, denunciando su “tendencia privatizadora”.

La llegada al poder del PSOE en 2004 aplazó su aplicación hasta que, el 31 de diciembre del 2005, entró en vigor sin modificación alguna, y ahora sí, con la bendición de la izquierda y el aplauso de los sindicatos. Luego, el PP en el año 2015, y el gobierno PSOE-Podemos en 2022, actualizaron sus normas privatizadoras para configurar la vigente Ley del Sector Ferroviario. Cosas de la democracia.

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Malestar y capitalismo. Una reflexión de Mark Fisher

Nil Farré – CEAG. Revista do Centro de Estudos Anarcosindicais da Galiza1

El segundo evento público del CEAG, la jornada «Crítica del malestar», se organizó con la intención de abordar una de las experiencias que más impacto tiene en la vida cotidiana de la clase trabajadora actual: el malestar emocional. El presente texto pretende dar cuenta de mi intervención en dicho evento, una charla que titulé «Salud mental y capitalismo: una reflexión de Mark Fisher».

En este texto, recurriré al pensamiento de Mark Fisher para explorar la relación que existe entre el sistema socioeconómico en el que vivimos y el malestar psicológico. Para ello, presentaré en primer lugar el concepto de realismo capitalista antes de abordar los temas de la organización del trabajo y el estado de la cultura dentro del realismo capitalista, con un objetivo: ver cómo su estado actual influye en el deterioro de nuestro bienestar psicológico.

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Neoliberalismo y políticas autoritarias (II)

Pese a nuestro escepticismo y rechazo hacia las democracias liberales, las rebeliones antidemocráticas que crecen a nuestro alrededor suponen un ataque en toda regla a lo político, lo social, el bien público, el igualitarismo y la justicia social en nombre de la libertad y la moralidad tradicional.

El ataque neoliberal tiene como objetivo «lo político» puesto que es lo que sostiene la posibilidad de la democracia, entendida como gobierno del pueblo. Hay una diferencia importante entre «lo político» y «la política», esta segunda se refiere a las instituciones, coincide con los Estados y se identifica con las particularidades del poder político.

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Neoliberalismo y políticas autoritarias (I)

El Neoliberalismo lleva unas cuantas décadas extendiéndose por el mundo sin que haya encontrado una oposición importante en el terreno institucional. Más resistencia y lucha ha encontrado en la calle: movimientos antiglobalización de la década de los noventa del siglo XX y movimientos de las plazas contra la crisis financiera mundial y la recesión económica de 2008 que generaron una profunda crisis social.

En el terreno institucional, da igual que haya gobernado el conservadurismo que la socialdemocracia, desde la década de los ochenta del siglo pasado, el neoliberalismo se ha ido imponiendo aun cuando ha ido evolucionando e integrando nuevos elementos. Por ese motivo, algunas autoras hablan de que actualmente está en «ruinas»1 si se atiende a cómo fue concebido en su origen.

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La quiebra del A.V.E.  La macro-infraestructura más inútil

La tragedia de Adamuz y el colapso de la red de “Rodalies” de Cataluña constituyen —tras el accidente de Angrois— el episodio más grotesco y dramático de la “nueva era ferroviaria” proclamada al unísono por la casta política hispano-catalana, la oligarquía del cemento y las élites mundializadoras. En esta sociedad del riesgo, de la que hablaba Ulrich Beck, la Alta Velocidad se añade a la lista de peligros y amenazas socio-ambientales en la que figuraban los transgénicos, los gases de efecto invernadero, las renovables industriales, los cables de Muy Alta tensión, las centrales nucleares y la industria agroalimentaria. La ciencia y la tecnología de la posmodernidad no son neutrales. Al contrario de lo prometido, a tecnologías más altas, menor bienestar y mayores riesgos. Eso es particularmente verdad en materia de infraestructuras innecesarias. El liderazgo español en esa clase de despropósitos muestra la persistencia de la mentalidad desarrollista heredada del franquismo en la política profesionalizada de cualquier color, un caso extremo de irresponsabilidad cuyos nefastos resultados han quedado bien a la vista. La Alta Velocidad nunca fue sostenible, puesto que la sociedad que la pone en marcha no lo es. Tampoco es ni mucho menos eficiente y segura, tal como indican la impuntualidad diaria, la aparición de decenas de puntos críticos y el creciente número de incidencias, y no parece que sea el futuro feliz de la movilidad ciudadana.

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El huevo de la serpiente: la ola ultra como síntoma de la degradación del capital

Alfredo Apilánez/trampantojos y embelecos

Cantos de sirena

«Una casa en propiedad no es de izquierdas ni de derechas; un trabajo estable no es de izquierdas ni de derechas, es de sentido común. No puede ser que pongamos la alfombra roja a los fondos especuladores, a los buitres, mientras la gente normal no tiene acceso a la vivienda. No queremos que nuestros barrios se conviertan en una partida de Monopoly para los grandes fondos de fuera».

Las palabras previas no corresponden, pese a su apariencia reivindicativa, a un representante del movimiento de vivienda o de un partido progresista, sino al diputado de VOX y figura emergente de la ultraderecha Carlos H. Quero.

El “rollo de la vivienda”, en la retórica populista de Quero, va de que “Ana y Anselmo” ―nombres ficticios, pero es de suponer que muy españoles―, una joven pareja de un barrio de la periferia de Madrid, no pueden formar una familia ni acceder a un piso en propiedad por culpa de la globalización, de las políticas de Ayuso, que acoge con los brazos abiertos a los fondos inmobiliarios extranjeros y, sobre todo, de que los inmigrantes «desarraigados» supuestamente acaparan las escasas viviendas de promoción oficial.

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Capitalismo, progreso y hambre

Los liberales, los más «puros» al menos, esos que aseguran que poco tienen que ver sus propuestas con el sistema globalizado que sufrimos, aseguran que la solución para la pobreza es que haya más y más riqueza (y, claro, ricos para que las migajas lleguen a otros). Hasta aseguraba tal cosa un (ex)ácrata como el inefable Antonio Escohotado, que dedicó tres volúmenes, creo que más a meterse con el comunismo (estatalista; terrible, claro), que a defender el comercio y el liberalismo. El caso es que esta gente, que en última o primera instancia defiende y apuntala el estado de las cosas, y asegura que la humanidad avanza en línea recta hacia el progreso, son incapaces de explicar cómo es posible que ya avanzado el siglo XXI siga habiendo, según los datos más optimistas, cerca de 1.000 millones de personas que padecen hambre en el mundo. No estoy hablando de necesidad de algún tipo, que también se da en todos los grados posibles, me refiero a Hambre con mayúsculas. No, no hay progreso líneal, los datos oscilan de un año a otro, hacia arriba o, lamentablemente, hacia abajo. Y no tenemos en cuenta las terribles crisis cíclicas que provoca ese mismo sistema tan alabado por ellos, y que como es evidente afectan fundamentalmente a los más humildes dentro de sociedades divididadas dramáticamente en clases (que es lo mismo que decir, señores «liberales», adalides de la sacra «propiedad privada»: gente que tiene y gente que no tiene).

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Las luchas territoriales, ¿son la palanca de la superación del capitalismo?

Miquel Amorós

Preguntas a abordar el 27 de noviembre en el Centre Culturel Bruegel de Bruselas y planteadas el 28 en el Groupe de Recherche pour une Stratégie Économique Alternative

Las definiciones (como las corrientes políticas) de comunismo y de anarquismo son múltiples y sería imposible hacer una síntesis de toda esa diversidad en una tarde. No obstante, ¿podrías compartir con nosotros tu noción de anarquismo y de comunismo?

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