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La necesidad de otorgar sentido a un mundo absurdo. Sobre «El extranjero», de Albert Camus

El extranjero, de Albert Camus, publicada en 1942, está considerada una de las grandes novelas de la literatura universal y, a menudo, se la ve como un símbolo del existencialismo de su tiempo. Sin embargo, creo que la obra va mucho más allá de ese lugar común y en la actualidad, con un mundo tan absurdo e injusto como aquel que la originó, y con una adaptación cinematográfica reciente, es más que posible que necesitemos más que nunca fundamentales aportaciones como las de Camus. Es quizá el primer trabajo del autor en el que se muestran esas posturas de carácter filosófico, que se diluyen con la propia narrativa; hay que decir que posee la novela una lectura accesible para cualquier lector, pero con un transfondo complejo y trágico que, incluso conociendo la visión de Camus, puede tener diversas interpretaciones.

El protagonista de la historia, Mersault, en la Argelia colonial de los años 30 del siglo XX es alguien aparentemente normal, más bien gris, que muestra tanta indiferencia, como apatía existencial y moral hacia la vida que le rodea. No parece evidenciar ambición alguna, algo objeto de reproche por parte de su patrón cuando le propone una supuesta vida mejor en París, y se muestra indiferente ante casarse o no con su novia Marie a la que parece no amar. Una existencia anodina en la que no muestra gran decisión o juicio sobre el mundo que le rodea; cumple eficientemente con su trabajo y ayuda a sus amigos cuando la ocasión lo propicia, aunque alguno de ellos sea un impresentable que finalmente le empuja al desastre. Ante el hecho de no poder cuidar de su madre, acabó por ingresarla en un asilo y la historia comienza cuando recibe el anuncio de su fallecimiento; el mostrarse impertérrito en el funeral y entierro, o el hecho de no saber con exactitud la edad que tenía, serán fatales para él como veremos en el juicio, en la segunda parte de la novela, tras los hechos trágicos que le envuelven.

Y es que el azar conduce al protagonista al asesinato de un hombre árabe, producido en cierta medida por las circunstancias, pero sin que se sepa muy bien la motivación concreta y sin que muestre arrepentimiento alguno (más bien, como él mismo dice, “aburrimiento”). El encarcelamiento posterior, así como un juicio cercano al esperpento y la evidente muestra de la arbitrariedad de la justicia, nos dará idea de ese mundo absurdo que determina a sus habitantes. Acabamos comprendiendo que para Mersault una vida sin sentido no merece la pena ser vivida, todo le es indiferente y le produce hastío y, de hecho, acepta su castigo finalmente mortal cuando muy bien podría haberse librado en la sociedad colonial francesa racista y discriminatoria. Una y otra vez, se niega a mentir en el proceso y parece condenado más por no haber mostrado sentimiento alguno en el funeral de su madre que por el hecho de haber acabado con la vida de un ser humano.

Una última salida para Mersault es la religión, de ahí la visita del sacerdote antes de su ejecución, pero su ateísmo evidencia la ausencia de Dios, o de cualquier otro subterfugio que quiera otorgarle un sentido ficticio al mundo, y acepta con serenidad el fin de su existencia. Y ese sosiego nace, a diferencia del creyente, de no esperar ya nada ante la inminencia de la muerte; del mismo modo, tampoco tiene concepción ni consciencia algunas del pecado, esa mistificación originada en la religión, ya que para Mersault su existencia no depende de divinidad alguna. Es posible que aquí Camus exhiba algo de su simpatía a la filosofía de Nietzsche e incluso en alguna ocasión alguien se refiere al personaje como anticristo. Incluso, el deseo de una vida mejor, que puede haber tenido en algún momento, es algo inútil y sin importancia para Mersault; esa aspiración no significa gran cosa para él, no más que hechos como acumular riqueza o nadar más aprisa.

Mersault parece transformarse, mostrando esta vez sí algo de energía, cuando observa el absurdo final de la justicia, que en lugar de juzgarlo por el asesinato cometido lo hace por normas morales imperantes que nada tienen que ver con el hecho criminal. Y es que, efectivamente, todo el enfoque del juicio lo constituye esa extrañeza sobre su aparente indolencia tras la muerte de su madre; ahí sí parece rebelarse Mersault, ante una sociedad cuyas normas parecía desconocer, cuando se niega a revelar lo que cree que pertenece al ámbito privado. En esta segunda parte del libro, durante el proceso, observamos cómo el azar determina la existencia de los seres humanos mostrándola terriblemente frágil. Así, un día de excesivo sol, algo que muestra el protagonista como un posible móvil para llevar a cabo varios disparos y haber acabado con una vida, pueden convertir lo que es banal y anodino en un hecho trágico. Hay quien ha señalado que no se le acaba juzgando por un asesinato, sino por haber transgredido el orden instituido. Resulta terrible el final de la novela cuando Mersault, aceptando sereno su destino, considera que para consumarlo solo aspira al deseo de que muchos espectadores observen su ejecución y la acompañen de gritos de odio. La oposición de Camus a algo tan terrible como la pena de muerte resulta incuestionable en la obra.

El propio autor, en un prefacio a su novela, afirmó que el protagonista es condenado al negarse a formar parte del juego, a no querer mentir para evitar la pena; en ese sentido, Mersault era extranjero respecto a la sociedad en la que vivía. Puede decirse que se trata de un antihéroe, que sin embargo acepta morir por transmitir la verdad. En la interpretación más habitual, se ve en esta novela la filosofía del absurdo que Camus muestra en El mito de Sísifo, publicada también en 1942: el esfuerzo constante, pero inútil del ser humano, que solo se libra momentáneamente de una carga para, acto seguido, presentarse una nueva. Así, es posible que el protagonista de El extranjero sea consciente de que la vida no merece la pena debido a ese esfuerzo que, para él, incapaz de otro horizonte moral, resulta absurdo.

Hay quien ha interpretado, y parece haber base para ello, que Mersault, aunque es sincero y en ningún momento lo niega, es un ser prácticamente amoral que se entrega casi de forma exclusiva al placer físico en la historia; como ya hemos dicho, no muestra sentimiento alguno tras las muerte de su madre, le resulta fatigoso trasladarse al lugar del asilo donde la van a enterrar (de ahí también que nunca la haya visitado) y realiza actos considerados mal vistos como fumar y consumir café durante el velatorio, mientras que establece poco después una relación con una mujer aparentemente solo por el contacto sexual. Del mismo modo, el lector más juicioso se inquietará ante el hecho de que no tiene opinión alguna sobre que su amigo Raymond maltrate a su amante e incluso le apoya al declarar como testigo en un juicio. Particularmente, pienso que estos juicios morales sobre Dersault, bien diferenciados de las convenciones sociales hipócritas imperantes también denunciadas en la novela, son provocados por la narración de Camus y están estrechamente unidos a un personaje con escasa voluntad y determinación; se trata de un títere de las circunstancias, precisamente por abrazar esa consideración del mundo como absurdo y sin sentido, por lo que a él le resulta indiferente tratar de intervenir moralmente. No obstante, en alguna otra lectura sobre cómo evoluciona el personaje, puede ser cierto que sufre un cambio al final, siendo más consciente ya estando encarcelado y cuando la muerte se le acerca.

Este año 2025, ahora mismo cuando escribo estas líneas ya estrenada en las salas españolas, se ha producido una adaptación cinematográfica de El extranjero escrita y dirigida por un cineasta tan interesante como el francés François Ozon. No era nada fácil trasladar a la pantalla una historia desarrollada en el Argel de los años 30 del siglo pasado y protagonizada en primera persona por un hombre tan extraño e innacesible; tan difícil de comprender, y al mismo tiempo con tantas interpretaciones, como Mersault. Se produce tal vez un paradoja con esta traslación a la pantalla de un texto tan complejo, dados estos tiempos en que la imagen enmascara la realidad y parece valer mucho más que cualquier reflexión filosófica y moral; solo por eso, he de decir que aplaudo la iniciativa de Ozon. Dicho esto, para mí, la atmósfera creada por el blanco y negro, las buenas interpretaciones y, a pesar de las dificultades y el transfondo filosóficamente tan complicado, la fidelidad en gran medida al texto de Camus hacen que el cineasta salga airoso.

Antes de abordar la historia, como una de las decisiones para contextualizarla, se muestra un curioso noticiero en el que tratan de venderse las bondades de la Argelia colonizada por Francia. Es una de las decisiones de Ozon para mostrarnos, y subrayarnos, la profunda discriminación clasista a la que es sometida la población árabe. A diferencia de la novela, la película se inicia cuando el crimen ya se ha cometido, con el protagonista entrando en prisión, confesando a la población reclusa, mayoritariamente de esa etnia, que ha matado a un árabe; de esa manera, la película puede ser vista como narrada mediante un gran flashback. Por lo demás, la estructura es similar a la del original literario, dividida también en dos partes y aderezada con algunas situaciones no reflejadas en la novela y que da una idea del lugar que los occidentales quieren que ocupen los árabes: ese letrero en el cine, que indica que está prohibido el acceso a los “indígenas”; la presencia de la hermana de la víctima en el juicio con el subrayado de que el árabe asesinado importa poco; la afirmación de que Mersault no es el primero en matar a un árabe junto a la sugerencia de que podría ser absuelto, o la tumba final como nuevo recordatorio de la víctima casi ausente en el proceso.

Hay quien ha observado todos estos elementos como un alejamiento del espíritu de la novela, aunque creo que en la atmósfera de la misma sí está presente toda esa discriminación hacia la población nativa argelina; personalmente, pienso que son elementos introducidos para una mayor comprensión del contexto para el espectador de hoy, aunque no tienen en mi opinión un mayor peso que las interpretaciones filosóficas y morales, esas sí, similares a las de la novela. Sea como fuere, otra baza a favor de esta adaptación al lenguaje cinematográfico; es posible, y espero que así sea como en mi caso, que su visionado nos incite a una relectura de la obra del muy necesario y apasionante Albert Camus, desgraciadamente desaparecido cuanto todavía era muy joven. Bien entrado el siglo XXI, el mundo sigue siendo igualmente injusto y absurdo, pero comprendiendo bien la filosofía del argelino, demanda profunda y urgentemente que le otorguemos sentido moral.

Capi Vidal

Descarga gratuita de la novela: http://acracia.org/wp-content/uploads/2025/12/Albert-Camus-El-Extranjero.pdf

Historia de la filosofía anárquica 4. Michel Foucault & Michel Onfray. El Cinismo antiguo y la Anarquía. Tercera parte.

Simón Royo Hernández

«Era terrible para denostar a los demás. Así llamaba a la escuela de Euclides biliosa, a la enseñanza de Platón tiempo perdido, a las representaciones dionisíacas, grandes espectáculos para necios y a los demagogos los calificaba de siervos de la masa. Cuando le preguntaron en qué lugar de Grecia se veían hombres dignos, contestó: Hombres en ninguna parte, muchachos en Esparta. Como no se le acercaba nadie al pronunciar un discurso serio, se puso a tararear. Al congregarse la gente a su alrededor, les echó en cara que acudían a los charlatanes de feria, pero iban lentos a los asuntos serios. Cuenta Menipo en su Venta de Diógenes que, cogido prisionero y siendo vendido como esclavo, le preguntaron qué sabía hacer. Respondió: Gobernar hombres. Y dijo al pregonero: Pregona si alguien quiere comprarse un amo. Al invitarle uno a una mansión muy lujosa y prohibirle escupir, después de aclararse la garganta, le escupió en la cara, alegando que no había encontrado otro lugar más sucio para hacerlo. Platón dio su definición de que el hombre es un animal bípedo implume y obtuvo aplausos. Él desplumó un gallo y lo introdujo en la escuela y dijo: Aquí está el hombre de Platón. Desde entonces a esa definición se agregó: y de uñas planas. Era apreciado ciertamente por los atenienses, pues cuando un muchacho rompió la tinaja donde habitaba, a este le apalearon, y le procuraron otra a Diógenes. Dijo que la pasión por el dinero es la metrópoli de todos los males. Cuando a Platón le preguntaron: ¿Qué te parece Diógenes?, respondió: Un Sócrates enloquecido. Al ver a un arquero torpe se sentó junto al blanco, diciendo: Para que no me alcance».

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El imaginario revolucionario. Una aproximación a las propuestas de Eduardo Colombo

Introducimos en el siguiente texto al pensamiento de Eduardo Colombo, importante autor anarquista, cuya obra realiza una aproximación a las fundamentales ideas de imaginario social y espacio público; frente a la apatía política y la desesperanza social de gran parte de la sociedad, se impone la necesidad de extender un imaginario colectivo revolucionario que reproduzca los rasgos de una sociedad verdaderamente libre.
Los hombres creen que llegará un día en que serán libres e iguales cuando hayan destruido los obstáculos que le impiden serlo, sin darse cuenta que sólo lo son mientras luchan para conseguirlo. Gustav Landauer

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Religión, anarquismo y posmodernidad

¿Qué hay de cierto en lo que aseguran los pensadores posmodernos? La posmodernidad se caracteriza por la crítica a cualquier discurso totalizante, algo que debería poner en cuestión a las religiones y a todo tipo de dogmatismo. Lejos de esto, lo que llaman «época posmoderna» ha abierto la puerta a toda suerte de creencias espirituales y seudocientíficas. ¿Existe algo llamado «anarquismo» posmoderno? Defendemos que las ideas libertarias, con su huida de toda solución definitiva y de toda trascendencia, y con su convicción en la transformación de la vida para abrir nuevas posibilidades inmanentes, han sido la excepción entre las corrientes surgidas en la modernidad

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El concepto de libertad en las ideas anarquistas

La libertad es, para la filosofía anarquista, su tema central; de ahí que se haya dado en llamar libertaria. Para el anarquismo, la libertad constituye una conquista vital y social; la cuestión no es tanto que el ser humano sea libre de forma innata, sino que precisamente encuentra los caminos para ejercer su libertad porque es la característica primordial de su existencia. Seguir leyendo El concepto de libertad en las ideas anarquistas

Costa-Gavras, la mirada crítica irreductible

Konstantino Costa-Gavras, nacido en Atenas en 1933, es a sus más de 90 años todavía un referente activo del cine político en un ámbito el del noveno arte donde, desgraciadamente, no prolifera la profundidad filosófica y moral. Un ejemplo de ello es su más reciente película, la notable El último suspiro (Le dernier souffle, 2024), todavía en la cartelera española cuando escribo estas líneas, por lo que merece la pena hacer un repaso a su filmografía, al menos de la más abiertamente política, y dar a conocer su valiosa obra al público más joven. El debut de Costa como realizador de largometrajes se produjo con el policíaco Los raíles del crimen (Compartiment tueurs, 1965), que él mismo adaptó de la novela de Sébastien Japrisot, que le había fascinado; se trata de un perfecto ejemplo del llamado género polar (policíaco francés), historia en la que nada es lo que parece, y donde ya se vislumbra algún asomo de denuncia política.

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La falsedad, el papanatismo y los buenistas

Lo mío no tiene arreglo, como ya he dicho en alguna ocasión, me da en ocasiones por echar un vistazo a ciertos discursos con los que, a priori y gran parte de las veces a posteriori, no puedo estar más en desacuerdo. De hecho, he de confesar, supongo que a diferencia de gran parte de los mortales, no me encuentro nada cómodo en eso llamado burbuja ideológica, quizá por eso uno ha elegido ser algo tan espinoso como un ácrata de tendencias nihlistas. Y lo expreso así, en el caso que voy a abordar, en total desacuerdo y abierta oposición en la forma, en el fondo y en todas y cada una de sus aristas, aunque es cierto, uno confiesa también utilizar a veces la provocación meramente epidérmica acompañada, eso sí, de lo que se pretende como un aceptable discurso de fondo. Digo en la forma en primer lugar, ya que existe algo indescriptible llamado Fundación Gustavo Bueno (a partir de ahora, los llamaré buenistas), que ha decido convocar unos encuentros «filosóficos» nada menos que sobre la figura del generalísimo asesino Francisco Franco Bahamonde. Para denominar dichos eventos no se les ha ocurrido otra cosa que, supongo que para atraer a toda suerte de inicuos reaccionarios muy presentes en este inefable país, el nombre de «Franco, Franco, Franco», quizá en abierta competencia con otra Fundación palmera de dictadores. Y la excusa para convocar dichos eventos es otra campaña perpetrada este 2025 en el que se cumple de la muerte del genocida caudillo, esta vez orquestada desde el gobierno, denominada «50 años de España en libertad». Los buenistas justifican haber puesto ese indignante título en que la intención gubernamental no deja de ser una exaltación de dicha figura histórica, aunque sea en sentido negativo, y ya sin ser nada originales aludiendo también a las intenciones guerracivilistas y a una sesgada memoria histórica (creo que se refieren a la izquierda, sea lo que sea hoy eso).

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La noción de anomia y el anarquismo

Anomia significa, etimológicamente, ausencia de ley. Anómico tiene el sentido de «alegal», y no hay que confundirlo con algo «ilegal» (contrario a la ley). Parece ser que la palabra «anomia» (o «anomía», como aparece en algunas ocasiones) se forma por analogía con otras en las que interviene la misma formación originaria del griego: «autonomía» (ley propia), «heteronomía» (ley ajena), «teonomía» (ley divina), «eleuteronomía» (ley de la libertad)…

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Pensar el materialismo anárquico

I. Introducción: Hablar de la cosa misma

Podríamos quedar para hablar de Platón y sus teorías sobre el mejor gobierno, podríamos entonces leer y comentar la tesis de los filósofos-reyes de la República, luego leeríamos El Político, donde habría cambiado y sostiene que el gobernante es un hombre común y no un sabio, para terminar, leyendo Las Leyes, donde volvió a cambiar y ya defiende que no han de gobernar los seres humanos sino las leyes, porque tienen algo de divino. Leeríamos y comentaríamos entonces tres diálogos, dos de ellos sus más extensos, unas 2.000 páginas quizás en total, viendo como a lo largo del tiempo el filósofo cambiaba de opinión. Y aun después de eso no habríamos empezado a hablar de la cosa misma, es decir, sobre cuál sea el mejor gobierno que podamos nosotros pensar.

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