Anda ahora la izquierda parlamentaria agitada por la reciente imputación del expresidente Rodríguez Zapatero acusado de tráfico de influencias y varios delitos más que no me atrevo a detallar. Los que han corrido raudo a su defensa, además por supuesto de mencionar la consabida presunción de inocencia, parece que insisten en que no es lo mismo tener una empresa que trate de influir en políticas públicas (léase, un lobby) e incurrir en la ilegalidad del tráfico de influencias. Añaden, creo que algo más bien disparatado producto de la desesperación, que no es posible acusar de tráfico de influencias a alguien que (ya) no es un funcionario público. Se me escapa un poco lo que es legal, o no, aunque tengo más claro en ambos casos lo que puede ser inmoral. Tampoco se ha insistido demasiado en esta ocasión en lo del lawfare, es decir, la persecución de determinados políticos a través de la justicia de un modo sistemático y abusivo. No dudo que esto se produzca, aunque ambos campos, política y judicatura, están tan enfangados que uno no observa ya mucha diferencia. En fin, todo muy patético, pero no voy a añadir clavos a la crucifixión de alguien tan alabado, obviamente por una izquierda institucional más que desnortada. A lo que voy es, una vez más, a lanzar unas lúcidas reflexiones sobre la corrupción y el sistema político (junto al económico, ya que ambos me temo que se confunden en un mundo donde predomina el lucro) que sufrimos. Zapatero, sea condenado o no, sería el primer expresidente de la democracia en haber sido procesado; y eso es decir mucho respecto a las últimas décadas en este inefable país con. Felipe Gonzalez resultó intocable ante escándalos tan graves como el terrorismo de Estado de los GAL y la financiación ilegal del partido en el llamado Caso Filesa. José María Aznar vio como gran parte su gabinete sí fue condenado por corrupción mientras él salió indemne ante hechos criminales como la invasión de Irak o la demostrada financiación irregular del Partido Popular. Mariano Rajoy, que recientemente ha declarado de manera esperpéntica sobre el Caso Kitchen, a pesar de ser nombrado de manera explícita en ciertos documentos, parece blindado ante tramas corruptas. Paradójicamente, de todos los gobiernos en democracia, el único al que no se le ha observado casos de corrupción ha sido el de Zapatero (2004-2011), por lo que tiene bemoles que pueda ser él mismo el primer presidente procesado.
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La conciencia libertaria sobre el ser humano concreto
El capitalismo, (incuestionable para tantos), la sociedad de consumo (con su frívolo atractivo y sus vacuos valores) y la democracia representativa (con sus continuos e inefables salvadores) parecen haber seducido a la mayor parte de la sociedad. ¿Es posible una nueva conciencia libertaria y subvertir el estado de las cosas?
Imaginario del personal (tengamos esperanza)
Para el que no sepa a qué alude eso del imaginario social, yo le instruyo muy amablemente. Se trata de una teoría, con la que yo puedo estar muy acuerdo, según la cual el funcionamiento de nuestras sociedades se haría sobre la base de una serie de ideas y valores que tenemos los homo sapiens (dicho sea sin recochineo), sobre la capacidad simbólica que poseemos para luego dar lugar a las instituciones consecuentes. Obviamente, cuando esa potestad queda acaparada por un minoría, o a veces también por una mayoría (el papanatismo no conoce de números), es cuando nacen las instituciones coercitivas del Estado y, llamémosle por su nombre, se produce una oligarquía (aunque esté «legitimada» democráticamente). Los anarquistas, tan majos, lúcidos y éticos ellos, se esforzaron por transferir a toda la comunidad social esa capacidad decisión combatiendo de esa manera el poder colectivo concentrado en pocas manos, de ahí que sean un notable ejemplo a seguir. Obviamente, si uno se siente explotado u oprimido (¿no son ambas cosas muy parecidas?), debería generar un imaginario personal que diera lugar a otro tipo de sociedad en la que se hubiera erradicado la explotación u opresión. El problema se produce cuando alguien no tiene ni un ápice de conciencia sobre dicha condición suya, más bien se considera libre y feliz a pesar de las evidencias; parte del discurso oficial, a veces puesto negro sobre blanco en libros de autoayuda sin el menor asomo de vergüenza, es que podemos ser lo que queramos, también libres y felices (eso, a pesar de las tristes evidencias).
Seguir leyendo Imaginario del personal (tengamos esperanza)Ateísmo, moral y conciencia
Hay una frase atribuida a Albert Einstein: «Si la gente es buena solo porque teme el castigo y espera una recompensa, somos efectivamente un grupo lamentable». Aunque temamos caer en la simplificación, puede que ésta sea una de las claves del pensamiento religioso en lo que atañe a la moral, un comportamiento correcto se realiza para obtener ciertos beneficios (en el caso que nos ocupa, sobrenaturales). Desde este punto de vista, el ser humano necesita la religión, o cree necesitarla, para comportarse correctamente, aunque la vigilancia al respecto suele ser muy terrenal para justificar la existencia del Estado. Richard Dawkins, de forma muy irónica, afirma que se suele decir que la gente necesita religión, cuando en realidad lo que necesita son policías. Por supuesto, en ambos casos se trata de una visión simplista y hay que observar los factores determinantes, todos muy humanos.
Seguir leyendo Ateísmo, moral y concienciaReflexiones en torno a la conciencia
Si no reflexionamos de modo amplio sobre lo que llamamos conciencia, sin dogmas, rigidez ni determinismo alguno, difícilmente podemos ampliar el horizonte de nuestra existencia, cambiar nuestra condición, individual y social, ni dar un sentido a nuestros propios actos.
La transformación social y el progreso
(La idea de progreso es indisociable de la idea de transformación social y, desde los comienzos de la Revolución Industrial, el Progreso –con mayúscula- se vuelve un concepto central, para el capitalismo y las luchas sociales, como acumulación ilimitada de las fuerzas productivas o económicas… Una coincidencia que será decisiva para la integración de la clase trabajadora al sistema de producción o económico capitalista.)
Memoria histórica y conciencia transformadora, tan necesarias
Como llevamos casi tres meses sin gobierno formado (no, no lancemos la campanas al vuelo, el sistema económico y las fuerzas de «seguridad» siguen haciendo su función), tal vez sea hora de hacer un pequeño análisis del estado de la sociedad y de la nación (esa, llamada España). Como es de suponer, la intención será que la visión sea libertaria, pero conformémonos de momento con que tenga un prurito progresista y mínimamente transformador (ya que en la izquierda y derecha parlamentaria, junto a ese híbrido ambiguo llamado «centro», suele brillar por su ausencia).
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