La tragedia de Adamuz y el colapso de la red de “Rodalies” de Cataluña constituyen —tras el accidente de Angrois— el episodio más grotesco y dramático de la “nueva era ferroviaria” proclamada al unísono por la casta política hispano-catalana, la oligarquía del cemento y las élites mundializadoras. En esta sociedad del riesgo, de la que hablaba Ulrich Beck, la Alta Velocidad se añade a la lista de peligros y amenazas socio-ambientales en la que figuraban los transgénicos, los gases de efecto invernadero, las renovables industriales, los cables de Muy Alta tensión, las centrales nucleares y la industria agroalimentaria. La ciencia y la tecnología de la posmodernidad no son neutrales. Al contrario de lo prometido, a tecnologías más altas, menor bienestar y mayores riesgos. Eso es particularmente verdad en materia de infraestructuras innecesarias. El liderazgo español en esa clase de despropósitos muestra la persistencia de la mentalidad desarrollista heredada del franquismo en la política profesionalizada de cualquier color, un caso extremo de irresponsabilidad cuyos nefastos resultados han quedado bien a la vista. La Alta Velocidad nunca fue sostenible, puesto que la sociedad que la pone en marcha no lo es. Tampoco es ni mucho menos eficiente y segura, tal como indican la impuntualidad diaria, la aparición de decenas de puntos críticos y el creciente número de incidencias, y no parece que sea el futuro feliz de la movilidad ciudadana.
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Destrucción y memoria: caso Bayer
Carlos García de Castro Expósito
En Argentina, desde su fundación, el poder —estatal, oligárquico y a veces abiertamente fascista— ensaya una y otra vez la misma coreografía: cometer el crimen, borrar la escena y silenciar a quienes la narran. Así se construyó la fortuna de terratenientes y patrones; así se persiguió a quienes pusieron nombre a los fusilados. Lo sabemos por las Madres de Plaza de Mayo, testigos incómodas de una verdad que no prescribe, y lo confirma el caso que nos convoca: Osvaldo Bayer, historiador anarquista cuya memoria fue atacada el pasado 25 de marzo por una topadora que quiso convertir en escombros lo que su gente había levantado.
Este texto narra esa doble escena: la del borrado y la de la respuesta. Primero, el golpe seco de la máquina; después, la reconstrucción como práctica común de resistencia. Lo que sigue es la crónica de ese gesto y de su contraescena.
Seguir leyendo Destrucción y memoria: caso BayerLa carcajada como memoria: ironía, arte contemporáneo y desactivación del franquismo
Alba López‐Davalillo Díaz
Historiadora del arte e investigadora en arte contemporáneo y cultura visual
En una época gobernada por la posverdad, donde los argumentos se condensan en los 280 caracteres que permite Twitter y la desinformación circula a la velocidad de un golpe de like, la ironía se ha vuelto la actitud a adoptar por excelencia. Esta tendencia, lejos de ser un acto subversivo o una búsqueda de verdad, ha caído en la banalización, siendo este uso objeto de crítica por pensadores como David Foster Wallace, quien ya en los años noventa en su ensayo E Unibus Pluram (1993) advertía sobre cómo la ironía había dejado de ser una herramienta crítica para convertirse en una actitud defensiva, incapaz de afirmar algo con seriedad y experta en neutralizar cualquier compromiso. «La ironía nos tiraniza», escribía Wallace, señalando su capacidad para ridiculizar sin implicarse y para señalar sin construir. Por lo que, más que abrir espacios de reflexión, la ironía contemporánea funciona como una barrera emocional y política, un refugio donde todo se dice entre comillas, por si acaso alguien decide cancelarte. Así, lejos de incomodar al sistema, la ironía termina por perpetuarlo.
Seguir leyendo La carcajada como memoria: ironía, arte contemporáneo y desactivación del franquismoLa dictadura iraní y la hipocresía de Occidente
El régimen de los ayatolás es uno de los más autoritarios y repulsivos en la actualidad, algo que tarde o temprano debería saltar por los aires y perdón por la violenta metáfora, yo que soy contrario a cualquier agresión militar interesada como las que perpetra ese defensor de la libertad y la democracia que es Estados Unidos. Desde el inicio de la conocida como revolución islámica en Irán, toda oposición al régimen ha sido brutalmente sofocada y las ejecuciones se han sucedido, solo en 2025 se habla del asesinato institucionalizado de más de mil personas. Desde finales del año pasado, debido a las crisis económica, la falta de libertades y la carestía general de la vida, las manifestaciones se están sucediendo en el país; las autoridades iraníes, una vez más, han llevado a cabo una cruenta represión. La gente está reclamando cambios radicales y desde aquí mi más sincero apoyo para ello, que ojalá tome un rumbo al margen de toda clase dirigente. No es posible hablar solo, como realizan algunos, de un tibio «legítimo derecho a la protesta del pueblo iraní» para acto seguido criticar a otros regímenes. Hablando claro, el de Irán es un régimen ferozmente autoritario, el cual restringe libertades fundamentales como las de expresión, asociación o reunión; produce una discriminación y violencia sistemáticas sobre mujeres, niñas, personas de condición sexual diversas y también sobre minorías diversas. Aunque la comunidad internacional ha permanecido mucho tiempo en silencio, o ha sido muy tibia en sus protestas, organismos de defensa de los derechos humanos sí han denunciado que infinidad de personas son detenidas arbitrariamente, torturadas y procesadas con penas crueles e inhumanas. En un mundo estúpidamente mediático, con intereses por parte de unos u otros, hay que dejar clara la repulsa a todo régimen autoritario y a la vulneración de los derechos humanos y las restricción de la libertad, en todos los aspectos, de las personas en cualquier lugar del mundo.
Seguir leyendo La dictadura iraní y la hipocresía de OccidenteGroenlandia: colocarse de parte de los inuit
Ludovic Slimak – The Conversation
Es 16 de junio de 1951. El explorador francés Jean Malaurie avanza en trineos tirados por perros por la costa noroeste de Groenlandia. Había llegado solo, de forma impulsiva, con unos escasos ahorros del CNRS, oficialmente para trabajar en los paisajes periglaciales. En realidad, este encuentro con pueblos cuya relación con el mundo era de otra naturaleza forjaría un destino singular.
Ese día, tras largos meses de aislamiento entre los inuit, en el momento crítico del deshielo, Malaurie avanza con algunos cazadores. Está agotado, sucio, demacrado. Uno de los inuit le toca el hombro: “Takou, mira”. Una espesa nube amarilla se eleva hacia el cielo. A través del catalejo, Malaurie cree al principio que se trata de un espejismo: “una ciudad de hangares y tiendas de campaña, de chapas y aluminio, deslumbrante bajo el sol entre el humo y el polvo […] Hace tres meses, el valle estaba tranquilo y desierto. Había plantado mi tienda, un día claro del verano pasado, en una tundra virgen y llena de flores”.
Seguir leyendo Groenlandia: colocarse de parte de los inuitLa lucha por la «libertad» de Estados Unidos
Resulta lamentable ver cómo personas salen a la calle alborozadas, envueltas en su bandera, celebrando que hayan bombardeado su país. Ello, por mucha dictadura que exista en el mismo, y vamos a dar por hecho que en Venezuela el chavismo, supuesta revolución socialista, fracasada en cualquier caso, ha tenido una intolerable deriva autoritaria que cierta izquierda se ha negado a reconocer. Desgraciadamente, esta polarización descerebrada, que tantos fomentan a diestra y siniestra, es lo que conduce a que muchos supuestos sapiens, por algún extraño mecanismo mental, sean incapaces de condenar el autoritarismo venga de donde venga y luchar, al menos, por las libertades más elementales. Así, observar las iniquidades imperialistas de Estados Unidos, considerarlo el mal absoluto, conduce inexplicablemente a algunos a alinearse, de forma directa o indirecta, con regímenes como el de Rusia, o incluso China, mientras que se mira hacia otro lado ante la situación, por ejemplo, de la dictadura cubana, cuyo fracaso político, moral y económico no es solo culpa del bloqueo estadounidense. La lúcida condición ácrata, aderezada con algunos toques nihilistas, es lo que tiene, que te hace ponerte de lado de las víctimas de la opresión política en cualquier lugar del mundo, al mismo tiempo que se denuncia con fuerza, tanto esa práctica revolucionaria autoritaria que no ha llevado a ninguna parte, como la explotación característica de este sistema económico globalizado que padecemos. Al parecer, no es posible exigir lo mismo a todo el mundo. Aceptado que el autoritarismo, suavizado por una retórica opuesta al imperalismo yanki, que inexplicablemente se mantiene hasta nuestros días, es siempre denunciable y no supone una alternativa socialmente transformadora hacia algo más justo, vamos a poner el foco en ese adalid del mundo libre que son los Estados Unidos de América.
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CrimethInc, 7 de enero de 2026
A partir del 28 de diciembre de 2025 estalló una nueva ola de protestas en todo Irán, desencadenada por las dificultades económicas y que se intensificó al pedir el derrocamiento del gobierno. Este es al menos el quinto levantamiento de este tipo en una década, que se basa en oleadas anteriores de malestar laboral y resistencia feminista. Sin embargo, dentro de revuelta, el movimiento de base se enfrenta a monárquicos reaccionarios, en gran parte radicados fuera de Irán, que buscan obtener el respaldo de Estados Unidos e Israel para tomar el poder.
Esto ocurre en medio de una situación geopolítica convulsa. El gobierno israelí ha intensificado los bombardeos sobre Gaza y el Líbano, así como la confiscación de territorios en ambos países; por otro lado, se prepara para construir un asentamiento que dividirá Cisjordania en dos para imposibilitar la creación de un Estado palestino. Mientras, Estados Unidos acaba de secuestrar al presidente de Venezuela y a su esposa para apoderarse del petróleo venezolano, lo que indica su disposición a ejercer cualquier tipo de control sobre la población, tanto dentro como fuera de sus fronteras.
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Rafael Uzcátegui
Rechazar las políticas de Donald Trump no implica —ni debería implicar— apoyar dictaduras como la de Nicolás Maduro.
Las libertades se defienden con coherencia: el autoritarismo se rechaza venga de donde venga, sin dobles estándares ni simpatías tácticas.
Oponerse a discursos de odio, xenofobia o políticas dañinas en Estados Unidos no obliga a cerrar los ojos frente a la represión, la corrupción y las violaciones de derechos humanos en Venezuela. Trump esta debilitando la democracia de su país y ha desatado una cacería y deportación de migrantes. Maduro no es mejor: Ha expulsado a un tercio de su población, tiene la cantidad de presos políticos más grandes de la región, su élite se ha enriquecido mientras el pueblo se encuentra en la miseria y está siendo investigado por la Corte Penal Internacional por crímenes contra la humanidad.
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Alfredo Apilánez/trampantojos y embelecos
Cantos de sirena
«Una casa en propiedad no es de izquierdas ni de derechas; un trabajo estable no es de izquierdas ni de derechas, es de sentido común. No puede ser que pongamos la alfombra roja a los fondos especuladores, a los buitres, mientras la gente normal no tiene acceso a la vivienda. No queremos que nuestros barrios se conviertan en una partida de Monopoly para los grandes fondos de fuera».
Las palabras previas no corresponden, pese a su apariencia reivindicativa, a un representante del movimiento de vivienda o de un partido progresista, sino al diputado de VOX y figura emergente de la ultraderecha Carlos H. Quero.
El “rollo de la vivienda”, en la retórica populista de Quero, va de que “Ana y Anselmo” ―nombres ficticios, pero es de suponer que muy españoles―, una joven pareja de un barrio de la periferia de Madrid, no pueden formar una familia ni acceder a un piso en propiedad por culpa de la globalización, de las políticas de Ayuso, que acoge con los brazos abiertos a los fondos inmobiliarios extranjeros y, sobre todo, de que los inmigrantes «desarraigados» supuestamente acaparan las escasas viviendas de promoción oficial.
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Ujué Agudo Díaz y Karlos G. Liberal
Ed. Katakrak, 2019
José Luis Terrón Blanco
Publicado en Redes Libertarias núm.4
Ana Carrasco-Conde (2025) nos cuenta cómo el fallecido pintor Tetsuya Ishida muestra a los seres humanos como robots que las grandes corporaciones montan y desmontan. Pero, siguiendo a la autora, lo que el artista no llegó a imaginar es una tecnología para mejorar al ser humano y sustituirlo: “no comete errores, no se cansa ni enferma, está siempre disponible y, sobre todo, abarata costes”.
Para Luke Munn (2025), la que llamamos Inteligencia Artificial “es tanto un término de márketing como un conjunto de arquitecturas y técnicas de computación”, con una capacidad enorme de evocar imágenes y, así, mostrarnos cómo debería funcionar la sociedad y cómo debería ser el futuro. Y añade que, en este sentido, “la IA no necesita funcionar para funcionar”. Apoyándose en Bender y Hanna, sostiene que cuando hablamos de IA siempre deberíamos preguntarnos a quiénes beneficia esta tecnología, así como a quiénes perjudica y con qué recursos cuenta. Y nos hace una advertencia capital: “la cuestión aquí no es si los modelos de la IA son racistas, históricamente inexactos o woke, sino que estos modelos son siempre políticos y nunca ajenos a ciertos intereses”.
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