Archivo de la categoría: Opinión

El futuro será libre

Maka Makarrita – El Topo

Hubo un tiempo en que la soberanía tecnológica estaba en el centro de nuestras preocupaciones. Lo pienso ahora, escribiendo desde LibreOffice, uno de los pocos vestigios de software libre que siguen resistiendo en mi ordenador, y me da hasta cosica. Teníamos N-1 como red social, guifi.net para conectarnos, Raspberry Pis para cacharrear y jugar. Teníamos hacklabs, install parties y alternativas libres para casi cualquier cosa que quisiéramos hacer. ¿En qué momento perdimos el norte y nos echamos en brazos de Google e Instagram?

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Papa-natismo a rabiar

o del paso por del jefe supremo, de esa institución arcaica, que llaman Iglesia Católica, Apostólica y Romana, por este inefable Reino de España (parejo en cuanto a arcaísmo) es para seguir sorprendiéndose del género humano. Sorprendiéndose y, dejen de leer todos aquellos con la piel muy fina, sumirse en la vergüenza ajena más lamentable. Y no me refiero, que también, a la lamentable sumisión de los poderes públicos dentro de un Estado aconfesional (por otra parte, una especie de oxímoron). Lo más preocupante es, lo habréis adivinado los lectores más avispados de este lúcido blog, el patético papanatismo del personal convertido en masa acrítica y sujeta a una preocupante enajenación eufórica, que deja a un lado los sangrantes problemas del mundo que vivimos, para escuchar a un supuesto líder espiritual, que sencillamente apuntala el statu quo. No debe ser casualidad que el epíteto que tanto me gusta usar a modo crítico se construya etimológicamente con el término papa (perdón por el chiste fácil). Para los ofendidos, recordaremos el significado de papanatas: “Persona simple y crédula o demasiado cándida y fácil de engañar”. Si a eso le añadimos la obediencia debida que reclama una institución reaccionaria y jerarquizada como la eclesiástica, puede que debamos dejar nuestras creencias y susceptibilidades a un lado para empezar a reflexionar un poquito si es que queremos rendir tributo a nuestra condición como especie supuestamente sapiens. En no demasiados años, hemos pasado de un sumo pontífice acusado poco menos que de nazi, aquel Joseph Razinger (Benedicto no sé cuántos) que provocó ciertas manifestaciones en contra, luego a un Jorge Mario Bergoglio (de nombre artístico Francisco), este ya con un talante progre y, ahora, a un tipo creo que estadounidense de origen, que se hace llamar León Catorce. Creo que este fulano, que para algunos representa una continuación del talante progresista del anterior (sin que sepamos muy bien qué diablos quiere decir esto) ha estado cosa de una semana en tierras ibéricas y se le ha prestado suma atención a todas y cada una de las palabras que han salido de su sacra cavidad oral.

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Marjane Satrapi e Irán, morir de tristeza

Acaba de fallecer, “de tristeza” según el comunicado de la propia familia, Marjane Satrapi, autora de la alabada novela gráfica Persépolis. La obra, cuya primera edición aparece justo en el comienzo del tercer milenio, tiene caracteres autobiográficos y nos introduce en la historia de Irán a partir del comienzo del régimen fundamentalista islámico en 1979, cuando Satrapi tiene 10 años. La niña pertenece a una familia de clase alta, progresista y opositora al reinado del Shah de Persia (un sistema autoritario, no lo olvidemos tampoco, apoyado por Occidente), pero acabará comprendiendo que el país ha llevado a cabo una “revolución” para acabar fundando otra dictadura, un régimen integrista perverso. Observamos cómo se impone, entre muchos otros recortes de libertades individuales, a una joven Satrapi con notables inquietudes intelectuales y espirituales, así como una progresiva conciencia sobre la injusticia, el uso del pañuelo como a tantas mujeres. Persépolis, como ya se ha reiterado, es una obra clave, incluso con la forma de un medio usualmente despreciado por algunos botarates como es la historieta, para entender el régimen iraní de los ayatolás, pero también para humanizar y dar voz a sus víctimas. En la actualidad, más de un cuarto siglo después de la aparición del libro y con el país en guerra, las simplificaciones y análisis interesados sobre un Irán ahora en guerra no paran de sucederse. Cuando escuché la noticia de su muerte y ver esos titulares que aludían a la tristeza como causa, y a pesar de aclarar luego que Satrapi había perdido el pasado año al que consideraba el amor de su vida, no podía dejar de pensar en su posible estado de ánimo también por no haber podido contemplar el fin de un régimen terriblemente autoritario y ver ahora a su país de origen bombardeado por Estados Unidos e Israel. Fuera el final de su vida por motivos personales o tal vez por una excesiva conciencia sobre los males del mundo, o puede que por una mezcla de ambas cosas, la noticia me ha revuelto el alma y, una vez más, provoca unas cuantas reflexiones. No obstante, pidiendo disculpas de antemano, antes de ello una pequeña digresión sobre las diferentes actitudes existenciales y la conciencia acerca de los males del mundo.

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Desestupidizar (definitivamente) el anarquismo

En uno de sus últimos artículos (ya muy mayor y deteriorado, falleció por decisión propia en julio del año pasado), Octavio Alberola venía a decir que las y los anarquistas habían sido y son los únicos, al menos sobre el papel, que han luchado contra toda forma de dominación. De esa forma, han querido sacar pecho y mostrarse como los verdaderos seres, valga el cierto neologismo, indominantes. Pero, ¿esto es verdaderamente así o, a menudo, las y los anarquistas nos mostramos igual de papanatas y tarambanas que el resto de la humanidad? Lo que el bueno de Octavio quiso evidenciar, si es que lo entendí bien, es que los ácratas en la actualidad no se mostraban a la altura de lo que pretendían ser: orgullosos sapiens inmunes a cualquier suerte de dominación. Para ello, aludía a alguna forma de déficit en la evolución del aparato cognitivo, lo cual me introduce en la teoría de cierta amiga que, visto lo visto en la deriva de la humanidad, sostiene que hay en marcha toda una involución intelectual. En otras palabras, que los que se han querido ver inmunes a la dominación, resulta que son tan vulnerables como el que más a la falta de reflexión y de autocrítica, lo cual efectivamente es un buen terreno abonado, no ya para evolución alguna, sino para cierto deterioro cognitivo. Así, se critica con fuerza las instituciones coercitivas, como son las del Estado, y se denuncia la sumisión que gran parte del personal realiza a la autoridad instituida, mientras que se obvia que es posible que los anarquistas, y sus organizaciones, reproduzcan esos mismos mecanismos que promueven la docilidad y la subordinación. Incluso, de forma más perversa, ya que insistiré en que la retórica libertaria habitual alude a una encomiable resistencia permanente ante el poder. Me sumo a lo expuesto por Octavio, es más necesario que nunca reconocer esta gran contradicción en el movimiento anarquista, ese deseo frustrado de venir a ser una especie de seres altamente evolucionados incapaces de someterse a la dominación (ser auténticamente indominantes, algo que se me antoja un poquillo utópico). De lo que no estoy tan seguro es que ello se produzca por alguna suerte de evolución cognitiva, ya que si para nada creemos a estas alturas en una finalidad de la historia de la humanidad, dudosamente vamos ahora a confiar en que la mente del sapiens esté sujeta a una fase superior en el futuro. Es más, y aunque todavía existen muchos interrogantes al respecto, desde mi nada modesta opinión pienso que no somos al comienzo del tercer milenio (me refiero a lo que se denomina nuestra era, signifique eso lo que signifique) un animal demasiado diferente a ese que produjo una especie de revolución cognitiva entre los primates hace cosa de 70.000 años.

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Inicuos relatos históricos

La existencia de un elemento como Isabel Díaz Ayuso (presidenta de la Comunidad de, ya sabéis, la capital de este inefable Reino de España) encabezando un sistema político, ya de por sí perfectamente susceptible de una crítica feroz, nos hace preguntarnos hasta qué punto hemos llegado en un sociedad a nivel intelectual y moral. Hasta qué punto ínfimo, claro, no hace falta aclararlo para las mentes bien oxigenadas. Un ejemplo más, de los muchos, del nivel de esta señora es la visita esperpéntica que ha realizado a México sin estar muy claras sus intenciones más allá de hacer el ridículo y, finalmente, victimizarse engañando por doquier. Todo parece valer, a día de hoy, en la lucha por conquistar o afianzarse en el poder. En España (este indescriptible país), sabemos muy bien de la falta de memoria histórica, aunque hay que reconocer que es un terreno este proclive a la relatividad; es decir, cada individuo o colectividad tiene su propio sentido de lo que desea recordar, así como está dispuesto a abrazar uno u otro sentido relato histórico. Por supuesto, debería haber un consenso de hechos objetivos, al margen de las simpatías de cada uno, lo mismo que debería haber un reconocimiento del otro, al que a menudo se desprende de humanidad, como actor dentro de la historia. Cada nación posee su propio relato, a menudo mítico e inicuo, que le otorga cierta legitimidad y promueve entre los llamados patriotas un cuestionable sentido de orgullo por algo tan banal como un factor geográfico y cultural. Uno, ácrata y cosmopolita hasta los tuétanos, solo puede observar esa especie de pertenencia tribal como un perverso factor enajenante para esta especie peculiar que llamamos sapiens. Esta abstracción que denominamos nación, detrás o delante de la cual se encuentra el poder político de una minoría llamada Estado, genera identidades tan malévolas como para que los jóvenes acaben vistiendo un uniforme (por fuera y por dentro) y sean empujados a enfrentarse al que se encuentra más allá de una artificial frontera. El espíritu nacional, no nos engañemos, ha sido fomentado a diestra y siniestra por todos aquellos que aspiraban a conquistar el poder. En este inenarrable Reino de España, con una considerable historia de conquista a nivel histórico, el relato nacional ya traspasa todos los límites morales e intelectuales.

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El País, medio siglo (de ignominia)

Si el año pasado, hubo que sufrir ciertas celebraciones, o no sé muy bien qué, sobre la supuesta llegada de la democracia a este bendito país tras la muerte del dictador, es ahora el diario adalid de la progresía el que cumple su medio siglo de existencia. Y hay que dejarlo meridianamente claro, al respecto, los fastos producen no poca vergüenza ajena para todo aquel que tenga bien oxigenada la conciencia. No seamos ingenuos, no es que esperaramos que el llamado cuarto poder se mostrara mínimamente autocrítico, especialmente si hablamos del que es el grupo mediático más fuerte en este inefable Reino de España. Efectivamente, el diario El País nació en 1976 y, seguramente, no hay ningún otro factor que represente mejor lo que constituyó ese fraude llamado Transición a la democracia. Hagamos algo de memoria, eso tan necesitado en la actualidad, bien aderezada de un poquito de decencia y moralidad. Uno de los fundadores del diario fue José Ortega Spottorno, hijo del filósofo Ortega y Gasset, que a pesar de su supuesta condición liberal y laica acabó unido militarmente al bando reaccionario golpista y después, por supuesto, hizo fortuna en el régimen del genocida Franco. Spottorno era un editor de prestigio, había dado continuidad a la Revista de Occidente de su padre, un hombre bien visto por los sectores más abiertos de la dictadura franquista. Pero, quizá no es tan conocido que otro de los promotores, y por supuesto futuro accionista, de El País fue el ministro franquista Manuel Fraga Iribarne. Y fue el fundador de ese engendro posfranquista llamado Alianza Popular el que puso como director del diario a Juan Luis Cebrián, director de los servicios informativos de la franquista Televisión Española e hijo de un veterano y muy influyente falangista miembro de la Jefatura de la Prensa del Movimiento. Con estos sencillo datos, vemos cómo se estaba gestando la alabada transacción, el paso de una dictadora a una democracia con cierto lavado de cara político y mucha continuidad en todo lo demás. Cuando se publica el primer número de El País, en mayo de 1976, Manuel Fraga era ministro de gobernación de la Monarquía sucesora de Franco en la jefatura del Estado con un tipo tan sinvergüenza como Juan Carlos de Borbón (permanentemente alabado por el diario a pesar de sus latrocinios y escándalos diversos), mientras que solo quedaban dos meses para que fuera nombrado presidente del Gobierno otro tipo que se acostó franquista y se levantó demócrata, Adolfo Suárez. La prensa del momento, con El País a la cabeza, acompañó muy bien todo el proceso transicional en base a un supuesto miedo a la regresión al autoritarismo y a un mucho de intereses de todo tipo. El relato de que El País nació de un grupo de subversivos demócratas solo esta disponible para mentes biempensantes no sobradas de excesiva comunicación interneuronal. Una vez más, recordemos que PRISA, poderosa editora del periódico, fue creada en 1972 por miembros de la burguesía franquista y con el visto bueno institucional de la dictadura; poseía ya todos los medios a su alcance, junto a un numeroso accionariado de personas con (muchos) posibles, para el futuro proyecto de un diario moderno y liberal, no era en absoluto la aventura incierta de un grupo de precarios jóvenes como tantas veces se ha querido vender.

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Reaccionaria nostalgia por el pasado, involución intelectual y otros desvaríos

Resulta estremecedoramente peculiar que tantas personas aludan una y otra vez a los malos tiempos que vivimos, algo que por supuesto nadie discute, pero lo hagan apelando a un supuesto pasado más benévolo. Eso se traduce en la recurrente frase, digna de toda suerte de parodias, «cualquier tiempo pasado, fue mejor». ¿Acaso eso significa que gran parte de la humanidad son una panda de reaccionarios sin remedio? Veamos. Cierto es que, a nivel social y económico, el hecho de darse una tras otra toda suerte de situaciones social y económicamente peliagudas es como hacerse mirar el sistema en que vivimos. Pero, que yo recuerde el condenado capitalismo este, en perfecta armonía con la clase política, siempre ha encadenado una crisis tras otra; espero que eso no nos haga volver al feudalismo explícito, que ya suficiente explotación tenemos con la actual. Sobre los conflictos bélicos, cierto es que ahora mismo hay un aparente demente, gobernando la principal potencia del mundo (entre otros de otras potencias), que ha iniciado sin ningún escrúpulo guerras cuyas estadísticas con víctimas civiles parecen importar cada vez menos. Sin embargo, repasemos el pasado reciente y con poderosos gobernantes, quizá no tan histriónicos ni irrisorios, pero con el mismo nivel de iniquidad, se ha mantenido igualmente la actividad bélica. Por no hablar de conflictos de todo tipo, quizá no tan mediáticos, ni que afectan tanto a nuestro bolsillo, que se mantienen activos desde hace infinidad de tiempo. Sobre regímenes abiertamente perversos, con los que algunos hipócritamente pretende acabar echando gasolina al fuego, llevan existiendo desde hace infinidad de tiempo y las supuestas democracias han negociado con ellos cuando les ha convenido. Si nos referimos a lo político en este inefable país llamado Reino de España (por cierto, ¡repasemos la nada idílica tradición de los borbones!), el asunto este nostálgico sobre un pasado supuestamente mejor llega a tal nivel de despropósito, que algunas personas consideran que los dirigentes de los partidos no tienen ni punto de comparación con los de hace décadas, en concreto con esos prohombres bondadosos que trajeron la democracia hace casi medio siglo.

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Las elecciones y los gobiernos de ultraderecha: el caso húngaro

Cómo estará la cosa de shunga, que la prensa habitual ha echado las campanas al vuelo, y hasta la izquierda lo celebra. Con una participación récord, del 80% del censo húngaro, el partido de derechas Tisza, a su cabeza Péter Magyar, ha desbancado a Víctor Orbán (un facha de cuidado). Resultados: Tisza 138 escaños; Fidesz (Orbán): 55 escaños; Nuestra Patria: 7 escaños.

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Agitadores (de extrema derecha) nada cómicos

Uno se pregunta, si fuera una figura mediática de altura (solo lo soy a nivel moral e intelectual, lo cual se contradice con ser excesivamente mediático), cómo actuaría en el caso de venir cretinos como los tales Vito Quiles o Bertrand Ndongo a ponerse delante de mis narices con sus cantinelas solo aptas para consumo de descerebrados. Por lo que he visto, está el «estilo enfurecerse y arrebatarles el micrófono» (lo cual creo que supone entrar en su juego, aunque resulta tentador y no solo eso), el de victimizarse hasta el exceso (incluso, pidiendo ayuda policial) o sencillamente vacilarles de modo ingenioso tratando de tomarles el pelo (lo cual requiere, he de reconocerlo, una contención de ánimo y una energía algo superlativas). Aunque, ya digo, creo que solo en un universo alternativo, podría yo ser objetivo de tales tipejos, creo que trataría sin más de ignorarles (lo sé, es complicado, ya que su acoso llega hasta el contacto físico tratando de que más tarde o más temprano estalles para hacer ver que el violento eres tú, lo cual puede que me importara finalmente un bledo). Como es sabido, el acoso de dichos pseudoperiodistas solo se produce a políticos o ciertas figuras (esas sí, muy mediáticas), digamos, «de izquierdas», lo cual ha supuesto de modo lógico que se les encuadre dentro de la órbita de la derecha y la ultraderecha (tremendamente parecidas en este inefable Reino de España). Debido a esto, los calificativos habituales que han recibido han sido de, claro, ultraderechistas, pero también de fascistas, nazis y, de modo cada vez más reiterado, de escuadristas. Para los que no lo sepan, el squadrismo (claro, en italiano) hace referencia a bandas violentas, integradas por tipos de diverso pelaje, que en la época del fascismo llevaban a cabo toda suerte de salvajadas hacia figuras (de izquierda, por supuesto). Para mí, además de algo pedante, es un error insistir en el hastío en según que apelativos, desconocidos o indiferentes hacia gran parte del vulgo. Pero, y quizá soy yo ahora que el que se pone algo pedante, tampoco creo que ayude en nada utilizar de modo alternativo los apelativos fascista y nazi, no sé muy bien si con la intención de señalar a lo que es la maldad con mayúsculas y que nosotros, sus víctimas, somos los buenos. Primero, me adelantaré a superficiales críticas (izquierdistas, en este caso, me temo) para decir que toda mi argumentación posterior no supone negar, ni el peligro (más que mera molestia) que suponen estos fulanos, ni justificar un ápice de sus muy repulsivas e interesadas acciones.

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Adios a Dios (y a cualquier otro concepto absoluto)

Como creo que ya he manifestado en alguna de estas magníficas columnas que pongo negro sobre blanco, tengo la (no siempre) sana costumbre de leer y escuchar a gente de todo pelaje. Sé que es una botarate tendencia del ser humano la de solo atender a lo que pueda confirmar sus creencias, pero no es mi caso. Precisamente, como uno es un lúcido ácrata de tendencias nihilistas, se deja guiar por su curiosidad, escepticismo, crítica e incredulidad para ir dando forma a un pensamiento exento de dogmas, ya que el compromiso con los valores, quizá de forma solo aparentemente paradójica, se muestra más sólido desde posiciones no absolutistas y enarbolando una pequeña bandera (figurada, of course!) nihilista. Y, por mucha tabarra que nos den algunos, la historia y el pensamiento ayudan sobremanera a llegar a estas conclusiones. El caso que los intelectuales reaccionarios (valga el oxímoron), vertiente católica, son muy, muy pesaditos nombrando hasta el hastío al escritor y filósofo Chesterton. A este fulano se la atribuye una frase, que sus seguidores fundamentalistas no dejan de repetir hasta la saciedad con orgullo algo estólido; algo así como que, si el ser humano deja de creer en Dios, acaba creyendo en cualquier cosa.

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