Archivo de la categoría: Opinión

Las prisiones deben ser destruidas

Raoul Vaneigem – The Anarchist Library 2004

Traducción: Simón Royo

Papon está libre, Menigon, en la cárcel1. Papon2 es responsable de crímenes contra la humanidad. Menigon —según una expresión que, aunque ya no está de moda, no ha perdido nada de su pertinencia— mató a uno de los «lacayos del capital». En estas circunstancias, lo único cierto es que matar a un hombre para acabar con un sistema es tan estúpido como intolerable.

En estos tiempos en los que los Estados del mundo hacen del humanismo su «ultima ratio», me gustaría que en todas las calles del planeta se pudieran leer las palabras de Sébastien Castellion3: «Matar a alguien no es defender una doctrina; es, sencillamente, matar a alguien».

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Apaciguamiento político o estallido en las calles (¡a elegir!)

Muy pronto, se producirá una nueva fiesta de la democracia, y habrá elecciones generales en este inefable Reino de España. En la anterior convocatoria, no pude evitar (efectivamente, no siempre soy este lúcido anarquista nihilista feroz y, en contadas ocasiones, hago gala de cierta bendita ingenuidad), puse un mensaje a cierta persona, supuestamente ácrata, que de golpe y porrazo pasó a apoyar a Podemos. En realidad, creo recordar que era partidario de una especie de unión de fuerzas verdaderamente transformadoras, donde la fuerza podemita debía ser la punta de lanza, ya que yo me pierdo un poco con tantas alianzas, escisiones y denominaciones de la izquierda (al parecer, la presentada na y otra vez como la única y verdadera, pero en realidad con múltiples rostros). Ese individuo, muy activo en la redes sociales y con alguna que otra A circulada en su atrezzo, pasaría muy pronto a trabajar en los medios de Pablo Iglesias desapareciendo, estoy casi seguro, toda iconografía anarquista.

El caso es que uno, que todavía se sorprende de la condición humana, le puso un mensaje en ese vertedero social que es X (a.k.a. Twitter), juro por los dioses que sin acritud alguna (y así empezaba mi texto) preguntando al susodicho si, de verdad, encontraba algo auténticamente libertario en Podemos y en ese frente extenso, amplio, ancho o prolongado que promovía en aquel momento. Uf, he de decir que me sorprendió la respuesta, que en realidad fue ninguna, ya que el tipo contestó algo así como que le dejáramos en paz (utilizó la primera persona del plural, por lo que sospecho que no era la primera vez que le ponían algo así en cuestión). Y, sin embargo, quizá lo peor no fue esa contestación, seguramente lastimosamente irreflexiva al sentirse hostigado, sino la de tantos otros, defensores de la opción electoral, que aseguraban que si no votabas (claro, a lo que ellos decidieran que era lo correcto) muy pronto entraría en el poder otra suerte de santa alianza (entiéndase derecha, extrema derecha, falangistas, fascistas, nazis… etc., etc.). No, aseguro que no exagero, palabra de ácrata insurrecto.

Una vez más, aclararé que mi pregunta, más producto de la curiosidad antropológica que de cierto rigor intelectual y político, era sumamente sincera. Yo quería saber si existía algún sapiens que consideraba que introducir un papelito en una urna, contribuir a que llegara al poder una fuerza política presuntamente transformadora ayudaba a que se estableciera una bendita vía para algo así como la autogestión social. Dicho con otras palabras, no exentas ya en este caso de algo de sarcasmo y mala leche, si legitimando el poder a unos pocos (en formato de ese ente, a la vez divino y terrenal, llamado Estado) conducía a que, en alguna suerte de paradoja existencial, se resistiera individual y colectivamente al poder (o dominación). Lo que me encontré, evidenciando esa basura intelectual que son las redes sociales, es que no se hacía reflexión alguna al respecto y, sencillamente, se proclamaba contundentemente que había que acudir a las urnas para evitar que los malos, los verdaderamente malos, llegaran al poder.

Y así estamos a día de hoy, puede que más polarizados que nunca, no esgrimiendo proyecto político y social alguno verdaderamente transformador (al menos, dicho yo, algo), aunque eso sí, algún político saque pecho de algunas medidas sociales frente a la motosierra que se avecina. Fundamentalmente, esto se produce a sabiendas de que el común de los mortales no consulta ya los programas de ese horror que son los partidos políticos, y sí se esfuerza fundamentalmente que se vote lo menos nocivo (o, en caso contrario, nos vamos a enterar). Al contrario de lo que algunos puedan pensar, leyendo estas brillantes reflexiones puestas negro sobre blanco, uno no desea en absoluto señalar ninguna suerte de papanatismo generalizado sintomatizado en acudir, o no hacerlo, a una fiesta de la democracia reconvertida en esperpento político. Los motivos por los que gran parte de personal acude a las urnas pueden ser como para echarse a llorar, de acuerdo, aunque el no hacerlo puede que tampoco signifique demasiado en tantas ocasiones.

Dicho en otras palabras, que cada uno haga lo que le venga en gana un determinado día, cada tantos años, donde se asienta la ilusión de la participación política (eso sí, yo al igual que en la fiesta nacional, “me quedo en la cama igual”, que diría aquel brillante cantautor). Me parece mucho más interesante, en lugar de realizar campañas para que el personal no haga algo, tratar de recuperar el sentido emancipador del concepto de lo libertario y, eso, sin disquisiciones a priori ácratas, nihilistas, individualistas e insurrectas (sin perderlas de vista, eso sí). Hay quien ha señalado, con no poca razón, que en las últimas décadas el anarquismo como movimiento, “organizado” si queremos denominarlo así, lleva tiempo atrapado en una suerte de laberinto. Así, parte de los que se consideran libertarios se han visto tentados, quizá influidos por otros corrientes más bien totalizantes y algo autoritarias, y han abogado por una suerte de poder popular (que vendría a ser algo así como un oxímoron y no habría que confundir con la autogestión social).

Hace unos años, aquellos indignados que se materializaron en lo que se conoció como 15M, y que tuvo una ilusionante vía autogestionaria, muy pronto serían prácticamente anulados por nuevas formaciones políticas. Hoy, en un escenario muy diferente, los acampados en la madrileña Puerta del Sol, al margen de sus reinvidicaciones sobre un mundo que no les gusta en absoluto, quizás no soy justo, pero creo que apenas muestran grietas para una opción libertaria. Sin embargo, el malestar social y las enérgicas protestas se suceden ahora mismo en tantos lugares del mundo, y ello sin que obedezcan a ninguna consigna política, y sin que haya detrás instancia centralizadora alguna, y que parecen exigir transformaciones radicales aquí y ahora. No obedecen estos estallidos, de manera evidente, a ningún gran proyecto emancipador, lo cual no es necesariamente malo, y puede que sean la pequeña llama que produzca grandes movilizaciones capaces de transformar la conciencia y dar lugar a cambios de mayor envergadura. De momento, frente a los que pretenden apaciguarnos con narrativas progresistas que terminan asentando un mundo gris e inicuo, nadie impedirá que nos sigamos ilusionando cuando se evidencia el descontento en las calles. Y eso lo dice, ahora sí, un irreductible ácrata exacerbadamente nihilista y, no es posible evitarlo, algo nihilista.

Juan Cáspar
https://exabruptospoliticos.wordpress.com/2026/10/25/apaciguamiento-politico-o-estallido-en-las-calles-a-elegir/#more-2448

Una, dos… mil insurrecciones en Francia

Eco de “Uno, dos…mil Vietnams” que gritábamos en algunas manis parisinas durante el 68

Tomás Ibáñez

18 de octubre 2026

La intensa jornada del 17 de octubre con su extenso registro de fuertes enfrentamientos en muchas de las ciudades francesas atestigua que ese país no podía representar una excepción. Al igual que lo sucedido estos últimos años en múltiples regiones del mundo, desde las Américas hasta el Sureste asiático pasando por varios países europeos, hemos asistido en esta ocasión a la explosión del malestar lentamente acumulado, con cientos de miles de personas ocupando las calles y mostrando una determinación capaz de resistir a las más contundentes de las oleadas policíacas. Como en tantos otros países, las personas que han nutrido las manifestaciones de este 17 de octubre  no lo han hecho obedeciendo a consignas provenientes de las grandes organizaciones, sino básicamente a través de las redes sociales, de la conversaciones cotidianas que circulan por el tejido social en los barrios y en los lugares de trabajo, y respondiendo también a los llamamientos de pequeñas organizaciones sin que mediase entre ellas una instancia centralizadora. 

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Sobre causas y banderas

El que suscribe, de manera lúcida, solo aterriza de manera puntual en esos vertederos, especialmente Twitter o como se llame ahora, que son las redes sociales. No es ninguna disculpa, es sencillamente la verdad, solo soy partidario de utilizarlas para enlazar algo medianamente interesante y no para discusiones estériles que no conducen a parte alguna, mucho menos para abundar en narrativas simplistas y pueriles, por no decir directamente falaces. El caso es que acabo enterándome de que ciertos fulanos mediáticos se esfuerzan en difundir ciertos discursos que, como en el caso ahora mismo de los acampados en pleno centro de la capital de este inefable Reino de España, señalan la supuesta hipocresía y el exaltado radicalismo de los que protestan. De lo que estoy seguro es que esos inicuos reaccionarios oportunistas, muy probablemente la mayoría también estultos, bodoques y abiertamente mentecatos, no se han manifestado en su lastimosa existencia por causa alguna. Se me objetará que cada vez me muestro más faltón en lo que pongo negro sobre blanco, pero al mismo tiempo se me reconocerá que lo haga con cierto estilo y capacidad léxica.

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¿Existe algo como un «alto el fuego»?

Hoy, en este inefable país que llamamos Reino de España, se estrena en salas comerciales el documental NAZA, que recoge la matanza sistemática de civiles palestinos por parte de las fuerzas armadas israelíes. Al parecer, de manera estremecedora, el título alude a unas palabras en hebreo (nezek agavi), usadas por el Ejército de Israel para prever la cifra de víctimas civiles en un ataque aéreo (daño colateral, lo llaman). La película, rodada en Tel Aviv por israelíes, revela también el papel de los funcionarios del gobierno en el genocidio a través de multitud de entrevistas con soldados y agentes de inteligencia. Como era de prever, el film está prohibido en Israel y sus directores han sido acusados de traición, esa palabra que tanto gusta a los gobiernos criminales usando un lenguaje repulsivamente militarista. Los responsables de NAZA han declarado que no temen tanto al gobierno, como a parte de la sociedad civil israelí, aunque me congratula conocer que también han recibido multitud de apoyo por parte de personas y organizaciones internacionales (y también israelíes). ¿Alguien, en su sano juicio moral, puede sostener que una obra así pueda estar manipulada? ¿Alguien, a estas alturas, puede dudar que lo que se está perpetrando en Gaza es una masacre, asesinato masivo, genocidio o como diablos lo queramos llamar? Parece que vivimos en tiempos muy oscuros para, sencillamente, denunciar lo que es evidente, pero ya hay situaciones que se caen por su propio peso.

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El advenimiento de la ilustración oscura

Se me escapa un poco, lo admito, estos conceptos de nuevo cuño. De lo que estoy totalmente seguro es que el género humano, esta peculiar especie llamada sapiens, resulta más que cuestionable y se multiplican los hijos de su madre. Vayamos con ese engendro altamente pernicioso que denominan ilustración oscura, que al parecer empezó a forjarse ya tiempo atrás, aunque haya recibido ese nombre concreto hace no tanto. Sí, lo habéis adivinado, esta corriente o movimiento, o lo que demonios sea, se autodefine como la antítesis de la Ilustración. El epítome de todo movimiento neorreaccionario, tradicionalista y a la vez futurista (¿no era eso el antiguo fascismo?). Si los valores ilustrados, con su idea del progreso hacia un mundo más justo, libre e igualitario, solo podemos ponerla en cuestión bien entrado un siglo XXI plagado de atrocidades, ahora una poderosa gentuza empieza a promover valores que son justo todo lo contrario. Aclararé algo, y valga esto también para todos aquellos que atacan la posmodernidad como si fuera también una corriente ideológica nociva que algunos quisiéramos abrazar, si muchos señalamos que esa visión teleológica hacia poco menos que un paraíso terrenal resultó terriblemente falaz, ello no significa en absoluto que no haya que seguir trabajando y construyendo un mundo basado en esos valores, reivindicando una razón crítica con un horizonte amplio vinculado al ámbito moral. Tal y como yo lo veo, fue el anarquismo es que radicalizó ampliamente en aras de la emancipación todo lo surgido en la ilustración, aquello que pareció forjar una modernidad que finalmente se mostró incapaz de desterrar el absolutismo, y ahora nos encontramos en una época muy diferente donde hay que buscar nuevas prácticas libertarias ajenas a cualquier asomo de dogmatismo.

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Dando vueltas a la anarquía

Leí hace poco un libro en el que David Graeber1 entabla un diálogo sobre la «anarquía» con Mehdi Belhaj Kacem, Nika Dubrosvsky y Assia Turquier-Zauberman. Es un libro con profundidad pero, a la vez, sencillo de leer por el dinamismo que le confiere el formato de diálogo.

No quiero hacer una síntesis de las ideas del libro sino que voy a resaltar aquello que a mí me ha gustado más, por tanto, opto por la subjetividad pura y dura.

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¿Inteligencia? artificial

El que los tan esperpénticos, como inicuos, tecnobros estén ahora alertando sobre los peligros de la inteligencia artificial, y no hacer falta tener una gran oxigenación cerebral para verlo, viene a significar que desean seguir teniendo el todopoderoso control de la tecnología en esta suerte de capitalismo desalmado. Hubo un tiempo, en los albores de la modernidad, donde muchos confiaban en que el conocimiento y los avances tecnológicos condujeran, paulatinamente o a través de grandes revoluciones, a poco menos que un paraíso o, al menos, a una sociedad mejor. Hoy, solo podemos ver esto como un mal y pavoroso chiste. No, no soy ninguna clase de tecnófobo, aunque podríamos matizar que si, históricamente, ha habido movimientos que se han opuesto al desarrollo tecnológico (es el caso de los llamado luditas) fue más por considerar que las máquinas ponían en peligro su medio de vida para sumirlos en la más indignante necesidad. En otras palabras, que la tecnología nunca ha sido neutral y se ha desarrollado en un mundo profundamente desigualitario, sin socialización alguna de la riqueza, por lo que todo avance al respecto ha servido para favorecer a una minoría y precarizar al resto. Así, nos cuenten lo que nos cuenten, llegamos al día de hoy, bien entrado el siglo XXI. Y la auténtica revolución tecnológica que se ha producido en las últimas décadas, y no debería haber nadie con la suficiente comunicación interneuronal que lo dudara, se ha puesto al servicio, fundamentalmente, de todas esas élites, políticas y económicas, que aseguran un mundo plagado de miseria, precarización y conflictos bélicos permanentes.

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El sujeto, el proletariado, la organización anarquista y otras nostalgias

Es muy posible que nadie le haga mucho caso a este breve escrito, pero por si acaso diré por anticipado que mi pretensión es modesta y que no pretendo polemizar, aunque no me importaría compartir argumentos y pensar, saliendo de los estereotipos que todas tenemos y que nos conducen a ser obtusas y, en ocasiones, a la ceguera.

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Emanciparse de la narrativa catastrofista

Bernat Torner / Directa

Vivimos en un mundo en constante crisis. Desde la crisis del petróleo de la década de 1970 hasta la pandemia de 2020, la historia contemporánea se ha descrito como una sucesión de crisis. Las crisis afloran por todas partes: en el supermercado, con el aumento de los precios de los alimentos; en los bosques, con la deforestación; en los embalses y pantanos, con la sequía; en el aire que respiramos, con la contaminación; en los telediarios, con interminables imágenes de bombardeos y niños mutilados; en los bolsillos de los trabajadores, afectados por los sueldos insuficientes; en la factura del alquiler, que ya representa, en muchos casos, más de la mitad de la nómina, y un largo etcétera. Nadie puede escapar del omnipresente fantasma de la crisis. ¿Pero, y si las crisis no fueran accidentes? ¿Y si los estados las inventaran para alterar la “normalidad” e impulsar los intereses de las élites? ¿De quién y para quién son las crisis?

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