Archivo de la categoría: Opinión

La lucha por la «libertad» de Estados Unidos

Resulta lamentable ver cómo personas salen a la calle alborozadas, envueltas en su bandera, celebrando que hayan bombardeado su país. Ello, por mucha dictadura que exista en el mismo, y vamos a dar por hecho que en Venezuela el chavismo, supuesta revolución socialista, fracasada en cualquier caso, ha tenido una intolerable deriva autoritaria que cierta izquierda se ha negado a reconocer. Desgraciadamente, esta polarización descerebrada, que tantos fomentan a diestra y siniestra, es lo que conduce a que muchos supuestos sapiens, por algún extraño mecanismo mental, sean incapaces de condenar el autoritarismo venga de donde venga y luchar, al menos, por las libertades más elementales. Así, observar las iniquidades imperialistas de Estados Unidos, considerarlo el mal absoluto, conduce inexplicablemente a algunos a alinearse, de forma directa o indirecta, con regímenes como el de Rusia, o incluso China, mientras que se mira hacia otro lado ante la situación, por ejemplo, de la dictadura cubana, cuyo fracaso político, moral y económico no es solo culpa del bloqueo estadounidense. La lúcida condición ácrata, aderezada con algunos toques nihilistas, es lo que tiene, que te hace ponerte de lado de las víctimas de la opresión política en cualquier lugar del mundo, al mismo tiempo que se denuncia con fuerza, tanto esa práctica revolucionaria autoritaria que no ha llevado a ninguna parte, como la explotación característica de este sistema económico globalizado que padecemos. Al parecer, no es posible exigir lo mismo a todo el mundo. Aceptado que el autoritarismo, suavizado por una retórica opuesta al imperalismo yanki, que inexplicablemente se mantiene hasta nuestros días, es siempre denunciable y no supone una alternativa socialmente transformadora hacia algo más justo, vamos a poner el foco en ese adalid del mundo libre que son los Estados Unidos de América.

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Bakunin, Necháyev y censura

La editorial Imperdible me pidió una Introducción para el tomo 7 de las Obras Completas de Bakunin que están publicando. Pensé que tenía plena libertad para enfocarlo como yo quisiera puesto que es un texto firmado y, yo y solo yo, soy la responsable de dicha Introducción.

No ha sido así, la notificación de que no iban a publicar el texto es para mí seña inequívoca de censura, no obstante, su correo lo tenéis al final del texto y que cada cual lo valore como considere oportuno.

Censurar un escrito porque no coincide con su interpretación de Bakunin acerca del papel de las mujeres en la revolución no pensaba que fuera motivo para la censura, pero ha resultado que sí. 

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Autoayudas (y otras distorsiones)

Dijo aquel filósofo, tan influyente en la modernidad para bien y para mal, que la creencia religiosa venía a ser «el consuelo de los afligidos». No puedo estar más de acuerdo. Dejemos claro que semejante aseveración poco o nada aporta sobre lo benévolo o no de la religión, ya que la misma vendría a ser una consecuencia de los males terrenales. Si a las carestías materiales o físicas, se une el miedo, la inseguridad y las promesas de una existencia mejor, más acá o más allá, el despropósito viene a ser mayor. En la actualidad, al menos en las sociedades mal llamadas desarrolladas, la carestía material está habitualmente mezclada con todo suerte de malestares físicos y psicológicos, lo cual empuja a que gran parte del personal abrace sin pudor las más variopintas y descabelladas creencias, teorías, doctrinas y terapias. Al parecer, las crisis de todo tipo que nos depara este maldito sistema ha hecho que los libros llamados de autoyuda aumenten sus ventas de forma notable. Para que luego digan que la gente no lee. El problema, por supuesto, al menos en este caso, no es la falta de lectura. El problema es que… ¡madre mía, qué lecturas!

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Sobre claudicaciones nefastas y actitudes irreductibles

Si, en otras ocasiones ya he aludido a una supuesta involución intelectual de la humanidad, al menos en estas sociedades que se dicen avanzadas. Inevitablemente, hoy tengo que continuar con la cantinela tratando de disipar las tinieblas de la mediocridad enmascaradas con luces navideñas (u otras el resto del año). Así, como parte lógica de ese proceso se encuentran diversos factores sintomáticos, entre ellos una especie de distorsión cognitiva alarmante, la ausencia de pensamiento crítico y la nula presencia de memoria histórica (o, al menos, aunque no sean del todo conciliables, de una memoria y visión histórica dignas). A poco que uno observe a su alrededor, encuentra todo tipo de evidencias sobre ello. Como razonable y razonada explicación, estoy muy de acuerdo con los (parece que pocos hoy los perspicaces) que sostienen que vivimos en una sociedad del espectáculo cada vez más exacerbada. Eso es, el permanente afán por mantenernos entretenidos mediante imágenes, cada vez más sofisticadas gracias a la tecnología, que nos impiden estar en contacto con la realidad. De hecho, mucho ha llovido desde que el bueno de Debord pronunció su lúcida teoría; ahora, es posible, que no solo una capa de imágenes enmascare la realidad, sino varias, unas sobre otras de la manera más estólida posibles. Sea como fuere, es tal vez mucho presuponer que algunos llamados cuestionablemente sapiens demanden estar en contacto con la realidad, o que al hacerlo tengan un comportamiento aceptablemente digno, pero perseveremos en nuestro voto de confianza en la humanidad. Dejaremos para otro momento disquisiciones filosóficas acerca de lo que es real, aunque tengamos claro lo que no lo es, al menos para millones de personas en el mundo que continúan viviendo en la indigencia.

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¿Quedan anarquistas en España?

Ya adelanto, al haber mencionado la palabra ideología, y así trato de hacérselo ver a todos estos especímenes que demandan tanto veredicto previo sobre una sociedad futura, que en absoluto considera el anarquismo (o, mejor, los anarquismos en plural) como una ideología, si es que por tal cosa entendemos un sistema cerrado de ideas acerca de cómo deben ser las cosas (esto resulta obvio, pero así hay que decirlo una y otra vez hasta el hastío). Pero, vayamos con la respuesta que da título a esta lúcida columna puesta negro sobre blanco en un medio agradeciblemente difuso. Efectivamente, con cierto desprecio apenas disimulado, algunos sapiens le sueltan a uno la pregunta de marras: “Ah, pero, ¿quedan todavía anarquistas?”. Cabe contestar que, de manera obvia, “¡Al menos delante tienes uno!” (eso, tratando de no añadir ningún calificativo, aunque dan ganas); además, no hay otra que reprimir el añadir que, no solo eso, que uno es en realidad un lúcido ácrata de tendencias nihilistas, algo que puede provocar no pocas explicaciones que uno no siempre tiene estómago para dar a según qué contertulio. Pero, es posible, que con semejante interrogante sobre la supuesta ausencia de anarquistas en este indescriptible país, donde una vez fueron mayoría, puede que haya algo más inquietante.

Me da la sensación de que lo que se pretende, efectivamente, son sentencias firmes sobre cómo un partido, movimiento, colectivo, o cómo diablos queramos llamarlo, puede llevarnos a una sociedad, al menos, algo mejor. Es decir, es la consecuencia de una mentalidad que no concibe otra posible respuesta que más de lo mismo, una organización de arriba abajo, sin cabida alguna para la autogestión social (concepto que cuando uno lo menciona provoca espasmos similares a los de la santa anarquía). De momento, si uno tiene tiempo y ganas para ello, hay que arrojar un poquito de luz a nuestro alrededor haciendo ver que, afortunadamente, claro que hay anarquistas, incluso organizados con todas las dificultades que se quiera (y, a veces, también no poca estupidez a la que los ácratas no son siempre inmunes, que dan lugar a esos irritantes e inexplicables conflictos inherentes a todo colectivo humano), Y no solo en el ámbito laboral existe la lucha libertaria, también en mucho otros donde trata de protegerse a los más desfavorecidos llevando a la práctica eso tan necesario que es la solidaridad (concepto clave); insisto, a poco que uno indague, puede observar todos estos proyecto y colectivos de tendencia autogestionaria, con sus altibajos, o sin necesariamente esa etiqueta implicados en movimientos sociales tratando de que se desarrollan de modo horizontal. También, puede tratar de explicarse que vivimos en una época posmoderna, donde las grandes respuestas no deberían tener cabida y donde todo, para bien y para mal, es mucho más difuso que pretender que un gran movimiento nos arrastre, sin demasiado esfuerzo por nuestra parte, hacia un mejor horizonte. Pero, me temo, es demasiado pedir hacia tantos no demasiado fortalecidos intelectual y moralmente. Y es lo dice un anarquista, realmente existente, con algún que otro tic nihilista.

Juan Cáspar
https://exabruptospoliticos.wordpress.com/2025/12/21/quedan-anarquistas-en-espana/

Capitalismo, progreso y hambre

Los liberales, los más «puros» al menos, esos que aseguran que poco tienen que ver sus propuestas con el sistema globalizado que sufrimos, aseguran que la solución para la pobreza es que haya más y más riqueza (y, claro, ricos para que las migajas lleguen a otros). Hasta aseguraba tal cosa un (ex)ácrata como el inefable Antonio Escohotado, que dedicó tres volúmenes, creo que más a meterse con el comunismo (estatalista; terrible, claro), que a defender el comercio y el liberalismo. El caso es que esta gente, que en última o primera instancia defiende y apuntala el estado de las cosas, y asegura que la humanidad avanza en línea recta hacia el progreso, son incapaces de explicar cómo es posible que ya avanzado el siglo XXI siga habiendo, según los datos más optimistas, cerca de 1.000 millones de personas que padecen hambre en el mundo. No estoy hablando de necesidad de algún tipo, que también se da en todos los grados posibles, me refiero a Hambre con mayúsculas. No, no hay progreso líneal, los datos oscilan de un año a otro, hacia arriba o, lamentablemente, hacia abajo. Y no tenemos en cuenta las terribles crisis cíclicas que provoca ese mismo sistema tan alabado por ellos, y que como es evidente afectan fundamentalmente a los más humildes dentro de sociedades divididadas dramáticamente en clases (que es lo mismo que decir, señores «liberales», adalides de la sacra «propiedad privada»: gente que tiene y gente que no tiene).

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La teoría no transforma la realidad

Es muy frecuente escuchar lo ignorantes, simples y «cortos» que son los grupos, líderes y votantes de la extrema derecha (o fascismo, postfascismo o términos similares). No voy a entrar ahora en la cuestión conceptual sino en los calificativos aplicados a dicho sector político. Que los ignorantes y tontos coman la «tostada» a los listos e inteligentes es un misterio que se achaca siempre a los medios de comunicación, redes sociales y demás herramientas para «comer el tarro» a la masa acrítica y que no digo que no tenga su importancia.

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Losantos, Aznar y la iniquidad histórica, moral y política

Particularmente, como debe resultar obvio para quién tenga el cerebro bien oxigenado y me conozca, me interesa poco o nada lo que puedan decir personajes grotescamente mediáticos como Federico Jiménez Losantos. Sin embargo, lo que sí me inquieta, y dice muy poco de esta especie a menudo necia y perversa que es el homo sapiens, es la cantidad de españolitos que escuchan a semejante ser y se congratulan de las barbaridades, simplezas e insultos que vomita por su boca. Es por eso que acabo por enterarme de que, recientemente, el muy repulsivo, inicuo y no menos grotesco expresidente de este inefable Reino de España, José María Aznar, ha acudido a la radio de aquel para ser entrevistado. Se ha difundido que, en dicho encuentro en el que entrevistador afirma categóricamente cosas demenciales y pretende que el entrevistado sencillamente se las confirme, el también exfalangista Aznar se negó a condenar, según sus palabras, «algo en lo cual mi padre participó». Como puede suponerse, el susodicho ser se refería la guerra civil, provocada por un intento de golpe de Estado reaccionario a cargo de militares facciosos, que asoló este país durante casi tres años y dio lugar a una cruenta dictadura de casi cuarenta. Para el que no lo sepa, Manuel Aznar, padre del irrisorio y perverso exfalangista y expresidente, fue oficial del ejército franquista, jefe del partido fascista fundado por José Antonio Primo de Rivera y esforzado propagandista durante la contienda. Obviamente, nadie tiene la culpa de los pecados de su padre, pero es que en este caso muy probablemente los pecados del hijo hicieron casi bueno al progenitor (perdón por la terminología religiosa, cosas de este inefable país). Es natural que Aznar junior esté muy en contra de la llamada «memoria democrática», por otra parte a todas luces insuficiente y algo distorsionadora a ojos de este lúcido ácrata que suscribe, pero sigamos con la entrevista perpetrada por ese individuo de corta estatura moral que es Jiménez Losantos.

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¿Qué diablos es la derecha?

Que nadie me pregunté por qué estaba ahí, pero en mi casa, recientemente, ha aparecido un librito denominado ¿Qué era la derecha? ¿Qué es? Ahora hablo del autor, pero para que el pobre sufridor que lea esta líneas se haga una idea, se trataba de una colección donde los mismos interrogantes se aplicaban a diversos conceptos: ayuntamientos, capitalismo, nacionalismo, socialismo… Lo digo todo, si aclaro que dicha serie de cuentos, editados en los años 90, estaba dirigida por Rosa Regás y que el dedicado al ambiguo concepto político de izquierda estaba suscrito nada menos que por Felipe González. Para echarnos unas risas. El caso es que el ejemplar que ocupa estas líneas, dedicado a la derecha, fue escrito nada menos que por Aleix Vidal-Quadras. No, para los que conozcan este fulano, a día de hoy, no es un lapsus al escribir su nombre de pila. El hoy conocido como Alejo, al parecer, firmaba antaño con la forma catalana de su nombre. Tal vez, la explicación para semejantes variantes en la gracia personal estriba en las volubles y enajenantes identidades colectivas (y en sus obsesiones con la lengua). El caso es que no pude evitar echar un vistazo a lo que este tipo pudiera decir sobre la identidad de la derecha.

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El juego escondido del poder dentro del rol social

Reflexiones sobre la influencia social: el experimento de la cárcel de Stanford.

Somos seres sociales. Es memorable el escrito de Aristóteles de su obra Política en la que se expone que el hombre que puede vivir de espalda a su polis es una bestia o un dios. Forma parte de las hipótesis evolutivas el considerar que solamente hizo posible la supervivencia humana el vivir en sociedad. La influencia social es obvia en el individuo desde sus primeros años de vida y formación hasta que puede empezar a cuestionársela a partir de su adolescencia.

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