Archivo de la categoría: Opinión

Pan y circo

Charo Arroyo

No voy a entrar en críticas a quienes han celebrado como suyo el éxito de 26 jugadores y no sé el número de miembros del equipo técnico de la selección española.

Pero, increíblemente, el fútbol y el deporte, en general, alimenta ese sentimiento gregario de tomar como propio el logro conseguido por otro con su sudor y sus capacidades.

Debo reconocer la envidia que provoca ver a la muchedumbre salir a sufrir durante horas el calor y el cansancio para aclamar a unos héroes que no tienen ninguna relación con aquellas masas que los aclaman cuando no sale ni la mitad a la calle cuando sus propios derechos están en juego.

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Aguas «libertarias» turbulentas

Andan algo agitadas las aguas “libertarias”, con posiciones aparentemente antagónicas, lo cual no sabemos en estos momentos si es algo malo o bueno. Me explico y no voy a nombrar, ni personas, ni organizaciones, incluso voy a tratar de eludir etiquetas (habitualmente, tan estériles, a veces inevitables); allá cada cual con lo que quiera identificarse. En primer lugar, diré que lo que caracteriza a los ácratas, a cualquiera de ellos, es el deseo y el trabajo por la transformación social, por la ansiada revolución; si hay alguien que, dentro de esta polémica que voy a atajar a continuación, cuestiona esto dentro del mundo libertario con estúpidos calificativos al contrario de “sistémico” o “reaccionario”, pues sencillamente, y ya voy a traicionarme con lo que dije anteriormente, es un botarate (o dogmático, suelen ir unidos ambos calificativos) de padre y muy señor mío. El quid de la cuestión, lo que suscita y debe suscitar un amplio debate, es cómo se debe producir esa revolución, cómo podemos dirigirnos hacia ella dentro de determinados proyectos y paradigmas organizativos. Y es que han surgido en los últimos tiempos, nada originales tampoco en sus planteamientos, nuevas organizaciones que parecen añorar la revolución, tal y como se propugnó en la modernidad, con su sujeto central revolucionario, su combate a la inicua burguesía y al capital, así como su (posible, poco probable dados los nuevos tiempos) organización de masas que conduzca mañana a ese gran evento transformador que todo lo cambie para siempre. De esta manera, estas organizaciones de nuevo cuño parecen recoger cierto testigo histórico, sin excesivo calado en el anarquismo moderno (como resulta lógico, y estamos hablando de hace más de un siglo), y propugnar una estrategia de unidad dentro de esta organización de masas para insistir, como paradigma principal (histórico y social), en la lucha de clases y en el poder popular. Bueno, en realidad, recuperar esa lucha de clases, ya que estos activistas suele insistir en que la misma, la verdadera, ha sido apartada por otras luchas identitarias como uno de los rasgos principales de una posmodernidad de la que echan pestes.

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Divagaciones políticas

Laura Vicente
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Tener un blog propio me permite divagar, situarme en los márgenes, responsabilizarme solo de lo que elucubro, escribir, hablar o pensar de manera dispersa, sin rumbo fijo. Aviso por anticipado, que nadie busque en este breve texto una reflexión sesuda, coherente y esclarecedora. Solo son divagaciones tras algunas lecturas que me rondan por la cabeza.

Si hay algo evidente en el momento actual es que la acción política muestra claros síntomas de agotamiento, tanto la socialdemocracia como los sectores institucionales a su izquierda que no saben cómo afrontar el capitalismo neoliberal que sueña con acabar con la democracia que ya no le resulta del todo útil. El auge de la extrema derecha, no saben cómo combatirla y eso es otro síntoma de agotamiento, sobre todo cuando se recurre a estrategias, ideas y lemas del pasado.

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Aporofobia, ¿patología o el clasismo de toda la vida?

Este término, aporofobia, no demasiado fácil de recordar dada la cantidad de filias y fobias que nos depara la posmodernidad, fue acuñado hace ya más de 20 años por la filósofa, especializada en ética, Adela Cortina. Estamos hablando del desprecio, puro y duro, hacia los pobres y, creo que especialmente, a los muy indigentes. Tiene razón esta mujer cuando insiste en que la verdadera aversión no se produce tanto sobre el extranjero, como hacia aquellos que nada parecen tener que ofrecernos a un nivel material. Efectivamente, no repugnan los turistas adinerados provenientes de lejanas tierras ni los deportistas millonarios pertenecientes a otra etnia, mientras que se cierran las puertas a toda suerte de inmigrantes o refugiados de clase ínfima. Los mendigos sin hogar, que pueblan las calles de las grandes ciudades, son prácticamente invisibles a los ojos de los que algo tienen, al menos en términos materiales, aunque sus vidas estén vacías en otros aspectos. Particularmente, llevo años escuchando todo tipo de mezquinos comentarios sobre los que malviven en la calle: «les gusta esa vida», «son vagos y aprovechados», «son adictos al alcohol», «no están bien de la cabeza»… Uno se pregunta cómo se pueden afirmar estas cosas sobre personas cuyas circunstancias, sencillamente, desconocemos; las adicciones o el desequilibro mental, ¿son consecuencia o causa de una vida que no se desea a nadie?

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Las «crisis» migratorias y el mundo que sufrimos

Como es evidente, resulta altamente complicado mantenerse de forma permanente en posiciones, digamos, “radicales abstractas” sin verse con ello forzado a prácticamente abstraerse de los problemas hoy muy auténticos y muy concretos del mundo. Y esto lo dice un ácrata, más bien irredento y, encima, con cierta influencia nihilista (ojo, precisamente, a mi lúcido modo de ver las cosas, para eludir el dogmatismo más lamentable). Desgraciadamente (para mí, al menos), he conocido a alguna que otra persona, lamento decir que incluso dentro del movimiento libertario, que ante ante la toma de partido por algún conflicto concreto, dentro de este mundo que sufrimos y que tan poco nos gusta, decidían enrocarse en posturas según las cuales solo había que aspirar a un mañana revolucionario que todo lo cambiaría (y traería, o más o menos, la felicidad para todo quisque).

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Si queremos la paz, desarme inmediato

Mientras gran parte del país arde, y desgraciadamente no es una metáfora, sin que el sistema político y económico que sufrimos sea capaz año tras año de aportar una digna solución preventiva, el mundo se sigue igualmente carbonizando, de un modo más metafórico o quizá no tanto. Tal vez, es todo parte del mismo problema, sociedades jerarquizadas empecinadas más en controlar, que en cuidar a personas y medioambiente. Mientras acaba de terminar ese peculiar evento celebrado en la potencia estadounidense dirigida por un enloquecido belicista, un mundial balompédico que enardece a gran parte de la masa, las cuales vociferan los goles en lugar de clamar contras las injusticias, el planeta sigue su triste curso. Y hablando de Trump, que hace no tanto clamaba contra España supuestamente por no haber seguido al dedillo la inversión en gastos militares, ahora estará muy orgulloso, no solo con la victoria deportiva de esos prohombres hispanos multimillonarios, también con las declaraciones de Pedro Sánchez en la reciente cumbre de la OTAN. En un ejercicio sobresaliente de cinismo y falta de escrúpulos, el presidente de este inefable Reino de España ha manifestado con orgullo el haber cumplido, incluso “con creces”, el haber elevado el gasto militar (un 2% del Producto Interior Bruto), tal y como había exigido la alianza atlántica. Mientras se recortan los recursos para la sanidad pública, la vivienda social, la educación o, claro, el medioambiente, se financian misiles o toda suerte de vehículos militares por tierra, mar y aire. Como el lenguaje orwelliano está a la orden del día, bien entrado el siglo XXI, el que está al frente del autoproclamado gobierno más progresista del universo ha asegurado que, todo ese aumento del gasto belicista, se realiza en nombre de la “búsqueda de la paz”.

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La prepotencia dictatorial de las vanguardias políticas

Nigra Fenikso

El 19 de julio, fecha en la que Nicaragua celebró el 47º aniversario de la Revolución Sandinista, Daniel Ortega subió al escenario en Managua para anunciar que el país ya no celebrará elecciones. Al día siguiente, afirmó que nuevas leyes impedirán la actuación de los partidos de la oposición que pretendan disputarle el poder. La declaración no surgió de forma repentina. En febrero de 2025, una reforma constitucional ya había alterado profundamente la estructura política del país: redujo la autonomía entre los poderes del Estado, creó la figura de la copresidencia para incluir a Rosario Murillo, su esposa, amplió el mandato presidencial de cinco a seis años y consolidó cambios ampliamente criticados por organismos internacionales. Hay una ironía histórica difícil de ignorar. La revolución que derrocó a la dinastía Somoza en nombre de la libertad termina, décadas después, concentrando el poder en torno a una única familia y eliminando el principal mecanismo mediante el cual una sociedad puede sustituir a sus gobernantes.

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Hace 90 años… (y unas reflexiones sobre la actualidad)

Hoy, 19 de julio, fue el punto de partida para un proceso revolucionario hace 90 años. Sí, de forma paralela a una guerra incivil (y social), provocada por un grupo de generales facciosos y reaccionarios, se produjeron una serie de transformaciones sociales de rasgos, mayoritariamente, libertarios (autogestionarios). Como en este país, de forma netamente interesada por parte de los poderes establecidos (que son, prácticamente, los de siempre), sufrimos de graves problemas para una memoria mínimamente honesta y, al mismo tiempo, se arrojan toneladas de basura para un mínimo de consenso histórico, hablar de una revolución libertaria en España puede que sea algo altamente desconocido para el común de los mortales. Y es que los anarquistas, han sido los derrotados dentro de los derrotados, así como los especialmente olvidados. El movimiento ácrata, en la actualidad con todos sus problemas (y no todos provocados por factores externos, seamos honestos), se esfuerza en recordar que hubo una vez, antes de la victoria del fascismo, que fue una fuerza mayoritaria. Los que leen este blog, sabrán que no soy nada amigo de idealizaciones, que detesto cualquier forma de dogmatismo, así como de falta de autocrítica, pero es fundamental lo que continúan haciendo los libertarios: recordar la historia, la cual está lejos de ser lineal como insisten desde arriba para justificar el poder político y económico, para tratar de trabajar eso tan baqueteado que es la conciencia humana. Hoy, el mundo es con seguridad muy diferente al de hace décadas, no es tal vez posible un proceso revolucionario totalizante que abarque el conjunto de la sociedad. Ello no impide que deseemos esas transformaciones sociales autogestionarias, que pongan en jaque a los que desean acaparar los recursos de todo tipo, y que nos impliquemos en todos esos proyectos donde encontramos una coherencia entre medios (no coactivos) y fines (una comunidad, pero no para el mañana, ya hoy más libre, justa e inteligente). Pero, a pesar de ello, como ya dije, recordar la historia de manera honesta resulta fundamental. Al parecer, esta guerra incivil producida en este inefable Reino de España hace 90 años, que algunos insisten en ver meramente como fraticida, es uno de los hechos históricos más estudiados, si no como el que más. Efectivamente, abunda la literatura al respecto, alguna sencillamente para ser arrojada al vertedero, desde una perspectiva intelectual y moral, por tendenciosa o directamente falsa en sus premisas y conclusiones.

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Sobre el fútbol (y otras reflexiones existenciales)

Ayer mismo, paseando por la capital de este inefable Reino de España en busca de algún evento cultural de interés, no pude evitar cruzarme con un buen número de gentes ataviadas con una camiseta roja adornada con el (para uno, más que rechazable) emblema nacional. Mi estupor me llevó a terminar por enterarme de que estos días se está celebrando un torneo mundial de ese deporte balompédico que tanto furor, en ocasiones adornado con una buena dosis de irracionalidad e incluso violencia física, causa en las masas. Como al que suscribe le resulta ajena la pasión por semejante actividad futbolística, máxime cuando entran en competición las llamadas selecciones nacionales, no pude evitar preguntarme a qué mecanismo alienante obedece el sentirse alborozado cuando un tipo, que supuestamente ha nacido en tierras próximas, introduce una bola en red. El máximo estado de felicidad lo alcanza el aficionado cuando ese grupo de multimillonarios, al que peculiarmente llama compatriotas mediante alguna enajenada conciencia exenta de clase, acaba logrando un sonado triunfo. De acuerdo, uno es un irreductible ácrata algo nihilista, cuya única patria asumible resulta ser el conjunto de esta especie peculiar llamada sapiens en nombre de eso tan denostado llamado fraternidad universal, condición que le empuja a soltar, tal y como reza el título de este lúcido blog, un exabrupto tras otro. Se me dirá, claro, que exagero, que el personal solo quiere disfrutar de un inofensivo rato deportivo adoptando una determinada identidad colectiva mediante una serie de símbolos (himno, bandera…). Pero, yo me pregunto si ese fenómeno de la enajenación patriótica, que a mí me da la gana de denominar así, puede producirse solo de forma momentánea o más bien es algo permanente. Es decir, ¿no se trata acaso del mismo mecanismo que en tantas ocasiones lleva a vestir un uniforme y portar un arma para enfrentarte con el que ha nacido más allá de una artificial frontera? Sí, efectivamente, exagero.

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Pluralidades anarquistas y el anarquismo letal

Dicen que hay muchos anarquismos. Lo he leído cuando ojeo cosas de anarquistas. Hablan en los libros de anarquismo de un erudito chino, de unos aristócratas rusos, de algún francés mojigato…, cada loco con su tema. Pienso «vaaale» y sigo con mis cosas. También me suena de cuando en cuando, que hay muchos anarquistas…, o sea, puntualizo, no que existan en gran número, si no que cada uno tiene su interpretación del rollo, como yo mismo.

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