Antonio Turiel / The oil crash
La opinión pública española está consternada. Un nuevo accidente ferroviario, en la línea de Alta Velocidad, vuelve a dejar decenas de muertos. Un suceso absurdo, en cuya génesis se encuentra el fallo de los sistemas de seguridad de la circulación ferroviaria (un fallo bastante frecuente, como se deduce de las palabras del ministro – 170 fallos en lo que va de año) combinado con el error de un controlador que probablemente sucumbió al estrés.
A diferencia de los accidentes de avión, los accidentes de tren tienen algo que nos iguala a todos: todos tenemos la experiencia de coger un tren. No podemos evitar sentirnos identificados con las víctimas. Cualquiera podría ser nuestra hermana, nuestro padre, o nosotros mismos. Yo mismo, que cojo mucho el tren, no puedo menos que sentirme muy identificado; de hecho, yo tenía que coger un tren de la misma línea que se ha accidentado el jueves de la semana que viene para ir a Málaga – obviamente, he cancelado ese evento, ya que la línea tardará muchas semanas en estar operativa. Empiezo a escribir este post desde otro tren, de la línea que va a Figueres. Cuánta gente no pensará estos días: ¿son los trenes seguros? ¿no vendrá la muerte a sorprenderme, a mí o a los míos, el día menos pensado?
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