Simón Royo Hernández
“Cuanto tiempo pueda durar es otro tema; era una forma de libertad muy sutil, frágil. Muchos espacios como esos han sucumbido, tanto en Madagascar como en otros lugares. Otros perduran, y a cada momento nacen nuevos. El mundo contemporáneo está lleno de esos espacios anárquicos, y cuanto más éxito tienen, menos oímos hablar de ellos. Ni siquiera cuando se acaba violentamente con ellos nos llegan a los forasteros noticias de su existencia” (David Graeber, Fragmentos para una antropología anarquista, p.42).
“Dado que los anarquistas no persiguen la toma del poder en un territorio nacional, el proceso de sustitución de un sistema por otro no adoptará la forma de un cataclismo revolucionario repentino, como la toma de la Bastilla o el asalto al Palacio de Invierno, sino que será necesariamente gradual, la creación de formas alternativas de organización a escala mundial, de nuevas formas de comunicación, de nuevos modos de organizar la vida menos alienados que harán que los modos de vida actuales nos parezcan, finalmente, estúpidos e innecesarios” (David Graeber, Fragmentos para una antropología anarquista, p.51).
A principios de los años 90 del pasado siglo me encontraba cursando el cuarto o quinto curso de la Licenciatura de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid cuando un suceso conmocionó la vida académica y la rutina en la que nos encontrábamos. Alguien había realizado un panfleto y había dejado fotocopias de este por todas partes.
En ese entonces no había casi Internet y los ordenadores no eran todavía tan usados como ahora. El panfleto estaba escrito con una máquina de escribir, ni siquiera por ordenador y más se parecía a aquellos que circularon durante la revolución francesa en la época de la Ilustración, con los cuales se enfrentaba la burguesía en ascenso y el proletariado emergente al absolutismo, que a los que pueden verse y realizarse hoy, tan fácilmente, con ayuda de las nuevas tecnologías.
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