Archivo de la categoría: Arte, ciencia y cultura

Torrente, Santiago Segura y el lamentable esperpento nacional

Santiago Segura, más o menos, debe ser de una edad similar a la mía, es por eso que uno, un cinéfilo que en ocasiones raya sin pudor la cinefagia, le ha visto (lo digo para que nos entendamos) desarrollarse como director cinematográfico (y no sé muy bien qué cosas más, ya que es alguien mediático y frívolo hasta la náusea). El primer Torrente, confirmo la fecha, data de 1998, y fue un gran éxito de público solo superada, al parecer (¡ay!), por su segunda parte. Aquella primera película de una saga infame, que incluso acudí a verla a las salas, me pareció sencillamente graciosa por momentos, con cierto ingenio, dirigida con algo de habilidad y… tremendamente zafia y excesiva. Nada más que eso supuso para mí aquel film, y resulta significativo que jamás lo he vuelto a revisitar; para nada observé lo que algunos dicen en la actualidad, que me produce algo de rubor al escucharlo de algunos a los que debería tener alguna estima intelectual, sobre una especie de retrato ácido de la sociedad española. No volví a picar pagando en taquilla con ninguna de la lamentable ristra de secuelas, aunque sí he tenido la curiosidad algún pase televisivo, pero sin aguantar demasiado frente a la pantalla; el nivel de vulgaridad (a todos los niveles), ya sin rastro de talento de ninguna clase, producía un alto marcaje en cualquier termómetro de vergüenza ajena. Para aquellos obtusos que confundan las cosas, y como ya sabrán gratamente los seguidores de este lúcido blog, de propaganda ácrata con algún que otro tic nihilista, explicaré que soy un gran amante de la transgresión e incorrección política, de buscar la provocación con estilo, de agitar a los biempensantes, pero algo muy diferente es repetir una y otra vez la misma fórmula, sin asomo de sátira inteligente, únicamente grosera, tosca y vulgar. Claro, hablamos de un tipo tremendamente listo, al menos para lo que es la promoción de su persona y de su obra, y seguro que algo tendrá en cuanto a magnetismo cuando ha sabido seducir a tantos buenos profesionales del cine para participar en sus engendros fílmicos. De hecho, el tipo ha desarrollado también una abundante carrera como actor, quizá cuestionable también en cuanto a talento interpretativo, pero hay que decir que han contado con él los más prestigiosos directores.

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La biblioteca de David Graeber

Nika Dubrovsky*

Esta biblioteca surge de un proyecto en el que he estado pensando durante muchos años. No se trata solo de organizar información de archivo, sino de crear un espacio donde las personas puedan encontrarse a través de textos, preguntas e intereses compartidos, algo más cercano a una red social que a un catálogo de archivo o a una biblioteca tradicionales.

Esta biblioteca consta de tres partes interconectadas. La primera es una biblioteca física que contiene más de 1.000 libros, muchos de ellos fotografiados y con notas y marcas manuscritas de David. Visualmente, esta parte del archivo aún está incompleta: no todos los libros han sido documentados todavía, y aún queda mucho material por recopilar.

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El film «Tierra y libertad» y el anarquismo

Antes de nada, y otorgando cierta legitimidad histórica a lo que la película Tierra y libertad narra, al margen de su calidad, diremos que debería ser sabido que la inspiración se encuentra en gran medida en George Orwell y en su Homenaje a Cataluña. Orwell llega a España a finales de 1936 y relata en el libro sus experiencias como miliciano en el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista) mostrando la represión que sufrió esta fuerza política antiestalinista por parte de los comunistas al servicio de la Unión Soviética. A pesar de mantenerse dentro de una milicia perteneciente a un partido marxista, Orwell profesa su admiración por la labor revolucionaria anarquista en la ciudad de Barcelona; será una agradable sorpresa la del británico cuando encuentra en los libertarios a los verdaderos constructores del socialismo, no solo en el terreno económico, también en los hábitos cotidianos de la vida y teniendo en cuenta siempre la libertad como factor primordial.

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El cine anarquista de Jean Vigo

Jean Vigo (1905-1934) fue un director de cine, hijo del anarquista Eugène-Bonaventure de Vigo (también conocido como Miguel Almereyda), que pasó a la historia sobre todo por dos películas de gran prestigio: Zéro de conduite (1933), que cuenta la insurrección de un grupo de estudiantes contra sus severos profesores, y L’Atalante (1934), historia de amor entre un joven marinero sin objetivos y su esposa.

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Occidente: informe de un dolor

Pablo Rosal
Poeta, dramaturgo, actor y director de escena

Publicado en Redes Libertarias núm.4

Arranca este texto de puntillas, con suma cautela y respeto, pues el que esto suscribe es un invitado y un advenedizo por estos lares, no por falta de afinidad e interés, sino por falta de un conocimiento riguroso sobre el pensar y el sentir libertarios, sabedor de la enjundiosa cantidad de teoría, estudios, consideraciones y términos existentes. Arranca con sigilo, además, porque sabe lo que va a intentar decir, y es consciente de las asperezas y urticarias que genera el tema, que es, a grandes rasgos, la espiritualidad, o su ausencia. Así y todo, no se arredra, y se dispone a cumplir el cometido de su sensibilidad, apelando a la madurez en la lectura, que trascienda eso de los curas o los iluminados y el habitual descrédito que genera.

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Destrucción y memoria: caso Bayer

Carlos García de Castro Expósito

En Argentina, desde su fundación, el poder —estatal, oligárquico y a veces abiertamente fascista— ensaya una y otra vez la misma coreografía: cometer el crimen, borrar la escena y silenciar a quienes la narran. Así se construyó la fortuna de terratenientes y patrones; así se persiguió a quienes pusieron nombre a los fusilados. Lo sabemos por las Madres de Plaza de Mayo, testigos incómodas de una verdad que no prescribe, y lo confirma el caso que nos convoca: Osvaldo Bayer, historiador anarquista cuya memoria fue atacada el pasado 25 de marzo por una topadora que quiso convertir en escombros lo que su gente había levantado.

Este texto narra esa doble escena: la del borrado y la de la respuesta. Primero, el golpe seco de la máquina; después, la reconstrucción como práctica común de resistencia. Lo que sigue es la crónica de ese gesto y de su contraescena.

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La carcajada como memoria: ironía, arte contemporáneo y desactivación del franquismo

Alba López‐Davalillo Díaz
Historiadora del arte e investigadora en arte contemporáneo y cultura visual

En una época gobernada por la posverdad, donde los argumentos se condensan en los 280 caracteres que permite Twitter y la desinformación circula a la velocidad de un golpe de like, la ironía se ha vuelto la actitud a adoptar por excelencia. Esta tendencia, lejos de ser un acto subversivo o una búsqueda de verdad, ha caído en la banalización, siendo este uso objeto de crítica por pensadores como David Foster Wallace, quien ya en los años noventa en su ensayo E Unibus Pluram (1993) advertía sobre cómo la ironía había dejado de ser una herramienta crítica para convertirse en una actitud defensiva, incapaz de afirmar algo con seriedad y experta en neutralizar cualquier compromiso. «La ironía nos tiraniza», escribía Wallace, señalando su capacidad para ridiculizar sin implicarse y para señalar sin construir. Por lo que, más que abrir espacios de reflexión, la ironía contemporánea funciona como una barrera emocional y política, un refugio donde todo se dice entre comillas, por si acaso alguien decide cancelarte. Así, lejos de incomodar al sistema, la ironía termina por perpetuarlo.

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La necesidad de otorgar sentido a un mundo absurdo. Sobre «El extranjero», de Albert Camus

El extranjero, de Albert Camus, publicada en 1942, está considerada una de las grandes novelas de la literatura universal y, a menudo, se la ve como un símbolo del existencialismo de su tiempo. Sin embargo, creo que la obra va mucho más allá de ese lugar común y en la actualidad, con un mundo tan absurdo e injusto como aquel que la originó, y con una adaptación cinematográfica reciente, es más que posible que necesitemos más que nunca fundamentales aportaciones como las de Camus. Es quizá el primer trabajo del autor en el que se muestran esas posturas de carácter filosófico, que se diluyen con la propia narrativa; hay que decir que posee la novela una lectura accesible para cualquier lector, pero con un transfondo complejo y trágico que, incluso conociendo la visión de Camus, puede tener diversas interpretaciones.

El protagonista de la historia, Mersault, en la Argelia colonial de los años 30 del siglo XX es alguien aparentemente normal, más bien gris, que muestra tanta indiferencia, como apatía existencial y moral hacia la vida que le rodea. No parece evidenciar ambición alguna, algo objeto de reproche por parte de su patrón cuando le propone una supuesta vida mejor en París, y se muestra indiferente ante casarse o no con su novia Marie a la que parece no amar. Una existencia anodina en la que no muestra gran decisión o juicio sobre el mundo que le rodea; cumple eficientemente con su trabajo y ayuda a sus amigos cuando la ocasión lo propicia, aunque alguno de ellos sea un impresentable que finalmente le empuja al desastre. Ante el hecho de no poder cuidar de su madre, acabó por ingresarla en un asilo y la historia comienza cuando recibe el anuncio de su fallecimiento; el mostrarse impertérrito en el funeral y entierro, o el hecho de no saber con exactitud la edad que tenía, serán fatales para él como veremos en el juicio, en la segunda parte de la novela, tras los hechos trágicos que le envuelven.

Y es que el azar conduce al protagonista al asesinato de un hombre árabe, producido en cierta medida por las circunstancias, pero sin que se sepa muy bien la motivación concreta y sin que muestre arrepentimiento alguno (más bien, como él mismo dice, “aburrimiento”). El encarcelamiento posterior, así como un juicio cercano al esperpento y la evidente muestra de la arbitrariedad de la justicia, nos dará idea de ese mundo absurdo que determina a sus habitantes. Acabamos comprendiendo que para Mersault una vida sin sentido no merece la pena ser vivida, todo le es indiferente y le produce hastío y, de hecho, acepta su castigo finalmente mortal cuando muy bien podría haberse librado en la sociedad colonial francesa racista y discriminatoria. Una y otra vez, se niega a mentir en el proceso y parece condenado más por no haber mostrado sentimiento alguno en el funeral de su madre que por el hecho de haber acabado con la vida de un ser humano.

Una última salida para Mersault es la religión, de ahí la visita del sacerdote antes de su ejecución, pero su ateísmo evidencia la ausencia de Dios, o de cualquier otro subterfugio que quiera otorgarle un sentido ficticio al mundo, y acepta con serenidad el fin de su existencia. Y ese sosiego nace, a diferencia del creyente, de no esperar ya nada ante la inminencia de la muerte; del mismo modo, tampoco tiene concepción ni consciencia algunas del pecado, esa mistificación originada en la religión, ya que para Mersault su existencia no depende de divinidad alguna. Es posible que aquí Camus exhiba algo de su simpatía a la filosofía de Nietzsche e incluso en alguna ocasión alguien se refiere al personaje como anticristo. Incluso, el deseo de una vida mejor, que puede haber tenido en algún momento, es algo inútil y sin importancia para Mersault; esa aspiración no significa gran cosa para él, no más que hechos como acumular riqueza o nadar más aprisa.

Mersault parece transformarse, mostrando esta vez sí algo de energía, cuando observa el absurdo final de la justicia, que en lugar de juzgarlo por el asesinato cometido lo hace por normas morales imperantes que nada tienen que ver con el hecho criminal. Y es que, efectivamente, todo el enfoque del juicio lo constituye esa extrañeza sobre su aparente indolencia tras la muerte de su madre; ahí sí parece rebelarse Mersault, ante una sociedad cuyas normas parecía desconocer, cuando se niega a revelar lo que cree que pertenece al ámbito privado. En esta segunda parte del libro, durante el proceso, observamos cómo el azar determina la existencia de los seres humanos mostrándola terriblemente frágil. Así, un día de excesivo sol, algo que muestra el protagonista como un posible móvil para llevar a cabo varios disparos y haber acabado con una vida, pueden convertir lo que es banal y anodino en un hecho trágico. Hay quien ha señalado que no se le acaba juzgando por un asesinato, sino por haber transgredido el orden instituido. Resulta terrible el final de la novela cuando Mersault, aceptando sereno su destino, considera que para consumarlo solo aspira al deseo de que muchos espectadores observen su ejecución y la acompañen de gritos de odio. La oposición de Camus a algo tan terrible como la pena de muerte resulta incuestionable en la obra.

El propio autor, en un prefacio a su novela, afirmó que el protagonista es condenado al negarse a formar parte del juego, a no querer mentir para evitar la pena; en ese sentido, Mersault era extranjero respecto a la sociedad en la que vivía. Puede decirse que se trata de un antihéroe, que sin embargo acepta morir por transmitir la verdad. En la interpretación más habitual, se ve en esta novela la filosofía del absurdo que Camus muestra en El mito de Sísifo, publicada también en 1942: el esfuerzo constante, pero inútil del ser humano, que solo se libra momentáneamente de una carga para, acto seguido, presentarse una nueva. Así, es posible que el protagonista de El extranjero sea consciente de que la vida no merece la pena debido a ese esfuerzo que, para él, incapaz de otro horizonte moral, resulta absurdo.

Hay quien ha interpretado, y parece haber base para ello, que Mersault, aunque es sincero y en ningún momento lo niega, es un ser prácticamente amoral que se entrega casi de forma exclusiva al placer físico en la historia; como ya hemos dicho, no muestra sentimiento alguno tras las muerte de su madre, le resulta fatigoso trasladarse al lugar del asilo donde la van a enterrar (de ahí también que nunca la haya visitado) y realiza actos considerados mal vistos como fumar y consumir café durante el velatorio, mientras que establece poco después una relación con una mujer aparentemente solo por el contacto sexual. Del mismo modo, el lector más juicioso se inquietará ante el hecho de que no tiene opinión alguna sobre que su amigo Raymond maltrate a su amante e incluso le apoya al declarar como testigo en un juicio. Particularmente, pienso que estos juicios morales sobre Dersault, bien diferenciados de las convenciones sociales hipócritas imperantes también denunciadas en la novela, son provocados por la narración de Camus y están estrechamente unidos a un personaje con escasa voluntad y determinación; se trata de un títere de las circunstancias, precisamente por abrazar esa consideración del mundo como absurdo y sin sentido, por lo que a él le resulta indiferente tratar de intervenir moralmente. No obstante, en alguna otra lectura sobre cómo evoluciona el personaje, puede ser cierto que sufre un cambio al final, siendo más consciente ya estando encarcelado y cuando la muerte se le acerca.

Este año 2025, ahora mismo cuando escribo estas líneas ya estrenada en las salas españolas, se ha producido una adaptación cinematográfica de El extranjero escrita y dirigida por un cineasta tan interesante como el francés François Ozon. No era nada fácil trasladar a la pantalla una historia desarrollada en el Argel de los años 30 del siglo pasado y protagonizada en primera persona por un hombre tan extraño e innacesible; tan difícil de comprender, y al mismo tiempo con tantas interpretaciones, como Mersault. Se produce tal vez un paradoja con esta traslación a la pantalla de un texto tan complejo, dados estos tiempos en que la imagen enmascara la realidad y parece valer mucho más que cualquier reflexión filosófica y moral; solo por eso, he de decir que aplaudo la iniciativa de Ozon. Dicho esto, para mí, la atmósfera creada por el blanco y negro, las buenas interpretaciones y, a pesar de las dificultades y el transfondo filosóficamente tan complicado, la fidelidad en gran medida al texto de Camus hacen que el cineasta salga airoso.

Antes de abordar la historia, como una de las decisiones para contextualizarla, se muestra un curioso noticiero en el que tratan de venderse las bondades de la Argelia colonizada por Francia. Es una de las decisiones de Ozon para mostrarnos, y subrayarnos, la profunda discriminación clasista a la que es sometida la población árabe. A diferencia de la novela, la película se inicia cuando el crimen ya se ha cometido, con el protagonista entrando en prisión, confesando a la población reclusa, mayoritariamente de esa etnia, que ha matado a un árabe; de esa manera, la película puede ser vista como narrada mediante un gran flashback. Por lo demás, la estructura es similar a la del original literario, dividida también en dos partes y aderezada con algunas situaciones no reflejadas en la novela y que da una idea del lugar que los occidentales quieren que ocupen los árabes: ese letrero en el cine, que indica que está prohibido el acceso a los “indígenas”; la presencia de la hermana de la víctima en el juicio con el subrayado de que el árabe asesinado importa poco; la afirmación de que Mersault no es el primero en matar a un árabe junto a la sugerencia de que podría ser absuelto, o la tumba final como nuevo recordatorio de la víctima casi ausente en el proceso.

Hay quien ha observado todos estos elementos como un alejamiento del espíritu de la novela, aunque creo que en la atmósfera de la misma sí está presente toda esa discriminación hacia la población nativa argelina; personalmente, pienso que son elementos introducidos para una mayor comprensión del contexto para el espectador de hoy, aunque no tienen en mi opinión un mayor peso que las interpretaciones filosóficas y morales, esas sí, similares a las de la novela. Sea como fuere, otra baza a favor de esta adaptación al lenguaje cinematográfico; es posible, y espero que así sea como en mi caso, que su visionado nos incite a una relectura de la obra del muy necesario y apasionante Albert Camus, desgraciadamente desaparecido cuanto todavía era muy joven. Bien entrado el siglo XXI, el mundo sigue siendo igualmente injusto y absurdo, pero comprendiendo bien la filosofía del argelino, demanda profunda y urgentemente que le otorguemos sentido moral.

Capi Vidal

Descarga gratuita de la novela: http://acracia.org/wp-content/uploads/2025/12/Albert-Camus-El-Extranjero.pdf

Francisco Ferrer, el anarquismo y la Escuela Moderna

Francisco Ferrer. «¡Viva la Escuela Moderna!” es una obra de teatro escrita por el belga Jean-Claude Idée y puede que no sorprenda, dado el desconocimiento que todavía hay de la figura y la obra del pedagogo asesinado por el Estado en 1909 en España, que sea un prestigioso dramaturgo de fuera quien se haya encargado de recordarlo recientemente1 de modo emotivo y trágico, en el escenario. De hecho, muy recientemente, del 13 noviembre al 7 de diciembre de este año 2025, se ha tenido oportunidad de disfrutar de un montaje extraordinario de dicho drama teatral dirigido por José Luis Gómez y muy notablemente interpretado por Ernesto Arias, Lidia Otón, David Luque y Jesús Barranco. No son buenos tiempos para el pensamiento crítico y la resistencia intelectual, por lo que valga esta obra para recordarnos que hubo un tiempo, frustrado tras el triunfo del oscurantismo, en el que se confiaba en que la educación podía cambiar el mundo. Y es que hace ya más de un siglo, desde aquel 13 de octubre, en el que Francisco Ferrer fue ignominiosamente ejecutado; la Iglesia y la burguesía, atemorizadas por los hechos de la Semana Trágica, le señalaron como responsable y el poder político cumplió la sentencia tras un juicio sin las mínimas garantías procesales, tal y como nos muestra el texto de Jean-Claude Idée.

Su gran crimen sería ser un fomentador del pensamiento libre, iniciador en España de la enseñanza no confesional y un precursor del anarquismo moderno. La obra, de forma muy inteligente, comienza ya con la detención de Ferrer y el personaje inicial que habla de él en retrospectiva es su primera esposa, alguien muy conservador que le describe como un demonio, representando tal vez a la prensa burguesa del momento; más adelante, otras mujeres, entre la que se encuentra su hija Sol Ferrer, van dando lugar a una imagen más adecuada a la realidad del pedagogo y revolucionario. Emotiva es también la relación de Ferrer con su abogado, un militar católico y monárquico, que sin embargo logra comprender la obra e intenciones de alguien tan distinto a él y pone todo sus esfuerzos en la defensa en un juicio cuya sentencia ya había sido dictada de antemano. Pero, ¿qué labor educativa llevó a cabo este hombre para convertirse en el terror de la Iglesia, el Estado y la burguesía?

La Escuela Moderna fundada por Ferrer se convertiría en un verdadero centro intelectual a principios del siglo XX. Antes de ello, hubo precursores en España como demuestra que en 1889, en el Congreso Internacional de Librepensamiento, hubiera más de sesenta sociedades españolas. Odón de Buen, otra figura muy reivindicable de la España contemporánea en este país con tantos problemas con la memoria, llegaría a decir que el principal objetivo del librepensamiento en España debía ser el desarrollo y la protección de una educación libre. Por lo tanto, la creación de la Escuela Moderna en 1901 se haría en un clima de cierto apoyo laico y librepensador, pero la reacción de la Iglesia y de los partidos sumisos al Estado no tardaría en llegar. Ferrer se esforzaría por recoger y unificar todos los intentos previos y tratar de dar un impulso más sólido y coherente, con programas más claros y estudios rigurosos. Tal y como él mismo diría: «Educar al niño de modo que se desarrolle sin coacciones ideológicas, y publicar también los manuales escolares susceptibles de alcanzar este fin», por lo que también crearía una editorial como complemento a la escuela. Puede decirse que Ferrer tuvo dos grandes objetivos: otorgar a los críos una educación libre de todo prejuicio racial y clasista, y también desarrollar el espíritu racionalista de los ya adultos. Como se desprende de su obra, el pedagogo no se limitaría a señalar los efectos devastadores de la desigualdad social, sino que dedicaría sus esfuerzos educativos y divulgadores a indagar en sus causas y combatirla de raíz, por lo que su pensamiento político y social hay que verlo como inseparable de su obra pedagógica.

Los boletines de la Escuela Moderna aparecieron en dos periodos: de octubre de 1901 a junio de 1906, interrumpidos por el encarcelamiento de Ferrer y el cierre de la Escuela, y de mayo de 1908  a julio 1909, de nuevo cortados por la entrada en prisión del fundador. La colección completa de estos boletines desapareció de las librerías y de las bibliotecas públicas. Sol Ferrer2 relata que, después de muchos años de búsqueda infructuosa, apareció finalmente gracias al hijo de un antiguo colaborador. En los boletines del primero periodo puede verse la preocupación de Ferrer por adaptarse, en el orden material e intelectual, a las exigencias de los progresos científicos (España era un país tremendamente atrasado en muchos aspectos): se resumen la actividades de la Escuela, sus progresos acompañados de estadísticas, las mejoras que se introdujeron, las conferencias para padres, adultos y alumnos, las reseñas de excursiones, los textos de composición de los alumnos (indicadores del espíritu de la escuela) y, finalmente, la correspondencia con alumnos de otros centros similares. Puede apreciarse en estos boletines la gran preocupación por la ciencia, como son las cuestiones de la evolución animal, el origen del mundo y de la vida o la formación de la tierra, sin pretender nunca dar respuestas definitivas para estar abierto a nuevas indagaciones.

Las composiciones de los alumnos indican la orientación educativa que reciben, según la cual se llama a reflexionar sobre las cuestiones tradicionales para ampliar el horizonte sobre todos los problemas humanos y sociales. El propio Ferrer, en su introducción a Principios de Moral científica (dirigido al profesorado), explica cómo quería desarrollar el espíritu de observación y de crítica en sus alumnos, haciendo visibles ciertos hechos de orden social que habitualmente se pasaban por alto. Las cuestiones sociales son, como es evidente, primordiales en la Escuela Moderna, por lo que se denuncia la falta de calidad en la enseñanza pública, el hecho de que las clases humildes se vean empujados por ello a una educación de sus hijos que desaprueban y se conciencia fuertemente sobre la necesidad de reivindicar también las necesidades intelectuales. Curiosamente, algo que da una idea de lo avanzado y audaz de su pensamiento, en el Boletín del 28 de febrero de 1905 Ferrer responde al presidente de la Comisión en pro de la supresión de las corridas de toros, partiendo igualmente de lo inadmisible de la llamada «fiesta nacional»: «Pero, dice, es más bárbaro y más salvaje aún admitir y defender a un régimen basado en la explotación del hombre por el hombre, que hace tan poco caso de la vida humana».

En 1907, Ferrer escribió La Escuela Moderna3, publicado después de su muerte, libro donde confirma y precisa su pensamiento, además de mostrar lo que era y lo que se proponía con su escuela. Era necesario pensar de nuevo la educación, imbuir a las personas del pensamiento racional y científico para evitar que sigan encadenados a un orden social perverso. Tal y como estaba concebida en la sociedad, la educación era un instrumento adoctrinador por parte del Estado y anulador del espíritu crítico, de ahí que toda reforma estuviera condenada al fracaso. El objetivo de la Escuela Moderna será formar hombres aptos para evolucionar sin fin, capaces de renovar la sociedad y a ellos mismos. Por supuesto, como opuesta a la educación tradicional, la Escuela de Ferrer es atea y se inspira en un racionalismo científico que confía en el progreso y en un conocimiento sólido; puede decirse que la fe es substituida por confianza en el porvenir. La base de la educación es ejercitar en primer lugar el razonamiento y el pensamiento del niño, a lo que se añadirá posteriormente la formación de su personalidad; en ello, tomará parte importante la iniciativa del educando para desarrollar su sentido moral.

De esta manera comienza el programa educativo de la Escuela Moderna: hacer de los niños personas veraces, justas y libres de cualquier prejuicio. Para ello, se insiste en dos medidas auténticamente revolucionarias para la época: en primer lugar, la coeducación de los sexos, algo necesario para acabar con los prejuicios entre hombres y mujeres, para fomentar la toma de conciencia mutua de los caracteres que distinguen o complementan a unos u otros y para acabar con la herencia irracional de la Iglesia transmitida de generación a generación; en segundo lugar, a ojos de Ferrer resulta igualmente necesaria la coeducación entre clases sociales para atacar de raíz los prejuicios en ese sentido y preparar así el porvenir de unas nuevas generaciones, las cuales aprenderán en la escuela el valor y dignidad de la persona al margen de su condición. Al respecto de esta última medida, hay que decir que el proyecto de Ferrer no niega la lucha de clases, pero muy sabiamente no pretende resolverlas inmediatamente y se propone en primer lugar eliminar todo prejuicio necio al respecto.

Hay que recalcar continuamente la importancia de este aspecto en el proyecto pedagógico fundado por Francisco Ferrer. La perversidad histórica ha conducido a que, en la actualidad, se identifique la (supuesta) ausencia de adoctrinamiento con la erradicación de aspectos sociales y políticos en la educación. La Escuela Moderna no pretende formar anarquistas ni rebeldes contra el Estado, y mucho menos en el sentido que le quisieron dar sus acusadores. Precisamente, rasgos como la coeducación de clases pretendían acabar con la violencia y el odio que la discriminación y desigualdad conllevan. En su libro La Escuela Moderna, aparecen las siguientes palabras de Ferrer: «Los oprimidos, los expoliados, los explotados han de ser rebeldes, porque han de recabar sus derechos hasta lograr su completa y perfecta participación en el patrimonio universal. Pero… la Escuela Moderna… no quiere atribuir una responsabilidad sin haber dotado la conciencia de las condiciones que han de constituir su fundamento: Aprendan los niños a ser hombres, y cuando lo sean declárense en buena hora en rebeldía». Por lo tanto, al igual que en el anarquismo, la educación es la condición previa necesaria para toda transformación política y social. Veamos también el discurso de Anselmo Lorenzo, que explica de forma tan nítida como razonable, en la fundación de la Escuela Moderna: «Ahí estáis vosotros para destruir atavismos, enseñar verdades, formar caracteres, impedir la formación de masas sectarias e inconscientes y hacer de cada hombre y de cada mujer un ser presente y activo, de positivo y de idéntico valor, sobre el cual no pueda sostenerse falso prestigio ni autoridad indebida, de modo que la justicia en las relaciones humanas sea un resultado sencillo y práctico de las costumbres».

La obra de Ferrer quedó plenamente asumida por el anarquismo y su insistencia en el valor intrínseco del individuo como base de una sociedad que acepta libremente los vínculos sociales, pero no se trata, por supuesto, de una escuela ácrata en el sentido que quisieron darle sus detractores como equiparable al terrorismo. Vienen al caso unas palabras de Charles Albert en un texto llamado «Educación y propaganda» (Temps Nouveaux, 11/5/1900): «Los anarquistas son los únicos en haber comprendido que la sociedad mejor del futuro no puede ser la conquista de un partido o de una táctica, sino la síntesis de todos los esfuerzos humanos sinceros y osados en todos los ámbitos de la actividad». La evolución ideológica de Ferrer le condujo a las ideas libertarias y ya se ha mencionado que su concepción pedagógica coincide con la anarquista, según la cual la educación es el medio para establecer una nueva sociedad y lograr la emancipación. No obstante, la política no está ausente en las inquietudes de Ferrer, pero considera con buen criterio que ese ámbito depende de la capacidad de comprensión de las personas. El pedagogo, evidentemente, era muy consciente de lo que representaba en su época el progreso científico y en él confía para la realización de una sociedad mejor. No obstante, algunos aspectos de ese progreso le inquietaban, así como las consecuencias que podrían reportar al ser humano. Así, en otro aspecto de indudable actualidad, le espantaba el lugar primordial que iba adquiriendo la técnica y la economía en la vida social del hombre. Por supuesto, su obra no rechaza en absoluto la técnica, pero teme que la misma prevalezca sobre el pensamiento. La solución pasa por la afirmación de una cultura crítica que libere al hombre de toda atadura política o divina acabando con toda tentación rutinaria y todo prejuicio producto de siglos de tradición conservadora.

Para lograr la emancipación es preciso desarrollar la personalidad en todos los sentidos, aceptando las limitaciones humanas, por lo que nunca se convertirá el ser humano en una especie de nueva divinidad. Se observa cada individuo como original e insustituible y se subrayan al mismo tiempo los valores más solidarios e igualitaristas, por lo que no tiene cabida ninguna solución autoritaria o colectivista a los problemas sociales. Tal y como lo observa Ferrer, la igualdad social es un producto de la moral superior de la razón, garantía de los derechos y de los deberes del individuo y, al mismo tiempo, un factor primordial del progreso. Lo que puede parecer una dualidad en el pensamiento, como ocurre en general con las ideas libertarias, es en realidad complementario y enriquecedor: un individualismo solidario que no pierde nunca de vista los problemas sociales. Los aspectos morales y racionales, estrechamente vinculados como se ve, son primordiales en la obra de Ferrer, pero sin que se caiga en la mera abstracción. Por ejemplo, uno de los males señalados es la falta de diálogo, la negación del discurso del otro, por lo que se apuesta por la comunicación para avanzar en la tolerancia y vencer al fanatismo.

Los grandes males provienen de la infalibilidad, de aquellos que proponen verdades con mayúsculas, algo sobre lo que advierte Ferrer y a lo que somete su propio criterio permanentemente mediante un «control racional, ético y positivo». Aunque hablamos de una visión ilustrada radical, que confía en el progreso, la ciencia y el trabajo como medidas emancipadoras, algo que puede resultar debatible en una época posmoderna, las propuestas de Ferrer fueron también enormemente pragmáticas y adelantadas a su época: preconizó un salario mínimo que asegurase la dignidad del trabajador y su familia; pidió una organización más racional del trabajo para que cada uno acceda al lugar al que le dan derecho sus aptitudes profesionales; recordó siempre que los valores del trabajo deben ir acompañados del derecho al bienestar, y a pesar de su crítica al poder político exigió al Estado que prestara atención a las cuestiones sociales. En definitiva, es casi imposible separar las concepciones filosóficas y morales de Ferrer de su pensamiento político, puede decirse que se complementan y forman un todo armónico que pretende aportar una comprensión global del hombre.

Hemos visto, de forma somera, la importante labor pedagógica que trató de llevar a cabo Francisco Ferrer, plenamente asumida por los anarquistas posteriormente, el verdadero motivo por el que fue ejecutado por un sistema indigno anclado en el pasado y esforzado en la represión de los que buscaban una sociedad mejor. Hoy, de una u otra manera, la memoria de Ferrer debe ser recordada y las y los libertarios seguimos confiando en la educación como base para un horizonte más justo y racional.

Capi Vidal

  1. Durante la Segunda República, se recuperó la pedagogía de Ferrer, especialmente, por los anarquistas y hubo intentos de restaurar su memoria, finalmente truncado por motivos obvios tras la victoria reaccionaria en la guerra civil; de 1931, es el drama teatro El proceso Ferrer, escrito por Eduardo Borrás, del que desconozco si Idée tenía constancia. ↩︎
  2. Sol Ferrer: Vida y obra de Francisco Ferrer; Luis Caralt, Barcelona, 1980. ↩︎
  3. https://www.solidaridadobrera.org/ateneo_nacho/libros/Ferrer%20Guardia%20-%20La%20escuela%20moderna.pdf ↩︎

Conversando con Carlota Fuentevilla

Laura Vicente
Miembro de la redacción de Redes Libertarias

Carlota Fuentevilla nació en Cantabria en 1988, ha vivido en distintas ciudades como Granada, Lisboa y Barcelona (en esta última durante doce años). Suele utilizar su primer apellido, Fuentevilla, para firmar cierta parte de las cosas que hace, y el pseudónimo Carlota Ribs para muchas otras.

Carlota Ribs surgió como uno de los distintos alter egos que fue encarnando a través de su obra a lo largo de los años, pero este se ha mantenido hasta hoy. Se considera creadora visual en términos generales, pero sobre todo dibujanta, escritora (aunque le gustaría escribir más) e investigadora desde la antropología social y cultural.

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