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Boletín antimilitarista y anarcocomunista Lotta

Lotta

Nos complace anunciar la publicación del primer número del boletín Lotta. Este boletín es un proyecto mediático lanzado en noviembre de 2025 por anarquistas activos en ciudades de Hungría, Austria, República Checa y Eslovaquia. Publicará principalmente artículos sobre la lucha contra las guerras capitalistas y la paz capitalista.

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Bakunin, Necháyev y censura

La editorial Imperdible me pidió una Introducción para el tomo 7 de las Obras Completas de Bakunin que están publicando. Pensé que tenía plena libertad para enfocarlo como yo quisiera puesto que es un texto firmado y, yo y solo yo, soy la responsable de dicha Introducción.

No ha sido así, la notificación de que no iban a publicar el texto es para mí seña inequívoca de censura, no obstante, su correo lo tenéis al final del texto y que cada cual lo valore como considere oportuno.

Censurar un escrito porque no coincide con su interpretación de Bakunin acerca del papel de las mujeres en la revolución no pensaba que fuera motivo para la censura, pero ha resultado que sí. 

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Anarquismos. El especifismo

Laura Vicente
Historiadora, forma parte de la redacción de Redes Libertarias. Anarquista alérgica a la ortodoxia y amante de la libertad

Hace años que acostumbro a usar el plural para referirme al anarquismo, corriente política que no soporta el singular puesto que su realidad es, y ha sido, diversa y plural. Por tanto, esta reflexión no excluye ninguna manera de entender los anarquismos, aunque si se posiciona en una manera de interpretar las formas organizativas, la acción y la teoría, así como la manera en que estas dos últimas se imbrican.

El anarquismo especifista, corriente sobre la que quiero reflexionar, no es una corriente nueva puesto que la podemos detectar en planteamientos plataformistas que tuvieron su recorrido en el siglo pasado y que han sido, y son, reinterpretados y readaptados en diversos momentos y lugares hasta la actualidad.

El «plataformismo» tiene su origen en la temprana crítica al régimen bolchevique por parte de los anarquismos en cuyo seno no faltaron puntos de vista diversos sobre el modelo organizativo a seguir.

Fue Piotr Archinov, exiliado en Berlín, quien fundó en 1922 un grupo formado por anarquistas rusos en el exterior para, trasladados a París, tres años más tarde, empezar a publicar el periódico Dielo Truda. En este contexto, anunció en 1926 la Plataforma Organizativa, según la cual los males del movimiento estribaban en su desorganización, la vaguedad de sus posturas políticas y la ausencia de responsabilidad. La única esperanza para revitalizar el anarquismo residía en llevar a cabo una unión general de anarquistas, con un comité ejecutivo que coordinara la línea política y la acción; además debía interpretar correctamente el principio del individualismo y apostar por la responsabilidad colectiva. La gran mayoría del movimiento anarquista se opuso a la Plataforma.1

Pretendemos tan solo una aproximación al anarquismo especifista puesto que en las readaptaciones actuales encontramos ciertas diferencias cronológicas y geográficas en las que no podemos entrar porque no es nuestro objetivo analizar cada una de las versiones de esta corriente dentro de los anarquismos. Hemos dedicado, no obstante, bastante atención a los textos de Felipe Corrêa,2 de la Federação Anarquista do Rio de Janeiro (FARJ), organización que trajo de la Federación Anarquista Uruguaya (FAU) el término «especifismo», que hacía referencia a dos aspectos fundamentales que marcaban la acción anarquista: la organización y la inserción social.

La idea de constituir una organización anarquista no es tampoco novedosa ni excepcional puesto que cuando hay anarquistas que se reúnen para lograr objetivos, hay organización (sea a través de colectivos, de revistas o periódicos, de radios libres, de editoriales, de ateneos, etc.). Sin embargo, este tipo de organización no es en la que piensa el especifismo puesto que consideran que esas organizaciones son excesivamente diversas, múltiples, incoherentes e indisciplinadas. Su modelo organizativo se basa en un grupo cohesionado, o «minoría activa», que para alcanzar sus objetivos necesita responsabilidad y compromiso militante. La «autodisciplina es el motor de la organización», dice Corrêa.

La organización debe plasmar de forma clara y bien definida cuáles son sus objetivos, que diseñarán un planteamiento estratégico que marcará la pauta de la organización. Pero la unidad teórica está incompleta si no le acompaña un planteamiento táctico que marque las acciones a desarrollar para lograr los objetivos estratégicos. Así lo señala Corrêa: «[…] para la realización de cualquier actividad en una organización, debe haber una discusión previa, un planeamiento estratégico que se desdoble, en un planeamiento táctico, con las diversas acciones que la organización realizará».

Este planteamiento tan occidental difunde, desde mi punto de vista, un mesianismo revolucionario de otro tiempo (segunda mitad del siglo XIX y primer tercio del siglo XX), según el cual las ideas y conceptos deben dirigir las acciones situadas. De ahí que para llevar a cabo cualquier actividad deba haber una «discusión previa», que hoy se realiza a través de seminarios y cursos de «Economía Política Socialista Libertaria» restringidos a militantes de la organización. De estas «discusiones/formaciones» sale la estrategia que la «minoría activa» organizada (difícil no pensar en términos de vanguardia) es capaz de ver en su totalidad, mientras que quienes habitan en las realidades concretas, solo ven las partes. Es el clásico paradigma de la izquierda de que se puede leer toda la situación y la orientación que se debe tomar.

Este planteamiento es difícil que se pueda narrar (quizás justificar) sin una secuencia de causalidad que configura una idea lineal del tiempo bien conocida: pasado (en el que hubo opresión), presente (hay lucha por la liberación) y futuro (la liberación conducirá a un nuevo orden). El final está, de algún modo, contenido en el comienzo. El único propósito de la acción política, por tanto, es producir algo que pueda ser previsto o planeado estratégicamente por anticipado. Este continuum temporal hace mucho que ha sido cuestionado, al igual que la tendencia a justificar lo particular, el acontecimiento, en términos del lugar que ocupa en un proceso que lo incluye todo.

Le Libertaire del 3 de diciembre de 1953. Foto: Fonds d’Archives communistes libertaires. CC BY‐SA 2.0.

Pura Modernidad trasnochada cuya lectura historicista, que legitima o deslegitima los movimientos según su participación o no, en el sentido de la historia. Otras corrientes anarquistas, con las que me siento cómoda, se desembarazan de ella con mayor o menor acierto. Cuantas huelgas, ocupaciones de fábricas, sublevaciones populares o insurrecciones locales fueron sacrificadas, abandonadas o incluso aplastadas en nombre de la razón superior de la vanguardia que sabía por donde pasaba la caprichosa trascendencia revolucionaria. No era bastante con que un combate fuera justo para que fuera válido para el juicio de la historia.

Igualmente, las revoluciones se vieron sujetas al modelo de sociedad que se aspiraba a construir (de ahí que las denominemos revoluciones modelizadas) que condicionó los pasos que se dieron más que la realidad que se vivía. La revolución se concebía como un desplome de la vieja sociedad, de ahí el mito de la «gran noche», o de «ir a por el todo», y se representó con contenidos heroicos y épicos. Se trata de una revolución en masculino, ellos son el sujeto de la revolución, ellos la protagonizan y ellos la relatan e interpretan a posteriori.

La revolución de 1936 es un ejemplo de revolución modelizada y un ejemplo de cómo fue leída a la luz de una teleología en la que unos y otros consideraban que no era el momento de la revolución. El PCE/PSUC guiado por el estalinismo desde la URSS consideró que el momento era el de los Frentes Populares como fórmula organizativa para luchar contra el fascismo. En esa estrategia no cuadraba una revolución, y menos si era anarquista, así que persiguió, mató, encarceló, desmanteló a quienes impulsaban dicha revolución (Movimiento Libertario y POUM) y sus realizaciones prácticas (las colectividades, pero no solo). Se aplastó una revolución ya que la vanguardia esclarecida sabía por dónde iba la historia en ese momento. Un representante del especifismo que sigue siendo reivindicado en la actualidad: Georges Fontenis fue más lejos y llega a escribir que «[…] el comportamiento del Movimiento español [de 1936‐1939] socavado por la ausencia de tesis doctrinales sólidas y verificadas por los hechos, sólo podía conducir a la derrota».

No podemos olvidar, sin embargo, que, pese a ser contrarios al vanguardismo, las elites dirigentes de CNT y de la FAI también consideraron que no era el momento de la revolución, que no era el momento de «ir a por el todo», y fueron un lastre para las bases que actuaban en otra dirección.

Otro aspecto importante en mi manera de entender el anarquismo con el que me puedo identificar (no tiene nombre, aunque T. Ibáñez ha utilizado los términos de anarquismo «postfundacional» o anarquismo «no fundacional», que no me acaban de emocionar) es la relación entre teoría y práctica. Siguiendo con T. Ibáñez, me emociona y me afecta mucho más que los anteriores conceptos el de anarquismo «existencial», incluso «vivencial», un componente del anarquismo que pesa más en unas corrientes que en otras, pero las caracteriza a todas (o a casi todas). El anarquismo se entiende como «sublevación espontánea de la vida contra la dominación (…) y como conformación de su propia existencia en contra de la dominación».3

En esta manera existencial de entender el anarquismo que tan bien encaja con mi vivencia del feminismo anarquista, siempre va primero la acción, y siempre bajo condición de una acción que despliega una nueva potencia cuando un funcionamiento o una situación anteriormente tolerados se vuelven insoportables. Volviendo a 1936, se olvida que hubo otra revolución dentro de la revolución modelizada que protagonizaron las mujeres excluidas por sus propios compañeros. Una revolución sin modelo previamente determinado, una revolución de la que no se consideraron sujeto político, concepto, por otro lado, que es una ficción de la Modernidad patriarcal que supone algo que ellas no tienen: una teoría de la soberanía, una representación del poder y un relato individualista acerca del sujeto y de su autonomía. No fue una revolución con tintes heroicos, ni épicos, fue una revolución silenciosa, subterránea, humilde. Naturalmente, tampoco la han relatado apenas más allá de la revista Mujeres Libres (1936‐1938) y algunos libros posteriores.

Esta experiencia y otras muchas posteriores nos llevan a pensar que es inútil, volviendo al anarquismo especifista, esperar la información adecuada, la discusión política e ideológica avanzada que configure una estrategia bien definida que vaya a hacer emerger la situación capaz de despertar la acción del pueblo o de cualquier otro sujeto. Ninguna teoría ha transformado nunca la realidad.

Es muy característico del pensamiento dualista occidental considerar que el pensamiento debe ser anterior al actuar. No despreciamos las ideas puesto que son algunas de las fuerzas que participan de la situación, pero no compartimos que dirijan la resultante. Decía Václav Havel que:

«Todos los eventuales cambios del sistema, de los que podemos vislumbrar su embrión. Han ocurrido siempre de facto y “desde abajo”, en cuanto que era la vida cambiada la que los imponía y no eran ellos los que precedían a la vida y la orientaban a priori por alguna dirección».4

Havel rechazaba rotundamente, por vivir una «vida en la apariencia» comunista, el papel mesiánico de una «vanguardia» social cualquiera, como si fuera la única que sabe, y mejor que nadie, cómo están las cosas y cuya tarea consiste en «sensibilizar» a las masas inconscientes. Esta sensibilización me recuerda a la llamada «inserción social» de la que habla el especifismo, aspecto táctico que es muy característico de esta corriente. Según este planteamiento esa organización anarquista formada por un grupo cohesionado y activo tiene como objetivo actuar en el ámbito de las luchas de clase y movimientos sociales para influirlos y persuadirlos de la estrategia previamente definida.

Conocemos una experiencia en esta dirección que conviene no olvidar. Me refiero a la creación en 1950 de la Organisation Pensée Bataille (OPB), organización anarcocomunista clandestina que operó en el interior de la Federación Anarquista francesa (FA) y cuyo objetivo era imponer una línea política única y una organización fuerte y disciplinada, es decir, «una verdadera organización revolucionaria». Tuvieron éxito puesto que en 1953 la FA cambió de nombre, convirtiéndose en Federación Comunista Libertaria (FCL) y asumiendo gran parte de los planteamientos especifistas que defendía un personaje tan controvertido como Fontenis. Al año siguiente aquellas personas disconformes con los planteamientos asumidos por la FCL elaboraron un Memorándum del Grupo Kronstand, que había abandonado la FCL y que criticó la existencia de la OPB, auténtico partido político, y sus tendencias autoritarias y leninistas.

Entre los planteamientos especifistas también cabe señalar su afirmación de que dadas las escasas fuerzas propias será preciso colaborar con organizaciones no anarquistas para conformar lo que se denomina como «poder popular» (¿quizás algo similar a los «frentes populares» antifascistas de los años 30 del pasado siglo?). La idea de articular las tramas de resistencia, es decir, la articulación de prácticas (denominada también como «confluencia de luchas») siempre diversas, puede conducir a sacrificar los puntos concretos de sus luchas en favor de hipótesis abstractas. La organización, cuando piensa y decide desde criterios exteriores a las luchas concretas, cuando se eleva por encima de las situaciones efectivas y calcula desde hipótesis abstractas, «se vuelve contra lo organizado».

¿Y qué consigue, en nombre de una supuesta eficacia?

Dice Amador Fernández‐Savater que organizar, de ese modo, es sinónimo de reducir, recortar, someter lo diverso a partes de un todo, someter lo que no encaja en la forma establecida solo puede hacerse a través de algún tipo de elemento trascendente como la ideología, el relato o la identidad.5 En la misma línea, Miguel Benasayag y Bastien Cany señalan que no hay que ceder al dogma ingenuo de la convergencia de las luchas, siempre voluntarista y agregativa. No se puede renunciar a la singularidad de nuestras situaciones. El común existe siempre en la intensividad de los paisajes que nos constituyen, y no en la búsqueda de una unidad extensiva, ordenada desde el exterior.6

Por último, no soy contraria a la responsabilidad y el compromiso militante, pero me genera desconfianza y cierta alarma los llamamientos a que el mecanismo organizativo debe funcionar de forma perfectamente disciplinada y con coherencia incuestionable. Es un lenguaje que parece implicar una querencia a las mayorías, al orden, a la disciplina, al dualismo minoría/masas y a los sacrificios militantes que nos retrotrae a un tiempo en el que imperaban «valores revolucionarios» hoy caducos.

Si, por el contrario, vinculamos la responsabilidad a la ética anarquista, principio aplicable de valores que toman en cuenta los intereses colectivos para definir los principios de conducta, podemos encontrar coincidencias. No obstante, el compromiso y la responsabilidad entendida desde lo vivencial no tiene nada de personal, no se pueden contemplar las situaciones desde la exterioridad, hay que explorarlas desde la interioridad de las situaciones que nos constituyen y que tejemos con los otros.

Y concluimos. Un programa global siempre disciplinará la realidad y no concuerda con el anarquismo tal y como lo entendemos desde diversos sectores anarquistas. Deberíamos aceptar la pluralidad, la diversidad, el carácter nómada, efímero y precario de las luchas, no es algo negativo sino todo lo contrario. Estaría bien que nos centráramos en construir prácticas de las que pueda surgir un imaginario capaz de invertir las tendencias hegemónicas dentro de nuestras vidas situadas y territorializadas. Las luchas se producen siempre en lugares concretos y es ahí donde interrumpen el funcionamiento de la dominación. Hacer organización se hace siempre que hay una lucha, por humilde que pueda parecer, puesto que se dota de las herramientas que precisa y que nunca serán las mismas que otras coetáneas o que se produjeron en el pasado. Eso no quiere decir que no nos sirvan las otras luchas como experiencias valiosas que transitan como saberes que tejen afinidades. Las ideas, como un componente que se entrelaza con las prácticas, no las concebimos como discursos homogéneos y cerrados sino abiertos e integradores.

La revolución está en el aquí y ahora para transformar lo que no consideramos aceptable. Nuestra ética es la de las disconformes.7

Manifestación en Nueva York (2014). Foto: Stephen Melkisethian. CC BY‐NC‐ND 2.0

  1. Para más información sobre la Plataforma de Archinov: Capi Vidal «La plataforma organizativa y las consecuentes respuestas anarquistas». https://redeslibertarias.com/2025/02/01/la-plataforma-organizativa-y-las-consecuentes-respuestas-anarquistas/. ↩︎
  2. De Felipe Corrêa hemos leído diversos textos: «Crear un pueblo fuerte» en https://es.anarchistlibraries.net/library/felipe-correa-crear-un-pueblo-fuerte. «Anarquismo especifista» en https://es.anarchistlibraries.net/library/felipe-correa-anarquismo-especifista. La entrevista realizada a Felipe Corrêa por parte de Mya Walmsley en marzo de 2022, reproducidas en dos partes en Regeneración Libertaria y otras páginas web. ↩︎
  3. Tomás Ibáñez (2022): Anarquismos en perspectiva. Barcelona, Descontrol, p. 63. ↩︎
  4. Václav Havel (2013): El poder de los sin poder. Madrid, Encuentro, pp. 104 y 108. ↩︎
  5. Amador Fernández‐Savater, «La organización contra lo organizado (la maldición de Jan Valtin)». Redes Libertarias web, 18 de marzo 2025. ↩︎
  6. Miguel Benasayag‐Bastien Cany (2024): Contraofensiva. Actuar y resistir en la complejidad. Buenos Aires, Prometeo, pp. 120 y 124. ↩︎
  7. Además de las referencias ya señaladas me han sido de utilidad para pensar y reflexionar: Linda M. G. Zerilli (2008): El feminismo y el abismo de la libertad. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica. Tomás Ibáñez (2024): Anarquismo no fundacional. Barcelona, Gedisa. Amador Fernández‐Savater (2024): Capitalismo libidinal. Antropología neoliberal, políticas del deseo, derechización del malestar. España, Ned Ediciones. ↩︎

¿Quedan anarquistas en España?

Ya adelanto, al haber mencionado la palabra ideología, y así trato de hacérselo ver a todos estos especímenes que demandan tanto veredicto previo sobre una sociedad futura, que en absoluto considera el anarquismo (o, mejor, los anarquismos en plural) como una ideología, si es que por tal cosa entendemos un sistema cerrado de ideas acerca de cómo deben ser las cosas (esto resulta obvio, pero así hay que decirlo una y otra vez hasta el hastío). Pero, vayamos con la respuesta que da título a esta lúcida columna puesta negro sobre blanco en un medio agradeciblemente difuso. Efectivamente, con cierto desprecio apenas disimulado, algunos sapiens le sueltan a uno la pregunta de marras: “Ah, pero, ¿quedan todavía anarquistas?”. Cabe contestar que, de manera obvia, “¡Al menos delante tienes uno!” (eso, tratando de no añadir ningún calificativo, aunque dan ganas); además, no hay otra que reprimir el añadir que, no solo eso, que uno es en realidad un lúcido ácrata de tendencias nihilistas, algo que puede provocar no pocas explicaciones que uno no siempre tiene estómago para dar a según qué contertulio. Pero, es posible, que con semejante interrogante sobre la supuesta ausencia de anarquistas en este indescriptible país, donde una vez fueron mayoría, puede que haya algo más inquietante.

Me da la sensación de que lo que se pretende, efectivamente, son sentencias firmes sobre cómo un partido, movimiento, colectivo, o cómo diablos queramos llamarlo, puede llevarnos a una sociedad, al menos, algo mejor. Es decir, es la consecuencia de una mentalidad que no concibe otra posible respuesta que más de lo mismo, una organización de arriba abajo, sin cabida alguna para la autogestión social (concepto que cuando uno lo menciona provoca espasmos similares a los de la santa anarquía). De momento, si uno tiene tiempo y ganas para ello, hay que arrojar un poquito de luz a nuestro alrededor haciendo ver que, afortunadamente, claro que hay anarquistas, incluso organizados con todas las dificultades que se quiera (y, a veces, también no poca estupidez a la que los ácratas no son siempre inmunes, que dan lugar a esos irritantes e inexplicables conflictos inherentes a todo colectivo humano), Y no solo en el ámbito laboral existe la lucha libertaria, también en mucho otros donde trata de protegerse a los más desfavorecidos llevando a la práctica eso tan necesario que es la solidaridad (concepto clave); insisto, a poco que uno indague, puede observar todos estos proyecto y colectivos de tendencia autogestionaria, con sus altibajos, o sin necesariamente esa etiqueta implicados en movimientos sociales tratando de que se desarrollan de modo horizontal. También, puede tratar de explicarse que vivimos en una época posmoderna, donde las grandes respuestas no deberían tener cabida y donde todo, para bien y para mal, es mucho más difuso que pretender que un gran movimiento nos arrastre, sin demasiado esfuerzo por nuestra parte, hacia un mejor horizonte. Pero, me temo, es demasiado pedir hacia tantos no demasiado fortalecidos intelectual y moralmente. Y es lo dice un anarquista, realmente existente, con algún que otro tic nihilista.

Juan Cáspar
https://exabruptospoliticos.wordpress.com/2025/12/21/quedan-anarquistas-en-espana/

El anarquismo, por supuesto ajeno a todo dogma, de Tomás Ibáñez

En los últimos tiempos, es de suponer que desde una concepción estrecha y dogmática del anarquismo (si es que eso puede ser posible), se ha descalificado de la manera más penosa a Tomás Ibáñez. Se puede discrepar de su pensamiento, por supuesto, pero ya lanzar ciertos infundios y presunciones sobre su persona es desconocer lo que ha hecho y lo que sigue haciendo en el movimiento libertario. Se puede estar de acuerdo o no con Tomás, yo mismo no lo estoy en todo (como resulta muy saludable), pero la tensión entre modernidad y posmodernidad, para mí, es fundamental para las aspiraciones libertarias; quien no lo tenga en cuenta, siento decirlo, se refugia en el dogmatismo (ese sí, estéril o directamente peligroso por autoritario). Para sus detractores, hay que recordar que, entre otros empeños, Tomás forma parte de la revista Redes Libertarias, junto al sitio web con contenido diario, que precisamente trata de tender puentes en eso tan heterogéneo y (agradeciblemente) difuso que es el universo libertario. Desde este espacio, queremos rendir homenaje a Tomás Ibáñez, de cuyas aportaciones intelectuales y morales consideramos que toda persona, no enrocada en el dogmatismo, siempre puede sacar provecho. En este enlace, puede accederse a multitud de textos, del propio autor o relacionados con él, mientras que a continuación reproducimos parte de sendas reseñas sobre sus dos últimos libros.

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Francisco Ferrer, el anarquismo y la Escuela Moderna

Francisco Ferrer. «¡Viva la Escuela Moderna!” es una obra de teatro escrita por el belga Jean-Claude Idée y puede que no sorprenda, dado el desconocimiento que todavía hay de la figura y la obra del pedagogo asesinado por el Estado en 1909 en España, que sea un prestigioso dramaturgo de fuera quien se haya encargado de recordarlo recientemente1 de modo emotivo y trágico, en el escenario. De hecho, muy recientemente, del 13 noviembre al 7 de diciembre de este año 2025, se ha tenido oportunidad de disfrutar de un montaje extraordinario de dicho drama teatral dirigido por José Luis Gómez y muy notablemente interpretado por Ernesto Arias, Lidia Otón, David Luque y Jesús Barranco. No son buenos tiempos para el pensamiento crítico y la resistencia intelectual, por lo que valga esta obra para recordarnos que hubo un tiempo, frustrado tras el triunfo del oscurantismo, en el que se confiaba en que la educación podía cambiar el mundo. Y es que hace ya más de un siglo, desde aquel 13 de octubre, en el que Francisco Ferrer fue ignominiosamente ejecutado; la Iglesia y la burguesía, atemorizadas por los hechos de la Semana Trágica, le señalaron como responsable y el poder político cumplió la sentencia tras un juicio sin las mínimas garantías procesales, tal y como nos muestra el texto de Jean-Claude Idée.

Su gran crimen sería ser un fomentador del pensamiento libre, iniciador en España de la enseñanza no confesional y un precursor del anarquismo moderno. La obra, de forma muy inteligente, comienza ya con la detención de Ferrer y el personaje inicial que habla de él en retrospectiva es su primera esposa, alguien muy conservador que le describe como un demonio, representando tal vez a la prensa burguesa del momento; más adelante, otras mujeres, entre la que se encuentra su hija Sol Ferrer, van dando lugar a una imagen más adecuada a la realidad del pedagogo y revolucionario. Emotiva es también la relación de Ferrer con su abogado, un militar católico y monárquico, que sin embargo logra comprender la obra e intenciones de alguien tan distinto a él y pone todo sus esfuerzos en la defensa en un juicio cuya sentencia ya había sido dictada de antemano. Pero, ¿qué labor educativa llevó a cabo este hombre para convertirse en el terror de la Iglesia, el Estado y la burguesía?

La Escuela Moderna fundada por Ferrer se convertiría en un verdadero centro intelectual a principios del siglo XX. Antes de ello, hubo precursores en España como demuestra que en 1889, en el Congreso Internacional de Librepensamiento, hubiera más de sesenta sociedades españolas. Odón de Buen, otra figura muy reivindicable de la España contemporánea en este país con tantos problemas con la memoria, llegaría a decir que el principal objetivo del librepensamiento en España debía ser el desarrollo y la protección de una educación libre. Por lo tanto, la creación de la Escuela Moderna en 1901 se haría en un clima de cierto apoyo laico y librepensador, pero la reacción de la Iglesia y de los partidos sumisos al Estado no tardaría en llegar. Ferrer se esforzaría por recoger y unificar todos los intentos previos y tratar de dar un impulso más sólido y coherente, con programas más claros y estudios rigurosos. Tal y como él mismo diría: «Educar al niño de modo que se desarrolle sin coacciones ideológicas, y publicar también los manuales escolares susceptibles de alcanzar este fin», por lo que también crearía una editorial como complemento a la escuela. Puede decirse que Ferrer tuvo dos grandes objetivos: otorgar a los críos una educación libre de todo prejuicio racial y clasista, y también desarrollar el espíritu racionalista de los ya adultos. Como se desprende de su obra, el pedagogo no se limitaría a señalar los efectos devastadores de la desigualdad social, sino que dedicaría sus esfuerzos educativos y divulgadores a indagar en sus causas y combatirla de raíz, por lo que su pensamiento político y social hay que verlo como inseparable de su obra pedagógica.

Los boletines de la Escuela Moderna aparecieron en dos periodos: de octubre de 1901 a junio de 1906, interrumpidos por el encarcelamiento de Ferrer y el cierre de la Escuela, y de mayo de 1908  a julio 1909, de nuevo cortados por la entrada en prisión del fundador. La colección completa de estos boletines desapareció de las librerías y de las bibliotecas públicas. Sol Ferrer2 relata que, después de muchos años de búsqueda infructuosa, apareció finalmente gracias al hijo de un antiguo colaborador. En los boletines del primero periodo puede verse la preocupación de Ferrer por adaptarse, en el orden material e intelectual, a las exigencias de los progresos científicos (España era un país tremendamente atrasado en muchos aspectos): se resumen la actividades de la Escuela, sus progresos acompañados de estadísticas, las mejoras que se introdujeron, las conferencias para padres, adultos y alumnos, las reseñas de excursiones, los textos de composición de los alumnos (indicadores del espíritu de la escuela) y, finalmente, la correspondencia con alumnos de otros centros similares. Puede apreciarse en estos boletines la gran preocupación por la ciencia, como son las cuestiones de la evolución animal, el origen del mundo y de la vida o la formación de la tierra, sin pretender nunca dar respuestas definitivas para estar abierto a nuevas indagaciones.

Las composiciones de los alumnos indican la orientación educativa que reciben, según la cual se llama a reflexionar sobre las cuestiones tradicionales para ampliar el horizonte sobre todos los problemas humanos y sociales. El propio Ferrer, en su introducción a Principios de Moral científica (dirigido al profesorado), explica cómo quería desarrollar el espíritu de observación y de crítica en sus alumnos, haciendo visibles ciertos hechos de orden social que habitualmente se pasaban por alto. Las cuestiones sociales son, como es evidente, primordiales en la Escuela Moderna, por lo que se denuncia la falta de calidad en la enseñanza pública, el hecho de que las clases humildes se vean empujados por ello a una educación de sus hijos que desaprueban y se conciencia fuertemente sobre la necesidad de reivindicar también las necesidades intelectuales. Curiosamente, algo que da una idea de lo avanzado y audaz de su pensamiento, en el Boletín del 28 de febrero de 1905 Ferrer responde al presidente de la Comisión en pro de la supresión de las corridas de toros, partiendo igualmente de lo inadmisible de la llamada «fiesta nacional»: «Pero, dice, es más bárbaro y más salvaje aún admitir y defender a un régimen basado en la explotación del hombre por el hombre, que hace tan poco caso de la vida humana».

En 1907, Ferrer escribió La Escuela Moderna3, publicado después de su muerte, libro donde confirma y precisa su pensamiento, además de mostrar lo que era y lo que se proponía con su escuela. Era necesario pensar de nuevo la educación, imbuir a las personas del pensamiento racional y científico para evitar que sigan encadenados a un orden social perverso. Tal y como estaba concebida en la sociedad, la educación era un instrumento adoctrinador por parte del Estado y anulador del espíritu crítico, de ahí que toda reforma estuviera condenada al fracaso. El objetivo de la Escuela Moderna será formar hombres aptos para evolucionar sin fin, capaces de renovar la sociedad y a ellos mismos. Por supuesto, como opuesta a la educación tradicional, la Escuela de Ferrer es atea y se inspira en un racionalismo científico que confía en el progreso y en un conocimiento sólido; puede decirse que la fe es substituida por confianza en el porvenir. La base de la educación es ejercitar en primer lugar el razonamiento y el pensamiento del niño, a lo que se añadirá posteriormente la formación de su personalidad; en ello, tomará parte importante la iniciativa del educando para desarrollar su sentido moral.

De esta manera comienza el programa educativo de la Escuela Moderna: hacer de los niños personas veraces, justas y libres de cualquier prejuicio. Para ello, se insiste en dos medidas auténticamente revolucionarias para la época: en primer lugar, la coeducación de los sexos, algo necesario para acabar con los prejuicios entre hombres y mujeres, para fomentar la toma de conciencia mutua de los caracteres que distinguen o complementan a unos u otros y para acabar con la herencia irracional de la Iglesia transmitida de generación a generación; en segundo lugar, a ojos de Ferrer resulta igualmente necesaria la coeducación entre clases sociales para atacar de raíz los prejuicios en ese sentido y preparar así el porvenir de unas nuevas generaciones, las cuales aprenderán en la escuela el valor y dignidad de la persona al margen de su condición. Al respecto de esta última medida, hay que decir que el proyecto de Ferrer no niega la lucha de clases, pero muy sabiamente no pretende resolverlas inmediatamente y se propone en primer lugar eliminar todo prejuicio necio al respecto.

Hay que recalcar continuamente la importancia de este aspecto en el proyecto pedagógico fundado por Francisco Ferrer. La perversidad histórica ha conducido a que, en la actualidad, se identifique la (supuesta) ausencia de adoctrinamiento con la erradicación de aspectos sociales y políticos en la educación. La Escuela Moderna no pretende formar anarquistas ni rebeldes contra el Estado, y mucho menos en el sentido que le quisieron dar sus acusadores. Precisamente, rasgos como la coeducación de clases pretendían acabar con la violencia y el odio que la discriminación y desigualdad conllevan. En su libro La Escuela Moderna, aparecen las siguientes palabras de Ferrer: «Los oprimidos, los expoliados, los explotados han de ser rebeldes, porque han de recabar sus derechos hasta lograr su completa y perfecta participación en el patrimonio universal. Pero… la Escuela Moderna… no quiere atribuir una responsabilidad sin haber dotado la conciencia de las condiciones que han de constituir su fundamento: Aprendan los niños a ser hombres, y cuando lo sean declárense en buena hora en rebeldía». Por lo tanto, al igual que en el anarquismo, la educación es la condición previa necesaria para toda transformación política y social. Veamos también el discurso de Anselmo Lorenzo, que explica de forma tan nítida como razonable, en la fundación de la Escuela Moderna: «Ahí estáis vosotros para destruir atavismos, enseñar verdades, formar caracteres, impedir la formación de masas sectarias e inconscientes y hacer de cada hombre y de cada mujer un ser presente y activo, de positivo y de idéntico valor, sobre el cual no pueda sostenerse falso prestigio ni autoridad indebida, de modo que la justicia en las relaciones humanas sea un resultado sencillo y práctico de las costumbres».

La obra de Ferrer quedó plenamente asumida por el anarquismo y su insistencia en el valor intrínseco del individuo como base de una sociedad que acepta libremente los vínculos sociales, pero no se trata, por supuesto, de una escuela ácrata en el sentido que quisieron darle sus detractores como equiparable al terrorismo. Vienen al caso unas palabras de Charles Albert en un texto llamado «Educación y propaganda» (Temps Nouveaux, 11/5/1900): «Los anarquistas son los únicos en haber comprendido que la sociedad mejor del futuro no puede ser la conquista de un partido o de una táctica, sino la síntesis de todos los esfuerzos humanos sinceros y osados en todos los ámbitos de la actividad». La evolución ideológica de Ferrer le condujo a las ideas libertarias y ya se ha mencionado que su concepción pedagógica coincide con la anarquista, según la cual la educación es el medio para establecer una nueva sociedad y lograr la emancipación. No obstante, la política no está ausente en las inquietudes de Ferrer, pero considera con buen criterio que ese ámbito depende de la capacidad de comprensión de las personas. El pedagogo, evidentemente, era muy consciente de lo que representaba en su época el progreso científico y en él confía para la realización de una sociedad mejor. No obstante, algunos aspectos de ese progreso le inquietaban, así como las consecuencias que podrían reportar al ser humano. Así, en otro aspecto de indudable actualidad, le espantaba el lugar primordial que iba adquiriendo la técnica y la economía en la vida social del hombre. Por supuesto, su obra no rechaza en absoluto la técnica, pero teme que la misma prevalezca sobre el pensamiento. La solución pasa por la afirmación de una cultura crítica que libere al hombre de toda atadura política o divina acabando con toda tentación rutinaria y todo prejuicio producto de siglos de tradición conservadora.

Para lograr la emancipación es preciso desarrollar la personalidad en todos los sentidos, aceptando las limitaciones humanas, por lo que nunca se convertirá el ser humano en una especie de nueva divinidad. Se observa cada individuo como original e insustituible y se subrayan al mismo tiempo los valores más solidarios e igualitaristas, por lo que no tiene cabida ninguna solución autoritaria o colectivista a los problemas sociales. Tal y como lo observa Ferrer, la igualdad social es un producto de la moral superior de la razón, garantía de los derechos y de los deberes del individuo y, al mismo tiempo, un factor primordial del progreso. Lo que puede parecer una dualidad en el pensamiento, como ocurre en general con las ideas libertarias, es en realidad complementario y enriquecedor: un individualismo solidario que no pierde nunca de vista los problemas sociales. Los aspectos morales y racionales, estrechamente vinculados como se ve, son primordiales en la obra de Ferrer, pero sin que se caiga en la mera abstracción. Por ejemplo, uno de los males señalados es la falta de diálogo, la negación del discurso del otro, por lo que se apuesta por la comunicación para avanzar en la tolerancia y vencer al fanatismo.

Los grandes males provienen de la infalibilidad, de aquellos que proponen verdades con mayúsculas, algo sobre lo que advierte Ferrer y a lo que somete su propio criterio permanentemente mediante un «control racional, ético y positivo». Aunque hablamos de una visión ilustrada radical, que confía en el progreso, la ciencia y el trabajo como medidas emancipadoras, algo que puede resultar debatible en una época posmoderna, las propuestas de Ferrer fueron también enormemente pragmáticas y adelantadas a su época: preconizó un salario mínimo que asegurase la dignidad del trabajador y su familia; pidió una organización más racional del trabajo para que cada uno acceda al lugar al que le dan derecho sus aptitudes profesionales; recordó siempre que los valores del trabajo deben ir acompañados del derecho al bienestar, y a pesar de su crítica al poder político exigió al Estado que prestara atención a las cuestiones sociales. En definitiva, es casi imposible separar las concepciones filosóficas y morales de Ferrer de su pensamiento político, puede decirse que se complementan y forman un todo armónico que pretende aportar una comprensión global del hombre.

Hemos visto, de forma somera, la importante labor pedagógica que trató de llevar a cabo Francisco Ferrer, plenamente asumida por los anarquistas posteriormente, el verdadero motivo por el que fue ejecutado por un sistema indigno anclado en el pasado y esforzado en la represión de los que buscaban una sociedad mejor. Hoy, de una u otra manera, la memoria de Ferrer debe ser recordada y las y los libertarios seguimos confiando en la educación como base para un horizonte más justo y racional.

Capi Vidal

  1. Durante la Segunda República, se recuperó la pedagogía de Ferrer, especialmente, por los anarquistas y hubo intentos de restaurar su memoria, finalmente truncado por motivos obvios tras la victoria reaccionaria en la guerra civil; de 1931, es el drama teatro El proceso Ferrer, escrito por Eduardo Borrás, del que desconozco si Idée tenía constancia. ↩︎
  2. Sol Ferrer: Vida y obra de Francisco Ferrer; Luis Caralt, Barcelona, 1980. ↩︎
  3. https://www.solidaridadobrera.org/ateneo_nacho/libros/Ferrer%20Guardia%20-%20La%20escuela%20moderna.pdf ↩︎

El anarquismo como teoría de organización

Se podría pensar al describir el anarquismo como una teoría de organización que estoy postulando una paradoja deliberada: anarquía podría usted considerar que es, por definición, el opuesto a la organización. En realidad, sin embargo, anarquía significa ausencia de gobierno, ausencia de autoridad. ¿Puede haber organización social sin autoridad, sin gobierno? Los anarquistas afirman que Seguir leyendo El anarquismo como teoría de organización

La teoría no transforma la realidad

Es muy frecuente escuchar lo ignorantes, simples y «cortos» que son los grupos, líderes y votantes de la extrema derecha (o fascismo, postfascismo o términos similares). No voy a entrar ahora en la cuestión conceptual sino en los calificativos aplicados a dicho sector político. Que los ignorantes y tontos coman la «tostada» a los listos e inteligentes es un misterio que se achaca siempre a los medios de comunicación, redes sociales y demás herramientas para «comer el tarro» a la masa acrítica y que no digo que no tenga su importancia.

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Editorial «Redes Libertarias» nº 4

Redes Libertarias núm.4 (descarga el PDF gratuitamente o compra un ejemplar en papel)

Han pasado 6 meses desde nuestro último número en papel. ¿Cómo se os ha hecho de largo este lapso de tiempo? ¿Muy largo? ¿Corto? ¿Un suspiro? Y, más allá de la percepción personal, también nos preguntamos cómo lo habrán percibido las personas inmersas en un conflicto bélico de los que asolan el mundo: Sudán, Yemen, Ucrania, Gaza, Líbano, Myanmar, República del Congo, República Saharaui, entre otras. No queremos dejar de hablar de Gaza, del genocidio perpetrado por Netanyahu y sus mortíferas Israel Defense Forces (I.D.F.), pero tampoco podemos olvidar que ahora mismo hay 50 guerras más, el número más alto desde la II Guerra Mundial y, quizás por eso, Trump ha cambiado el nombre del Secretario de Defensa por el de Secretario de la Guerra.

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Recordando a Colin Ward

F.C. / Semi sotto la neve

Este año Colin Ward habría cumplido cien años. Nacido el 14 de agosto de 1924 y fallecido el 11 de febrero de 2010, el anarquista inglés es la principal inspiración de esta revista. Lo reseñamos en la columna «Raíces» del número 2 de junio de 2022, a la que nos remitimos para una introducción preliminar a su vida y pensamiento.

Sus reflexiones, al igual que sus artículos y libros, son una fuente constante de inspiración para el equipo editorial de Semi sotto la neve y una inspiración siempre presente para quienes, como nosotros, buscan, modesta pero tenazmente, vivir un ideal libertario de una manera nueva y proactiva.

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