Introducción al libro: Claudio Venza (2026):L’Anarchisme espagnol entre pouvoir et revolution(Nouvelle édition). Lyon, Atelier de création libertaire.
El autor
Claudio Venza, autor del libro que ahora se reedita: El anarquismo español entre el poder y la revolución, nació en Trieste el 7 de noviembre de 1946 y murió el 28 de octubre de 20221.
Hoy, 19 de julio, fue el punto de partida para un proceso revolucionario hace 90 años. Sí, de forma paralela a una guerra incivil (y social), provocada por un grupo de generales facciosos y reaccionarios, se produjeron una serie de transformaciones sociales de rasgos, mayoritariamente, libertarios (autogestionarios). Como en este país, de forma netamente interesada por parte de los poderes establecidos (que son, prácticamente, los de siempre), sufrimos de graves problemas para una memoria mínimamente honesta y, al mismo tiempo, se arrojan toneladas de basura para un mínimo de consenso histórico, hablar de una revolución libertaria en España puede que sea algo altamente desconocido para el común de los mortales. Y es que los anarquistas, han sido los derrotados dentro de los derrotados, así como los especialmente olvidados. El movimiento ácrata, en la actualidad con todos sus problemas (y no todos provocados por factores externos, seamos honestos), se esfuerza en recordar que hubo una vez, antes de la victoria del fascismo, que fue una fuerza mayoritaria. Los que leen este blog, sabrán que no soy nada amigo de idealizaciones, que detesto cualquier forma de dogmatismo, así como de falta de autocrítica, pero es fundamental lo que continúan haciendo los libertarios: recordar la historia, la cual está lejos de ser lineal como insisten desde arriba para justificar el poder político y económico, para tratar de trabajar eso tan baqueteado que es la conciencia humana. Hoy, el mundo es con seguridad muy diferente al de hace décadas, no es tal vez posible un proceso revolucionario totalizante que abarque el conjunto de la sociedad. Ello no impide que deseemos esas transformaciones sociales autogestionarias, que pongan en jaque a los que desean acaparar los recursos de todo tipo, y que nos impliquemos en todos esos proyectos donde encontramos una coherencia entre medios (no coactivos) y fines (una comunidad, pero no para el mañana, ya hoy más libre, justa e inteligente). Pero, a pesar de ello, como ya dije, recordar la historia de manera honesta resulta fundamental. Al parecer, esta guerra incivil producida en este inefable Reino de España hace 90 años, que algunos insisten en ver meramente como fraticida, es uno de los hechos históricos más estudiados, si no como el que más. Efectivamente, abunda la literatura al respecto, alguna sencillamente para ser arrojada al vertedero, desde una perspectiva intelectual y moral, por tendenciosa o directamente falsa en sus premisas y conclusiones.
“quizás vivimos todavía la terminación de lo que fue comenzado en 1933” (Herbert Marcuse, Carta a Martin Heidegger del 13 de mayo de 1948)
Cartel de la famosa película de Charles Chaplin
Desde luego se puede criticar a la postmodernidad y a sus exponentes, sea lo que sea como se defina esta y sean quienes sean a quienes se adscriban a esa corriente. Para nosotros, si nos atenemos a una de sus muchas definiciones, postmodernidad no quiere decir otra cosa que lo que sigue a la Modernidad, la siguiente época, un ulterior modo de pensamiento que recoge lo bueno anterior y rechaza sus errores.
En el espectro mediático abundan quienes, desde la izquierda, califican de fascista a todo aquel que está en contra de ellos, y viceversa, para la derecha todo lo que no es ellos es: comunismo, que absurdamente vinculan con el terrorismo islámico y ETA. De este modo que los calificativos, llegando a ser tan absurdos, pierden sentido y se decantan como mero insulto, como descalificación genérica visceral, solamente ruido que nada aporta.
Lejos de querer realizar ese mal uso y abuso de las palabras, muy conscientes de que lo que se llama postmodernidad es tan criticable como cualquier otra cosa, el presente texto, sin embargo, se decanta por poner de manifiesto una vinculación cada vez más abundante entre los críticos de la postmodernidad (mal entendida como cierto relativismo de izquierdas) y los neofascistas que ahora ejercen de principales críticos.
Nos referimos con neofascistas, para ser precisos, a los seguidores de Donald Trump, Santiago Abascal, Marine Le Pen, Viktor Orbán, Javier Milei, Jair Bolsonaro, Giorgia Meloni, Alexander Gauland, por nombrar solamente a los más conocidos, que no son pocos.
Entendemos entonces por neofascistas1 aquellos que se dicen, mantienen y proclaman, como conservadores en lo político-social-cultural y capitalistas en lo económico, aquellos que han abandonado de cara al público al irracionalismo que caracterizó el fascismo clásico y que ya se presentan como los verdaderos receptores y defensores del legado de la Modernidad.
La Modernidad, anteriormente, fue cosa de ilustrados socialdemócratas, de liberales en el antiguo y originario sentido de la palabra,2 de aquellos que defendían el Racionalismo y el universalismo contra el irracionalismo irredento de la Iglesia y de los Reyes. Hoy sin embargo vemos, claramente, que los neoliberales más tendentes al neofascismo han adoptado ese punto de vista como estrategia y modo de presentarse como garantes del orden frente a los ciudadanos.
Una vez le fue robada y expropiada la ideología de las Luces y del Progreso a una socialdemocracia débil, dudosa entre aceptar o no los nuevos movimientos sociales y las actuales críticas al sistema de dominación vigente, el neofascismo se ha envalentonado, con cada vez más frecuencia se le cae la careta de modernidad y aflora el irracional fascismo de sus abuelos.
La crítica postmoderna a la modernidad dejaba atrás, en los anales de la Historia, la lucha de clases, un proletariado menguado no podía ya ser motor de la Historia, la lucha se diversificó, mutaba, evolucionando, e incorporando las críticas postmodernas y sus planteamientos.
La Modernidad fue un periodo que se puede considerar como la era del auge del racionalismo europeo que va desde Descartes hasta Rousseau, Kant y los Enciclopedistas, la era de los contractualistas, movimiento que sin duda inspiraría la Revolución francesa considerado como la Ilustración o el Iluminismo, que fue conformando la sociedad moderna: una sociedad que dejaba atrás las tinieblas del trono y el altar para erigirse sobre unos cimientos democrático-parlamentarios y un Estado de Derecho. Durante mucho tiempo, por tanto, la Modernidad fue un periodo de tiempo eminentemente liberal y socialdemócrata, que en lo económico entroncaría con el keynesianismo y el llamado Estado del bienestar, aunque también será la era del socialismo y el anarquismo, de las luchas de los trabajadores, bien para conseguir mejoras en su situación bajo la dominación capitalista o bien para llevar a cabo la revolución.
La Modernidad fue entonces una ideología proseguida luego por el socialismo y el anarquismo, que ya vieron en su día sus insuficiencias e hipocresías y le exigieron llevar esa tendencia hacia su final, tanto que incluso Marx consideró, equivocándose, que llevar a término la socialización de los medios de producción llevaría, tras la dictadura del proletariado, al comunismo libertario. La renovación de la experiencia soviética en Venezuela ha vuelto a demostrar que el socialismo autoritario degenera en tiranía y que, sea quien sea que conquiste el Estado, lo usará para enriquecerse y dominar al pueblo.
En Europa, socialistas, anarquistas y liberales aunaron fuerzas, pese a sus discrepancias, durante el siglo XVIII para derrocar a la nobleza y el clero, para lograr juntos que cayese la dominación del mundo por los aristócratas y eclesiásticos. De esos tres movimientos fueron los liberales, la burguesía, quienes salieron mayoritariamente triunfantes y quienes a lo largo del siglo XIX impulsaron, desde el Imperio británico, el capitalismo, ya como clase dirigente y en oposición a los trabajadores, mayoritariamente anarquistas y socialistas. Los que habían aunado fuerzas contra el tenebroso y poderoso enemigo proveniente de la Edad Media, se encontraron enfrentados.
Llegados al siglo XX, resulta muy difícil simplificar una centuria, pero para ser sucintos, diremos que con dos guerras mundiales por medio en las que lucharon el comunismo, el nacionalsocialismo y el capitalismo, por la dominación mundial, puede decirse, sin lugar a duda, que fue capitalismo es el que salió triunfante. Afirmación que es un hecho, no una interpretación.
Retrospectivamente, desde una posición anarquista, puede decirse, que en la Segunda Guerra Mundial lucharon entre sí tres totalitarismos y que venció el capitalista, no sin dar cierto refugio y acogimiento por parte de los vencedores de los restos de los nazis que habían derrotado sobre todo los soviéticos, utilizados luego para proseguir el enfrentamiento con la URSS, hasta vencerla por completo.
Todo empezará a cambiar tras las revueltas de 1968 en las dos décadas que van de 1970 y 1990 y con la llegada de la llamada «Postmodernidad», con una nueva era, con una época acompañada de una pléyade de autores considerados dentro de ese periodo temporal y caracterizados por realizar serias críticas a la Modernidad, reflexiones que demostrarán la afinidad de ese racionalismo tradicional socialdemócrata cuyo último exponente habría sido Jürgen Habermas con el capitalismo y la dominación.
El neofascismo ya no se basa en el sentimiento y la irracionalidad como hizo el fascismo en los años 1930 del siglo XX, heredero en eso del Romanticismo, sino en la observancia de la Razón
Por otro lado, desde el lado capitalista conservador,1989 habría sido la fecha decisiva. La de la caída del muro de Berlín, que significó el final definitivo del socialismo autoritario y la URSS, fue visto como la resolución final de la Guerra Fría y como la victoria total del Capitalismo sobre todos sus oponentes. Lo que marcó el comienzo de la Globalización. Francis Fukuyama proclamaba entonces el Fin de la Historia en 1992, mientras Margaret Thatcher gobernaba Reino Unido (desde 1979 hasta 1990) e inmediatamente después de que Ronald Reagan gobernara los USA (desde 1981 hasta 1989). Como es bien sabido, ambos mandatarios basaron su economía de capitalismo salvaje y desmantelamiento social en la Escuela de Chicago, matriz del neoliberalismo,3 una ideología que exportar al resto del mundo para, a su juicio: «salvarlo y democratizarlo». Ulteriores «guerras humanitarias» con los dos presidentes Bush de los USA demostraron que, al neoliberalismo, al capitalismo, no le importaba mentir y declarar que su misión, traducida en arrojar bombas e invadir países, era el resultado de pretender «modernizar el planeta».
Ronald Reagan y Margaret Thatcher, presidente y primera ministra USA y Reino Unido
El neofascismo ya no se basa en el sentimiento y la irracionalidad como hizo el fascismo en los años 1930 del siglo XX, heredero en eso del Romanticismo, sino en la observancia de la Razón, en una supuesta objetividad científica, en unos robados ideales Ilustrados de «Libertad, Igualdad y Fraternidad», de los que han sabido deshacerse de los dos últimos, como basura comunista, para entronizar el primero, ese de la Libertad, que ya había sido arrebatado antes a los ácratas, pero esta vez en su versión sesgada de considerar la libertad como exclusivamente libertad de comercio y de explotación capitalista.
A esa libertad como exclusivamente libertad de comercio se unirá una razón como exclusivamente razón instrumental, dos reduccionismos tendentes a privilegiar el capitalismo y los negocios sobre cualquier otra cosa, algo que denunció la llamada Escuela de Frankfurt, Theodor W. Adorno, Max Horkheimer y Walter Benjamin,4 que también facilitó el pasaje a la postmodernidad en el área de la filosofía contemporánea.
En lo político, social y cultural, sin embargo, se manifestarán los neofascistas como conservadores, como patriotas, nacionalistas y tradicionalistas, llegando a recuperar hasta ese racismo y xenofobia que había retrocedido dadas las acciones pretéritas de los nazis y que vemos aumentar hoy en día. Los neofascismos actuales crecen exacerbando la xenofobia, promoviendo el odio al extranjero y la prioridad nacional, pero también lo hacen proclamándose modernos, gente de orden, aparentando ser liberales razonables que pugnan por mantener la sociedad normalizada y cohesionada frente a movimientos disolventes exógenos que la pretenden destruir.
La postmodernidad como periodo que sigue a la modernidad se caracterizará por una serie de cambios de perspectiva y de posicionamiento de las diferentes ideologías políticas existentes. Los neofascistas se reafirmarán como modernos neocapitalistas, esto es, neoliberales, disputando la Ilustración a una socialdemocracia que se dejará ir arrebatando el legado moderno e ilustrado al no saber si sostenerse en el pasado o evolucionar hacia el futuro.
Mientras las izquierdas, la socialdemocracia, el socialismo y el anarquismo, hicieron, de forma ascendente, en mayor medida cuanto más a la izquierda, una amplia recepción de las justas críticas a la Modernidad, esto es, de la crítica al universalismo en tanto en cuanto encubrió el colonialismo entendido como eurocentrismo, de la crítica a la sociedad patriarcal entendida como machismo latente y desigualdad de género, de la crítica de la racionalidad instrumental como uso y abuso de la razón para la eficiencia del mercado, las derechas, irían robando los legados modernos para su uso y abuso, desvirtuándolo cada vez más en beneficio del capitalismo.
Portada del libro de Todd May que inaugura la recepción del Postestructuralismo por el Anarquismo (1994)5
El pasaje de la modernidad a la postmodernidad en el seno del marxismo se dio antes que, en el seno del anarquismo, el primero lleva una decena de años de adelanto en la recepción del postestructuralismo respecto al anarquismo. El marxismo lo incorpora a partir de los años 1980 a través, entre otros, de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, autores de Hegemonía y estrategia socialista (1985), mientras que el anarquismo lo recibe a partir de 1990 a través, entre otros, del mencionado Todd May, aunque con figuras propias postmodernas, como Peter Lamborn Wilson, alias Hakim Bey.
Portada del libro de Hakim Bey Zona Temporalmente Autónoma, publicado en 1990
El marxismo estructuralista de Louis Althusser —quien abogaba por un marxismo sin sujeto y cuestionaba el humanismo— funcionó también como un pasaje intelectual hacia las tesis postestructuralistas y postmarxistas ya desde los años 1960-1970, si bien, aunque se desembarazaba del Marx humanista caía en la defensa de un Marx científico, el Galileo de la Historia. Por tanto, aunque el althusserianismo y también el gramscismo facilitaron el tránsito, se mantendrán apegados al estructuralismo, a una concepción rígida y dogmática de la ciencia y se resistirán hasta nuestros días a admitir el postestructuralismo.
Desde entonces hasta el día de hoy se han repetido las críticas y reticencias dentro de los movimientos políticos clásicos de izquierdas, de todo signo, a incorporar el avance del pensamiento emancipatorio que supusieron las aportaciones de los más eminentes pensadores del planeta: Michel Foucault, Gilles Deleuze, Félix Guattari, Jean Baudrillard, Jean François Lyotard, Jacques Derrida, Roland Barthes, Giorgio Agamben, entre otros. Esos son los mal llamados postmodernos, porque esos son los que tendrían que denominarse, más bien, postestructuralistas.
Se trata de una agrupación de pensadores contemporáneos a los que habría que añadir, en un ámbito más amplio, —ese sí se podría llamarse postmoderno— a: Reiner Schürmann, Gianni Vattimo, Zygmunt Bauman, Tony Negri, Cornelius Castoriadis, entre otros muchos. Y eso por hablar solamente de la filosofía, sin abundar en otras disciplinas, en la literatura, el arte o las ciencias, en la antropología, la historia, la economía, la física, donde encontramos cada vez más y más postmodernidad.
En todos los ámbitos como revolución de la forma de pensar, se instauran unos cambios respecto al paradigma moderno que se pueden considerar como el paradigma postmoderno, motivo de que podamos decir que «postmodernidad» designa una era, una época y un cambio de mentalidad.
Portada del libro publicado por Catherine Malabou en 20226
Llevamos treinta años de debates sobre sí la influencia del postestructuralismo significaba renegar de la lucha de clases y, tras esos treinta años, como conclusión y resultado, surge, por el lado del marxismo, el intrascendente Frente Obrero, esto es, un grupo y partido político residual, entre nazi y rojo, denominado por ello, rojipardo, que es racista, machista y patriota, es decir, conservador en lo político, social y cultural, pero comunista autoritario, leninista y estalinista, en lo económico.
No creemos que, para salir del laberinto en que se encuentra, el anarquismo, deba generar su propio e irrelevante Frente Obrero Anarquista, aunque lo de ser conservador en lo político, social y cultural, le quedaría mucho más contradictorio que en el caso del marxismo y le sería quizá inviable. Muy difícil imaginar un Frente Obrero anarquista rojipardo, un anarquismo obrerista xenófobo que dijese que los extranjeros tienen la culpa de todo.
Sobrevive hoy, a trancas y barrancas, una cándida izquierda marxista, socialista, ilustrada, que mezcla a Kant con Marx y Althusser, pasando por Spinoza. Pero sus postulados modernos se ven desbordados por la izquierda realmente existente, que ya es difusa, postmoderna, fragmentaria y diversa —pero a la vez unida— una socialdemocracia radical que tiene que soportar con estoicismo que los neoliberales, los capitalistas-fascistas, se basen ya hoy también en la Ilustración y en la Modernidad, robándoles cada vez más a los votantes, la ideología política y los seguidores.
A caballo entre la Modernidad y la Postmodernidad, los althusserianos y gramscianos nutrieron teórico-ideológicamente a Podemos en España a raíz de las protestas anarquizantes conocidas como «el 15M». Capitalizadas esas protestas anárquicas por ese movimiento y partido político, vimos ascender a un partido que comenzó asimilando los postulados de ese marxismo ilustrado, para ir luego, progresivamente, caminando hacia el postmarxismo, hacia el populismo de izquierdas de Ernesto Laclau. Pero ya es Historia el ascenso y declive de ese movimiento que pereció por corromperse al querer asaltar los cielos y establecerse de manera jerárquica y permanente en el Estado.
Muy difícil imaginar un Frente Obrero anarquista rojipardo, un anarquismo obrerista xenófobo que dijese que los extranjeros tienen la culpa de todo
Lo que se ha llamado postmarxismo y postanarquismo, no es sino la base teórica posterior a la praxis de movimientos sociales y políticos como el 15M o los anteriores movimientos Antiglobalización. La nueva izquierda realmente existente, de luchas plurales —aunque se sabe unir como en las ocasiones mencionadas— ha sido la que al hilo de su actuar a llegado a tener en cuenta a los pensadores de la llamada postmodernidad, es decir, sobre todo a los postestructuralistas.
Los marxismos y anarquismos actuales —teniendo en cuenta a los pensadores actuales, contemporáneos y recientes— se enfrentan ese marxismo y ese anarquismo unitarios que se han anclado en el siglo XIX y que no se quieren moverse de ahí, aferrados a un pensamiento moderno ya expropiado por los neofascistas neoliberales para su uso y abuso, a un racionalismo y universalismo comprados por el capitalismo para el buen funcionamiento del mercado.
A esa modernidad neofascista que critica al postestructuralismo y se presenta a las elecciones como racional y objetiva, patriota y de orden, le han salido también vertientes de fondo, como la de la Ilustración Oscura o los seguidores MAGA de Donald Trump, movimientos donde mantienen oculto, de manera esotérica, ese culto al irracionalismo fascista de los antiguos nazis, pero que, envalentonado, a veces no esconde su decidida apuesta por un tecnofascismo capitalista totalitario bien claramente representado por el saludo nazi realizado por Elon Musk, el hombre más rico del mundo.7
Elon Musk haciendo el saludo nazi fascista
No es lugar ahora para responder a aquello que desde el inicio de la postmodernidad se ha recitado como un mantra por los anclados en la Modernidad, eso de que la postmodernidad es un «relativismo», un todo vale, un nihilismo, y, por tanto, una carencia de valores y de proyectos. Esa simplificación es burda. Aunque se ha contestado numerosas veces, tendremos que responderla de nuevo, ese debate proseguirá, dado que no se escucha bajo tanto ruido, lo que los planteamientos postestructuralistas suponen realmente.
Solamente advertir en respuesta breve que la crítica al eurocentrismo colonialista, la consideración de la multiculturalidad y el respeto a la diferencia no implica negarse a mantener ideales cosmopolitas como la igualdad y la fraternidad entre todos los seres humanos, presididas por una libertad ampliada, esto es, por una libertad libertaria, valga la redundancia, antes que por esa libertad de explotar y comerciar del capitalismo tanto humanista como inhumano.
Jean-Paul Sartre y Michel Foucault en una manifestación
El marxismo y el anarquismo en la actualidad han asimilado los avances desde la revuelta de mayo de 1968 producidos en el pensamiento europeo por los filósofos que se han venido a llamar postmodernos y luego extendida por el orbe, mientras los socialdemócratas, socialistas y anarquistas modernos se han quedado petrificados y desnortados, rodeados por rojipardos y pardocapitalistas, amenazados por convertirse en un Minotauro, cuando no amenazados por la corrupción al pelearse por la propiedad de sedes y siglas de identidad en los tribunales. Ese es el laberinto del cual el anarquismo tiene que salir. La postmodernidad es el hilo de Ariadna que se le ofrece al nuevo Teseo, al militante anarquista, aunque la Anarquía, esa, pertenecerá siempre a Dionisos. Léase esto entre las líneas de la mitología como ejemplo de literatura postmoderna, pues los ejemplos son praxis, y la praxis, va antes que la teoría.
Para resumir todo lo antedicho podríamos dar una amplia bibliografía, pero seguimos pragmatistas y nos limitaremos a mencionar tan solo algún ejemplo de libros y autores que ejecutan prácticas neofascistas de crítica a la postmodernidad. Terminaremos así entonces el artículo apelando a la ética, las acciones que han de proporcionar y dar ejemplo, porque creemos que el ejemplo siempre vale más y es más ilustrativo que proporcionar mucha información.
Aunque hay muchos como él podemos entonces remitir como primer ejemplo a Roger Scruton,8 ejemplar paradigmático de neoliberal conservador anti-postmoderno (neofascista), quien nos sirve para ilustrar que la crítica a la postmodernidad y su vinculación con el neofascismo, son cada vez más frecuentes.
Pueden verse como ejemplos los libros de Roger Scruton siguientes, cuyos títulos ya son por sí mismos bastante indicativos e ilustrativos: Filosofía Moderna; Pensadores de la nueva izquierda; Cómo ser conservador; Filosofía verde: cómo reflexionar seriamente sobre el planeta [este último con Prólogo de Santiago Abascal e introducción de Miguel Ángel Quintana Paz, dirigente de Vox y asesor de la Le Pen respectivamente].9 ¡Y es solo un ejemplo entre muchos!
Podríamos por tanto dar también algún ejemplo de neoliberal conservador anti-postmoderno (neofascista) en España. Para eso no hay más que echar un vistazo a los artículos de Santiago Navajas10 en Libertad Digital.
Aunque como venimos diciendo como ellos hay cientos, motivo de que el movimiento MAGA de Donald Trump y VOX en España, estén arrasando entre los jóvenes a través de las Redes Sociales y tengan numerosas Webs muy activas.
Pero sigamos un poco con la ilustración y demos un último ejemplo.
Hace un tiempo los marxistas y los ácratas leíamos a menudo la sección «Libro pésimo» de Libertad Digital para que nos dieran buena bibliografía y algo que leer. Si a los empedernidos neoliberales-fascistas-neonazis que van de liberales ilustrados y demócratas (sic) les repugnaba un libro y lo combatían, entonces, entonces eso era señal de que ese libro era digno de leerse y estudiarse, que era bueno y les hacía daño. Ignoramos si Libertad Digital mantiene esa egregia sección, pero en ella aparecía un tipo de derechas, un profesor de ciencias políticas de una universidad, de esos de publicar en Cuadernos FAES y al que bien conocían sus alumnos. Sus dos reseñas sobre sendos libros sobre Foucault y Deleuze aparecidas en Letras Libres merecen ser, a su vez, reseñadas, porque son ejemplares, son ejemplares porque muestran, sin querer, esto es, ilustran claramente, que esos dos autores son temidos y combatidos como anarquistas por la extrema derecha.
Facebook de El informer de Somosaguas 2.0 UCM
Así, el profesor Luis Arranz Notario, que reseñaba un libro sobre Foucault y otro sobre Deleuze, acertaba cuando se equivocaba y se equivocaba cuando acertaba, esto es, al condenar ensalzaba y al insultar y descalificar, decía sin querer, la verdad.
Acertaba al considerar a ambos pensadores como horribles anarquistas e inmorales líderes del aberrante mayo del 1968, atinaba por tanto al verlos como unos asquerosos terroristas intelectuales antisistema que, de forma ilegible, habrían confundido a la Modernidad hasta volverla Postmodernidad. Y solamente por su posición nos ilustró sobre la verdad: la extrema derecha neofascista odia a la postmodernidad.
Así, de Foucault, decía:
«De ahí su preferencia por el estudio de los locos y marginales, pues sólo ellos representaban, no tanto una libertad trascendente y emancipadora –algo imposible en la metafísica de Foucault, superadora de la antigualla marxista–, pero sí la rebelión y la violencia destructiva como, al menos, una postura estética en la senda trillada del anarquismo».11
Y de Deleuze, decía:
«La suerte de bakuninismo psiquiátrico que nutre la obra compartida de Guattari y Deleuze, dos de los más genuinos exponentes de las pretensiones del mayo del 68. (…). Nos encontramos ante casi setecientas páginas de prosa prolija, dedicadas a la justificación y exaltación de estos dos personajes, respecto a los que no media la menor distancia crítica. Significa esto último que el biógrafo reproduce el lenguaje arbitrario e impenetrable de sus biografiados, de modo que el lector no tarda en perder toda esperanza de entender ni poco ni mucho ‘de qué iban’ Deleuze y Guattari».12
Obviamente se desprende del texto que ni por asomo ha intentado leer directamente a Deleuze o Foucault, sino que ha ido a sendos exegetas y comentaristas de los dos pensadores, por cierto, dos muy buenos, eso sí, para luego terminar de decir que no lo entiende, aunque no sin antes descalificarlos como «terrorismo anarquista superador de la antigualla marxista» (Foucault) y «bakuninismo psiquiátrico» (Deleuze).
A eso, lo que contestaríamos es que, rocambolescamente —y sin quererlo— ha acertado con la calificación y cualificación para ambos.
Sin saber casi nada de ellos ha intuido bien: son anarquistas. Claro, al enemigo hay que conocerlo o al menos intuirlo. El problema es que suele ser común que quienes se insertan en una ideología solamente lean, estudien y aprendan sobre la misma y no vayan hacia las otras sino para indagar por encima para descalificarlas burdamente. Ignoramos si el profesor de Ciencia Política mentado ha estudiado en profundidad a sus oponentes, no lo parece puesto que considera los escritos sobre ellos como «jerga ilegible», ¡menudo profesor de universidad!, sin embargo, eso no le impide vislumbrar e intuir por dónde van los tiros, por donde van los pensadores que odia, a los que teme y a los que por ello ataca, aunque termine negando saber «de qué iban», cuando lo sabe muy bien, lo sabe rebién, son antifascistas, son anarquistas.
El neofascismo está muy interesado en realizar una crítica de la postmodernidad, del postestructuralismo concretamente, de las corrientes de pensamiento contemporáneo y los autores que más pueden alimentar y actualizar al anarquismo, a los que combaten desde postulados modernos apelando a los valores ilustrados de universalidad y objetividad científica, a unos principios a los cuales, la filosofía más importante del siglo XX y XXI, ha puesto en su sitio, en su lugar relativo, no relativista, no eliminándolos por tanto, sino desvelando su carácter dominador y su sintonía con la explotación capitalista globalizada, como hemos dicho, poniéndolos en su sitio.
Si un amigo de los nazis, del fascismo, del neoliberalismo, del capitalismo y de la explotación, según dicen sus propios alumnos, que no creo que mientan y según se desprende de sus textos, considera a Foucault y a Deleuze, como anarquistas:
¿No será porque lo eran?
La única diferencia dentro de las catorce características con las que Umberto Eco define al Fascismo entre éste y el Neofascismo actual está en que el Nuevo Fascismo elimina una de ellas y se apropia de la Modernidad: «El rechazo del mundo moderno se camuflaba como condena de la forma de vida capitalista, pero concernía principalmente a la repulsa del espíritu del 1789 (o del 1776, obviamente). La Ilustración, la edad de la Razón, se ven como el principio de la depravación moderna. En este sentido, el Ur-Fascismo puede definirse como irracionalismo». Eso ha cambiado, los ideólogos de extrema derecha ya no rechazan la Modernidad ni el Capitalismo, como los fascistas y nazis de los años 30, sino que se los han apropiado. Y aunque mantienen de fondo su aberrante irracionalismo heredado de sus abuelos, se presentan como paladines de la Razón y depositarios de la misión histórica de continuar con el cumplimiento de los ideales de la Modernidad, cumplimiento que ellos entienden como llevar hasta el final la Globalización Capitalista, que es su forma de entender la universalidad. El texto completo de Umberto Eco titulado Ur-Fascismo o El fascismo eterno, publicado en 1995, puede leerse aquí: https://www.eastwebside.com/wp-content/uploads/2024/04/UR-FASCISMO-UMBERTO-ECO-r2.pdf↩︎
La palabra liberal procede de «liberalis», en latín = lo propio del hombre libre. En el s.XV aún significaba personas generosas sin llegar a ser pródiga que redimían cautivos o pagaban deudas ajenas. Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana (1611) lo caracterizaba como «el hombre que graciosamente sin (esperar) recompensa alguna, hace bien y merced a los menesterosos, guardando el modo debido para no dar en el extremo de pródigo». El sentido de Liberal como filántropo, desprendido, generoso, altruista o magnánimo, llega hasta el s.XVIII, también es entonces el relajado en las costumbres —y próximo en ello a los libertinos, que las relajaran totalmente— cuando adquirirá también el sentido de mentar con ello a los partidarios de abolir los privilegios tradicionales y acoger las innovaciones. Pero durante el s.XIX adquirirá ya paulatinamente el sentido contrario, el que tiene hoy en día la palabra, liberal será entonces el burgués egoísta que defiende la propiedad privada, entendiéndose liberalismo como «laissez faire», un «dejar hacer» pero como exclusivamente alusivo a la libertad de comercio y de negocio, remitiendo a la persona contraria a los impuestos y aranceles proteccionistas. Durante el siglo XX del liberalismo comercial, ya egoísta, se ha pasado al neoliberalismo, que se identifica plenamente con el capitalismo y adquiere tintes autoritarios neofascistas. ↩︎
Como bien indica Laura Vicente en El anarquismo español entre el poder y la revolución. Introducción al libro de Claudio Venza (2026): L’Anarchisme espagnol entre pouvoir et revolution (Nouvelle édition). Lyon, Atelier de création libertaire: «Los ejecutores de esta ofensiva neoliberal fueron Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en Estados Unidos. El thatcherismo desencadenó un tsunami de desindustrialización, llevándose las manufacturas a países en vías de desarrollo y diezmando comunidades obreras enteras (se pasó de siete millones de obreros en 1979 cuando llegó Thatcher al poder a 2,83 millones treinta años después) que vivían de su trabajo en las fábricas. Este experimento thatcherista forjó la sociedad en la que hoy vivimos. En el centro había una ofensiva contra comunidades, industrias, valores e instituciones obreras. Ser obrero ya no era motivo de orgullo, sino que era algo de lo que escapar. En este proceso uno de los objetivos era debilitar la fortaleza del sindicalismo inglés». ↩︎
Aunque el recientemente fallecido Habermas estuviese entre los empedernidos socialdemócratas de la modernidad ilustrada, su sucesor en esa escuela, Peter Sloterdijk, se proclamó luego eminentemente postmoderno, aunque se le haya de definir como «liberal» en el antiguo sentido de la palabra, realizando un pensamiento diferente al moderno en el cual, para semejanzas con la crítica de la dominación capitalista, la de la sociedad disciplinaria de Foucault o la de las sociedades de control de Deleuze, puede leerse con provecho su ensayo: Normas para el parque humano. Véase también nuestro texto sobre el ensayo Estrés y Libertad de Sloterdijk: «Pensar el desasimiento: inquietante libertad anárquica». En: Pablo Lazo Briones (Coord) Anarquía, resistencia y subversión. Debates Contemporáneos. Universidad Iberoamericana. México (2023): https://www.academia.edu/107023109/Anarqu%C3%ADa_Pensar_el_desasimiento_Sim%C3%B3n_Royo↩︎
Los autores que se comentan en este libro, excepto Aristóteles, y que se vinculan al anarquismo clásico de Proudhon, Bakunin; Kropotkin, Reclus, etc., son todos ellos contemporáneos y tenidos por «postmodernos»: Reiner Schürmann, Emmanuel Levinas, Jacques Derrida, Michel Foucault, Giorgio Agamben y Jacques Rancière. ↩︎
Este artículo explora el potencial crítico y transformador de los estudios del discurso, particularmente del Análisis Crítico del Discurso, como herramienta para desvelar los mecanismos sutiles de dominación que operan a través del lenguaje. A partir de esta perspectiva, se examina cómo las palabras no solo reflejan desigualdades, sino que las construyen y naturalizan, al tiempo que se analiza el papel del discurso en la resistencia y la prefiguración de mundos alternativos, conectando con propuestas libertarias de contrapoder lingüístico.
En las sociedades contemporáneas, el poder no se ejerce únicamente mediante la coerción física o la fuerza institucional. Su eficacia más profunda reside en su capacidad para moldear aquello que consideramos natural, evidente o incuestionable. En este proceso de naturalización de la desigualdad, el lenguaje ocupa un lugar estratégico. Lejos de ser un mero instrumento neutro de comunicación, las palabras operan como verdaderos arquitectos de la realidad: estructuran nuestro pensamiento, definen los límites de lo decible y, con frecuencia, consolidan relaciones asimétricas de poder sin que seamos plenamente conscientes de ello.
Presentación de la revista Redes Libertarias nº 5, en el Ateneu Enciclopèdic Popular (Barcelona), el 18 de junio de 2026.
La puesta en tela de juicio de todo lo que el pensamiento burgués ha tenido por venerable (la propiedad privada, el Estado, la autoridad, la política, el derecho, el dinero, el género…) no conduce forzosamente a la multitud hacia un cuestionamiento generalizado de la dominación. Por más subversivas que parezcan, las ideas no conmueven a las masas adormecidas, resignadas o atemorizadas, por lo que no pueden convertirse en fuerza práctica. Para superar el foso conformista, hay que volver a empezar despertando, recobrando el ánimo, perdiendo el miedo. Creando lectores, “tejiendo” afinidad, agrupando voluntades, predicando con el ejemplo. Cuando las condiciones subjetivas y objetivas de realización del socialismo no son halagüeñas, cuando las fuerzas materiales e intelectuales capaces de lograr un cambio social profundo no afloran en magnitud suficiente, la negación radical de lo existente adquiere connotaciones utópicas. La dimensión utópica del pensamiento crítico es un antídoto contra el derrotismo, porque si bien refugia el deseo de una vida libre en la imaginación y el sueño en espera del momento favorable, también plantea realizarlo parcialmente en forma de proyectos comunitarios viables. Cuando ninguna propuesta revolucionaria es inmediatamente practicable, la utopía se revela como lo más pragmático.
El mundo que nos ha tocado vivir, especialmente en estos últimos años, observado y analizado desde la órbita geopolítica de lo que conocemos como Occidente, está experimentando de forma convulsa una serie de cambios drásticos, de involución, que se manifiestan de manera súbita, sin un proceso temporal suficientemente prolongado, por lo que resultan inexplicables, incomprensibles para la mayoría de la población y difícilmente asumibles por aquellas personas y sectores sociales con pensamiento propio y crítico, comprometidos con la justicia social, la democracia directa, la paz, la libertad y la solidaridad.
A medida que su estado de salud se deterioraba, Türkoğlu y otros presos fueron trasladados el 10 de abril al Hospital Municipal de Antalya. Según la información disponible, el 20 de abril fue sometido a una intervención médica forzosa e ingresado en la unidad de cuidados intensivos. Permanecía conectado a un respirador desde el 30 de abril y ahora se ha anunciado su fallecimiento.
Gürkan Türkoğlu estaba recluido en la prisión cerrada de alta seguridad de Döşemealtı, en Antalya. Había iniciado una huelga de hambre de 268 días para exigir el cierre de las prisiones de tipo Y, tipo S y de alta seguridad, conocidas colectivamente como “prisiones tipo pozo”1, así como su traslado a otro centro penitenciario.
Francesc Boldú fue miembro de los dos primeros Secretariados Permanentes de la CNT de Cataluña. Participó en la ocupación de la Soli, la organización del mitin de Montjuic y las Jornadas Libertarias de Barcelona. Posteriormente fue Secretario de Organización de la CNT en el V Congreso. Tras la impugnación participó en el Congreso de Valencia y, finalmente, se apartó de todas las CNT. Ha sido profesor de filosofía en diversos centros, el último el Instituto Español de Tánger (Marruecos)
No soy historiador. He sido profesor de filosofía. Durante más de 40 años, mis alumnos tenían de 16 a 18 años. Ellos siempre 16 a 18. Yo, un año más. He vivido la evolución de la juventud. Día a día. Año a año. Y eso me preocupa mucho. Porque cuando una generación no ve ningún horizonte, busca cualquier respuesta.
Si no mostramos un modelo distinto a la sociedad actual, el único modelo alternativo que les queda es el de Vox. Y entonces siguen a Vox.
No voy a recitar un montón de datos históricos sobre lo que hicimos en el pasado, sino transmitir las emociones que viví para compartirlas con la gente de hoy. No para repetir nada, sino para motivar a la gente a hacer algo nuevo, distinto.
Lo admito, estoy cabreado, muy cabreado, y eso explica que haya reaccionado tan abruptamente ante algunos textos provenientes del sector plataformista, o especifista como ellos mismos prefieren denominarse, y que haya proferido expresiones tan agresivas como las de calificarlos de “anarquismos cavernícolas, retrógrados, y reaccionarios”1
Estoy cabreado porque siempre me ha parecido deleznable que en las controversias se vaya “a por la persona” del contrincante, atribuyéndole determinados rasgos o características para descalificar sus posturas y sus argumentos, y eso es precisamente lo que se hace en escritos como los de Miguel Brea, del colectivo especifista madrileño Liza.2
Antimilitarista y luchador libertario por los Derechos Humanos. Integra la Red Antimilitarista de América Latina y el Caribe (Ramalc) y la Internacional de Resistentes a la Guerra/War Resister’s International (IRG/WRI). Comunicador y escritor. Esta es una versión ampliada del artículo “La deserción: de la guerra a la revolución”, publicado en la edición digital de Redes Libertarias1
El esfuerzo histórico de todo militarismo y autoritarismo ha sido construir ejércitos cuyos integrantes no tengan el rechazo, lógico, cultural, social y hasta biológico a matar. Para ello junto a las básicas excusas ideológicas y morales, así como las económicas (matar por la patria, matar por el bien, matar por el botín) se ha sumado una renovada pedagogía del matar, tanto en lo formativo militar (entrenamientos, servicio militar), como en el entretenimiento: juegos de guerra, de tiroteos y balas que inundan los mercados de aplicaciones y descargas son una muestra de esta sofisticación del adoctrinamiento y entrenamiento en la capacidad de asesinar sin remordimientos, sobre todo sin remordimientos preventivos. Una parte de la cultura, cada vez mayor, hace del matar un asunto hasta divertido y del morir un tema menor, irrelevante, sin importancia.
Un espacio en la red para el anarquismo (o, mejor dicho, para los anarquismos), con especial atención para el escepticismo, la crítica, el librepensamiento y la filosofía en general